Prohibido repetir contigo CAPÍTULO 32
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CAPÍTULO 32

QUÉ DIFÍCIL ES ESCONDER LA VERDAD

Bárbara

Dormir esta noche pasada fue imposible. Me pasé las horas muertas con los ojos abiertos clavados en el techo de la habitación mientras el rumor del mar entraba por la ventana y se mezclaba con suavidad con la respiración de Lidia.

Tenía la cabeza llena de pensamientos que giraban una y otra vez, generando una presión sorda e insoportable en mi pecho.

Lo que me atormentaba —y sigue atormentándome— no son mis sentimientos por Lidia.

Eso siempre lo tuve claro, tan claro como el agua turquesa que rodea esta isla.

Es todo lo demás: todas y cada una de las mentiras que me he callado estos días, todo lo que he ignorado y dejado fuera de esta maravillosa burbuja.

Al principio pensé que no me alcanzaría, pero…

conforme han pasado los días lo ha hecho cada vez más, como una ola que se hace más y más grande y que sabes que tarde o temprano acabará engulléndote.

Ya no puedo seguir alargando la situación. Lidia no se merece lo que le estoy haciendo, mucho menos sufrir de nuevo por mí. No puedo callar esto eternamente y esperar que lo descubra cuando este viaje llegue a su fin. Tengo que contárselo porque si sigo así, la situación va a empeorar.

La mañana avanza con una calma cruel, como si el mundo se burlara de mí, obligándome a enfrentar mis problemas sin escapatoria posible.

El cielo está despejado, pintado de un azul intenso que parece irreal, el aire es ligero y huele a sal y a flores silvestres; la isla entera parece sacada de una postal, de esas que invitan a creer que la vida puede ser sencilla y hermosa.

Caminamos juntas por uno de los caminos que bordean la costa.

A un lado, el mar brilla con ese tono turquesa irreal, y las pequeñas olas rompen con suavidad contra la orilla.

Al otro, las palmeras se mecen suavemente con la brisa, dejando pasar la luz del sol entre sus hojas en haces dorados que bailan sobre el camino.

Entre nosotras… hay silencio. No es incómodo, tampoco tenso, pero sí distinto.

Durante la ducha Lidia ya notó que me sucedía algo y no es que sea muy buena guardando mis emociones.

Siempre ha tenido un radar especial para mis estados de ánimo y aunque aún no sepa cómo se lo voy a contar, sé que de hoy no puede pasar.

—Sigues muy callada —dice finalmente, girándose hacia mí con esa naturalidad suya que tanto me gusta y que ahora me aterra.

Su voz no suena acusadora. Es suave, cariñosa, pero directa. Su pelo rojizo ondea en hebras de fuego que le acarician la frente y las mejillas. Lidia parece una diosa sacada del mismísimo océano, preciosa y única.

Me detengo, respiro hondo y la miro a los ojos porque quizá este sea el momento que estaba buscando, el instante que lo va a cambiar todo para siempre.

—Solo estaba recordando el pasado… —empiezo, y mi voz sale en un susurro—. Pensaba en mi llegada a Londres, en lo difícil que me ha sido darme cuenta de que tú eras mil veces más importante que cualquier otra cosa en mi vida.

Su gesto se suaviza al instante, se baña de ternura y siento que el corazón se me encoge.

—Bueno, lo mejor de todo es que… —responde ella, rodeando mi cuello con los brazos en un gesto lento y lleno de amor—. Aún estás a tiempo de arreglarlo todo, ¿no crees?

Su sonrisa… Dios mío. Su sonrisa es todo lo que no merezco ahora mismo.

Es luminosa, sincera, de esas que le iluminan la cara entera y hacen que se le formen pequeñas arrugas en los ojos.

Siento cómo el estómago se me contrae, cómo las palabras se agolpan en mi garganta luchando por salir, y cómo la magia toma forma a nuestro alrededor, suspendida, esperando a que yo me atreva a romperla.

