Prohibido repetir contigo CAPÍTULO 24
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CAPÍTULO 24

LO QUE HEMOS SIDO SIEMPRE

Bárbara

Hay algo peligroso en tener razón. Algo que no reconforta, sino que te remueve por dentro y agita todo lo que creías ya asentado.

Mientras el barco regresa lentamente a puerto y el murmullo grave del motor se entremezcla con el vaivén suave del agua contra el casco, no puedo dejar de darle vueltas una y otra vez a la conversación que hemos tenido Lidia y yo.

A cada uno de sus silencios. A cada evasiva que ha usado cuando la conversación empezaba a rozar lo que de verdad sentimos, lo que importa, lo que todavía… existe entre las dos.

Apoyo los codos en la barandilla, con la mirada perdida hacia el horizonte que se tiñe poco a poco de colores.

La verdad es que no me fijo en los detalles.

Lo único que tengo delante es su rostro en el preciso instante en que le pregunté si lo que pasó entre nosotras fue un error.

Ese segundo de duda que cruzó sus ojos y en cómo, a pesar de ello, se alejó y puso distancia como si el miedo pesara más que todo lo demás.

Sí, sé que le hice daño, que no elegirla por encima de mi trabajo y mis necesidades profesionales fue suficiente para empequeñecerla.

Pero yo la amaba, era una pieza indispensable en mi vida y por eso creí que lo comprendería.

Por eso creí que sacrificaría todo lo que tenía por acompañarme y ayudarme a conseguir ese sueño que al final, viví con Ingrid.

No soy tonta, sé que todo esto la aterra.

Que después de lo que pasó, de cómo se terminó la magia, es difícil creer que una noche de sexo puede cambiar las cosas.

Pero así es cómo me siento. Algo se ha transformado dentro de mí, yo ya no soy la misma que se marchó de Londres y estuvo a punto de vomitar en el ferry.

He intentado no buscar respuestas a la razón por la que ella se niega en rotundo a volver a vivir esto, pero cuanto más vueltas le doy, más forma toma en mi cabeza.

No quiero pensar en Alex, en la posibilidad de que estén juntas.

No quiero convertirme en esa clase de persona celosa y resentida que siempre he detestado.

Pero ya lo soy porque durante el trayecto de vuelta no he podido evitar imaginarlas juntas, disfrutando de esa paz y esa seguridad que nunca tuvo conmigo.

Me dejo caer en el banco, cruzándome de brazos con fuerza, intentando centrarme en la conversación animada que mantienen Pablo y Miriam, que siguen riendo como si el mundo fuera un lugar sencillo y ligero.

Como si el amor fuera algo fácil que no arrastra consigo todo este peso, toda esta historia que parece no terminar nunca.

Pero no lo consigo. Cada vez que levanto la vista y la veo, lo único que quiero es besarla de nuevo.

«¿Besarla? Como si un beso pudiera arreglar todas mis meteduras de pata, como si fuera suficiente para borrar los años, las dudas y los silencios que se han acumulado entre nosotras», pienso.

El regreso al resort transcurre en calma.

Cada uno parece sumido en su propio mundo, y el mío es un auténtico caos de emociones que apenas logro contener.

Intento mantener la compostura, responder cuando me preguntan algo, sonreír en los momentos adecuados e incluso me obligo a soltar una carcajada cuando Pablo lanza uno de sus comentarios absurdos.

Pero todo parece como si estuviera actuando en una obra de teatro en la que no termino de encajar.

No sé en qué momento nos montamos en el coche, ni cuándo es que llegamos al resort.

Solo sé que de un momento a otro el cielo se tiñe de tonos atardecer mientras el sol se oculta lentamente tras las palmeras.

Es bonito. Mucho. La brisa cálida te acaricia la piel y el aroma salado del mar se mezcla con el de las flores que bordean el camino.

Pero no consigo disfrutarlo. Porque Lidia está a pocos pasos por delante, porque siento su presencia como una corriente eléctrica que recorre todo mi cuerpo y que no puedo ignorar por más que lo intente.

Porque llevo todo el trayecto conteniendo algo que, sé perfectamente, va a estallar en cualquier momento.

Miriam y Pablo nos dejan atrás, y al final, volvemos a quedarnos solas.

Otra vez. No sé si es casualidad o si el destino se empeña en ponernos en el camino de la otra, pero ya no creo en las casualidades.

Mis pasos se aceleran ligeramente hasta quedar a su altura.

El corazón me late con fuerza contra las costillas, y entonces, lo hago:

—Lidia.

