Prohibido repetir contigo CAPÍTULO 21
45%

CAPÍTULO 21

LO QUE AÚN DUELE

Lidia

La luz me golpea con fuerza antes incluso de que consiga abrir los ojos.

Se cuela entre las cortinas con intensidad, como si el mundo hubiera decidido que hoy no hay sitio para sombras ni para dudas.

Parpadeo, todavía desorientada, y lo primero que percibo es el aroma a sexo empañando el ambiente.

Es una mezcla dulce y afrutada que llevo pegada a la piel y que me despierta un nudo en el estómago hecho de felicidad y culpa a partes iguales.

El recuerdo de lo que pasó anoche atraviesa mi mente.

Al principio, todo se aturulla y se arremolina dentro de mí, pero poco a poco, todo se hace más nítido y real: la lluvia cayendo sobre nosotras, el hambre presente en nuestros besos, la suavidad sedosa de su respiración rozándome la piel y mi nombre gritado en gemidos roncos.

No sé en qué momento bajé las barreras, pero sé que, durante varias horas, me sentí plena y completa.

No había imaginado que la echaba tanto de menos, pero lo hacía.

Y sí, no deberíamos de haberlo hecho, pero idiota de mí, cedí.

La tormenta que rugía fuera y azotaba las ventanas, ya no existe. Tampoco sus caricias en mi piel, su lengua entre mis piernas, su calor controlando mis sentidos. Pero sigo sintiéndola y si cierro los ojos, noto como tiemblo y me humedezco por ella.

«Quédate esta noche», recuerdo y en ese instante, soy consciente del peso de su cuerpo apoyado en mi espalda, de su brazo rodeando mi cintura y del ritmo de mi corazón pausado.

Tengo la sensación de haber regresado en el tiempo, de no haber estado nunca separadas, de que lo que pasó solo fue una pesadilla. Pero sé que mis sensaciones no son reales y que la realidad no es esta.

Me incorporo con cuidado, con el corazón acelerado y me levanto evitando en todo momento despertarla. A mi alrededor hay huellas de lo que pasó: su ropa y la mía esparcida por todas partes. El placer todavía late en mi cuerpo y eso es precisamente lo peor.

—Es que eres idiota, Lidia… —susurro para mí misma, llevándome una mano a la frente con frustración—. No puedes volver a caer otra vez… no puedes permitirte hacerlo de nuevo. ¿En qué estabas pensando? Después de todo lo que te ha costado seguir adelante…

Mi voz suena baja y cuando me giro para mirar a Bárbara, ella sigue dormida, tranquila, ajena a la tormenta que se ha desatado dentro de mí.

Su respiración es pausada y su expresión relajada, como si nada hubiese pasado.

Durante un segundo, uno muy breve, algo dentro de mí se ablanda.

Hay una parte de mí que desea quedarse, tumbarse otra vez junto a ella, acercarse despacio y esconderse en ese calor que conozco demasiado bien, en el aroma de su piel que todavía llevo pegado a la piel. Pero no. No puedo. No debo.

Me muevo con mucho cuidado. Recojo mi ropa del suelo y me visto deprisa y casi sin mirarla, como si evitar observarla pudiera borrar de algún modo lo que ocurrió entre nosotras.

No funciona. Nada funciona. Cada paso que doy está cargado de recuerdos.

Y antes de que mi cuerpo pueda traicionarme una vez más, salgo.

El aire de fuera me recibe con una frescura inesperada.

La tormenta ha pasado por completo. El cielo aparece limpio, radiante, como si aquella noche salvaje no hubiera existido jamás.

Camino casi sin pensar, cruzando el pequeño sendero que separa los bungalós.

Mis pies se mueven solos, guiados por una necesidad urgente de poner distancia, de recuperar algo de orden y de control.

Entro en mi propio bungaló, cierro la puerta con fuerza y me apoyo contra ella un segundo, respirando hondo, intentando calmar todo lo que llevo dentro.

