CAPÍTULO 30
QUE EL AMOR EMPIECE Y ACABE CONTIGO
Bárbara
Hace ya una hora que hemos dejado a Miriam y a Pablo en el restaurante, con las luces cálidas del local todavía brillando a lo lejos y sus voces alegres perdiéndose poco a poco en la distancia.
Las risas, los cócteles y esa conversación ligera que parecía no tener fin se han ido diluyendo suavemente mientras Lidia y yo caminamos descalzas por la arena blanca y fina, con los zapatos colgando de los dedos de la mano y el rumor constante del mar acompañándonos.
El alcohol nos ha dejado una calidez suave y agradable en el pecho, nada exagerado, solo lo justo para que todo parezca mucho más mágico, más irreal, más idílico.
Mi mano roza la suya de vez en cuando, jugando a rozarnos, a hacernos presentes la una para la otra junto a este mar infinito y esta luna grande y redonda que pinta todo de plata, haciendo que la arena brille como si estuviera cubierta de polvo de estrellas.
Lidia camina un paso por delante de mí, con el vestido floreado que eligió para esta noche ondeando alrededor de sus piernas.
El tejido fino se mueve con la brisa, marcando la silueta de sus caderas de una forma que me resulta hipnotizante.
De repente se detiene en seco, gira sobre sus talones con gracia y me mira directamente a los ojos con esa sonrisa traviesa que siempre me ha vuelto loca, esa sonrisa que es capaz de hacerme sentir como una adolescente otra vez.
—Bárbara… ¿y si hacemos una pequeña locura? —pregunta, con la voz un poco ronca por el alcohol y todo ese fuego que también arde dentro de mí.
Yo levanto una ceja, incapaz de contener la sonrisa que se me escapa, sintiendo cómo el corazón se me acelera un poco más dentro del pecho.
—¿Qué clase de locura? —respondo, con un tono entre divertido y expectante, queriendo provocarla un poco yo también.
Ella no contesta con palabras esta vez. Se lleva las manos a los tirantes del vestido y, sin apartar los ojos de los míos ni un solo segundo, los baja despacio, muy despacio, como si estuviera disfrutando de mi reacción.
La tela se desliza por su cuerpo como si estuviera hecha de agua, cayendo con suavidad a sus pies, dejándola completamente desnuda bajo la luz plateada de la luna.
Su piel brilla. Sus pechos, la curva delicada de su cintura, el triángulo oscuro entre sus piernas…
—Vamos al mar —dice simplemente, y su voz cargada de deseo y llena de esa urgencia, despierta algo nuevo en mí.
—Te recuerdo que no estamos en el mediterráneo. Ahí dentro puede haber tiburones.
No sé por qué me niego a la idea. Mi corazón late bruscamente en mi pecho, como si quisiera abrirse paso por mis costillas.
Sé que debería poner freno, que hasta que no hable con Ingrid y dé por finalizado lo nuestro, no debería hacer esto, que es una traición clara y una mentira que crece y se expande, que me pesa en el alma…
pero cuando Lidia extiende la mano hacia mí, con los ojos brillantes y el pelo revuelto por la brisa del mar, todo lo demás se vuelve borroso, lejano, casi irreal, como si el mundo fuéramos solo nosotras dos compartiendo este instante.
—No seas cobarde, venga —me provoca, dando un paso hacia atrás, hacia el agua, con esa chispa de desafío en la mirada que siempre me ha hecho perder el control.
Yo no dudo ni un segundo más. Me quito la ropa, la dejo caer junto a la suya sobre la arena y camino hacia ella sin apartar los ojos de su cuerpo.
Cuando las primeras olas me rozan los tobillos, siento un escalofrío que no tiene nada que ver con el frío, sino con las ganas y el deseo que me recorre desde la nuca hasta la punta de los pies.
Lidia ya está más adentro, riéndose bajito, con el agua lamiéndole las caderas.