—Lidia… yo… —empiezo, y la voz me tiembla ligeramente—. Quiero decirte algo…

Pero soy incapaz de terminar la frase porque justo en ese momento, mi móvil suena y el sonido repetitivo del tono, lo rompe todo. Al sacarlo del bolsillo de mi pantalón, el nombre de Ingrid brilla en la pantalla junto al icono de videollamada.

—¿Otra vez tu compañera de trabajo? —pregunta Lidia, inclinándose ligeramente hacia mí para intentar ver la pantalla, con curiosidad.

Siento un sudor frío que me recorre la espalda de arriba abajo. Mi pulso se acelera tanto que lo noto en las sienes, y mi mente, por un segundo, se queda completamente en blanco.

—Sí… eh… ya la llamaré más tarde —respondo con rapidez, con torpeza, siendo tan evidente que Lidia levanta una ceja al verme pulsar el botón de rechazar.

Me guardo el móvil en el bolsillo con rapidez, como si escondiéndolo pudiera hacer desaparecer también todo el problema que representa. Pero lo único que consigo es que se transforme en una soga en mi cuello, una que empieza a cerrarse y ahogarme.

—Podrías haber respondido, ¿sabes? —dice Lidia con naturalidad, encogiéndose de hombros ligeramente—. A lo mejor es importante.

La miro directamente a los ojos y en ellos veo su confianza, su tranquilidad; no duda de mí ni por un segundo y eso, precisamente eso, es lo que me destroza por dentro. Yo no merezco nada de eso.

—No era importante, estoy segura —miento, y las palabras me saben amargas en la boca.

«Otra vez. ¿Cuándo vas a dejar de mentir?», me pregunto y ella asiente, sin cuestionarlo, sin sospechar nada.

Reanudamos la caminata, pero ahora todo pesa más.

El aire parece más denso, el silencio más cargado, cada paso más pesado, cada mirada una pequeña traición que se añade a todas las demás.

Soy consciente de que, en cuanto vuelva a mirar a Lidia a los ojos, todo lo que estoy escondiendo saldrá a la superficie sin control, desbordándose como un río que rompe un dique.

—¿Seguro que estás bien? —insiste ella, esta vez con la voz teñida de una preocupación suave pero real.

Me detengo otra vez en el camino. Y esta vez no puedo esquivar su mirada. No quiero hacerlo, pero tampoco sé exactamente cómo enfrentarla sin derrumbarme.

—Sí —respondo, y odio cómo suena mi voz, tan falsa, tan hueca.

No es verdad. No estoy bien. Estoy a punto de romper algo que ni siquiera tendría que haber dado pie a que sucediera.

—Es solo… —añado, buscando desesperadamente algo a lo que agarrarme para no hundirme—. Supongo que todo lo que está pasando me está removiendo por dentro. Volver aquí, revivir recuerdos… no sé, me tiene un poco sensible.

Eso, al menos, no es del todo mentira. Lidia se acerca despacio, con cuidado, como si yo fuera algo frágil que pudiera romperse con un roce demasiado fuerte y me acaricia la mejilla con suavidad.

—A mí también me pasa —confiesa ella con una sonrisa pequeña y honesta—. Pero no es malo, ¿verdad? Remover las cosas a veces ayuda a colocarlas en su sitio.

Niego suavemente con la cabeza, aunque una parte de mí no está nada de acuerdo.

—No… no lo es —murmuro.

Pero hay una parte de mí que grita lo contrario. Porque remover también implica sacar a la luz todo lo que está escondido, y lo que yo escondo es demasiado grande, demasiado complicado, demasiado doloroso como para no pensar en las consecuencias.

Su mano busca la mía con naturalidad y la aprieta con esa seguridad que siempre consigue que las cosas parezcan más fáciles, más llevaderas.

—Oye… —añade, mirándome a los ojos con ternura—. No hace falta que todo sea perfecto ahora mismo. Solo… disfrutemos de lo que tenemos, del presente. El resto ya vendrá cuando tenga que venir.

