CAPÍTULO 28
LA BURBUJA DONDE NOS ESCONDEMOS
Lidia
El cansancio del día me pesa en los hombros.
Es un cansancio dulce, de esos que llegan cuando sabes que has hecho las cosas bien, cuando todos los detalles en los que has trabajado encajan por fin y el cuerpo pide descanso a pesar de que la mente sigue despierta, latiendo con una energía tranquila y satisfecha.
Miriam y yo hemos pasado la tarde ultimando esos pequeños detallitos que aún no estaban del todo resueltos.
Ahora ya está todo listo, preparado para la llegada de los invitados y todas las celebraciones que llegarán antes de ese día tan especial.
Aunque ambas sabemos bien que hay cosas que, por mucho que intentes controlarlos, terminan escapándose. Como la vida misma. Como el amor.
Bárbara y yo hemos quedado en vernos en la playa para dar un paseo, y cuando atravieso el sendero que da acceso a los bungalós, la encuentro exactamente donde pensaba que estaría: apoyada en uno de los postes de madera, con la mirada perdida en el horizonte, sumida en sus propios pensamientos.
El sonido del mar lo envuelve todo, la luz tenue del atardecer pinta el agua de colores maravillosos y el corazón me da un vuelco.
Es en ese pequeño espacio de tiempo, en el que soy consciente de lo mucho que la quiero.
—Ya estoy aquí —le digo, llamando su atención—. ¿Has esperado mucho?
—Pensaba que no ibas a venir —exagera.
—Y perderme esto… —respondo, señalando con la barbilla hacia el mar que se extiende ya oscuro y brillante frente a nosotras—. Ni de broma.
Bárbara sonríe, y algo dentro de mí se relaja, como si ese gesto sencillo bastara para ordenar todo el caos emocional que llevo dentro.
Empezamos a caminar sin prisa por la arena todavía caliente bajo los pies.
De vez en cuando, una ola pequeña llega hasta nosotras, rozándonos los tobillos con una caricia suave y fría antes de retirarse de nuevo.
El cielo está completamente despejado, salpicado de estrellas que brillan con fuerza.
Hay un silencio entre nosotras que no incomoda.
Al contrario, nos envuelve y protege, como si el mundo entero hubiera decidido darnos este momento solo para las dos.
—Ha sido un día largo… —comento al cabo de un rato, rompiendo el silencio con naturalidad—. Creía que no iba a terminar nunca.
—Créeme, te entiendo. Tu padre me volvió loca. Estuvimos organizando los recuerdos que quiere dar a los invitados —añade ella, mirándome de reojo—. Y no te imaginas lo cambiante que es. No sé a quién me recuerda.
Suelto una risilla porque sí, eso lo heredé de él.
—Nos van a volver locas —susurro y busco su cercanía—. Pero me alegra poder compartirlo contigo.
Nos miramos solo un segundo, y no hace falta decir nada más. Ambas sabemos lo importante que es para las dos estar aquí y vivir este momento juntas.
Seguimos caminando un poco más, dejando que el sonido constante de las olas marque el ritmo de nuestros pasos. Sin darme cuenta, me acerco un poco más a ella, lo justo para notar el calor que desprende su cuerpo junto al mío. Lo suficiente para admitir, aunque sea en silencio, que lo necesito.
Estos días, desde que cruzamos la línea que habíamos trazado con nuestro divorcio, no he dejado de pensar en cómo sería nuestra vida si pudiésemos comenzar de nuevo. En cómo sería todo si borrásemos todos estos dos años y nos centrásemos sólo la una en la otra.
—¿En qué estás pensando? Estás muy callada —pregunta Bárbara de pronto, y su voz suena suave, llena de curiosidad.
Me pilla desprevenida. Me detengo en seco, me giro hacia ella y le dedico una de esas sonrisas que no puedes contener y que se te clava en las mejillas.
—En todo lo que está pasando… —empiezo, negando ligeramente con la cabeza—. Parece mentira que unas semanas en Maldivas y una tormenta hayan tenido más efecto que todas las veces que discutimos o nos sentamos a buscar soluciones a lo que nos pasaba.
La observo con atención y de un momento a otro, veo en sus ojos algo que hacía años no veía: claridad.
—Lo sé —responde en voz baja.
El viento mueve con delicadeza algunos mechones de su pelo y por un segundo, todo parece detenerse a nuestro alrededor.
—Hice muy mal las cosas, Lidia —continúa, y la sinceridad que hay en su tono de voz me descoloca.
