CAPÍTULO 23
ANTES DE ROMPERNOS
Lidia
Hay días en los que una cree que por fin ha aprendido a esquivar lo que duele de verdad.
Que basta con llenar las horas, con mantener las manos ocupadas en cualquier tarea y con distraer la mente lo suficiente para que ciertos pensamientos no encuentren ni un rincón donde instalarse.
Durante estos últimos días, casi lo he conseguido. Casi.
El resort se ha convertido en un tablero de ajedrez donde calculo cada paso que doy de manera milimétrica.
Evitar a Bárbara se ha vuelto una rutina que necesito.
Porque cada vez que mi mente se relaja un solo segundo, regreso a aquella noche, al recuerdo de sus manos recorriéndome la piel, a su respiración entrecortada contra mi cuello, a cómo, durante unas horas, todo pareció encajar, como si el mundo entero se hubiera puesto de acuerdo para que nosotras dos estuviéramos exactamente ahí, sin pasado ni futuro en una burbuja atemporal.
—Lidia, cuales te gustan más, ¿las blancas o las amarillas? —me pregunta Miriam, señalando los ejemplares que le enviaron desde la floristería. El salón donde se llevará a cabo la cena preboda está casi decorado.
Parpadeo, regresando al presente de golpe, como si me hubieran sacado de un sueño profundo.
—Mh… —Dudo unos segundos, y acaricio con la yema de los dedos uno de los pétalos.
Miro a mi alrededor, recorro el lugar con los ojos: las telas que ondean suavemente con la brisa que entra por las ventanas abiertas, los motivos marinos que hay colocados con cariño en algunas zonas, ese aire sencillo pero lleno de amor que Miriam quiere para su boda.
Todo tiene sentido aquí. Todo sigue un orden lógico y sereno que me tranquiliza—. Creo que las blancas son perfectas.
—Sí. Son mis favoritas.
—Y quedarán preciosas —comento, regalándole una sonrisa, intentando que mi voz suene normal.
—Gracias —dice ella con una sonrisa cálida que le ilumina toda la cara—. No habría podido avanzar tanto sin ti, de verdad. Has sido un sol estos días.
—Exageras —respondo, quitándole importancia con un gesto de la mano—. Cualquiera habría hecho lo mismo.
—No. —Niega con la cabeza, colocándose un mechón detrás de la oreja—. Te has volcado muchísimo. Has estado pendiente de todo y no sé cómo agradecértelo.
Me encojo de hombros, intentando restarle peso al asunto. No es generosidad lo que me mueve. Es pura supervivencia disfrazada de ayuda, una forma de mantenerme ocupada para no pensar en Bárbara.
—Cuando mi padre me dijo que os ibais a casar, lo primero que pensé fue en venir hasta aquí para ayudaros —explico con tranquilidad, acariciando el tejido del mantel que cubre una de las mesas—.
No podía estar en Valencia de brazos cruzados mientras tú y él lo organizabais todo solos.
Además, me gusta tener cosas que hacer. Así no me da tiempo a pensar demasiado en otras cosas que… bueno, que no me convienen ahora mismo.
Miriam me observa unos segundos. Sus ojos se detienen en mi cara como si estuviera intentando leer algo que no quiero que lea. Pero al final no dice nada. Y se lo agradezco en silencio, porque si empezara a preguntar, no sé si podría seguir fingiendo que todo está bien.
—Bueno, pues esto ya está. Será mejor que nos marchemos o llegaremos tarde. Y ya sabes cómo se pone tu padre con la impuntualidad.
Esta mañana, mientras desayunábamos en la terraza, se le metió en la cabeza que debíamos celebrar que todo iba sobre ruedas.
Un paseo tranquilo en barco, algo relajado, sin dramas.
Solo sol, mar y buena compañía. Me costó muchísimo no reírme cuando dijo «nada de dramas».
Pero acepté porque negarme levantaría sospechas y porque, en el fondo, una parte de mí quería comprobar algo.
El mar está más calmado que la última vez, y lo agradezco.
Aunque estoy segura que Bárbara lo agradece mucho más que yo.
El cielo está completamente despejado y el aire se nota más ligero, como si todo se hubiera alineado para que sea un día sencillo y sin complicaciones.
Durante las primeras horas lo es. Hablamos de tonterías, reímos con facilidad y compartimos comentarios banales sobre el paisaje, sobre el color turquesa del agua, sobre cualquier cosa que no implique remover todo lo que llevamos dentro.
Bárbara y yo nos tratamos como si nada hubiera pasado. Como si fuéramos dos personas que se conocen de lejos. Nos sonreímos cuando toca, comentamos cuando algo nos llama la atención y evitamos rozarnos aunque sea por casualidad. Y funciona. O eso quiero creer, al menos hasta que deja de hacerlo.
No sé exactamente en qué momento ocurre.
Quizá cuando Miriam decide quedarse un rato más en el agua con mi padre, riendo y salpicándose como dos niños que no tienen ninguna preocupación en el mundo.
Quizá cuando yo salgo primero del mar y subo al barco para secarme, sintiendo el sol caliente en la piel mojada.
O quizá simplemente fue el destino que decidió que ya era hora de dejar de fingir.
