Prohibido repetir contigo CAPÍTULO 23 #2
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CAPÍTULO 23 #2

Su tono no es desafiante. Es vulnerable, frágil, como si estuviera poniendo su corazón en la palma de mi mano y me lo ofreciera sin protección.

—Sí —respondo—. No puede volver a pasar. No podemos permitirlo, Bárbara. Mi padre se va a casar en unos días y nosotras… nosotras ya sabemos cómo termina esto.

—Pero pasó —insiste ella, inclinándose un poco hacia mí—. Y fue real. Las dos lo sentimos. No puedes negarlo.

Aprieto la toalla entre los dedos hasta que los nudillos se me ponen blancos, intentando aferrarme a algo sólido.

—Pero no cambia nada —afirmo, aunque las palabras me saben a mentira—. Seguimos siendo las mismas que se hicieron daño la última vez. Seguimos siendo las mismas que se divorciaron porque no encontraron otra solución.

—A mí sí me cambió —dice ella sin apartar la mirada de mis ojos—. Me cambió porque me recordó lo que sentía al estar contigo. Cuando todo encaja dentro de mí y no necesito fingir ser alguien que no soy.

«¿Fingir alguien que no eres?»

La miro con interés y por un instante me vuelvo a quedar atrapada en el brillo de sus ojos, en esa intensidad con la que siempre conseguía hacerme ceder. La me empujaba a olvidar todo lo demás, incluso mis propios miedos y todo lo que necesitaba de verdad.

—No —niego y me levanto del banco—. No hagas esto. No empieces a remover lo que ya enterramos.

—¿Lo que enterramos? —pregunta confusa—. ¿A caso no te quedó claro que no enterramos nada, Lidia?

—Por favor, Bárbara. No sigas.

—¿Qué no siga con qué? —pregunta con inocencia, aunque las dos sabemos que no hay nada de inocente en esta conversación—. ¿Decir la verdad? ¿Reconocer que todavía siento algo por ti?

—Volver ahí —respondo, levantándome del banco, dando un paso atrás para marcar distancia física entre las dos—. No podemos volver ahí, Bárbara.

—No hemos salido nunca de ahí —aclara ella con una certeza que me deja sin aliento—. Y quizá he tardado mucho en darme cuenta, pero cada vez que cierro los malditos ojos, vuelvo a tus manos, a tu boca, a cada uno de los gemidos que retumbaron en las paredes aquella noche.

El aire se vuelve más denso, más pesado, como si el propio mar estuviera conteniendo la respiración ante lo que está pasando en la cubierta.

Doy otro paso atrás, sintiendo la barandilla del barco contra mis pantorrillas.

—Yo sí he salido —digo, intentando que mi voz no tiemble—. Y pienso quedarme fuera. Por mi bien. Por el tuyo. Por las dos.

Sus ojos se clavan en los míos con una intensidad que casi duele físicamente.

—¿De verdad? —pregunta, y su voz se quiebra un poco al final—. ¿De verdad puedes mirarme a los ojos y decirme que no sientes nada cuando estoy cerca de ti?

La pregunta se queda suspendida entre nosotras como una amenaza dulce. Y sé que no es solo una pregunta. Es un desafío que no quiero aceptar, porque si lo hago, todo se vendrá abajo.

—Sí —respondo esta vez con más firmeza, aunque por dentro me estoy rompiendo—. Porque nuestro matrimonio… no era sostenible. Sí, podíamos arder y consumirlo todo, pero después de eso solo quedaban reproches y cenizas de un amor que al final, acabaron por ocuparlo todo.

—Pero era real —replica ella, dando un paso hacia mí—. Más real que todo lo que he vivido desde entonces. ¿No te das cuenta? Cada vez que intentamos alejarnos, terminamos volviendo la una a la otra. Como imanes. Como si el universo nos empujara constantemente.

—Eso no siempre es suficiente —digo, y las palabras me salen más tristes de lo que pretendía—. A veces querer no basta. A veces hay que elegir protegerse y cuando te pedí el divorcio, lo hice por eso mismo. Porque no podía seguir así.

El silencio cae otra vez sobre nosotras. Y esta vez duele de verdad, porque las dos sabemos que hay verdad en cada una de las palabras que hemos dicho, y también en todas las que nos callamos.

—¿Y ahora qué? —pregunta finalmente, con la voz teñida de una tristeza que intenta disimular sin éxito—. ¿Seguimos fingiendo que somos dos desconocidas? ¿Que no pasa nada cuando nos miramos? ¿Qué cuando me tumbo en la cama te deseo con más fuerza que nunca?

Respiro hondo, porque esta es la parte más difícil. La que requiere elegir de verdad, aunque duela.

—Ahora… solo tenemos que seguir adelante —digo con toda la convicción que consigo reunir—. Como dos adultas.

—¿Como si nada hubiera pasado? —insiste ella, y sus ojos brillan con rabia.

—No. —Niego con la cabeza, sintiendo un nudo enorme en la garganta—. Como dos personas que vivieron una historia juntas y saben perfectamente que volver a ella solo traería dolor.

Baja la mirada un segundo hacia el suelo de la cubierta, y ese gesto tan pequeño me rompe. Porque hay algo en ella que sigue siendo mío. O que lo fue.

Por un instante, uno muy breve y peligroso, quiero olvidar todo lo demás.

Quiero dejar que esto vuelva a pasar, que sus manos me busquen otra vez, que su boca me obligue a gemir su nombre, que el mundo desaparezca y solo quedemos nosotras dos en esta cubierta bajo el sol.

Pero no lo hago. No puedo. Porque ya sé exactamente cómo termina esta historia.

Con lágrimas, con silencio, con una separación que deja el corazón hecho pedazos.

—Será mejor que volvamos con ellos —digo, señalando el agua donde mi padre y Miriam siguen riendo y salpicándose sin sospechar nada de lo que está ocurriendo arriba.

Ella asiente en silencio y no dice nada más.

Me doy la vuelta antes de que mi cuerpo decida por mí. Antes de que mis emociones ganen la batalla. Antes de cometer el mismo error de siempre y lanzarme a sus brazos sin pensar en las consecuencias.

Y ahí, después de zambullirme en el agua, descubro que no importa cuánto corra, no importa cuánto intente alejarme o cuántas excusas me invente para no estar a solas con Bárbara. Hay cosas que no dejan de perseguirte porque, en el fondo, nunca las dejaste atrás.

Y una parte de mí, la más loca, tampoco quiere hacerlo.