CAPÍTULO 33
LA MAGIA DEL AMOR
Lidia
Hay momentos que parecen insignificantes…
hasta que los estás viviendo. Pasan desapercibidos hasta que los tienes delante y te das cuenta de que las cosas inolvidables no tienen por qué ser grandiosas.
A veces, lo que se te queda grabado en la memoria es justo eso, un momento que compartes con las personas que quieres, un instante lleno de amor, de cariño y felicidad.
Bárbara y yo caminamos juntas hacia la pequeña boutique donde Miriam y mi padre han decidido hacer la última prueba de lo que llevarán puesto el día de su boda.
El aire de la tarde sigue siendo cálido, aunque ya no pesa tanto como el de mediodía.
Una brisa ligera mueve las palmeras y hace que todo parezca más vivo y presente.
O quizá soy yo la que se siente más viva que nunca.
Estos últimos días me he sentido completa de nuevo, como si todas esas piezas que perdí tras firmar mi divorcio con Bárbara hubiesen regresado y encajado en su lugar.
Me siento inmensamente feliz, relajada, confiada, cargada de una energía dulce que me recorre la piel hasta encogerme el corazón.
Después de la mañana que hemos pasado juntas, de las risas y las miradas que hemos compartido, tengo la sensación de que todo se ha acomodado por fin entre las dos.
Como si este lugar, este momento y esta versión de nosotras fueran las correctas.
Aunque una parte de mí siga inquieta. Porque la conozco y sé que Bárbara esconde algo.
Bárbara no está bien. Su sonrisa, aunque sigue siendo mágica, está oscurecida. Hay instantes en los que se pierde en sus pensamientos, como si estuviera en otro sitio, en otro tiempo, en otra realidad que no es esta que compartimos.
—¿En qué piensas? —le pregunto, siendo incapaz de contenerme.
Ella me mira, parpadea un segundo y luego sonríe con suavidad.
—En que no te queda nada para convertirte en una experta organizadora de bodas —responde con un tono ligero, aunque sus ojos cuentan otra historia.
Suelto una risa breve, sincera.
—No creas. Estoy a dos pasos de colapsar.
—Mentira —niega ella, sacudiendo la cabeza con ternura—. Te encanta. Se te nota en la cara.
—Un poco sí —admito, encogiéndome de hombros mientras siento cómo el calor sube a mis mejillas.
Nos miramos. Y durante un segundo… todo vuelve a ser fácil, natural, como al principio. Pero solo dura un segundo.
Entramos en la boutique y el contraste de temperatura nos envuelve.
Dentro, el aire acondicionado mantiene el ambiente fresco, demasiado después del calor de fuera, pero se agradece en la piel.
Las paredes están decoradas con telas claras y ligeras, y varios maniquíes lucen conjuntos de lino en tonos arena y blanco.
Sencillo. Elegante. Perfecto para ellos.
—¡Ya estáis aquí! —exclama Miriam, apareciendo desde el fondo con una sonrisa nerviosa pero radiante.
—Puntuales como un reloj —añade mi padre, sujetándole la mano con esa delicadeza que solo se tiene cuando estás realmente enamorado.
Los miro y no puedo evitar sonreír. Porque están felices. Porque se les nota en cada gesto, en cada mirada. Y eso, simplemente, es bonito. Muy bonito.
—Bueno, chicas, ¿estáis preparadas? —pregunta mi padre, observándonos a las dos con esa mezcla de ilusión y orgullo paternal.
—Ya sabes que sí —responde Bárbara antes de que yo pueda abrir la boca—. A este paso, vas a conseguir que a tu hija no le queden uñas que morderse.
Bajo la mirada, pillada en el acto, y noto cómo el rubor me sube otra vez.
—Oye… —intento protestar.
Pero no consigo terminar la frase. Porque su mano aparece de pronto y, con suavidad, me acaricia la espalda consiguiendo que mi cuerpo tiemble y mi piel se erice.
—Siempre lo haces cuando te subes por las paredes, lo sé.