La miro fijamente durante varios segundos.

Y en ese instante quiero creer con todas mis fuerzas que eso es suficiente.

Que podemos quedarnos en este punto, en este equilibrio frágil y hermoso sin hablar de lo que hay más allá de esta isla, sin enfrentar lo que he hecho, sin que la realidad nos alcance.

Quiero creer que podemos seguir caminando así, de la mano, con el mar como testigo y el sol calentándonos la piel.

Pero sé que no. Que no es real. Que no es justo para ella. Que no es sostenible. Aun así, aprieto su mano de vuelta, entrelazando mis dedos con los suyos con más fuerza.

—Estoy aquí —respondo, y en ese momento es verdad—. Y aquí me quiero quedar.

Porque estoy con ella. Porque la siento cerca, cálida, viva.

Porque la quiero con una intensidad que me asusta.

Aunque eso no sea suficiente. Sobre todo, cuando la verdad salga a la luz, cuando esta burbuja perfecta que hemos creado deje de serlo, cuando tenga que mirarla directamente a los ojos y decirle en qué clase de monstruo me he convertido.

Seguimos caminando como si nada hubiera pasado.

Como si todo estuviera bien entre nosotras.

Nuestros pasos se sincronizan, el viento nos revuelve el pelo y el sonido de las olas nos acompaña.

De vez en cuando Lidia señala alguna cosa y yo sonrío, asiento e intento participar, pero dentro de mí hay algo que ya ha empezado a romperse y no sé si cuando se rompa del todo, quedará algo en pie entre nosotras.

No sé si su confianza sobrevivirá a la verdad.

No sé si su amor será lo bastante fuerte como para perdonar lo que todavía no me atrevo a confesarle.

Solo sé que el reloj sigue avanzando, que el día avanza y que cada minuto que pasa sin hablar es un minuto más de mentiras. Un minuto más en el que la quiero con todo mi ser y, al mismo tiempo, la estoy traicionando sin remedio.

Quiero parar de caminar, abrazarla fuerte contra mí, enterrar la cara en su cuello y aspirar su olor, susurrarle al oído que lo siento, que todo esto es un desastre que yo misma he provocado.

Pero no lo hago. Me limito a seguir con su mano todavía entrelazada junto a la mía, fingiendo que este paseo es solo eso: un paseo romántico en una isla paradisíaca.

En un momento dado, Lidia se detiene y se gira hacia mí, tirando suavemente de mi mano para que la mire.

—¿Sabes qué? —dice con esa voz baja y cálida que siempre me hace sentir en casa—. Me encanta estar aquí contigo. Lejos de todo. Solo nosotras dos. Como si el mundo se hubiera parado.

Sus palabras me golpean en el centro del pecho. Quiero decirle que a mí también me encanta, que nada me gustaría más que quedarme aquí para siempre, en esta burbuja. Pero en lugar de eso, me limito a sonreír y a acercarme un poco más, hasta que nuestras frentes casi se tocan.

—A mí también —susurro, y no miento.

Nos quedamos así unos segundos, respirando el mismo aire, notando el calor del sol en la piel.

Por un instante fugaz, casi consigo convencerme de que todo irá bien, de que encontraré las palabras adecuadas, de que ella entenderá y me perdonará.

Pero entonces el móvil vibra otra vez en mi bolsillo, y la realidad vuelve a caer sobre mí.

Esta vez hago como que no lo siento. Solo aprieto más fuerte la mano de Lidia y sigo caminando, con el corazón latiéndome desbocado en el pecho y la certeza de que hoy, antes de que se ponga el sol, tendré que romper este silencio que me está ahogando.

Porque, aunque me cueste la vida, tengo que ser valiente por una vez y enfrentarme a lo que he hecho.

Aunque eso signifique perderla. Aunque eso signifique que esta isla perfecta se convierta, de repente, en el escenario de nuestra segunda despedida.