CAPÍTULO 22
LA VERDAD Y LOS CELOS
Bárbara
Despierto con una sensación extraña pegada a la piel.
No se trata solo del calor pegajoso que envuelve estas islas incluso de madrugada, ni del peso de la humedad que se cuela por cada rendija del bungaló y lo empapa todo.
Es algo más profundo, algo que mi cuerpo reconoce antes incluso de que mi mente termine de despertarse, como si una alarma interna se hubiera activado sin que yo le diera permiso.
Lidia surca mi cabeza con una claridad tan aplastante, nítida y presente que me duele el pecho.
Parpadeo despacio, dejando que la luz suave del amanecer despierte en mi memoria las huellas de una noche de sexo brutal.
El silencio que me rodea es denso, apenas roto por el rumor lejano del mar que llega en oleadas suaves y constantes.
Giro la cabeza hacia el lado izquierdo de la cama y me encuentro con ese hueco frío, limpio, como si nadie hubiera dormido ahí hace apenas unas horas.
«Como si su cuerpo no hubiera estado pegado al mío, compartiendo el mismo calor, el mismo aire y los mismos susurros que ahora resuenan en mi memoria con una fuerza que casi me corta la respiración», pienso.
Trago saliva con dificultad, notando cómo la garganta se me cierra un poco, y me incorporo lentamente, permitiendo que la sábana resbale por mi piel desnuda con una caricia que, de repente, me resulta demasiado solitaria.
El recuerdo de lo que pasó anoche se abre paso en mi mente con tanta brusquedad que mi cuerpo reacciona a las sensaciones que se quedaron grabadas en mí: el tacto de su piel contra la mía, suave y ardiente al mismo tiempo; el ritmo acelerado de su aliento rozándome el ombligo; lo delicioso que fue ver como nuestros cuerpos encajaban a la perfección.
Cierro los ojos un instante y aprieto la mandíbula con fuerza, porque sí, fue increíble. Fue real. Fue intenso. Demasiado intenso. Demasiado íntimo. Pero…
—Joder, Bárbara, la has cagado pero bien —murmuro con la voz todavía ronca de sueño, dejando caer la cabeza contra la almohada que todavía guarda un leve rastro de su perfume.
El peso de lo que pasó se instala en mi pecho con una contundencia que temo que termine aplastándome el pecho.
El rostro de Ingrid aparece en mi mente sin que yo quiera y de repente, soy consciente de que he cruzado una línea que no tiene vuelta atrás, una línea que dibujé con mis propias manos y que ahora no sé cómo borrar.
Abrazo una de las almohadas con fuerza, hundiendo la cara en ella como si ese gesto inútil pudiera darme alguna respuesta, como si el algodón pudiera absorber el torbellino emocional que llevo dentro y borrarlo así de mi interior.
—¿Cómo puedes haberle sido infiel a una mujer que lo ha dado todo porque sigas adelante? —susurro, con la voz quebrada por la culpa—. Nadie, Bárbara. Absolutamente nadie. Ingrid es maravillosa, pero te quiere joder, ¡te quiere!
La respuesta es tan evidente que duele. Porque no solo he puesto en riesgo mi relación con Ingrid, esa relación que hemos construido poco a poco durante estos años.
He puesto en riesgo todo: mi vida en Londres, el trabajo al que tanto me costó adaptarme y que le da sentido a mi vida la mayoría de los días, esa estabilidad que construí con esfuerzo y que ahora se tambalea con un solo error, con una sola noche en la que me he dejado llevar por algo que creía enterrado. Pero que es obvio que no lo está.
Anoche recuperé algo que creía perdido para siempre.
Algo esencial. Algo que no tiene nada que ver con tomar decisiones racionales, ni con planes de futuro, ni con lo que se supone que debería querer a estas alturas de mi vida.
Tiene que ver con ella. Con Lidia. Con lo que somos cuando estamos juntas.
Lo que pasa cuando el mundo desaparece y solo quedamos nosotras dos con esa conexión que siempre ha estado ahí, latiendo bajo la superficie, aunque intentáramos ignorarla durante meses, durante años incluso.
Aprieto la almohada contra mi pecho con más fuerza y suelto un suspiro largo, tembloroso, que parece llevarse un pedazo de mí.
—Esto es un puto desastre —digo, y lo es de verdad, un desastre hermoso y terrible al mismo tiempo.