El caso es que, cuando me doy cuenta, estamos solas las dos en la cubierta.
El sonido del agua golpeando suavemente el casco del barco llena el silencio que se ha instalado entre nosotras.
El sol cae con fuerza sobre la madera, calentándola bajo mis pies descalzos.
Me siento en uno de los bancos y me enrollo en la toalla sin mirarla directamente.
Pero la noto. Mi cuerpo tiene un radar especial para ella, para su presencia, para su olor y su calor.
—Todo ha ido mejor que la última vez… —dice Bárbara, rompiendo el silencio con suavidad.
Asiento, sin apartar la vista del horizonte donde el mar se junta con el cielo.
—Sí, la verdad…
Una pausa breve se instala entre nosotras, cargada de tanta tensión que se me acelera el corazón.
—Es mejor así, ¿no? —añado yo, intentando mantener el tono ligero.
—Sí —repite ella, y su voz suena un poco más cerca.
Otra pausa. Y entonces, como si ninguna de las dos pudiera sostener más esa conversación superficial que nos está asfixiando poco a poco, algo cambia.
—Echaba de menos esto… —confiesa con una sinceridad que me pilla desprevenida y me hace girar la cabeza hacia ella.
Frunzo el ceño ligeramente y la miro a los ojos.
—¿El qué exactamente?
Duda un segundo, como si estuviera buscando las palabras exactas para no estropearlo todo.
—Hablar contigo y sentir que estamos pisando un campo de minas todo el tiempo. Medir cada palabra y tener miedo a que una frase mal dicha lo rompa todo otra vez.
Suelto una risa pequeña y seca, más nerviosa que divertida, mientras me ajusto la toalla alrededor del cuerpo.
—Nuestra relación acabó siendo eso, Bárbara —respondo, apoyando los codos en mis rodillas—. Medir, calcular, evitar…
—Ya… —admite ella soltando un suspiro largo, mirando hacia el agua—. Tienes razón. Pero me he preguntado muchas veces si valió la pena vivir así, con tanto miedo. En vez de volver a recuperar lo que teníamos antes…
El silencio que sigue es sincero. Y precisamente por eso es peligroso, porque abre esas puertas que yo he decidido volver a cerrar después de lo que ocurrió la otra noche.
Cuando se lo conté a Alex, porque sí, lo hice, lo primero que me dijo fue: «Sabía que te gustaba el riesgo, pero no tanto». Y estaba en lo cierto.
—Antes… —repito casi para mí misma, y las palabras parecen salir solas, sin que pueda detenerlas—. Antes todo era más fácil. Nos reíamos por cualquier tontería, nos tocábamos sin pensar en las consecuencias, y el mundo parecía un lugar mucho más simple si estábamos juntas.
—Sí —responde ella, mirándome a los ojos con una intensidad que me eriza la piel—. Todo era demasiado fácil. Tan fácil que no nos dimos cuenta de lo frágil que era hasta que se rompió.
La miro entonces con más atención. Y hay algo en su expresión que se clava justo en el centro de mi pecho y me deja sin aire.
—No teníamos nada que perder —digo con la voz un poco más baja, casi en un susurro.
—Nosotras —corrige ella en un susurro aún más suave—. Nos teníamos la una a la otra. Y eso era todo lo que necesitábamos.
El golpe es suave, pero certero. Aparto la mirada hacia el mar, intentando recomponerme mientras el corazón me late con fuerza.
—Pero lo perdimos —añado, con un nudo en la garganta.
—La verdad es que no lo sé —responde ella—. Porque hay cosas que no desaparecen por mucho que nos separemos. Hay cosas que se quedan dentro, aunque intentemos arrancarlas a la fuerza. Cosas que pueden volver a encenderse en un abrir y cerrar de ojos.
Sé a lo que se refiera y por eso se acelera mi corazón. No deberíamos estar teniendo esta conversación. No así. No aquí, en medio del mar y con Miriam y mi padre a tan solo unos metros de nosotras.
—Eso no significa que sean buenas para nosotras —respondo, intentando sonar más firme de lo que realmente me siento por dentro.
—Tampoco significa que no lo sean —replica ella con una calma que me descoloca—. ¿Y si lo que pasó el otro día no fue un error? ¿Y si fue simplemente… nosotras volviendo a ser nosotras?
La tensión vuelve a flotar, pero esta vez es distinta. No está llena de rabia ni reproches, mucho menos de culpa o miedo. Es algo más suave, más cálido y, por eso mismo, mucho más peligroso, como una llama que se aviva lentamente.
—Bárbara… —empiezo, pero las palabras se me quedan atascadas porque sé exactamente hacia dónde va esto. Lo siento como una corriente que nos arrastra otra vez al mismo lugar de siempre, y no sé si tengo fuerzas para resistirme.
—El otro día… —dice, bajando la voz hasta convertirla casi en un murmullo—. Lo que pasó entre nosotras en el bungaló… todavía lo siento en la piel.
Cierro los ojos un segundo, intentando mantener el control mientras las imágenes regresan sin permiso.
—Fue un error —la corto antes de que continúe hablando.
—¿De verdad lo crees? —pregunta ella al cabo de unos segundos.