—Ven aquí, no te quedes ahí —susurra cuando llego a su lado.
Nuestros cuerpos se encuentran bajo el agua con naturalidad.
Sus manos se posan en mi cintura con firmeza y las mías suben despacio hasta sus hombros, percibiendo la calidez de su piel a pesar del mar.
Nos besamos despacio al principio, como si quisiéramos saborear cada segundo, cada roce de nuestros labios, cada aliento compartido que sabe a noche y a nosotras.
Pero pronto el beso se vuelve hambriento, casi desesperado.
Sus labios saben a sal marina y a vino blanco, a fruta fresca, y su lengua busca la mía con esa pasión que siempre ha sido nuestra: cruda, directa, sin florituras, solo pura necesidad y amor entremezclados.
—¿Recuerdas la primera vez…? —murmura contra mi boca mientras percibo cómo su mano baja por mi espalda, apretándome contra ella con fuerza, como si tuviera miedo de que este momento se le escapara entre los dedos.
—¿Cómo olvidarlo? Regresamos al hotel con arena en lugares donde no debería haber arena…
Lidia ríe y yo no puedo apartar la mirada de sus ojos.
El agua nos llega por debajo del pecho, y las olas nos mecen suavemente, haciendo que nuestros cuerpos se rocen con cada movimiento, piel contra piel, creando una fricción deliciosa.
Mis pezones se endurecen al contacto con su piel mojada.
Baja la cabeza con lentitud y toma uno en su boca, succionando con fuerza mientras la otra se cuela entre mis piernas sin prisa.
Sus dedos me encuentran abierta, resbaladiza y lista para ella, y no pierde ni un segundo.
Dos dedos entran en mí de golpe, curvándose justo donde sabe que me vuelve loca, donde el placer se concentra y explota en oleadas.
Yo suelto un gemido ahogado que se pierde en la brisa y me agarro a sus hombros con fuerza, clavándole las uñas sin darme cuenta.
El placer es inmediato, intenso, casi abrumador, como si todo mi cuerpo hubiera estado esperando este toque desde hace años cuando la verdad es que hace tan solo unos días que la sentí dentro de mí.
El agua hace que todo se sienta más resbaladizo, más fácil, más íntimo, como si el mar mismo nos estuviera ayudando a perdernos la una en la otra.
Mis caderas se mueven solas contra su mano, buscando más profundidad, más fricción, más de ella, más de todo lo que me da.
—Así… si… —jadeo, con la voz entrecortada por el placer—. Lidia…
Ella sigue embistiendo sin dudar, con los ojos fijos en los míos.
Sus dedos entran y salen con un ritmo perfecto y constante, mientras su pulgar roza mi clítoris en círculos rápidos que me hacen temblar.
Con la otra mano me aprieta el culo con posesión, empujándome contra ella, controlando cada movimiento para que el placer sea aún mayor.
Yo meto la mano entre nosotras dos, buscando su sexo con urgencia.
Está empapada, no solo por el mar, sino por ese deseo que late caliente y húmedo entre sus pliegues hinchados.
Mis dedos se deslizan entre sus labios y encuentran su clítoris, duro y palpitante.
Empiezo a frotarlo con la misma intensidad con la que ella me folla a mí, queriendo darle todo lo que me está dando, queriendo que sienta lo mismo que yo.
Nos besamos entre gemidos, mordiéndonos los labios con suavidad, respirando la misma brisa salada que nos envuelve.
El agua chapotea a nuestro alrededor. Lidia está tan excitada que sus piernas tiemblan ligeramente contra las mías.
Yo siento cómo se aprieta alrededor de mis dedos, cómo su clítoris se hincha bajo mis caricias, cómo su respiración se vuelve más irregular y entrecortada.
—Quiero que te corras conmigo, Lidia… —le susurro al oído, mordiéndole el lóbulo con suavidad antes de lamerlo despacio.