No hay rastro de aquellas excusas que usó en su momento.
Tampoco esas justificaciones que solo me hicieron sentir insuficiente en su vida.
Solo hay verdad pura y desnuda. Trago saliva sintiendo cómo esa confesión se me clava suavemente en el pecho y levanto una mano para apoyarla en su corazón—.
Me volví loca y me lancé a organizar las cosas sin pensar —sigue diciendo—.
Nuestro matrimonio, nuestra vida, nuestro futuro…
y no te escuché. Fui incapaz de escuchar lo que tú necesitabas.
«Lo que yo necesitaba». Esa frase se queda flotando entre nosotras. Porque eso es lo que pasó, es lo que me hizo daño y lo que lo rompió todo.
—Solo querías crecer… —digo sin pensar—. Necesitabas más y las chicas en Valencia no te daban lo que necesitabas.
Bárbara frunce ligeramente el ceño con esa expresión de quien está intentando entenderse a sí misma.
—¿Y qué necesitaba?
—Supongo que todo se te quedaba muy pequeño —respondo sin saber bien si es eso lo que le ocurría o no—. Te sentías minimizada, y buscabas volar alto. Tal como lo has hecho en Londres.
Su mirada vacila un instante, y luego asiente despacio.
—Sí, bueno… —admite en un susurro—. Pero en el proceso… te perdí a ti.
El silencio regresa y permite que todo lo que estamos hablando se asiente dentro de nosotras.
—Yo tampoco lo hice bien —añado entonces, bajando la mirada hacia la arena que mancha mis pies—. Me cerré en banda. Me enfadé mucho. Y en lugar de intentar entenderte, me alejé y levanté mis muros.
—No —niega ella dando un paso hacia mí—. Tú no tienes culpa de nada. Así que no te culpes por lo que pasó, Lidia. No es justo.
—Bárbara…
—No —insiste, y su voz suena clara y decidida—. Fui yo la que decidió por las dos, la que antepuso su crecimiento profesional a ti. A ti, que eras lo más maravilloso de mi vida —añade—. No pensé en ti, solo pensé en mí y te hice creer insuficiente.
Levanto la vista y la miro directamente a los ojos. No estoy acostumbrada a esta versión de ella, tan clara, tan honesta, tan dispuesta a asumir su parte de culpa sin rodeos.
—No sigamos hablando de ello, ¿vale? —le pido—. Ahora estamos aquí, estamos viviendo esto y aunque ha pasado mucho tiempo….
—Todo ha pasado en el momento perfecto —dice entonces, interrumpiendo mis palabras, acortando la distancia entre nosotras.
Sus manos suben despacio hasta mis mejillas, y el contacto se transforma en una corriente eléctrica que se extiende por toda mi piel.
—¿Eso crees…? —repito, casi en un susurro.
—Sí —afirma con suavidad—. Porque si no hubiera pasado todo lo que pasó… no estaríamos aquí ahora, juntas, hablando de esta manera.
La miro fijamente a los ojos, intentando procesar sus palabras, intentando creer que esto es real y no solo un sueño bonito que se desvanecerá al amanecer.
Y es en sus ojos color chocolate que descubro que lo que está pasando no solo es sexo y tampoco es fruto de esa nostalgia por lo que fuimos.
Es algo más profundo, algo que yo también siento.
—¿Y ahora qué somos…? —pregunto casi por inercia.
Sus pulgares acarician mi piel con una ternura infinita.
—Lo que siempre fuimos… —responde sin dudar.
Mi respiración se entrecorta por un instante. Quiero creerla con todas mis fuerzas. Necesito creerla. Porque después de tanto tiempo protegiéndome, escondiéndome, huyendo de lo que siento por ella… lo último que quiero es acabar tan rota como la primera vez.
Apoyo mi frente contra la suya con cuidado. Cierro los ojos y dejo que ese instante exista de verdad, sin pensar en el mañana, sin pensar en nada más que en nosotras dos aquí, ahora.
—Esto es una locura —murmuro contra su piel.
—Un poco —responde ella, y noto cómo sonríe.
—¿Y si nos volvemos a equivocar?
—Bueno, al menos habremos disfrutado al máximo de estos días… —responde, con un tono de duda en su voz—. Solo quiero que hagamos de estos días un sueño. Ya pensaremos en el futuro más tarde.
