Prohibido repetir contigo CAPÍTULO 27 #2
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CAPÍTULO 27 #2

Levanto la vista hacia ella. Su tono es ligero, curioso, completamente inocente, y eso lo complica todo todavía más. No merezco esa inocencia. No después de todo lo que escondo.

—Sí… bueno —respondo mientras cojo el móvil con las manos—. Es mi compañera de trabajo. La dejé a cargo del equipo antes de venir. Ya sabes cómo es esto.

La mentira sale demasiado fácil, no es completa, pero resulta suficiente para el momento. Y mientras la pronuncio, por dentro una vocecilla no deja de preguntarme hasta cuando voy a seguir mintiendo a la mujer que me mira como si fuera su mundo entero.

Lidia asiente, tranquila, y se lleva la taza a los labios.

—Seguro que todo va bien —dice con suavidad—. Ya se lo compensarás cuando vuelvas. Eres buena en lo tuyo, seguro que lo entiende.

«Compensar». La palabra resuena dentro de mí con un peso incómodo que me revuelve el estómago. Compensar a Ingrid por haberla dejado sola mientras yo estoy aquí, enamorándome cada día más de otra. Compensar a Lidia por ocultarle que hay otra persona que cree que soy suya…

Bajo la mirada hacia la pantalla y leo el mensaje:

Ingrid : ¿Estás comiendo? Yo estoy ya en la ciudad deportiva, todo el mundo está de los nervios. Al parecer, van a cambiar a la entrenadora y es una locura.

Respiro hondo antes de contestar. Mis dedos se mueven con rapidez, casi en automático, pero por dentro cada letra me pesa como plomo.

Bárbara : Era de esperar. Lo ha hecho bien, pero no tan bien como se esperaba. Ya me cuentas los detalles.

El mensaje se marca como leído casi al instante.

Ingrid : Lo haré. Por cierto… te noto rara estos días. ¿Todo va bien por allí?

El estómago se me encoge un poco más. Levanto la vista con disimulo.

Lidia también está sumergida en su teléfono, sonriendo con entusiasmo, ajena por completo a la conversación que mantengo.

La culpa me aprieta el pecho con tanta fuerza que me duele al respirar.

Estoy destruyendo dos relaciones con mis propias manos, todo por querer quedarme con Lidia.

Bárbara : Todo bien. Ya queda poco para la boda de Pablo y Miriam, y los nervios no me dejan dormir. Ya sabes cómo soy.

La respuesta tarda un poco más esta vez.

Ingrid : Sí… te conozco. Seguro que todo sale bien. No te preocupes. Ojalá estuviera allí para vivirlo contigo. Te echo de menos.

Podría decirle que yo también, pero no es exactamente lo que siento.

Bárbara : Te enviaré fotos, te lo prometo.

Bloqueo el móvil y lo dejo boca abajo sobre la mesa, como si así pudiera silenciar también todo lo que siento en este instante.

—¿Todo bien? —pregunta Lidia, mirándome con esa atención profunda que siempre ha tenido conmigo, esa que a veces resulta demasiado intensa y que ahora me hace sentir aún más miserable.

—Sí —respondo rápidamente, forzando una sonrisa—. Al parecer van a sustituir a la entrenadora y todo está revuelto.

—Ya… —murmura ella con una sonrisa comprensiva que me parte el alma—. Si necesitas llamar a tu compañera para interesarte, puedes hacerlo. No te voy a secuestrar toda la mañana. Aunque me encantaría, la verdad.

—Podrías intentarlo —digo, dejando que una sonrisa asome a mis labios, aunque por dentro estoy gritando.

—No me des ideas —responde ella con un brillo travieso en los ojos—. Porque soy capaz de atarte a la silla y no dejarte salir hasta que se acabe el día.

Esa ligereza suya contrasta demasiado con el peso que llevo encima, con estas dos realidades que chocan dentro de mí sin encontrar un punto de equilibrio.

Dos versiones de mí misma. Dos vidas que no encajan entre sí por más que lo intente.

Pero aquí estoy. Sentada frente a Lidia deseando que el tiempo se detenga, que nadie me obligue a elegir, que esto no termine nunca.

Siento su mano posarse sobre la mía, suave y cálida, y ese contacto me ancla al presente.

—Oye —dice, inclinándose un poco más hacia mí, con los ojos llenos de ternura—. Estás aquí, ¿vale? No dejes que el trabajo te saque de esto ni un segundo. Quiero que disfrutemos de estos días juntas, sin que nada lo eclipse.

Levanto la vista y la miro dejando que sus ojos me atrapen. En ese instante los remordimientos siguen ahí, pesados, aplastantes, pero el amor que siento por ella los hace un poco más soportables.

—No lo hará —respondo con una convicción que, en ese preciso instante, siento de forma absoluta.

Y lo creo. Porque cuando sonríe así, cuando me mira, cuando su pulgar dibuja pequeños círculos sobre mi piel…

todo lo demás pierde fuerza. Incluso la culpa.

Incluso el miedo. Incluso la verdad que tarde o temprano tendré que enfrentar.

Aprieto ligeramente su mano, como si ese gesto pudiera fijar este instante para siempre, como si pudiera quedarme aquí un poco más, aunque sepa en el fondo que no es sostenible, que no es justo y que, en realidad, no es del todo real.

Pero es nuestro y ahora mismo eso es lo único que me importa.

El sol sigue entrando por la ventana y baña la mesa con una luz dorada que parece querer protegernos de todo lo demás.

Lidia sigue hablando de las flores, de los detalles de última hora.

Yo la escucho, asiento y dejo que su voz me envuelva.

Por unos minutos más, permito que el mundo exterior se quede exactamente donde está: lejos.

Muy lejos. Porque aquí, con su mano todavía sobre la mía y su sonrisa iluminando todo a su alrededor, solo existe este momento y esta mujer que, sin proponérselo, ha conseguido que olvide, aunque sea por un rato, que mi vida está partida en dos.