Ella gira la cabeza hacia mí, con el pelo todavía húmedo cayéndole sobre los hombros.

—¿Qué? —responde, en un tono neutro y distante que me irrita y me altera a partes iguales.

—¿De verdad vamos a seguir fingiendo que no ha pasado nada?

Frunce ligeramente el ceño, y esa arruga familiar aparece entre sus cejas.

—Es la única solución razonable que tenemos —responde, señalando a su padre—. Fue él el que nos invitó a su boda. Sería cruel que de pronto lo estropeásemos por ser incapaces de comportarnos.

La miro, incrédula, sintiendo cómo la frustración me sube por el pecho.

—Sabes que sí hay una solución —replico, siendo consciente de que yo misma estoy cavando mi propio hoyo—. Y no es muy complicado.

«¿Pero tú te estás escuchando?», me grita esa vocecilla dentro de mí.

—No, Bárbara. Y ya lo hemos hablado.

—No. —Niego con la cabeza, juntando las palabras con urgencia—. Lo hemos hablado, sí, pero es más fácil esquivar el problema y decir que no se puede, a enfrentar lo que de verdad sentimos.

Lidia se detiene en seco en medio del sendero. Yo también me paro y el aire parece quedarse suspendido entre nosotras, cargado y pesado.

—¿Qué quieres que te diga exactamente? —pregunta cruzándose de brazos en un gesto defensivo—. ¿Que todo ha sido maravilloso y deberíamos repetirlo todas las noches? ¿Qué te echo tanto de menos que me consumen las ganas de volver a follarte? Porque eso no va volver a pasar, Bárbara. No puede pasar.

Y sí, lo sé, no puede pasar, pero algo dentro de mí se rompe a la misma vez que nace una rabia que es tan intensa que soy incapaz de controlarla.

—Claro —respondo, con una sonrisa que no tiene nada de amable y que más bien parece una mueca—. Tiene todo el sentido del mundo.

—¿De qué hablas? —inquiere, entrecerrando los ojos.

Doy un paso hacia ella, acortando un poco más la distancia.

—Que debe haber una razón por la que no quieras volver a intentarlo y cerrar la puerta otra vez.

«Como tú, ¿lo recuerdas?»

Sus ojos se clavan en los míos con una intensidad que me quema.

—No empieces con eso.

—No, déjame terminar —insisto, notando cómo los celos me empujan a decir lo que probablemente no debería—. No quieres porque ya tienes a alguien, ¿verdad? Alguien que te hace sentir segura.

Su expresión cambia de golpe. Se tensa visiblemente, y sus hombros se endurecen.

—¿Perdona?

—Y déjame adivinar… —continúo, ignorando esa voz interna que me suplica que pare antes de que sea demasiado tarde—. ¿Alex?

El silencio que sigue es brutal. Denso. Cortante como un filo.

—No te metas en eso —dice finalmente, con una calma que resulta más peligrosa que cualquier grito.

—¿Por qué? —replico, sin poder contenerme—. ¿Porque es verdad?

—Porque no es asunto tuyo, Bárbara.

—Ah, claro —suelto una risa seca y amarga—. Pero acostarte conmigo sí lo era, ¿no? Eso sí entraba dentro de tus asuntos.

El golpe es bajo. Lo sé en cuanto las palabras salen de mi boca. Y lo veo reflejado en sus ojos, en cómo se oscurecen por un instante.

—No te equivoques, eso fue un error.

Las palabras me atraviesan como un cuchillo y duele mucho más de lo que soy capaz de reconocer en este momento.

—Pues no lo parecía cuando gemías mi nombre —murmuro, con la voz más baja y muy cerca de su oído.

—Las cosas no siempre son lo que parecen —replica ella, sin apartar la mirada.

—¿Y qué era entonces para ti? —pregunto, incapaz de frenar el torrente que sale de mí—. Porque para mí no fue solo follar, Lidia. Fue mucho más. Fue como volver a nosotras, como regresar a casa después de tanto tiempo.

Su respiración se acelera visiblemente. La mía también, como si estuviéramos sincronizadas incluso en la rabia.

—Ese es tu problema —dice, con un tono que intenta sonar firme—. Que te crees que las puertas estarán abiertas eternamente para cuando decidas regresar.

—Y el tuyo —respondo sin dudar— que eres incapaz de aceptar que esto que nos está pasando, es lo que llevabas esperando desde hace demasiado tiempo.

