CAPÍTULO 20
LO PLACENTERO DE AMAR
Bárbara
Han pasado unas horas y la lluvia sigue cayendo con la misma intensidad.
El bungaló permanece envuelto en una penumbra rota por la luz grisácea que se cuela por las cortinas y por los destellos intermitentes de algún relámpago que cruza el horizonte lejano.
El agua golpea el tejado sin descanso, un rumor grave y continuo que abraza cada rincón y borra por completo el mundo que queda fuera de estas cuatro paredes.
Estoy tumbada de lado, con el cuerpo de Lidia pegado a mi espalda.
Su brazo me rodea la cintura con posesión y su respiración cálida y pausada me acaricia la nuca.
Seguimos completamente desnudas; la piel se nos ha secado un poco después de la tormenta que hemos desatado entre nosotras, pero todavía queda ese rastro pegajoso y cálido de la lluvia que nos empapó y del sudor que nos hemos regalado en cada roce.
Mi cuerpo entero late con vida propia. Cada centímetro de mi piel guarda la memoria exacta de sus manos, de su boca insaciable, de sus dedos presionando exactamente en ese lugar perfecto para hacerme perder el control.
Dos años sin ella, dos años de vacío y de noches en las que intentaba convencerme de que podía olvidarla en los brazos de Ingrid.
No consigo dormir. ¿Quién podría? El deseo me mantiene despierta, sensible, necesitada.
Es como si aquel primer orgasmo que nos arrancamos mutuamente solo hubiera sido la llave que abre una puerta mucho más grande, un abismo profundo al que no quiero —ni puedo— resistirme.
Me giro despacio entre sus brazos hasta quedar frente a frente.
Sus ojos verdes brillan en la penumbra con esa mezcla de dulzura infinita y hambre que siempre nos ha pertenecido solo a nosotras.
—Bárbara…
No contesto con palabras. Mi respuesta es inmediata, instintiva: acerco mi boca a la suya y la beso con una urgencia que no admite medias tintas.
Esta vez no hay suavidad ni precaución; es un beso profundo, exigente, casi desesperado.
Mi lengua busca la suya y ella responde con un gemido largo que se desliza directo hasta mi centro y me hace apretar los muslos.
Mis manos recorren su espalda, bajan hasta su culo y la aprieto contra mí con fuerza, como si quisiera fundirnos en una sola piel.
Nuestros pechos se encuentran, nuestros pezones se rozan y cada roce envía chispas eléctricas que me recorren entera.
—Te necesito otra vez —murmuro contra sus labios hinchados—. Necesito sentirte de nuevo. Como antes. Como siempre.
Ella asiente apenas, con los ojos entrecerrados por el placer que ya empieza a acumularse de nuevo entre nosotras.
Sus manos suben hasta mi rostro para sujetarme mientras el beso se vuelve más salvaje, más hambriento.
Nos movemos al unísono, rodamos sobre las sábanas revueltas hasta que quedo encima de ella.
Mi pelo, todavía húmedo, cae en mechones sobre su pecho y Lidia lo aparta, mirándome fijamente como si quisiera grabar cada detalle de mi cara en su memoria para siempre.
Bajo la cabeza y empiezo a besar su cuello, lamiendo despacio la piel salada que aún conserva el aroma de la lluvia y el nuestro propio.
Encuentro ese punto sensible justo debajo de su oreja, lo muerdo con suavidad y ella arquea la espalda, soltando mi nombre en un jadeo entrecortado.
Mis labios continúan el descenso sin prisa.
Recorro su clavícula con besos húmedos, me detengo en el valle entre sus pechos y me llevo uno con la boca.
Succiono con fuerza, rodeo el pezón con la lengua en círculos lentos y luego más rápidos, mientras mi mano aprieta el otro pecho con la presión justa para hacerla enloquecer.
Lidia gime alto, sin contención, y sus uñas se clavan en mis hombros, dejando medias lunas que mañana me recordarán este instante.
Siento cómo sus caderas se elevan debajo de mí, buscando roce, fricción, cualquier cosa que calme el fuego que le crece entre las piernas.
Mi propia excitación palpita con fuerza, caliente y empapada, resbalando por el interior de mis muslos.
Me deslizo más abajo, besando su vientre plano, lamiendo la línea delicada del hueso de su cadera.