Abro los ojos y la miro de nuevo descubriendo esa burbuja que se forma a nuestro alrededor cada vez que estamos a solas. Ese lugar donde todo parece posible. Donde el pasado no pesa tanto sobre nosotras. Donde el futuro no asusta. Donde nosotras dos somos suficientes, simplemente siendo.
Sé que no es real del todo. Sé que no es sostenible. Sé que tarde o temprano tendremos que enfrentarnos a todo lo que hemos dejado fuera. Pero esta noche. Esta noche es nuestra.
Me acerco un poco más, hasta que apenas queda espacio entre nuestros cuerpos.
Y la beso. Despacio. Sin prisa. Sin urgencia.
Como si estuviéramos aprendiendo a besarnos de nuevo, redescubriendo cada sensación con calma y cuidado.
Como si no hubiera nada que romper. Como si no hubiera nada que perder. Solo esto. Solo nosotras.
Mientras sus manos me rodean la cintura con firmeza y delicadeza al mismo tiempo, mientras el mar sigue susurrando su canción eterna a nuestro alrededor y el cielo se mantiene intacto sobre nuestras cabezas, pienso que quizá esta burbuja no sea solo un refugio temporal.
Quizá sea el lugar al que siempre hemos pertenecido.
El beso se alarga, suave y profundo, y siento cómo su cuerpo se relaja contra el mío, cómo sus dedos se enredan con ternura en mi pelo. El olor a sal y a noche se mezcla con el aroma familiar de su piel, y por un momento el tiempo se estira hasta hacernos un hueco solo para nosotras.
Cuando nos separamos apenas unos centímetros, sus ojos brillan con una intensidad que me deja sin aliento.
No dice nada durante unos segundos, solo me mira como si estuviera memorizando cada detalle de mi rostro.
Yo hago lo mismo: recorro con la mirada la línea de su mandíbula, la curva suave de sus labios aún húmedos por el beso, la forma en que el viento le mueve el pelo.
—No quiero que esto termine nunca —confieso en voz baja, casi sin darme cuenta de que las palabras han salido de mis labios.
Bárbara sonríe con esa sonrisa lenta que siempre me ha vuelto loca.
—Haremos lo que esté en nuestras manos para lograrlo —responde, y su voz se baña de algo que no sé bien qué es—. Solo tú y yo, intentando hacerlo bien esta vez. O al menos, poniendo el esfuerzo en ello.
Asiento porque en este momento no quiero pensar en nada más. Solo quiero sentir sus manos en mi cintura, el calor de su cuerpo tan cerca del mío, el sonido del mar como banda sonora perfecta de este instante que parece sacado de un sueño.
Después de unos minutos, seguimos caminando un poco más por la orilla, ahora con las manos entrelazadas, como si nunca hubieran dejado de hacerlo, compartiendo esa complicidad que siempre hemos tenido, incluso en los peores momentos.
—Recuerdo la primera vez que paseamos juntas por la playa —dice de pronto, dejando que los recuerdos afloren sin miedo—. Tú estabas aún descompuesta por ese viajecito en barco. Y al final terminaste vomitando, obligándome a estar contigo hasta el amanecer.
Suelto una risa suave, apretando un poco más su mano.
—Y tú te burlaste de mí todo el rato, diciendo que parecía una turista que se había propasado con los cócteles del resort. Pero vivimos una noche maravillosa.
—Creo que fue esa noche que me di cuenta que estaba enamorándome de ti.
Ella se detiene y me mira con ternura.
—Yo también. Solo que tardé demasiado en aceptarlo… —confieso.
Nos quedamos ahí, mirándonos bajo la luz de la luna, con el mar como testigo de todo lo que sentimos y reflejamos en nuestros besos.
En ese instante entiendo que, aunque el camino no va a ser fácil, aunque haya obstáculos y conversaciones pendientes, vale la pena intentarlo.
Porque esto que tenemos, esta conexión que sigue viva, es demasiado valioso como para dejarlo escapar de nuevo.
Bárbara se acerca de nuevo y me besa, esta vez con un poco más de intensidad, como si quisiera sellar todo lo que hemos hablado esta noche. Sus labios son suaves y cálidos, y yo respondo con la misma entrega, dejando que mis manos suban por su espalda hasta enredarse en su pelo.
Cuando nos separamos, apoya su frente contra la mía otra vez y susurra:
—Vamos a hacerlo bien, Lidia. Te lo prometo.
Y yo la creo. Porque en sus ojos veo la misma determinación que siento yo. Porque esta noche, bajo este cielo lleno de estrellas y con el mar como única compañía, todo parece posible.