Nos miramos desafiantes, heridas, demasiado cerca la una de la otra. El espacio entre nosotras parece cargado de electricidad.

—No tienes ningún derecho a cuestionar mi vida —añade, con voz más baja pero igual de firme—. Ni a sacar conclusiones precipitadas sobre Alex o sobre lo que hago o dejo de hacer.

—Pues lo haré si tiene que ver con esto que hay entre nosotras —insisto.

—Esto —repite ella, enfatizando cada sílaba—, ya no existe. Se acabó.

La frase cae entre nosotras como un portazo fuerte y definitivo. Y, aun así… no me lo creo del todo. No después de lo que sentí la otra noche. No después de cómo nos follamos la una a la otra sin límite ni condición.

—Mientes —digo en voz baja, casi un susurro.

—No.

—Sí.

Doy otro paso. Ya casi no queda espacio entre nuestros cuerpos.

—Porque si no significara nada… habrías salido corriendo en el momento en que te dije que entrásemos a mi bungaló.

Su mirada vacila durante un segundo. Solo uno. Pero es suficiente para que yo lo note.

—Fue un error —dice, intentando sonar convincente.

—No.

—Sí.

—No —repito, más cerca, más firme, con el corazón latiéndome en los oídos—. Fue todo lo que siempre hemos sido cuando estamos juntas.

El aire entre las dos se vuelve eléctrico, tenso, casi irrespirable. La brisa del atardecer ya no refresca; solo aviva el fuego que crece dentro de mí.

—Deja de hacer esto —susurra ella, pero no se aparta ni un centímetro.

—No quiero.

—Yo sí quiero.

—Entonces aléjate ahora mismo.

No lo hace. Ninguna de las dos se mueve y eso lo dice todo.

—Siempre fuimos así… —murmuro, sin apartar la mirada de sus labios—. Intensidad pura. Choque constante. Fuego que lo consume todo.

—Y destrucción —añade ella, con un hilo de voz.

—Y algo que no hemos encontrado en nadie más. Algo que sigue ahí, latiendo debajo de todo este miedo.

El silencio nos envuelve, pero esta vez arde. Porque las dos sabemos que es verdad. Aunque duela. Aunque complique todo lo que hemos construido por separado. Aunque no encaje en ninguna de las vidas ordenadas que intentamos llevar.

—Esto no puede funcionar —dice ella, casi para sí misma, como si intentara convencerse.

—Ya funcionó una vez —respondo yo, suave pero segura.

—Y mira cómo terminó.

—Porque no supimos hacerlo bien. Porque teníamos miedo y nos dejamos llevar por él.

—O porque simplemente no había forma de hacerlo bien —insiste.

Niego despacio con la cabeza, sintiendo el peso de cada año que nos separa y nos une al mismo tiempo.

—No quiero creerlo.

—Yo sí lo creo.

—Entonces, ¿por qué sigues aquí parada y tan cerca de mí? ¿Por qué no te has marchado ya?

La pregunta desarma todas sus confesiones hasta el momento. Lo veo en cómo sus ojos se abren ligeramente, en cómo su respiración se entrecorta.

—Porque… —empieza, pero las palabras se le quedan atascadas en la garganta.

No hace falta que termine la frase. En ese instante todo se rompe o todo vuelve a encajar.

No sé cómo explicarlo con exactitud. Solo sé que doy ese último paso que elimina cualquier distancia restante.

Que mi mano sujeta su rostro. Que su respiración se mezcla con la mía en un aliento compartido.

Y que, cuando sus labios rozan los míos por fin… Todo lo demás deja de importar.

No es un beso suave ni contenido. Es un choque violento y necesario. Un huracán que arrasa con todo lo que intentábamos mantener en pie. Sus manos me sujetan la cintura con la misma urgencia desesperada con la que yo la acerco más a mí, hundiendo los dedos en su pelo húmedo.

Durante unos segundos que parecen eternos, solo existimos nosotras. Sin filtros. Sin barreras. Sin miedo.

Pero incluso en medio de ese beso profundo y devorador, hay algo que late con fuerza en el centro de mi pecho.

Una certeza clara y dolorosa. Esto no es el principio de nada.

Es algo mucho más complicado. Mucho más peligroso.

Y, aun así… ninguna de las dos se detiene.

Ninguna quiere ser la primera en apartarse.

Porque en este momento lo único que importa es que estamos aquí.

Juntas. Otra vez. Aunque sepamos que mañana todo volverá a ser complicado.

Aunque sepamos que este fuego puede quemarnos a las dos.