CAPÍTULO 19
EL PELIGRO DE TENERLA CERCA
Lidia
El agua sigue cayendo como si el cielo quisiera ahogarnos a las dos, pero aquí, bajo el techado de madera del bungaló, el mundo se ha reducido a nosotras.
Bárbara está frente a mí, empapada hasta los huesos.
La camiseta blanca se le pega al pecho, marcando cada curva, cada respiración agitada.
El pelo oscuro le cae en mechones pesados sobre la cara y el agua le resbala por las mejillas, por el cuello, por la clavícula que asoma bajo el cuello de la prenda.
Tiene los labios entreabiertos, y sus ojos…
Dios, sus ojos. Hay en ellos algo que ya no es solo ternura ni miedo.
Es hambre. Un hambre que lleva años dormida y que ahora, después de esta conversación, de esta carrera bajo la lluvia y de todos los recuerdos que hemos desenterrado, despierta de golpe.
Yo estoy igual. La ropa mojada se me adhiere a la piel, fría por fuera y ardiendo por dentro.
Siento los pezones duros contra la tela, el pulso latiéndome entre las piernas, y un calor que me sube desde el vientre hasta la garganta.
Han pasado dos años desde la última vez que la toqué.
Dos años de divorcio, de silencio, de fingir que lo nuestro fue solo un capítulo cerrado. Pero aquí estamos. Y ya no puedo más.
Doy un paso hacia ella. Solo uno. El suelo de madera cruje bajo mis zapatillas empapadas.
—Lidia… —susurra, y su voz suena ronca, rota.
No le dejo terminar. No puedo. Me lanzo a su boca como quien se lanza al mar después de años en la orilla.
Nuestros labios chocan con urgencia, sin delicadeza al principio, con esa necesidad visceral que nos ha estado quemando todo el paseo.
Su boca está fría por la lluvia y caliente por dentro, sabe a sal y a ella, a la Bárbara que yo conocía y que nunca olvidé.
Gimo contra sus labios sin darme cuenta y ella responde con un sonido grave, profundo, que me vibra en el pecho.
Sus manos suben a mi cara, me sujetan las mejillas con fuerza, como si temiera que me escapara otra vez.
Yo le agarro la cintura, atrayéndola contra mí.
Nuestros cuerpos mojados se pegan, la tela húmeda cruje entre nosotras, y siento sus pechos contra los míos, duros, temblando.
El beso se hace más profundo. Nuestras lenguas se encuentran, se enredan, se exploran con desesperación.
Hace años que no la beso así y, joder, es como si el tiempo se hubiera detenido y al mismo tiempo se hubiera acelerado.
—Te he echado tanto de menos… —murmura contra mi boca cuando nos separamos un segundo para respirar.
Sus palabras me atraviesan. Le muerdo el labio inferior con suavidad, tirando de él, y ella jadea.
Mis manos bajan por su espalda, resbalando sobre la camiseta mojada, hasta llegar a la curva de su culo.
Lo aprieto, atrayéndola más contra mí, y noto cómo su cadera se mueve instintivamente buscando fricción.
—Bárbara… —susurro, y mi voz suena tan necesitada que casi no la reconozco.
No paramos. El beso se vuelve más lento, más intenso, más deliberado.
Ahora saboreamos. Ahora exploramos. Mi lengua recorre su labio superior, luego baja por su cuello, lamiendo las gotas de lluvia que aún resbalan por él.
Ella echa la cabeza hacia atrás ofreciéndome la garganta, y gime mi nombre.
Sus manos se meten bajo mi vestido, subiéndolo por mis muslos desnuda, clavándome las uñas con esa mezcla de ternura y desesperación que siempre ha sido tan suya.
—Vamos dentro —dice entre jadeos, sin separarse del todo—. Mi bungaló está aquí mismo.
Asiento sin palabras. Nos movemos casi a trompicones, sin dejar de tocarnos.
Yo le beso el cuello mientras ella busca la llave en el bolsillo de su pantalón corto, que ahora pesa el doble por el agua.
Abre la puerta y entramos casi cayéndonos.
El bungaló está en penumbra, solo iluminado por la luz gris que entra por la ventana y el sonido constante de la lluvia golpeando la estructura.
Cierra la puerta de un empujón y nos quedamos allí, mirándonos otra vez.
El agua gotea de nosotras al suelo de madera clara, formando charcos a nuestros pies.
—Estás preciosa así —dice ella, con la voz más grave de lo normal—. Empapada, con los ojos brillantes… Joder, Lidia, no sé cómo he podido estar tanto tiempo sin esto.
Me acerco otra vez. Le quito la camiseta por la cabeza con un solo movimiento.
La tela húmeda se resiste un poco, pero cae al suelo con un sonido blando.
Sus pechos quedan libres, perfectos, los pezones oscuros y duros por el frío y por el deseo.
Me inclino y tomo uno en la boca, succionando con suavidad al principio, luego con más fuerza.
Ella gime alto, arqueando la espalda, y sus manos se enredan en mi pelo mojado.
—Dios… sí… —susurra.
Mientras tanto, mis dedos bajan hasta el botón de su pantalón corto.
Lo desabrocho, bajo la cremallera y lo deslizo por sus caderas junto con las bragas.
Todo cae al suelo. Está completamente desnuda frente a mí, con la piel brillante por el agua, con esas curvas que conozco de memoria y que han cambiado un poco con los años, pero que siguen siendo perfectas para mí.
Mis manos recorren sus muslos, suben por sus caderas, y ella tiembla bajo mi tacto.
—Quítate la ropa —pide, casi suplicando—. Quiero verte. Quiero sentirte entera.
