CAPÍTULO 31
DULCES MOMENTOS CONTIGO
Lidia
Despierto con el cuerpo pesado, aunque no es cansancio lo que me invade.
Es una sensación que nace justo en el centro de mi pecho y se expande con calma hacia cada rincón de mi piel, como si todo lo que ocurrió anoche despertase con cada respiración que doy.
No abro los ojos de inmediato. No quiero romper este momento tan frágil y tan perfecto.
Quiero disfrutar de todo lo que percibo; el calor que se mantiene pegado a mi piel y ese aroma que me envuelve: el suyo, el mío, el del mar.
«No puedo creer que esté pasándome esto…
», pienso. Respiro hondo y, sin poder evitarlo, sonrío.
Lejos ha quedado ese miedo que apretaba mi corazón.
Ya no hay dudas, o al menos no las suficientes como para eclipsar esto que siento, este torbellino de emociones que me llena hasta rebosar y me hace sentir viva de una manera que no recordaba.
Esto que es tan real que creo que me va a estallar el corazón.
Abro los ojos despacio. La luz de la mañana se cuela por la ventana y dibuja líneas doradas sobre las paredes blancas, suaves y cálidas del bungaló, mientras el sonido del mar, constante y sereno, acompaña el silencio.
Estoy sola en la cama, pero no me siento sola ni un segundo.
Paso la mano por la sábana con lentitud, buscando su rastro, y lo encuentro enseguida: en el olor que se ha quedado impregnado en las sábanas, en los recuerdos que me recorren la piel y en ese calor que me invade cuando cierro los ojos y rememoro lo que se siente al tener sus manos deslizándose por mi cintura, su boca explorando cada centímetro de mi cuello.
Siento un escalofrío que me sube por la espalda al recordar la forma en que sus dedos se perdieron entre mis piernas y cómo nuestros gemidos se mezclaron hasta que ambas tocamos las estrellas.
—Madre mía… —murmuro para mí misma, dejando caer la cabeza sobre la almohada soltando un suspiro suave y prolongado que me sale del alma.
Lo que estamos haciendo es una locura, sí, pero es la mejor locura que he vivido en toda mi vida.
Me incorporo un poco en la cama, dejando que la sábana resbale por mi cuerpo.
Aquí solo estamos ella y yo, y esta burbuja hecha solo para nosotras, un refugio donde el mundo exterior no entra y donde cada segundo se siente eterno y nuestro.
Escucho el sonido de la puerta al abrirse y mi corazón da un pequeño salto.
—Buenos días… ¿ya te has despertado?
Al llevar la mirada hacia ella, sonrío. Bárbara lleva una camiseta ligera que se pega a su cuerpo y unos pantalones cortos que redondean su trasero y dejan ver sus piernas fuertes y bronceadas. Es espectacular y por más tiempo que pase, siempre genera ese fogonazo de calor en mí.
—¿Dónde estabas? —pregunto, sin ocultar la sonrisa que se me escapa de los labios, esa sonrisa que nace sola cuando ella está cerca.
Se acerca sin prisa, como si este momento le perteneciera por completo, como si yo también le perteneciera a ella de una forma que ya no se puede negar. Se inclina sobre la cama con esa naturalidad que tanto me gusta y responde con calma:
—Me desperté muy pronto y decidí salir a correr un rato. No quería despertarte, parecías tan en paz…
Asiento con la cabeza, pero no digo nada más.
Porque su cercanía me distrae, porque sus labios están demasiado cerca de los míos y porque, cuando me besa, todo lo demás deja de tener sentido en el mundo.
Es un beso suave, cálido, de esos que no necesitan prisa, de esos que dicen «sigo aquí, sigo contigo, no temas».
Yo me pierdo en él, me entrego sin reservas dejando que el mundo se reduzca a nosotras dos, a este roce de labios que me llena de un calor que me sube desde el estómago hasta instalarse en mi pecho.
Siento su mano en mi mejilla, ligera como una pluma, y mi piel responde con un hormigueo que me recorre entera, recordándome lo mucho que la necesito, lo mucho que la quiero.
—Podrías haberme despertado —murmuro contra sus labios, con la voz un poco ronca todavía por el sueño y por el deseo que se despierta de nuevo—. Habríamos hecho algo de deporte juntas… algo que nos dejara sin aliento de verdad.
Dejo la frase en el aire a propósito y con intención, acompañada de una media sonrisa traviesa que sé que ella entiende perfectamente.
Ella lo nota enseguida, pero en lugar de seguirme el juego como esperaba, se separa apenas lo justo para mirarme a los ojos y dedicarme una sonrisa que últimamente me llega hasta el fondo del alma y me hace sentir vulnerable y fuerte al mismo tiempo.
—Podemos dejar el deporte para otro momento —dice, rozando mi nariz con la suya en un gesto lleno de cariño—. Tengo una idea mucho mejor, algo que nos va a gustar más a las dos.
Frunzo el ceño y levanto una ceja con curiosidad, sintiendo cómo mi corazón late más rápido solo por estar así con ella.
—Ah, ¿sí? Cuéntame, que me tienes intrigada.
—Un paseo por la isla —responde con esa voz que podría convencerme de cualquier cosa—. Sin prisas. Sin horarios. Solo tú y yo, disfrutando del día como nos dé la gana, parándonos donde queramos y dejando que el tiempo pase sin más.
Mi sonrisa crece, amplia y sincera, porque la idea me llena de una emoción que me derrite por dentro.
