Prohibido repetir contigo CAPÍTULO 26
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CAPÍTULO 26

COMO ANTES

Lidia

Estoy tumbada de lado sobre las sábanas revueltas, con el cuerpo todavía caliente y pegado al de Bárbara.

Nuestras pieles se rozan en cada respiración, desnudas, sin una sola barrera entre nosotras.

La brisa fresca de la noche entra por las ventanas abiertas y me acaricia la espalda con lentitud, una caricia tímida teniendo en cuenta la tormenta que acabamos de desatar las dos.

Fuera, el mar susurra contra la arena de la playa, un rumor constante y suave que parece acompasar los latidos de mi corazón.

Dentro, solo queda este silencio dulce, el mismo que nos envolvía hace años cuando nos bastaba con estar así, respirando la una cerca de la otra.

Siento el peso ligero de su pierna sobre la mía, el calor de su vientre contra mi cadera.

Todo es tan natural que un escalofrío me recorre de pies a cabeza.

Todo parece como antes, como si el tiempo no hubiera pasado, como si los años de distancia y de dolor se hubieran evaporado en cuanto nos tocamos.

Mi mano descansa sobre su cintura, y mis dedos trazan círculos perezosos sobre su piel suave.

Ella está aquí, es real, mía de nuevo. Y yo…

yo sé que por más que lo haya intentado con todas mis fuerzas, Bárbara sigue metida bajo mi piel.

Sí, Alex era la opción más calmada, ese puerto tranquilo y sereno.

Pero ahora soy consciente de que lo que siempre me frenó a dar el paso con ella era eso mismo, que no es calma lo que mi cuerpo y mi alma necesitan en realidad.

Es esta tormenta caótica, esta pasión que solo Bárbara sabe despertar en mí.

El ventilador del techo gira despacio, moviendo el aire cargado aún de nuestro olor.

La luz de las lámparas de mimbre es tenue, dorada, y dibuja sombras suaves sobre sus curvas.

Miro su perfil en la penumbra y el corazón se me aprieta de una forma que no sé explicar.

Es como si el mundo entero se hubiera reducido a este bungaló en Ukulhas, a nosotras dos enredadas en la cama, con la noche envolviéndonos.

Después de todo lo que acaba de pasar, las emociones me pesan como nunca.

Mi pecho sube y baja lleno de satisfacción, pero también de todos esos recuerdos que no consigo soltar.

Han sido meses, años incluso, fingiendo que podía vivir sin esto, sin ella.

Y ahora, con su piel todavía marcada por mis uñas y mi sabor en sus labios, me doy cuenta de lo vacía que ha estado mi vida sin esta conexión.

Siento una ternura inmensa, casi dolorosa, al pensar en todas las noches en las que me dormí llorando por lo que perdimos.

Pero también hay alivio, un alivio que me inunda.

Porque aquí estamos, después de tanto daño, y sigue siendo ella la que me hace sentir completa.

Bárbara rompe el silencio primero. Sus dedos se deslizan entre mi pelo con una lentitud que me eriza la nuca. La sedosidad de mis mechones parece fascinarla, porque los enreda y los suelta con una sonrisa que intuyo más que veo.

—Espero que Miriam y tu padre no nos estén buscando —murmura, con esa voz ronca que aún guarda la huella de los gemidos de hace rato. Su tono es ligero, pero noto cómo intenta disimular la misma emoción que me invade a mí.

No puedo evitar soltar una risilla baja, casi infantil, y busco su mirada.

Sus ojos brillan en la penumbra, llenos de esa chispa traviesa que tanto he echado de menos.

Me incorporo un poco sobre un codo para verla mejor, y el roce de mi pecho contra el suyo me provoca un cosquilleo que baja directo al vientre.

—Que busquen como locos —respondo, y mi voz sale más segura de lo que me siento por dentro—. Yo no pienso salir de aquí en toda la noche. Ni, aunque venga el mismísimo director del resort a llamar a la puerta. Después de esto… no quiero que nada nos interrumpa.

Bárbara sonríe de esa manera que hace que se le formen pequeñas arruguitas en las comisuras de los ojos.

Su mano abandona mi pelo y baja hasta mi mejilla.