—No pasa nada… —me digo en voz baja, cerrando los ojos con fuerza—. Que hayas follado con ella no significa absolutamente nada. Fue solo la tormenta… y los malditos recuerdos…

Pero sé que es una mentira enorme. Me dirijo directamente al baño, abro la ducha y dejo que el agua caiga con fuerza antes de meterme debajo.

Está caliente, demasiado, pero no me aparto.

Necesito sentir algo distinto, algo que no sea este fuego que todavía me recorre.

Cierro los ojos y dejo que el agua resbale por mi piel, arrastrando con ella el rastro de la noche.

O eso intento. Porque cuanto más intento apartarlo, más presente se hace en mi mente.

Trago saliva con dificultad y apoyo las manos contra la pared de la ducha, dejando que el chorro me golpee la nuca.

—No… —murmuro, negando con la cabeza para mí misma—. No puedes permitirte esto, Lidia. Es tu exmujer, te hizo mucho daño, lleváis dos años lejos la una de la otra…

Pero mi mente no me hace caso. Mi cuerpo tampoco.

Porque hay algo que no puedo negar: sigo sintiéndolo todo.

El calor me sube por el pecho y por el cuello como un eco traicionero de lo que compartimos.

Y me odio por ello. Por cómo reacciono, por cómo recuerdo cada detalle, por cómo…

todavía lo deseo con una fuerza que me asusta.

Aprieto los dientes con fuerza y dejo que el agua siga cayendo sin piedad.

—Fue un error —repito en un susurro, con la voz entrecortada—. Es un error y lo sabes.

Pero no lo sentí así anoche. No mientras sus labios recorrían mi piel ni mientras sus dedos se enredaban en mi pelo.

Y eso es precisamente lo que más miedo me da.

Me obligo a centrarme, a respirar despacio, a reconstruir esa barrera que tanto esfuerzo me ha costado levantar estos años.

Entonces aparece Alex en mi mente, como una cuerda a la que agarrarme con desesperación.

Su risa, su forma de mirarme como si yo fuera única en su mundo, la calma que siempre me transmite cuando estamos juntas.

«Te quiero tal como eres», me dijo la última vez, y yo me sentí en casa.

Eso es real. Eso es sano. Eso es lo que debería querer de verdad.

Cierro el grifo de golpe. El silencio que queda después resulta ensordecedor.

Salgo de la ducha y me seco con rapidez, como si quedarme quieta un segundo más fuera peligroso.

Me visto con ropa ligera, intentando recuperar una versión de mí misma que tenga sentido, que sea coherente, que no esté perdida en mil direcciones distintas.

Cuando termino, me miro en el espejo y no sé muy bien qué veo reflejado.

Desde luego no es alguien que tenga claro lo que está haciendo con su vida.

Tengo los ojos brillantes, las mejillas aún sonrosadas y un nudo en la garganta que no se ve, pero tampoco se va.

Y me pregunto si voy a ser capaz de seguir adelante estos días y volver al punto inicial.

****

El restaurante vuelve a estar lleno de vida a esa hora de la mañana.

El sonido alegre de las tazas, las conversaciones animadas de los huéspedes, el aroma delicioso a café y fruta fresca…

todo resulta excesivamente normal, como si el mundo insistiera en recordarme que nada ha cambiado.

Busco con la mirada entre las mesas y la encuentro enseguida.

Miriam está sentada junto a la ventana, removiendo algo en su taza con gesto distraído.

Cuando me ve acercarme, levanta la vista y me dedica una sonrisa que, por algún motivo, me descoloca.

—Buenos días —dice con calidez cuando llego a su lado—. O debería decir… muy buenos días. Tienes cara de no haber dormido mucho, pero haber disfrutado de la cama hasta el último segundo, ¿no?

Le dedico una sonrisa mientras me siento frente a ella, intentando disimular el nerviosismo que cargo y los latidos desenfrenados de mi corazón.

—¿Tanto se me nota?