Porque no sé qué pesa más ahora mismo: si la culpa que me oprime el estómago y me deja un regusto amargo en la boca, o esa sensación peligrosa y dulce de haber vuelto a casa por un instante, aunque solo fuera durante unas horas robadas, aunque sepa que esa casa ya no me pertenece.
El día avanza con una lentitud exasperante, o quizá soy yo la que se queda atrapada en cada minuto, repitiendo mentalmente cada caricia, cada palabra, cada mirada que compartimos.
Decido salir del bungaló porque necesito espacio, porque necesito aire fresco que no esté cargado de su olor, de su presencia, de los recuerdos que se me pegan a la piel.
Dentro de esas cuatro paredes todo me recuerda a nosotras: la cama deshecha, el eco de sus gemidos rebotando en las pareces, la huella invisible de su cuerpo sobre las sábanas, la botella de agua que compartimos entre risas cuando el calor nos dejó sin aliento. ..
La arena está tibia bajo mis pies cuando llego a la playa, casi caliente.
El mar ha recuperado su calma después de la tormenta de anoche, las olas pequeñas y mansas lamen la orilla como si nada hubiera pasado, como si el mundo pudiera resetearse con facilidad mientras yo sigo aquí, hecha un nudo.
Me siento cerca de la orilla, con las rodillas recogidas contra el pecho, dejando que las olas mojen mis pies de vez en cuando, y me obligo a pensar, a ordenar el caos que tengo dentro, a poner nombre a todo lo que siento.
Pero no es fácil. Todo se mezcla: Lidia y su risa, Ingrid y esa confianza suya que ahora me pesa dentro, el pasado que no termina de cerrarse y el presente que se me escapa de las manos, lo que quiero de verdad y lo que debería querer según, todas las reglas que me he impuesto a lo largo de los años para poder seguir adelante y salir del pozo en el que me encontraba.
—¿Qué coño estás haciendo, Bárbara? —me pregunto en voz baja, casi sin darme cuenta, con la voz apenas audible por encima del rumor del mar.
No hay respuesta. Solo el sonido constante de las olas rompiendo con suavidad y ese nudo en la garganta que no termina de deshacerse y que se aprieta cada vez que respiro.
****
La noche llega casi sin avisar, deslizándose suavemente sobre la isla.
El calor baja un poco con la brisa que viene del mar, pero el aire sigue siendo denso, cargado de electricidad.
Entro en el restaurante del complejo con la intención de cenar algo ligero, de pasar desapercibida entre la gente que ríe y charla en las mesas cercanas, y sobre todo de no pensar, de dejar la mente en blanco —aunque sea por un rato—.
Me siento en una mesa apartada, en un rincón medio escondido por una planta grande de hojas verdes.
Pido un plato sencillo —ensalada y pescado a la plancha— y dejo que el murmullo de las conversaciones ajenas me envuelva, como si pudiera esconderme dentro de ese ruido.
Durante unos minutos lo consigo. O eso creo.
En un momento dado, desvío mi atención a los jardines de afuera y me encuentro con Lidia, caminando despacio con el móvil pegado a la oreja.
Sonríe. Y no es una sonrisa cualquiera; es distinta, más abierta, más luminosa, como si algo dentro de ella hubiera encontrado por fin un poco de calma después de tanto ruido.
Eso me descoloca y me deja clavada en la silla.
Frunzo el ceño sin darme cuenta y la observo fijamente, siendo incapaz de apartar la mirada.
No puedo oír lo que dice, pero no me pierdo ni un solo detalle del momento.
La veo echar la cabeza hacia atrás cuando ríe, cómo le brillan los ojos bajo la luz dorada de las farolas, cómo se detiene un momento y se apoya en la barandilla de madera, relajada mientras sigue hablando con suavidad.
Hasta que en sus labios formula un nombre y entonces, lo entiendo todo de golpe: Alex.
«¿En serio?»
—No —murmuro, apartando la mirada un segundo y clavando los ojos en el plato—. No empieces con esto ahora, por favor. Ella es libre de estar con quien le dé la gana.
Pero todo encaja en mi mente: la cercanía, esa complicidad que tenían y que siempre ha existido entre ellas, la química y las risas. Una punzada aguda me atraviesa el pecho y un dolor rápido y caliente me deja sin aire por un segundo.
