CAPÍTULO 29
EL brILLO DE SUS OJOS
Bárbara
La noche tiene algo especial en las Maldivas.
No se trata solo de la brisa del mar que te acaricia y refresca la piel, ni mucho menos del sonido del mar o el vaivén constante de las olas sobre la orilla.
Es la forma en la que todo se ralentiza, como si el mundo entero decidiera concedernos un respiro necesario en medio del torbellino de emociones que nos arrastra a Lidia y a mí.
O quizá somos nosotras las que creamos esa magia, empeñadas en vivir dentro de una burbuja frágil que sabemos que no puede durar para siempre, pero que, aun así, nos negamos a romper porque dentro de ella todo se siente posible, todo se siente nuestro.
El restaurante está iluminado con pequeñas guirnaldas de luces que cuelgan entre las palmeras, dibujando sombras sobre la arena blanca.
Las mesas se reparten con gusto, algunas más cerca del agua, otras protegidas bajo estructuras de madera adornadas con telas blancas que se mueven suavemente con la brisa marina, como si bailaran al ritmo de la noche.
El aire huele a sal, a comida y al perfume natural de las flores que adornan el lugar.
Suena música de fondo, una melodía suave, casi imperceptible, que acompaña las conversaciones sin imponerse, creando un ambiente íntimo y acogedor.
Nos sentamos con Miriam y Pablo. La última vez que los cuatro nos reunimos para comer fue un desastre y aún me pesa en el pecho.
Recuerdo con incomodidad las miradas tensas de Lidia, todo lo que me dijo antes de marcharse y las miradas tensas de Pablo y Miriam cuando nos quedamos solos los tres.
Pero hoy todo es diferente. Porque Lidia está a mi lado, porque no hay distancia entre nosotras, ni física ni emocional, y porque hemos decidido intentarlo de alguna forma, sin pensar demasiado en las consecuencias que acechan en el horizonte.
—Esto está precioso —comenta Miriam, mirando alrededor con una sonrisa satisfecha que ilumina su rostro—. Creo que como todo esté tan bonito el día de la cena de bienvenida a los invitados, va a ser una pasada.
—Eso espero —responde Pablo, alzando ligeramente el cóctel que se pidió nada más sentarnos—. Después de todo el estrés que llevas encima, más nos vale que salga de lujo.
—Oye, no seas así —protesta ella, dándole un pequeño golpe cariñoso en el brazo—. Preparar una boda no es fácil. Pero si algo no va bien y no sale como esperamos, bueno… lo recordaremos como una anécdota. ¿Verdad chicas?
—Sin duda —añado yo con sinceridad, mientras observo los detalles que hay por todas partes—. Además, lo que no está planeado, es lo que crea mejores recuerdos.
Miriam nos dedica una sonrisa que le llega hasta los ojos, y por primera vez desde que llegué a Maldivas, me siento como en casa.
Quizá porque ya no estamos en lados opuestos de una historia complicada, quizá porque, de alguna forma, todo ha cambiado y las heridas han empezado a cicatrizar sin que nos demos cuenta de ello.
—¿Y vosotras qué tal? —pregunta entonces Miriam, alternando la mirada entre Lidia y yo con curiosidad—. Parece que las cosas van mejor que la última vez, ¿no? Hoy os veo como más conectadas, no sé, se os nota algo especial.
Siento la mirada de Lidia posarse sobre mí y no necesito girarme para saber qué clase de emociones se agolpan detrás de esos ojos verdes que tanto amo.
—Todo va bien —responde ella con naturalidad—. Estuvimos dando un paseo y estamos un poquito cansadas, pero todo va bien.
—Eso es buena señal —interviene Pablo con una risa baja—. Significa que no os estáis peleando como gatas, que ya es un avance.
Lidia suelta una pequeña risa.
—No cantes victoria tan pronto, papá —añade ella, guiñándole un ojo—. Por mucho que hayan mejorado las cosas, seguimos siendo las mismas. ¡Así que en cualquier momento… boom! —comenta, haciendo más grande ese estallido con las manos.
—Mientras no estalle en mitad de la boda, todo bien.