Cuando llego entre sus muslos, separo sus piernas con las manos y me detengo un segundo solo para mirarla.
Está hinchada, brillante de deseo, completamente abierta para mí.
El olor intenso de su excitación me golpea y me nubla la razón.
Bajo la cabeza y paso la lengua despacio, muy despacio, desde la entrada hasta su clítoris. Ella se estremece de pies a cabeza.
—Joder...
Empiezo a devorarla. Primero con lengua plana, ancha, recorriendo toda su vulva; luego a círculos lentos y precisos alrededor de su clítoris, succionando con suavidad al principio y después con más intensidad.
Introduzco dos dedos dentro de ella sin interrumpir el ritmo de mi boca y siento cómo sus paredes internas se contraen alrededor de mí, calientes, resbaladizas, ansiosas.
Muevo los dedos con un vaivén constante, curvándolos justo en ese punto que siempre le hace perder el control, mientras mi lengua no se detiene ni un segundo.
Lidia gime sin freno, con las manos enredadas en mi pelo, empujándome más contra ella como si temiera que me apartara.
—Así… joder, así… no pares, por favor…
Sus caderas se mueven contra mi cara, montando mi boca y mis dedos con una urgencia desesperada.
La devoro con todo el hambre acumulada durante esos dos años interminables.
Cambio el ritmo, follándola con determinación.
Siento cómo se tensa entera, cómo sus paredes palpitan con fuerza.
Cuando se corre, lo hace soltando un grito ahogado que vibra contra mis labios.
Su cuerpo se arquea como un arco, tiembla violentamente y yo sigo lamiéndola con suavidad, recogiendo cada gota de su placer, alargando las contracciones hasta que se derrumba sobre la almohada, jadeando con dificultad.
Pero ninguna de las dos está satisfecha. El fuego no se apaga; al contrario, cada orgasmo aviva más las brasas.
Me incorporo y la beso profundamente, compartiendo su sabor salado y dulce en mi lengua.
Ella gime al reconocerse en mi boca y sus manos bajan por mi espalda hasta agarrarme el culo con fuerza, apretándome contra su muslo.
Siento mi propia humedad deslizándose sobre su piel caliente y eso me arranca un jadeo ronco.
—Quiero que te corras conmigo —susurra contra mis labios, con la voz áspera de deseo—. Quiero sentir cómo te deshaces encima de mí.
Me incorporo un poco más y ella abre las piernas con naturalidad.
Nos colocamos en tijera, con nuestros sexos pegados, calientes, empapados.
Empiezo a moverme despacio, buscando el ángulo exacto que nos haga temblar a las dos.
Cuando nuestros clítoris se rozan por fin, la sensación es tan intensa que gemimos al unísono.
El ritmo aumenta poco a poco. Me apoyo en una mano para mantener el equilibrio y con la otra acaricio su pecho, pellizco su pezón mientras mis caderas se mueven con más fuerza, más necesidad.
—Dios, Lidia…
Ella responde empujando contra mí, nuestras humedades se mezclan en un sonido resbaladizo y obsceno que se mezcla con el golpeteo constante de la lluvia.
Acelero el movimiento. Nuestros clítoris se frotan sin piedad, duros, hipersensibles.
El placer sube desde lo más profundo de mi vientre, se extiende por mi columna, me quema la piel.
Lidia jadea mi nombre una y otra vez, con sus manos aferradas a mis caderas, guiándome, exigiendo más.
—Más rápido… Bárbara… así, joder… me voy a correr otra vez…
Yo también estoy al borde. El roce es perfecto, abrumador, casi doloroso de lo intenso que es.
Nuestros cuerpos sudados se deslizan uno contra el otro.
El aire está cargado del olor a sexo, a lluvia y a nosotras dos.
Me inclino hacia delante y la beso mientras seguimos moviéndonos, enredando nuestras lenguas, gimiendo como una sola.
El orgasmo me atraviesa primero; un calor brutal estalla entre mis piernas y se expande en oleadas interminables por toda mi piel.
Grito contra su boca, temblando entera, apretándome contra ella con desesperación.
Lidia se corre apenas un segundo después, su cuerpo convulsiona debajo del mío y sus gemidos se mezclan con los míos en un coro roto y perfecto.