Me observa con atención, demasiada atención quizás, inclinando la cabeza como si estuviera leyendo entre líneas.

—Solo un poquito —responde con suavidad, dando un sorbo a su café—. Después de lo que pasó en el restaurante estabas muy tensa. Se te notaba en la cara, Lidia. Hoy, en cambio, tienes un brillo diferente en los ojos.

Siento cómo el calor me sube por el cuello en cuestión de segundos y me tiñe las mejillas. Bajo la mirada hacia la mesa, fingiendo un interés repentino por el menú que tengo delante para ganar tiempo.

—Supongo que… la lluvia de ayer barrió con todo —digo, mientras esbozo una sonrisa pequeña y nerviosa—. Creí que se me iba a caer el bungaló encima. Pero fue muy relajante, la verdad.

«Lo relajante fueron todas las cosas que te hizo Bárbara en la cama», me recuerda una vocecilla en mí y estoy a punto de atragantarme con mi baba al recordarlo.

—Las tormentas tienen ese efecto, sí… —murmura Miriam, y en su tono de voz hay algo que me hace pensar que no está hablando solo del tiempo.

Deja la taza en la mesa y me mira directamente—.

Pero tú no me engañas. No te conozco mucho, pero algo me dices que eres como tu padre y que, cuando te ocurre algo, te lo guardas para ti por miedo a que te lo roben.

La miro y me paso la sien, intentando recoger tras la oreja un mechón de pelo que no existe.

—No ha pasado nada. Solo… —Levanto la mirada, y me muerdo el labio—. Las cosas con Bárbara se solucionaron. Charlamos y ya está. No hay nada más.

Miriam levanta una ceja sorprendida.

—Eso me alivia mucho… —dice al final—. Cuando descubrí quien era ella y las intenciones de tu padre de invitarla a la boda, le dije que las cosas podrían salir mal.

Pero ahora que sé que todo va bien… —suspira—.

Aunque si necesitas hablar, aquí estoy. Sabes que no juzgo.

¿Desayunamos? —propone, cambiando de tema con delicadeza.

—Por favor...

Mientras pedimos el desayuno —yo pido un café con leche bien cargado y tostadas con tomate, como siempre—, intento concentrarme en lo cotidiano, en lo sencillo, en todo lo que no duele.

Miriam me cuenta que hoy tenemos bastante trabajo con los detalles de la boda y que quiere dejar cerrados varios asuntos antes de que lleguen el resto de invitados.

Asiento, agradecida por la distracción que me ofrece, aunque mi mente sigue volviendo a la cama de Bárbara.

—Cuenta conmigo —le digo con convicción, forzando una sonrisa—. Hoy estoy con energía de sobra. Dime qué necesitas y lo hacemos.

Eso sí es verdad. Tengo mucha energía, aunque no sepa muy bien de dónde viene exactamente. Tal vez de la culpa, tal vez del deseo que todavía me quema por dentro.

—Me alegro mucho —responde ella, sonriendo con cariño y alargando la mano para apretar la mía un segundo—. Nos vendrá bien mantener la mente ocupada. A mí por los nervios y a ti, bueno… porque si no vas a tostarte como un gambón al sol. ¿Tú has visto lo morena que estás ya?

—Herencia de mi padre, supongo.

Las dos reímos y el desayuno llega después.

Todo parece normal. Todo debería ser normal.

Pero en el fondo sé que no lo es. Porque hay algo que sigue ahí, latente, esperando su momento.

Y aunque intente ignorarlo, esconderlo o enterrarlo bajo capas y capas de lógica y de decisiones sensatas, no desaparece.

Una parte de mí ya sabe que lo que pasó anoche solo fue la táctica que eligió el destino para hacerme ver que, por mucho que siga huyendo, por mucho que me empeñe en aferrarme a la paz y normalidad que puedo encontrar en Alex…

es a Bárbara a la que quiero. Pero la pregunta no está ahí, está en si quiero seguir huyendo o enfrentarme a ello de nuevo.