La conversación fluye con facilidad entre nosotros, saltamos de un tema a otro, hablamos de esos pequeños detalles que Lidia y Miriam terminaron de organizar esta misma mañana, recordamos la excursión de días atrás y hasta nos permitimos bromear sobre lo mal que lo pasé yo en el barco, cuando las olas parecían decididas a ponerme a prueba.
—No fue para tanto, exageráis —digo yo, recuperando un poco de dignidad mientras me enderezo en la silla.
—Claro que no —responde Lidia, mirándome con esa chispa traviesa en la mirada—. Solo estabas a punto de echar la primera papilla que te dio tu madre, nada más.
—Exagerada —replico, aunque no puedo evitar sonreír.
—¿Yo? —alza una ceja—. Si casi te tiro al agua para que se te pasara el mareo de una vez. Ahora que lo pienso, se te habría quitado de golpe.
—Eso habría empeorado las cosas —contesto, uniéndome a su juego.
Nos miramos directamente a los ojos y reímos con ganas.
Ese momento lo es todo para mí: es natural, ligero como la brisa que nos rodea, y sobre todo no duele, no arrastra consigo el peso del pasado.
Pero la vida real siempre vuelve, y la presencia de Ingrid se abre paso dentro de mí, recordándome que esta felicidad tiene un precio que todavía no he pagado, un precio que me persigue y amenaza este equilibrio frágil que mantengo.
Aprieto ligeramente los dedos sobre la servilleta de tela, intentando apartarla de mi cabeza, regresando a este presente, a esta noche perfecta
—¿Bailas conmigo? —pregunta Pablo de repente, mirando a su hija con entusiasmo.
Ella parpadea, sorprendida por la invitación.
—¿Ahora mismo? —responde, aunque ya se le escapa una sonrisa.
—Claro, ahora —insiste él, levantándose con energía y extendiendo la mano hacia ella—. No pienso esperar a la boda para sacarte a bailar, venga, que la noche es joven.
Lidia duda solo un segundo. Me mira a mí, y no puedo evitar sonreír y guiñarle un ojo.
—Vale —acepta finalmente—. Pero no me pises, ¿eh? Que te conozco.
—No prometo nada, hija —contesta Pablo soltando una carcajada.
Se alejan hacia la zona donde suena la música, y yo me quedo observándola en silencio. La risa de Lidia llega hasta mí en ráfagas. Pongo atención en el brillo de sus ojos, ese que siempre ha tenido y que, por un momento, pensé que había perdido para siempre por mi culpa.
—Qué bonito es verlos juntos, ¿verdad? —comenta Miriam, con voz suave y cargada de ternura.
Asiento despacio, sin apartar la mirada de la pista de baile.
—Sí… —murmuro, aunque en realidad no es eso lo que realmente me tiene atrapada.
Suspiro profundamente, dejando que el aire salado llene mis pulmones.
—Lo bonito de verdad es ver cómo le brillan los ojos a ella. Como si hubiera recuperado algo que llevaba tiempo buscando. Hacía tiempo que no la veía así…
Miriam guarda silencio un instante, respetando el momento, y cuando habla lo hace con sinceridad. Porque sabe que conmigo, aquí, puede hacerlo.
—Está feliz, y algo me dice que tú eres la culpable de ese cambio. ¿O me equivoco?
Me quedo quieta un momento, procesando lo que acaba de decir. La palabra «culpable» me golpea en dos direcciones al mismo tiempo porque sí, soy culpable de muchas cosas. De su felicidad repentina, pero también de prestarme a seguir con esto cuando sé que Ingrid me está esperando en Londres.
—Soy la culpable de muchas cosas… —respondo, bajando la mirada un segundo antes de volver a levantarla para encontrarme con la suya—.
Pero esta vez… solo quiero conseguir que ella sonría así el resto de su vida.
Que ese brillo no se apague nunca. Quiero ser la razón por la que sus días sean más ligeros, por la que sus noches se sientan como esta, llenas de felicidad.
Miriam no dice nada durante un buen rato, solo se centra en ver a Pablo y Lidia bailar y disfrutar de ese instante mágico y lleno de amor.
