Prohibido repetir contigo CAPÍTULO 27
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CAPÍTULO 27

LA VIDA DE LA QUE NO HABLAMOS

Bárbara

Despertar a su lado se ha convertido en una costumbre peligrosa. No por lo que implica, sino precisamente por lo fácil que resulta dejarse llevar, por lo sencillo que es rendirse a esta calidez que me envuelve como si el mundo entero se hubiera detenido solo para nosotras dos.

Abro los ojos con lentitud y esa sensación cálida se me queda pegada a la piel, como si algo dentro de mí hubiera encontrado por fin un lugar donde descansar en calma absoluta.

Durante unos segundos no pienso en nada: ni en Londres, ni en Valencia, ni en las decisiones que siguen pendientes en algún rincón oscuro de mi cabeza.

Solo la siento a ella, solo respiro su presencia.

Lidia está tumbada de espaldas, con el pelo revuelto cayéndole sobre los hombros desnudos.

La sábana apenas la cubre y la luz suave de la mañana se desliza por su piel, dibujando líneas doradas que me invitan a quedarme ahí, contemplándola como si el tiempo nos perteneciera.

Lidia se mueve ligeramente, como si notara mi mirada incluso con los ojos cerrados, y busca mi mano entre las sábanas hasta que la encuentra.

Cierro los ojos un instante porque ese simple apretón lo es todo.

Y ahí reside el problema. No debería sentirse tan correcto, tan inevitable.

No debería ser tan sencillo olvidar el resto del mundo cuando estoy con ella.

Pero lo es. Y en ese momento, mientras su mano aprieta la mía con esa confianza ciega, los remordimientos nacen con fuerza en mi corazón.

Pienso en Ingrid, en la otra vida que tengo lejos de aquí, en las mentiras que he tejido desde hace días para mantener esto intacto.

«Estoy con dos mujeres a la vez. Las estoy mintiendo a ambas.

Y todo, absolutamente todo, lo hago por mi propio beneficio».

El pensamiento me revuelve el estómago. ¿Cómo puedo mirarla a Lidia con tanto amor en los ojos y al mismo tiempo guardar este secreto que me corroe por dentro?

Sé que la amo de verdad, que es a ella a quien quiero, pero precisamente por eso intento mantenerla apartada de la verdad.

No quiero que sufra de nuevo. No quiero que esta burbuja que hemos construido se derrumbe por mi culpa.

Los remordimientos pesan más que el amor en este instante, me aplastan el pecho y me dejan sin aliento, pero aun así no suelto su mano.

Porque soltarla significaría admitir que todo esto es un error.

—Buenos días… —murmura con la voz aún tomada por el sueño.

Sonrío sin poder evitarlo, aunque por dentro siento un nudo que se aprieta cada vez más.

—Buenos días —respondo en voz baja, intentando que mi tono suene normal, ligero, como si no estuviera luchando contra una marea de culpa que amenaza con ahogarme.

Se gira despacio hasta quedar frente a mí.

Sus ojos se abren poco a poco, encontrándose con los míos como si el pasado no existiera entre nosotras.

Me mira con dulzura y yo, en silencio, me repito una y otra vez que esto es lo correcto, que ella es lo correcto, aunque mi conciencia me grite lo contrario.

—Me gusta despertarme así —dice con una media sonrisa que ilumina su rostro entero—. Sin alarmas, sin prisas, sin… la vida real soplándome en la nuca.

La última frase la pronuncia casi en un susurro, y sé que no soy la única que lo siente.

Pero mientras la escucho, mis pensamientos se revuelven en mi cabeza y me invaden con más intensidad: «¿Y si supiera que mi vida real está con otra persona?

¿Y si supiera que cada beso que le doy lleva el peso de una doble traición?

» El remordimiento me estruja el estómago y me sube por la garganta como bilis.

Estoy mintiendo a Ingrid con cada mensaje que le envío desde aquí, y le miento a ella con cada sonrisa que le dedico.

Todo por mí. Por no perder esto. Por no renunciar a ella.

Solo sé que la amo de verdad. La amo tanto que prefiero cargar yo sola con esta culpa antes que verla rota por mi culpa.

—Es peligroso —contesto con suavidad, aunque la voz me tiembla un poco por dentro.

Frunce el ceño, divertida, ajena a la tormenta que se desata en mi cabeza.

—¿El qué?

—Que me acostumbre tanto a despertarme a tu lado —digo, y en mi mente añado: «Que me acostumbre a ti, a esto, a vivir en esta mentira que cada día se hace más grande.»

Su sonrisa se ensancha y se encoge de hombros con esa ligereza que tanto me gusta y que, al mismo tiempo, me duele porque yo no puedo permitirme sentirme así de libre.

—Bueno… entonces, no pensemos en eso ahora mismo.

Ahí está otra vez: esa facilidad suya para hacer que todo parezca más sencillo de lo que realmente es.

Durante un segundo deseo con todas mis fuerzas hacerle caso, quedarme en este rincón donde nada más importa, donde solo existimos ella y yo.

