CAPÍTULO 25
LA LÍNEA QUE SEGUIMOS CRUZANDO
Bárbara
El beso no es un beso. Es una explosión.
Mis labios chocan contra los suyos con toda la rabia, el hambre y el amor que llevo conteniendo desde que bajamos del barco.
Lidia gime contra mi boca, un sonido bajo y gutural que me abraza y recorre entera.
Sus manos se clavan en mi cintura y tiran de mí con tanta fuerza que casi perdemos el equilibrio en medio del sendero de arena.
El sol ya se ha escondido del todo, pero el cielo sigue ardiendo en tonos naranjas y rosas, y yo solo puedo pensar en una cosa: en ella.
En su boca caliente, en su lengua enredándose con la mía sin piedad, en ese sabor a sal y a deseo puro que me vuelve loca.
—Joder, Lidia… —susurro entre beso y beso, sin separarme ni un milímetro de ella.
Ella solo me muerde el labio inferior con fuerza y tira de mí hacia el bungaló más cercano, el suyo.
Tropezamos con los escalones de madera, riéndonos a medias, jadeando como dos locas.
Sus dedos tiemblan mientras busca la llave en los bolsillos de su vestido, pero yo no la dejo.
Le quito la mano de ahí, la empujo contra la puerta y la beso otra vez.
Mi rodilla se cuela entre sus piernas y ella se frota contra mí, desesperada, buscando alivio.
—Bárbara… aquí en medio no… —intenta decir, pero su voz se quiebra en cuanto mi mano sube por su muslo y le aprieto el culo por debajo de la tela.
—¿Desde cuándo te ha preocupado que nos vean? —gruño contra su cuello, mordiéndole la piel con los dientes—. Sigo recordando todas las veces que follamos mientras la familia o los amigos estaban al otro lado de la pared.
La puerta se abre de golpe y entramos a trompicones.
El bungaló está en penumbra, iluminado solo por la luz suave de las lámparas de mimbre que cuelgan del techo.
Huele a su perfume girando a nuestro alrededor.
Cierro de un portazo con el pie y la giro hacia mí.
Sus ojos son de un verde oscuro y en ellos veo el mismo fuego que me quema por dentro.
—Esto es una locura —dice, aunque sus manos ya tiran de mi camiseta, subiéndomela por la cabeza con urgencia.
—Pues que sea una locura —respondo, y le bajo los tirantes del vestido de un tirón.
La tela cae hasta su cintura y sus tetas quedan libres, perfectas, con los pezones duros apuntando hacia mí.
Me agacho y me meto uno en la boca, chupándolo con intensidad, lamiéndolo con la lengua mientras mi mano acaricia el otro.
Lidia arquea la espalda y suelta un gemido largo, de esos que siempre me han vuelto loca.
—Dios… sí… así…
Sus manos se enredan en mi pelo y tiran de mí contra ella.
Yo le bajo el vestido del todo, dejándola solo con las bragas blancas de encaje que ya están empapadas.
Me arrodillo frente a ella, le separo las piernas con las manos y hundo la cara entre sus muslos.
El olor de su sexo me golpea como un mazazo: dulce, salado, a ella.
Aparto la tela con los dedos y le doy un lametazo largo, desde abajo hasta el clítoris hinchado. Ella grita y sus rodillas tiemblan.
—Bárbara… joder…
La lamo como si me fuera la vida en ello.
Con la lengua entera, succionando su clítoris mientras meto dos dedos dentro de ella sin avisar.
Está tan mojada que entran solos, hasta el fondo.
Sus paredes se contraen alrededor de mí, apretándome, y yo empiezo a follarla rápido y profundo mientras mi boca no para de devorarla.
Lidia se apoya en la pared, con una mano en mi cabeza y la otra apretándose una teta.
Sus caderas se mueven contra mi cara, follándome la boca sin vergüenza ninguna.
—No pares… —jadea, y su voz se rompe en cada embestida de mis dedos.
Yo también estoy empapada. Mi propio sexo palpita en mis bragas pidiendo algo de atención, pero ella está primero.