Nos quedamos quietas un instante, respirando con dificultad, todavía unidas por ese contacto íntimo. Pero el deseo no desciende; parece multiplicarse.
Me aparto con lentitud y la giro boca abajo con cuidado.
Le levanto las caderas hasta que queda de rodillas y me coloco detrás.
Mi boca regresa a su sexo desde esa nueva posición, lamiéndola con la lengua ancha mientras mis dedos la penetran de nuevo, profundos, insistentes.
Lidia entierra la cara en la almohada y gime con fuerza.
Su culo se mueve contra mi cara, buscando más, siempre más.
Introduzco un tercer dedo y acelero el ritmo follándola con decisión, pero con todo el cuidado del mundo, recordando cada detalle de cómo le gusta que la toquen.
Mi otra mano baja entre mis propias piernas y me acaricio al mismo tiempo, el doble placer me hace gemir contra su piel húmeda.
—Oh...si, joder...
No paro. La penetro con los dedos sin descanso, la lamo, succiono su clítoris hinchado.
Cuando llega su tercer orgasmo, su cuerpo se contrae con tanta fuerza que casi me rompe los dedos.
Yo misma me corro casi al instante, tocándome con urgencia; un clímax rápido y demoledor que me deja temblando y sin aliento.
Caemos las dos sobre el colchón, exhaustas, pero todavía entrelazadas.
La giro hacia mí con suavidad y la abrazo con fuerza.
Nuestros cuerpos sudorosos se pegan como si no quisieran separarse nunca más; nuestras piernas se enredan y las dos respiramos al mismo compás acelerado.
La lluvia sigue cayendo afuera, pero dentro solo se escuchan nuestras respiraciones y los besos suaves que nos damos.
Le acaricio el pelo mojado, apartando los mechones que se le pegan a la frente y a las mejillas. Sus ojos brillan con una luz especial, tiene los labios hinchados y enrojecidos por tantos besos.
—Después de dos años… —susurro muy bajito— todavía sé exactamente cómo hacerte temblar y cómo llevarte al límite.
Ella esboza esa sonrisa perezosa y ligeramente torcida que siempre me ha derretido por dentro.
—Y yo a ti —contesta mientras sus dedos recorren mi espalda en caricias lentas—. Nunca hemos dejado de encajar, Bárbara. Ni creo que dejemos de hacerlo por mucho que tú decidas irte lejos.
A pesar de la fuerza y el peso de sus palabras, me besa despacio; un beso largo y profundo que sabe a melancolía, a verdad y a futuro incierto.
Mis manos vuelven a explorar su cuerpo, esta vez sin prisa, trazando cada curva con calma, pero el deseo sigue latiendo bajo la piel, paciente, esperando su turno.
Le separo las piernas otra vez con la rodilla y me coloco entre ellas.
Nuestros sexos se rozan de nuevo, suaves, calientes, todavía sensibles.
Empezamos a movernos despacio, meciéndonos en un vaivén tranquilo, como si tuviéramos toda la eternidad por delante a pesar de que eso no es así.
Esta vez todo es más lento, más hondo. Nuestras caderas encuentran un ritmo perfecto, casi hipnótico; nuestros sexos se rozan con cada movimiento en una caricia continua y deliciosa.
Nos miramos a los ojos sin apartar la vista ni un instante.
Es tan íntimo que duele. En sus pupilas veo reflejado el mismo amor inmenso, el mismo miedo a perdernos de nuevo y la misma necesidad absoluta que siento yo en el pecho.
«Te quiero, Lidia», pienso y algo dentro de mí se rompe a la misma vez que el orgasmo nos alcanza.
Nos apretamos la una contra la otra, gimiendo bajito, temblando juntas en esa unión perfecta.
Cuando pasa, nos quedamos abrazadas, respirando al unísono, sintiendo cómo nuestros corazones laten el uno contra el otro.
Cierro los ojos, envuelta en su calor, en su olor, en su presencia.
No sé qué pasará cuando despertemos, quizá nos demos cuenta de que esto ha sido un error, que jamás deberíamos haber dejado que pasara.
Pero aquí no manda la razón. Sino el corazón y ese fuego que ha consumido todo hasta volver estos dos años separadas, en cenizas.