Me acaricia con el pulgar, despacio, mientras se muerde el labio inferior de esa forma que siempre me ha hipnotizado.

Es un gesto tan suyo, tan cargado de intención, que el calor vuelve a encenderse en mi interior como esa clase de incendios que nunca se apagan del todo.

—¿Ni para comer algo? —pregunta, con un tono juguetón. Sus ojos me miran con una intensidad que me hace tragar saliva.

—Tengo todo lo que quiero comerme delante —digo, y dejo que mi mirada recorra su cuerpo sin prisa, desde la curva de su cuello hasta donde nuestras piernas se entrelazan—.

Además, si el hambre aprieta de verdad, siempre podemos llamar al servicio de habitaciones.

Pero ahora mismo… ahora mismo solo quiero esto. A ti. Así.

Ella se acerca un poco más y me besa. Es un beso lento, profundo, sin la urgencia de antes, pero igual de intenso.

Sus labios se posan sobre los míos como si quisieran memorizar cada textura, y yo me entrego a ella sin reservas.

Cuando se separa apenas unos centímetros, su aliento cálido roza mi boca.

—¿Qué es lo que deseas, Lidia? —susurra, y cada palabra vibra contra mis labios.

La pregunta me pilla por sorpresa, aunque no debería.

Me quedo en silencio un segundo, sintiendo cómo mi corazón se acelera de nuevo.

«¿Qué deseo?». Sé que volver con ella es una locura.

Después de tanto daño, de tantos años separadas, de promesas rotas y noches en las que creí que jamás volvería a su lado…

esto que nos está pasando es una locura.

Pero es una locura dulce, perfecta, de esas que te hacen sentir viva de nuevo.

No quiero otra cosa. No quiero la calma que Alex me ofrece, por mucho que la aprecie.

Quiero esta mezcla de fuego y ternura que solo Bárbara sabe darme.

Quiero sus manos sobre mi piel, su risa en mi oído, su forma de mirarme como si yo fuera el centro de su universo.

—Quiero estar a tu lado por lo que resta de días —respondo al fin, y mi voz sale baja pero firme, cargada de todas esas emociones que llevo dentro—.

Quiero despertarme mañana y que sigas aquí, desnuda, enredada conmigo.

Quiero que paseemos por la playa sin escondernos, que nos riamos de las tonterías de siempre y que, cuando llegue la noche, volvamos a perdernos la una en la otra.

Quiero sentir que esto no es un error, Bárbara.

Que es lo que siempre debimos ser. No he dejado de quererte.

Ni un solo día. Y me he dado cuenta de que separarnos, fue la decisión más estúpida que tomamos.

Ella me mira en silencio durante un instante que parece eterno. Sus ojos se llenan de algo que no sé descifrar, y luego asiente con una sonrisa que no le llega a los ojos, pero que ilumina toda su cara.

—Así será —dice simplemente, pero su voz se quiebra un poco al final, como si las mismas emociones que me ahogan a mí la estuvieran atrapando a ella—.

No sabes cuánto he soñado con oírte decir esto.

Estos dos años… he intentado convencerme de que podía seguir adelante sin ti, pero cada vez que cerraba los ojos, eras tú la que aparecías.

Y… —hace una pausa, una pausa que se alarga más de la cuenta y que ella se toma para pensar en todo lo que está pasando—.

Ahora, después de haberte sentido de nuevo…

joder, me tiemblan las manos solo de pensarlo.

El calor vuelve a crecer entre nosotras.

No como antes. Es algo más lento, más profundo, como una marea que sube poco a poco.

Su mano baja por mi espalda, trazando la línea de mi columna, y yo me estremezco.

La brisa nocturna entra de nuevo, fresca y salada, y contrasta con el calor de su cuerpo pegado al mío.

Me acurruco más cerca, apoyando la cabeza en el hueco de su cuello.

Huelo su piel, ese aroma mezcla de sal del mar y de nosotras, y cierro los ojos un momento.

Recuerdo las noches de hace años, en Valencia, cuando nos quedábamos así después de hacer el amor y el mundo parecía detenerse.

Entonces también había silencios como este, dulces y cargados de promesas no dichas.

Ahora, en Ukulhas, bajo el cielo estrellado de las Maldivas, siento que el círculo se cierra.