—Joder…si… —contesta ella, acelerando el ritmo de su mano, como si no pudiera esperar ni un segundo más.
El orgasmo nos pilla casi al mismo tiempo, como una ola grande que nos arrastra a las dos hacia la orilla.
Yo siento el calor subiendo desde mi vientre, extendiéndose por todo mi cuerpo como fuego líquido.
Mis músculos se contraen alrededor de sus dedos y grito su nombre contra su cuello, ahogando el sonido en su piel mojada y salada.
Lidia se corre un segundo después, soltando un gemido largo y ronco que me eriza la piel, apretando sus caderas contra mi mano mientras tiembla entre mis brazos.
Nos quedamos abrazadas durante un rato largo, respirando agitadas, con el agua meciéndonos todavía con suavidad.
Mi frente apoyada en la suya y nuestros corazones latiendo al unísono como si fuéramos una sola persona.
El mundo parece haberse detenido solo para nosotras, como si nada más existiera fuera de esta playa y de este mar.
Y entonces, sin pensarlo dos veces, sin poder callarlo ni un segundo más, las palabras brotan de mi boca cargadas de esa emoción que ha aflorado dentro de mí desde que volvimos a vernos:
—Te amo, Lidia.
Ella se queda quieta entre mis brazos. Sus ojos buscan los míos en la penumbra iluminada por la luna, brillantes. Yo trago saliva con dificultad, sintiendo cómo el nudo en mi garganta se hace más grande, más difícil de ignorar, pero al mismo tiempo increíble y liberador.
—Te amo como no he amado a nadie en mi vida. Después de todos estos años separadas, después de ese divorcio que nos destrozó… aquí, en mitad de estas putas islas, todo ha vuelto a encajar de una forma que ni yo misma entiendo. Siento que eres tú. Siempre has sido tú, joder, desde el primer día.
Mi voz se quiebra un poco y noto cómo una lágrima caliente se mezcla con el agua salada que moja mis mejillas como prueba viva de todo lo que siento en este momento.
—Cuando estoy contigo todo tiene sentido.
Me haces reír, me haces enfadar como nadie más sabe hacerlo, y me haces sentir viva.
Es como si despertaras partes de mí que estaban dormidas desde hace años, partes que solo tú conoces.
Y sé que esto es complicado, que tenemos toda una vida fuera…
pero cuando te miro a los ojos, cuando me tocas así, cuando me besas de esta manera…
todo se reduce a la nada. Te amo tanto que me duele, Lidia.
Tanto que a veces pienso que prefiero romperme en mil pedazos a tener que renunciar a ti de nuevo.
Lidia no dice nada durante unos segundos que se me hacen eternos, como si estuviera procesando cada una de mis palabras.
Solo me mira con intensidad, con los ojos llenos de lágrimas y esa expresión que mezcla miedo, alegría y amor; ese amor que ha estado esperando pacientemente a que nos reencontráramos en algún lugar del mundo.
Luego apoya su frente contra la mía con ternura y cierra los ojos como si quisiera guardar este momento para siempre y susurra:
—Mi Bárbara…
Es ahí, justo cuando escucho esas palabras, que descubro que no me importa nada.
Aunque todo esté a punto de explotar, aunque yo tenga que pagar un precio muy alto por esta felicidad, sé que vale la pena vivir cada segundo.
Porque ella es mi hogar, al lugar donde siempre he querido volver.
Y después de años separadas, ya no pienso soltarla, no pienso dejarla ir.
El agua sigue meciéndonos con suavidad, como si el mar quisiera guardar nuestro secreto un poco más, como si entendiera la importancia de este instante tan nuestro.
Yo cierro los ojos y la abrazo con más fuerza todavía, sintiendo su corazón latiendo contra el mío, fuerte y rápido, igual que el mío, como si los dos latieran al mismo compás.
«Te amo, Lidia. Y aunque mañana se complique todo, hoy eres mía y yo soy tuya con todo lo que eso implica.»