Quiero que se corra en mi boca, que se deshaga por completo en mis labios, que olvide todas las murallas que ha levantado entre nosotras.
Quiero que recuerde exactamente por qué siempre hemos sido así: tan salvajes e incapaces de controlarnos cuando estamos cerca.
Le meto un tercer dedo y curvo los tres hacia adelante, buscando ese punto que sé que la vuelve loca y Lidia suelta un gemido ahogado y sus piernas se tensan.
—Me voy a correr Bárbara…
Y se corre. Fuerte. Sus paredes se cierran alrededor de mis dedos y yo sigo lamiéndola, más suave ahora, recogiendo cada gota de su placer mientras ella tiembla y gime mi nombre.
Cuando por fin se calma un poco, me levanto. La beso en la boca y le hago probar su propio sabor y ella me devuelve el beso con hambre, mordiéndome, lamiéndome los labios.
—Te odio —susurra contra mi boca, pero sus ojos dicen todo lo contrario: que me ama con la misma intensidad con la que yo la amo a ella.
—No, no me odias —respondo, y la empujo hacia la cama.
Caemos las dos encima del colchón. Las sábanas están frescas y suaves contra nuestra piel ardiente.
Le arranco las bragas de un tirón y me quito los shorts y la ropa interior en un segundo.
Estamos desnudas, piel contra piel, y nada ha tenido nunca tanto sentido como esto.
Lidia me gira de repente y se pone encima, montándome a horcajadas.
Sus tetas cuelgan sobre mi cara y yo me incorporo para chuparlas mientras ella se frota contra mi muslo, dejando un rastro húmedo y caliente en mi piel.
—Quiero follarte —dice, casi gruñendo—. Quiero que sientas exactamente lo que yo siento por ti, Bárbara.
Baja por mi cuerpo dejando besos y mordiscos.
Me abre las piernas con las manos y se lanza a por mi sexo como yo me lancé a por el suyo.
Su lengua es puro fuego. Lame mi clítoris con movimientos rápidos y circulares, y mete dos dedos de golpe dentro de mí.
Gimo. Arqueo la espalda y agarro las sábanas con fuerza.
—Lidia…
Ella no habla. Solo come. Chupa, lame, mordisquea mis labios hinchados y me folla con los dedos como si quisiera partirme en dos.
Yo me retuerzo debajo de ella, empujando mis caderas contra su cara, perdiendo el control.
El placer sube por mi espalda cuando siento sus dedos curvándose dentro de mí, tocando ese punto exacto mientras su boca succiona mi clítoris sin piedad.
—Voy a correrme… —aviso, jadeando entrecortadamente.
—Hazlo —ordena ella, y mete un tercer dedo.
Me corro con un grito que debe de oírse en toda la isla. Exploto alrededor de sus dedos, chorreando, latiendo, temblando, y ella sigue lamiéndome durante todo el orgasmo, alargándolo, haciéndome ver estrellas. Pero no ha terminado. Ni de lejos.
Me incorporo, la agarro del pelo y la beso con furia.
Nuestras bocas saben a las dos, a sexo, a nosotras.
La tiro de espaldas y me pongo encima, buscando la postura perfecta para que nuestros sexos se encuentren y cuando lo consigo, las dos gemimos al mismo tiempo.
Empiezo a moverme contra ella, lento al principio, frotando mi cuerpo contra el suyo.
El roce es eléctrico. Estamos mojadas, calientes, resbaladizas.
—Así… —susurra ella, clavándome las uñas en la espalda—. Fóllame así, por favor.
Aumento el ritmo. Nuestras caderas se mueven juntas, buscando el ángulo perfecto. El sudor nos cubre la piel. Yo la beso, le muerdo el cuello, le susurro al oído todo lo que llevo años callando.
—Eres mía… siempre has sido mía, Lidia. Que te quede claro…
Lidia gime más fuerte y me clava las uñas en el culo, empujándome contra ella.
El placer crece otra vez, rápido, brutal.