Que todo el dolor, las dudas y las huidas nos han traído de vuelta aquí.

—Sabes que esto no va a ser fácil, ¿verdad?

—murmuro contra su cuello, porque necesito decirlo en voz alta, aunque no quiera romper la magia—.

Todo lo que ha pasado en nuestras vidas sigue ahí fuera.

Pero ahora siento que por fin puedo ser yo misma, sin fingir que estoy bien cuando no lo estoy.

Es como si todos los muros que había levantado se hubieran derrumbado de golpe.

Y duele un poco, ¿sabes? Duele recordar lo mucho que sufrimos, el dolor y el vacío que sentí cuando todo desapareció.

—Esta noche es nuestra. Mañana ya pensaremos en el resto.

Hoy solo quiero estar contigo, Lidia. Como antes.

Mejor que antes. Y sí, duele. A mí también me duele recordar las veces que me desperté preguntándome por qué no luché más por nosotras.

Pero ahora… ahora que te tengo aquí, todo ese dolor se convierte en algo bueno.

En la prueba de que lo nuestro nunca murió del todo.

Sus palabras me llenan los ojos de lágrimas que no quiero dejar caer. Parpadeo rápido y sonrío, pero la emoción me aprieta la garganta.

—Eres imposible —susurro, y levanto la cabeza para mirarla a los ojos—.

Pero me encanta que, después de todo, sigas siendo la única que me hace sentir esto.

Antes he sentido que el pasado y el presente se juntaban.

Como si nunca hubiéramos estado separadas.

Me pregunto cómo pude pensar que podría reemplazarte con algo más tranquilo.

Alex es buena, es estable… pero tú eres mi tormenta, Bárbara. Y yo te necesito para sentirme viva.

Ella me besa la frente, luego la nariz, y por último los labios.

El beso se alarga, se hace más húmedo, más exigente.

Siento cómo el deseo vuelve a encenderse en mi vientre, lento pero imparable.

Sus dedos se enredan en mi pelo de nuevo, tirando con suavidad para inclinar mi cabeza y profundizar el beso.

Mi cuerpo responde solo, pegándose más al suyo, buscando el contacto que tanto necesito.

—¿Y si te digo que yo también necesito tus tormentas? —murmura contra mi boca, con la voz entrecortada—. ¿Qué estos años sin ti han sido como vivir en blanco y negro, y que hoy, al tocarte, todo ha vuelto a tener color? Lidia, no quiero perder esto. No quiero que el miedo nos gane.

Sus palabras me rompen un poco más. Acaricio su mejilla con el dorso de la mano y noto que ella también tiene los ojos brillantes.

—No vamos a perderlo —prometo, y mi voz sale ronca de emoción—.

Esta vez no. Vamos a pelear por nosotras, aunque tengamos que replantearnos toda nuestra vida de nuevo.

Ya no hay vuelta atrás. Te quiero, Bárbara.

Te quiero con todo lo que soy, con las cicatrices y con las ganas locas de repetir lo de hace un rato.

La noche es joven todavía. La brisa sigue entrando por las ventanas refrescando nuestra piel caliente.

El mar murmura fuera, ajeno a todo. Y nosotras…

nosotras estamos aquí, en este bungaló, descubriéndonos como si fuera la primera vez.

Sé que mañana habrá que enfrentarse a la realidad.

Pero ahora mismo, con Bárbara entre mis brazos y su corazón latiendo contra el mío, solo quiero esto.

Quiero que el tiempo se detenga un poco más.

Me separo apenas para respirar y la miro. Sus ojos están oscuros de deseo otra vez, pero también llenos de algo más tierno, más real.

—Quédate conmigo esta noche... —murmuro perdida en su mirara—, y háblame de todo eso que ha pasado estos años y que me he perdido. Quiero sentir que no hemos estado lejos, que solo ha sido una pesadilla de la que acabamos de despertar.

Bárbara une su frente a la mío y suspira.

—Te lo contaré todo, pero primero... primero quiero besarte y sentirte otra vez.

El calor crece. Sus manos bajan por mi espalda, apretándome contra ella. Mi respiración se acelera. Y mientras la beso de nuevo, más profundo, más lento, sé que esto es solo el principio de algo que ninguna de las dos va a poder parar.