—Había olvidado lo que es esto —continúo—.
Sentirte conectada con alguien de verdad, desear a una persona incluso cuando estás dormida y sueñas con ella, no poder separarte porque…
—trago saliva, notando cómo se me forma un nudo en la garganta— porque no sabes cómo vivir sin ella, porque la idea de perderla duele más que cualquier otra cosa.
El peso de mis palabras me cae encima y por un instante, me quedo sin respirar.
—Y Lidia… —empiezo, pero no termino la frase.
Miriam me dedica una media sonrisa que lo dice todo.
—Lidia te tiene loca perdida, ¿eh?
—Se nota mucho, ¿no? —pregunto, casi con timidez.
—¿Mucho? —responde ella, levantando las cejas—. Muchísimo, cielo. Se os ve en la forma de miraros, en cómo os buscáis. Es precioso, la verdad. Y me alegra saber que Pablo no estuvo tan mal acertado al juntaros.
Llevo la mirada hacia la pista de nuevo.
Lidia gira sobre sí misma riendo a carcajadas mientras Pablo intenta seguirle el ritmo con torpeza.
En ese momento siento felicidad pura, esa clase de felicidad que te calienta por dentro.
Pero también miedo, un miedo sutil que se enreda en mis costillas al ser consciente de que esto no está bien, que no es justo para nadie y que, desde luego, no es sencillo para mí.
Ingrid regresa a mi mente y recuerdo esa sensación extraña que tuve cuando hablamos poco después de llegar a la isla.
Esos celos que no llegaron a asomar del todo en sus labios, pero que me dejó con el estómago revuelto y el corazón encogido.
Yo le dije que no debía preocuparse por nada, y no sé cómo he sido capaz de hacer todo lo que he hecho sin sentirme un monstruo.
—¿Va todo bien? —pregunta Miriam, percibiendo el cambio sutil en mi expresión.
Asiento rápidamente, intentando recomponer la sonrisa.
—Sí… solo pensaba en algunas cosas, nada más.
—Cuidado con eso —bromea ella con cariño—. Pensar demasiado suele complicarlo todo, ya lo sabes.
Suelto una pequeña risa que suena un poco forzada.
—Lo sé perfectamente.
—Entonces no lo hagas, disfruta del momento, que el destino ya se encargará de poner todo en su sitio.
«Ojalá fuera tan fácil como colocar en manos del destino mi vida y esperar que él la organice», pienso.
Lidia y Pablo regresan a la mesa poco después. Ella tiene las mejillas sonrojadas por el esfuerzo y la risa, los ojos brillantes como estrellas reflejadas en el mar, y esa sonrisa que parece hecha sólo para mí.
—¿Has sobrevivido al baile con tu padre?
—Por poco —responde ella, dejándose caer en la silla—. Creo que quiere matarme de agotamiento antes de la boda, en serio.
—Era eso o hacerte pasar por el apuro de bailar conmigo ese día.
La conversación continúa entre los cuatro, ligera y cálida, como si nada más existiera fuera de esta mesa, como si el mar, las luces y la música hubieran tejido un refugio solo para nosotros.
Pero dentro de mí hay dos fuerzas tirando en direcciones opuestas.
El amor profundo que siento por Lidia, ese que me llena el pecho y me hace querer protegerla de todo, y la culpa que me une todavía a Ingrid.
Sé que no puedo seguir ignorándolo eternamente, que esta burbuja no puede sostenerse para siempre sin que algo termine rompiéndose.
Pero entonces Lidia me mira y todo lo demás pierde fuerza: la culpa se difumina, el miedo retrocede y la verdad incómoda se queda en un segundo plano.
Me odio un poco por ello, por elegir este refugio, por no ser capaz de enfrentarme aún a lo que debo resolver.
Pero no lo suficiente como para apartarme de ella.
No lo suficiente como para romper esto que tenemos ahora.
Es aquí donde quiero estar. Aunque eso signifique que todo lo demás esté a punto de romperse en pedazos. Aunque sepa que tarde o temprano tendré que pagar el precio de esta felicidad robada.