Nuestros sexos se frotan con más fuerza, más rápido, hasta que las dos nos corremos casi al mismo tiempo.
Nuestros cuerpos se tensan, tiemblan, y el orgasmo nos atraviesa como un rayo.
—¿Sigues llevándote tu juguetito a los viajes? —le pregunto mordiéndole la oreja, lamiendo su piel sensible.
—En el cajón... —confiesa, y yo sonrío.
Lidia siempre viaja con un pequeño vibrador y cuando me muevo para abrir el cajón de la mesilla, sonrío al darme cuenta de que sigue siendo el mismo que usábamos cuando viajábamos juntas.
Rosa, discreto, pero potente. Lo enciendo y se lo pongo en el clítoris mientras le meto dos dedos otra vez. Lidia se arquea como un arco.
La follo con los dedos y el vibrador al mismo tiempo, viendo cómo se deshace delante de mí. Sus tetas suben y bajan con cada respiración entrecortada. Sus muslos tiemblan. Yo estoy de rodillas entre sus piernas, mirándola, memorizando cada expresión, cada gemido que sale de su garganta.
—Dime que me sigues amando Lidia... —exijo, sin dejar de moverme.
—Te amo… —jadea ella, y sus ojos se llenan de lágrimas—. Te amo, joder… siempre te he amado, aunque nuestro matrimonio se fuese a la mierda y nos acabásemos divorciando.
Eso me rompe por dentro. Me tiro encima de ella, la beso mientras sigo follándola con los dedos y el vibrador.
Lidia se corre otra vez, gimiendo en mi boca, apretándome los dedos tan fuerte que me duelen.
Cuando termina, le quito el vibrador y me pongo en tijera con ella de nuevo.
Nuestros sexos se pegan perfectamente y empiezo a moverme, lento y profundo, sintiéndolo todo con mucha más intensidad.
—Así… como siempre —susurro contra sus labios.
Lidia me agarra las caderas y me acompaña en el ritmo. Nuestras miradas están clavadas la una en la otra. Ya no hay miedo. Solo nosotras. El sudor cae por mi espalda. Sus uñas me arañan los muslos. El placer sube otra vez, ahora más intenso, más profundo.
—Quiero correrme contigo —dice ella, casi suplicando.
Aumentamos el ritmo. Nuestros clítoris se frotan sin parar, resbaladizos e hinchados.
El sonido húmedo de nuestros cuerpos chocando llena la habitación.
Gemimos sin control. Yo le pellizco las tetas, ella me araña la espalda.
Y entonces llega. El orgasmo más fuerte de todos nos sacude a las dos al mismo tiempo.
Grito su nombre. Ella grita el mío. Nuestros cuerpos convulsionan y nos corremos durante lo que parecen minutos, temblando, abrazadas, sin dejar de movernos.
Cuando por fin nos calmamos, caigo encima de ella, exhausta, sudada, feliz como nunca. Nuestros corazones laten desbocados y juntos. Lidia me abraza fuerte, enterrando la cara en mi cuello. Siento sus lágrimas calientes en mi piel.
—No quiero que esto termine nunca —susurra, rota de emoción.
—No va a terminar —respondo, besándole el pelo con ternura—. Esta vez no. Te lo prometo.
Sus dedos acarician mi espalda con suavidad. Yo le beso los párpados, las mejillas, la comisura de los labios.
—Te he echado tanto de menos… —confieso en voz baja, con el corazón todavía acelerado—…que no sé cómo he podido vivir todos estos años sin ti.
«Sí lo sabes», me recuerda una vocecilla en mi cabeza.
Nos quedamos así, enredadas, respirando el mismo aire.
Fuera, el mundo sigue girando a su ritmo eterno.
Dentro, el nuestro es más salvaje, más nuestro.
Y sé, con cada latido de mi corazón, que esto es lo que siempre hemos sido.
Dos mujeres que se aman con todo: con rabia, con ternura, con fuego.
Dos mujeres que, por fin, han dejado de fingir.