—Me encanta la idea. Muchísimo. Además, así nos mantenemos ocupadas hasta que nos reunamos con mi padre y Miriam.
—Tienes razón. Hoy es la prueba de sus trajes —recuerda.
—Sí, pero la idea de pasar la mañana contigo, me gusta mucho más.
Y es verdad. Porque no necesito más en este momento.
Porque no quiero más. Porque lo único que deseo es pasar tiempo con ella.
Más tiempo. Siempre más tiempo, como si cada minuto a su lado fuera un regalo que disfrutar.
Siento una oleada de emociones que me aprieta el pecho, una mezcla de amor y gratitud que me hace pensar en todo lo que hemos pasado para llegar aquí, en todas las noches en las que soñé con esto.
—Pues vamos a la ducha….
Bárbara se desnuda lentamente delante de mis ojos, y mientras las prendas caen en el suelo, en lo único que pienso es en que deseo vivir esto cada día hasta que muera.
****
El agua de la ducha cae con suavidad sobre nuestras pieles, templada y reconfortante, como un abrazo líquido que nos envuelve a las dos y nos une aún más.
Aunque el espacio no es grande, se siente perfecto, porque estamos juntas, porque no hay distancia entre nosotras y porque cada gesto, cada roce, cada mirada está cargado de ese amor que me hace sentir completa.
Apoyo la espalda contra la pared de azulejos, dejando que el agua resbale lentamente por mi cuerpo mientras la observo con atención.
Bárbara se pasa las manos por el pelo, cierra los ojos un segundo y deja escapar un suspiro agotado que no encaja del todo con estos días tan perfectos que estamos viviendo.
Tiene el ceño fruncido, la mandíbula tensa, y por extraño que parezca, me pone un poco en alerta.
Me acerco despacio y apoyo suavemente mi mano en su abdomen, aprovechándome del jabón para llamar su atención.
—¿Seguro que todo va bien?
Abre los ojos y, durante un segundo, algo pasa por su mirada. Algo que está ahí, flotando entre nosotras como una sombra que me pone los pelos de punta.
—Claro —responde demasiado rápido, con una sonrisa fingida que no me gusta nada—. ¿Por qué no iba a estarlo?
La observo en silencio durante unos segundos más. Porque la conozco bien. Porque después de tantos años juntas, aprendí a leerla poco a poco.
—Te noto diferente —insisto, suavizando el tono para que no suene a reproche, aunque por dentro me siento inquieta—. Más seria, como si algo te rondara la cabeza y no me lo quisieras decir.
Su expresión se relaja un poco y sonríe, aunque no es del todo real, lo noto en la forma en que evita mirarme directamente a los ojos.
—Solo me faltan horas de sueño —dice, acercándose a mí hasta que su cuerpo roza el mío bajo el agua—. Y unos cuantos besos tuyos para recuperarme del todo.
Alzo una ceja, juguetona, y respondo con una sonrisa que intenta esconder mi preocupación:
—¿Solo unos cuantos besos? Qué poco ambiciosa eres…
—Bueno… —Se encoge de hombros con gracia—. Igual… y podrías darme mucho más que besos. Depende de lo que se te ocurra y si me apetece.
Suelto una pequeña risa que resuena en la ducha y dejo que me bese.
Porque es fácil. Porque con ella siempre es fácil dejarse llevar.
Siento sus labios, su lengua buscando la mía y ese calor instalándose entre mis piernas, haciéndome olvidar todo lo demás.
Pero incluso en esos momentos en los que sus manos me hacen temblar, sé que hay algo que no está bien.
No sé qué ocurre exactamente. No sé si es real o solo son imaginaciones mías.
Pero tengo miedo de que todo esto se rompa como ya lo hizo tantas veces en el pasado.
—Oye… —murmuro, separándome un poco de sus labios—. Si pasa algo puedes decírmelo, ¿vale?
Su mirada se clava en la mía, intensa y profunda, como si quisiera leer dentro de mí al mismo tiempo que yo intento leer dentro de ella.
—Lo sé —responde en voz baja.
—Entonces cuéntamelo. No me dejes fuera.
Por unos segundos creo que va a contarme qué pasa, pero no lo hace y en esa duda descubro que no estoy equivocada.
—No pasa nada, Lidia. De verdad. Solo estoy un poco cansada. Ya sabes que no me sienta bien dormir tan poco.
Quiero creerla. De verdad que quiero, pero algo dentro de mí no termina de sentirse bien.
Aun así, asiento con la cabeza y decido no insistir más.
Porque no quiero romper esto. Porque no quiero ser yo quien remueva el pasado y lo traiga de vuelta a este lugar tan bonito que hemos construido entre las dos.
Me acerco de nuevo, apoyo mi frente contra la suya y cierro los ojos dejando que el agua siga cayendo sobre nosotras como una cortina que nos protege del mundo exterior.
—Vale, no me preocuparé más —susurro contra su piel, sintiendo su aliento mezclado con el mío.
Y decido dejarlo ahí, al menos por el momento. Porque esta burbuja sigue siendo demasiado bonita como para romperla antes de tiempo. Y porque tengo miedo. Miedo de que, si tiro demasiado del hilo, todo se deshaga entre mis dedos.
Ella me abraza y yo me dejo llevar. Me entrego a este instante, a su calor, a su presencia, porque sé que, por ahora, esto es lo único que importa.
Nosotras. Aquí. En esta isla, en esta ducha, en este beso que compartimos y que sabe a un amor que, a pesar de todo, sigue latiendo con fuerza entre las dos.