—Es culpa suya —respondo, señalando a mi padre con un gesto juguetón—. Me pone nerviosa sin querer.
—Encima que me caso… —protesta él, fingiendo indignación.
Miriam suelta una carcajada limpia, contagiosa, y sin darnos cuenta todos terminamos riendo. Es un momento ligero, familiar, de esos que no pesan, que no duelen y que no arrastran el peso del pasado. Solo están ahí, llenando el aire de calidez.
—Venga —dice Miriam, todavía riendo—. Vamos a probarnos esto antes de que me arrepienta de todo el tinglado.
—Todavía estás a tiempo —bromeo yo, guiñándole un ojo.
—Ni de broma —contesta ella con decisión, cogiendo a mi padre de la mano.
Se alejan hacia los vestidores y el silencio que queda entre Bárbara y yo es distinto.
Más íntimo. Más directo. Me dejo caer en uno de los sillones mullidos que hay junto a la pared.
Ella hace lo mismo, sentándose a mi lado.
Durante un momento no decimos nada. Solo estamos.
Respiramos el mismo aire, compartimos el mismo espacio.
—¿Te acuerdas? —digo de pronto, sin mirarla directamente, con la voz un poco más baja—. De cuando hicimos nosotras la prueba de los vestidos.
La noto tensarse ligeramente a mi lado, como si el recuerdo la hubiera rozado por dentro.
—Sí…
Giro la cabeza y la miro con atención.
—Estabas insoportable —le digo, aunque el tono sale lleno de cariño.
Ella alza una ceja, fingiendo sorpresa.
—¿Perdona?
—Sí —insisto, dejando escapar una risa suave—. No te gustaba la pedrería de mi vestido, tampoco del tuyo. Incluso criticaste el vestido de la chica que estaba en el probador de al lado… No parabas quieta.
—Era un desastre —murmura ella, aunque sus labios ya empiezan a curvarse.
—No —niego yo, riendo con más ganas—. Estabas al borde de un ataque de ansiedad y necesitabas tener el control de cada detalle, como siempre.
Su expresión cambia. Se suaviza poco a poco, como si mis palabras estuvieran derritiendo algo dentro de ella.
—Siempre he sido así —admite con un suspiro ligero, casi resignado.
—Lo sé —contesto, y mi voz sale empalagosamente dulce—. Pero aun así… fue uno de los días más bonitos de mi vida.
La miro directamente a los ojos. No me arrepiento de decirlo porque es verdad. Porque, incluso con todo lo que pasó después, eso no cambia que mis momentos con ella sigan brillando en mi memoria como algo puro, intacto.
Sus ojos se clavan en los míos y durante un segundo veo preocupación en ellos. Una sombra que se ocupa de ocultar ese brillo enamorado que hasta hace unos días albergaban.
Quiero preguntarle, pero su móvil suena de nuevo y al mirar la pantalla, el nombre de Ingrid brilla de nuevo en ella.
—Qué insistente es tu compañera, ¿no? —comento, soltando un suspiro—. Y eso que estás de vacaciones…
Lo digo sin malicia, sin pensar demasiado. Solo como una observación ligera. Pero la reacción de Bárbara no es normal. Se queda pálida de repente, como si le hubieran quitado todo el aire de los pulmones. El color abandona sus mejillas en un instante y se levanta demasiado rápido, torpemente.
—Voy a ver qué quiere… ya vuelvo —dice con la voz tensa, sin mirarme a los ojos.
No me da tiempo a responder. No me da tiempo a preguntar nada.
Bárbara se aleja con rapidez hacia la puerta y yo me quedo sola en medio de la boutique.
Me gustaría creer que todo está bien, pero conforme pasan los minutos, la sensación constante de que algo no va bien crece y se expande hasta generarme un nudo en el estómago.
Me levanto del asiento y comienzo a caminar por la tienda, rozando con los dedos los vestidos que cuelgan a un lado y otro.
Cada cierto tiempo miro hacia la puerta.
Tengo miedo, miedo de que después de haber abierto de nuevo mi corazón, acabe rota de nuevo.