Sé perfectamente que no tengo ningún derecho a sentir celos. Ninguno. Pero eso no hace que desaparezca ese sentimiento. Al contrario, cuanto más lo ignoro, más crece. Aprieto los dedos alrededor del tenedor hasta que los nudillos se me ponen blancos y lo clavo ligeramente en el plato.
—No sé de qué me sorprendo, siempre ha sido así… —susurro para mí misma, con la voz cargada de resignación y de algo que se parece demasiado al dolor—. Alex y Lidia. Lidia y Alex. Siempre tan cerca, tan alineadas, tan condenadamente perfectas la una para la otra...
Cuando conocí a Alex por primera vez, me sentí un poco fuera de lugar, como si yo fuera la que sobraba en su historia.
Recuerdo perfectamente cómo me hacía sentir eso al principio de nuestra relación: esa inseguridad que no quería admitir ni siquiera ante mí misma, esa sensación constante de estar compitiendo con una amistad que parecía más sólida que muchas parejas que conocía.
—¿Es posible…? —la pregunta se forma en mi mente —. ¿...que estén juntas de verdad? ¿Que lo que vivimos anoche no sea más que un error?
«¿Acaso no lo es, Bárbara?»
—No —susurro, intentando convencerme a mí misma—. No tiene ningún sentido. Lidia no es así. Además, lo que pasó anoche fue…
Pero la duda se queda ahí, molesta y persistente, clavada en mi pecho como una espina que no consigo sacar.
Observo cómo Lidia se pasa la mano por el pelo con ese gesto lento y distraído, cómo sonríe otra vez, cómo baja la voz como si lo que está diciendo fuera algo importante, algo íntimo, algo que sólo se comparte con quien realmente te importa.
Y me duele. Me duele más de lo que puedo justificar racionalmente.
Porque la realidad es clara y cruel: ella tiene su vida, igual que yo tengo la mía. Yo tengo a Ingrid. Tengo un trabajo que me espera en Londres. «Tengo una estabilidad que…», me detengo en seco, con el tenedor a medio camino.
—Que acabo de poner en riesgo con una sola noche de locura…
La verdad cae sobre mí con frialdad. No puedo hacer como si lo que pasó anoche fuese un error aislado o un desliz sin importancia.
Porque no lo fue. Fue como si el tiempo hubiera estado esperando el momento oportuno para recordarnos lo que fuimos.
Como si el destino hubiese estado planeando todo esto para abrirnos los ojos.
El hambre ha desaparecido y apoyo los cubiertos a los lados del plato con un gesto cansado.
—¿Qué quieres de verdad, Bárbara? —me pregunto en voz baja, con la mirada perdida en el mantel—. Porque no puedes seguir así…
La pregunta queda flotando en el aire, suspendida entre el murmullo del restaurante y el rumor lejano del mar.
¿Quiero recuperar a Lidia? ¿Quiero volver a intentarlo a pesar de todo, a pesar de Ingrid, a pesar de la distancia y de los errores del pasado?
¿O es solo este lugar, estas islas, el recuerdo de lo que fuimos y la química que nunca, nunca desapareció y que sigue ahí, latiendo dentro de nosotras cada vez que nos miramos?
Cierro los ojos un instante e intento ser honesta conmigo misma, de verdad, sin excusas ni mentiras piadosas.
Pero no es fácil. Cuando pienso en Ingrid siento una culpa que me revuelve el estómago, que me deja un sabor amargo en la boca y me hace cuestionarme quién soy en realidad.
Pero cuando pienso en Lidia… siento algo mucho más primario, más visceral, más real.
Algo que me recorre la piel, que me acelera el pulso y me deja sin aliento, algo que me dice que, por mucho que intente negarlo, ella sigue siendo parte de mí.
Abro los ojos de nuevo y la vuelvo a ver.
Sigue ahí, en los jardines, hablando, sonriendo, viva de una manera que me resulta casi dolorosa, como si la vida le brillara desde dentro.
Y algo dentro de mí se contrae con fuerza.
Porque, no tengo claro cuál es mi lugar.
Ni quien es la persona a la que amo o qué vida es la que quiero vivir.
Y eso me da un miedo que me hiela la sangre, un miedo que se mezcla con el deseo y con la nostalgia, y que me deja aquí sentada, sola en esta mesa, preguntándome cómo demonios voy a salir de este lío sin romperme y sin perderlo todo.