Pero los remordimientos no me dejan. Pienso en Ingrid, en su confianza en mí, en cómo le he prometido que las cosas irían bien y que no debía preocuparse por nada.

Pero aquí estoy, con la mano de Lidia entre las mías, sintiendo que el amor que siento por ella es tan real que duele, pero que la culpa es aún más pesada.

Intento apartar a Lidia de la verdad porque sé que, si la supiera, la perdería.

Y perderla no es una opción. No cuando ella es lo único que me hace sentir viva de verdad.

Pero no digo nada, solo la miro y, sin pensarlo dos veces, me inclino para besarla.

Lo hago despacio, sin ninguna urgencia, como si el tiempo aquí, en esta cama, no tuviera ningún peso sobre nosotras.

Sus labios responden con esa ternura que me rodean y por un instante, se acallan los remordimientos.

Solo queda ella. Solo queda este beso que sabe a hogar y a mentira al mismo tiempo.

****

El restaurante del resort recibe la mañana con la luz del sol entrando por los grandes ventanales, llenándolo todo de una calidez que debería ser reconfortante, pero que a mí me resulta casi agobiante.

El aire huele a café, a fruta fresca cortada y a pan tostado que todavía conserva el calor del horno.

El murmullo suave de las conversaciones se mezcla con el rumor constante del mar, que siempre está ahí, como un telón de fondo constante.

Nos sentamos en una mesa junto a la ventana, como si llevara toda la vida compartiendo desayunos con ella en este mismo lugar, como si esto fuera normal, como si no estuviera construyendo nuestra relación sobre arena movediza.

—Hoy me va a explotar la cabeza —comenta Lidia mientras se sirve café con gesto resignado—.

Miriam está en modo «boda inminente» total y no para de mandarme mensajes con ideas nuevas cada cinco minutos.

Ya le he dicho que todo está ideal, que no tiene que preocuparse por nada más, pero a este paso…

va a querer cambiar hasta las flores que elegimos juntas.

Suelto una risa sincera, aunque por dentro siento que la risa se me atraganta. Con ese comentario recuerdo cómo fueron las semanas previas a nuestra boda, los nervios y la presión constante.

—Es normal que esté así. Recuerda lo mal que lo pasamos tú y yo con la nuestra —respondo—. Si necesitas ayuda, solo tienes que decirlo. Decidí viajar antes porque no quería perderme estos días por nada en el mundo —añado, y en mi cabeza pienso: «ojalá pudiera perderlo todo menos esto, menos a ti.»

—No, no —niega ella, señalándome con la cucharilla del café—. Tú te mantienes al margen. Alguien se tendrá que encargar de ayudar a mi padre mientras yo lidio con sus ideas locas de última hora.

—Di mejor que no quieres enfrentarte a tu padre porque sabes que puede ser peor. Cobarde —la provoco con cariño, aunque la palabra me sabe amarga porque la verdadera cobarde soy yo.

—Él te invitó —responde ella sin perder la sonrisa, y me guiña un ojo con esa complicidad que compartimos siempre.

La observo mientras habla y siento algo inmenso creciendo dentro de mí, algo que se parece mucho a esa tranquilidad que disfrutábamos aquellos años en los que nuestra relación estaba bien, a esa idea tentadora de que esto podría ser real, de que podríamos ser esto todos los días de nuevo, sin interrupciones ni mentiras.

Pero entonces los remordimientos regresan y me obligan a apartar la mirada.

—¿Qué ocurre?

—Nada —respondo, aunque sé que no cuela.

—Eso no es verdad y lo sabes. Venga, dime.

—Vale —admito, apoyando la barbilla en la mano—. Estaba pensando que se te da realmente bien esto.

—¿El qué?

—Hacer que todo parezca fácil, natural… como si no costara ningún esfuerzo. Como si la vida fuera más sencilla cuando estás tú en ella.

Se queda en silencio un segundo, removiendo el café con la cucharilla, y su mirada se suaviza.

—No lo es —dice al fin, con voz más baja—. Pero aquí, contigo, lo parece. Contigo todo se siente más ligero, Bárbara. No sé cómo lo haces, pero me haces olvidar todo lo que hay fuera de esta isla.

Asiento porque entiendo exactamente cómo se siente.

Aquí todo es más sencillo. No hay consecuencias, el mundo real queda demasiado lejos y las obligaciones parecen difuminarse entre el sonido de las olas y el olor a salitre.

Pero yo sí veo las consecuencias. Las veo cada vez que miro el móvil.

Las veo en cada mentira que sale de mi boca.

El sonido de mi móvil vibrando sobre la mesa rompe el momento de golpe.

Miro la pantalla y el nombre de Ingrid se ilumina en la pantalla.

El pecho se me tensa al instante y un nudo de culpa se me instala en la garganta.

Estoy aquí, con Lidia, pero al mismo tiempo mantengo viva la otra relación con mensajes rápidos y mentiras piadosas.

Todo por mí. Todo para no perder nada. Todo para no quedarme sola.

—Parece que te echan de menos —comenta Lidia, inclinándose ligeramente hacia mí con esa curiosidad inocente que me parte en dos—. ¿Es del trabajo?