No es que no confíe en Bárbara, lo hago, pero ya hemos vivido una situación parecida y las cosas no salieron bien.
«¿Qué está pasando esta vez, Bárbara…?»
Su reflejo a través de la ventana, sus gestos; Bárbara está alterada y lo que antes era solo una intuición tonta, una vaga sensación, ya no lo es.
Es algo que empieza a tomar forma, que se dibuja con líneas definidas y que, por primera vez en muchos días, amenaza con romper la burbuja en la que hemos estado viviendo.
Esa burbuja que creí que era suficiente para las dos. Pero que quizá… nunca lo fue.
Me quedo allí parada, con el corazón latiéndome con prisa mientras el aire fresco de la boutique me roza la piel.
Pienso en todas las veces que la he pillado perdida en sus pensamientos, en todas esas veces en las que su sonrisa no brillaba tanto como estos días atrás.
Me pregunto cuánto tiempo llevo ignorando las señales, cuánto tiempo pensé que duraría esta magia.
Era obvio que las cosas no iban a ser fáciles solo porque lo deseáramos, solo porque nos besásemos y nos dejásemos arrastrar por nuestras emociones y deseos.
Sin quererlo, el recuerdo de la noche de la tormenta despierta en mi mente y me quedo sin respiración.
No debió pasar jamás, no debí lanzarme a por su boca con tanta desesperación…
Pero evitarlo me fue imposible, evitar que ese fuego despertase dentro de mí y lo quemase todo a su alrededor, era como pedirle al mar que dejase de moverse.
Siento un nudo en la garganta y las lágrimas quemándome en los ojos.
Quiero ir con ella, preguntarle directamente qué está pasando, abrazarla y decirle que estoy aquí, que sea lo que sea lo afrontaremos juntas.
Pero algo me frena. El miedo, quizá. El miedo a que la respuesta no sea la que quiero oír.
El miedo a que esta confianza que tanto me ha costado construir se rompa y ambas volvamos a ser lo que éramos antes: dos desconocidas.
Me siento otra vez en el sillón, cruzo las piernas y miro hacia los vestidores donde Miriam y mi padre siguen probándose los trajes.
Oigo sus risas y una punzada de envidia sana me atraviesa.
Ellos sí parecen seguros. Ellos sí parecen estar en el mismo lugar, en el mismo tiempo. ¿Por qué nosotras no?
Bárbara tarda más de lo esperado. El reloj de la boutique marca los minutos con una lentitud que me crispa los nervios. Intento distraerme mirando algunas revistas de moda, imaginando situaciones que no se darán de nuevo por más que lo desee.
Cuando por fin regresa, su expresión ha cambiado. Intenta sonreír, pero yo ya conozco esa sonrisa. Es la que usaba cuando escondía algo grave. Se sienta a mi lado otra vez, un poco más lejos que antes, y el espacio entre nosotras se siente más grande de lo que es en realidad.
—¿Todo bien? —pregunto, intentando que mi voz suene casual, aunque por dentro estoy conteniendo la respiración.
—Sí, sí —responde ella, demasiado rápido—. Cosas del trabajo. Ya sabes.
Asiento, pero no la creo del todo. Sus ojos evitan los míos y en ese segundo, siento cómo la inquietud que llevaba todo el día creciendo se asienta un poco más dentro de mí.
No digo nada más. No quiero presionar. No aquí, no ahora.
Pero sé que algo está cambiando. Sé que esa burbuja nuestra tiene grietas que antes no veía y me pregunto si seré capaz de arreglarlas…
o si tendré que aprender a vivir con ellas.
El aire ambiente en la boutique sigue fresco, pero siento un calor incómodo.
El calor de la duda. El calor de la espera.
Mientras Miriam y mi padre salen de los vestidores riendo, felices, yo miro a Bárbara de reojo y me prometo a mí misma que no voy a dejar que esto se escape sin más.
Porque lo que tenemos, aunque ahora parezca frágil, sigue siendo lo más importante que tengo.
Y estoy dispuesta a luchar por entenderlo, por mantenerlo, por hacerlo encajar de nuevo.