Obedezco. Me saco el vestido con las manos temblando y cuando estoy desnuda del todo, se me queda mirando un segundo como si quisiera grabar cada detalle.
Luego me empuja con suavidad hacia la cama grande que ocupa el centro del bungaló.
Caigo de espaldas sobre el colchón y ella se sube encima de mí, a horcajadas.
Su piel caliente contra la mía fría por la lluvia es una sensación que me hace gemir.
Nos besamos otra vez, ahora más despacio, saboreando el reencuentro.
Sus pechos rozan los míos, sus pezones duros me rozan la piel y yo levanto las caderas buscando el contacto.
Siento su humedad contra mi muslo y eso me vuelve loca.
Llevo años sin sentir esto, sin sentirla a ella así, y el deseo me quema por dentro.
—Necesito tocarte —murmuro contra su boca—. Llevo tanto tiempo soñando con esto…
Bajo la mano entre nosotras y la encuentro resbaladiza, caliente, hinchada.
Mis dedos se deslizan entre sus pliegues con facilidad y ella suelta un gemido largo, profundo, que me eriza la piel.
Empiezo a moverlos despacio, dibujando círculos alrededor de su clítoris, luego bajando hasta su entrada.
Ella se mueve contra mi mano con movimientos suaves al principio, luego más urgentes.
—Lidia… joder… así… —jadea, y su voz se quiebra.
Le introduzco dos dedos con cuidado, sintiendo cómo se aprieta alrededor de mí.
Está tan mojada que resbala. Mi pulgar sigue acariciando su clítoris en círculos lentos mientras mis dedos entran y salen con un ritmo que sé que la vuelve loca.
Ella se inclina hacia delante, apoyando las manos a ambos lados de mi cabeza, y sus pechos quedan justo encima de mi cara.
Los beso, los lamo, muerdo suavemente uno de sus pezones mientras sigo follándola con los dedos.
Sus gemidos llenan todo a nuestro alrededor, mezclándose con el sonido de la lluvia. Se mueve más rápido, buscando más profundidad, más presión. Siento cómo sus paredes internas se contraen alrededor de mis dedos y sé que está cerca.
—No pares… por favor… —suplica, y esa palabra en su boca me hace sentir poderosa y vulnerable al mismo tiempo.
Acelero el ritmo, curvando los dedos justo donde sé que la vuelve loca.
Ella echa la cabeza hacia atrás y se corre soltando un grito ahogado, temblando encima de mí, apretándome los dedos con fuerza.
Siento cada contracción, cada ola de placer que la recorre, y no dejo de moverme hasta que se derrumba sobre mi pecho, respirando entrecortadamente.
Pero no hemos terminado. Ni de lejos.
La giro con cuidado y ahora soy yo quien se coloca encima.
Le separo las piernas con las mías y bajo por su cuerpo, besando cada centímetro de piel: el valle entre sus pechos, su vientre plano, la línea de sus caderas.
Cuando llego entre sus piernas, levanto la vista y la miro.
Tiene los ojos entrecerrados, las mejillas sonrojadas, el pelo revuelto sobre la almohada.
—Quiero probarte —digo, y mi voz suena ronca—. Quiero sentirte en mi boca después de tanto tiempo.
No espero respuesta. Bajo la cabeza y paso la lengua por su centro, lenta, saboreándola.
Está dulce, caliente, y el sabor me vuelve loca.
Ella gime alto y sus manos se enredan otra vez en mi pelo, guiándome.
Lamo su clítoris con movimientos circulares, luego lo succiono con suavidad, alternando presión.
Introduzco la lengua en su interior y ella se arquea, empujando contra mi boca.
—Hostia… Lidia… sí… así…
La como con hambre, con intensidad. Mis dedos se unen a la boca, dos otra vez, entrando y saliendo mientras mi lengua no deja de trabajar en su clítoris.
Siento cómo se tensa otra vez, cómo sus muslos tiemblan alrededor de mi cabeza.
Cuando se corre por segunda vez, lo hace gritando mi nombre, apretando las sábanas con los puños, y yo sigo lamiéndola despacio, prolongando su placer hasta que se queda laxa, respirando entrecortadamente.
Me subo de nuevo sobre ella y nos besamos. Esta vez el beso es más suave, más tierno, lleno de todo lo que no nos hemos dicho en años. Nuestras manos se entrelazan por encima de su cabeza y nuestros cuerpos se mueven juntos, buscando fricción, buscando más.
—Ahora tú —susurra contra mi boca—. Quiero hacerte sentir lo mismo.
Me gira con facilidad y se coloca entre mis piernas.
Sus dedos me abren con delicadeza y su boca desciende.
Cuando su lengua toca mi clítoris por primera vez después de tanto tiempo, creo que voy a explotar.
Gimo fuerte, arqueándome, y ella sonríe contra mi piel.
Me lame con paciencia, con conocimiento, recordando exactamente cómo me gusta.
Introduce dos dedos mientras su boca succiona y yo pierdo la noción del tiempo.
Solo existe su lengua, sus dedos, su respiración caliente contra mí.
Me corro con fuerza, temblando, gritando su nombre, y ella no se aparta hasta que el último espasmo me recorre. Luego sube y me abraza, nuestros cuerpos sudorosos y aún húmedos por la lluvia mezclándose en la cama.
Nos quedamos así un rato largo, respirando juntas, escuchando la lluvia que sigue cayendo fuera. Su mano acaricia mi espalda con lentitud, trazando círculos que me relajan y me encienden al mismo tiempo.
—No sé qué va a pasar mañana —susurro contra su pecho—. Pero ahora… ahora solo quiero esto.
Ella me besa la frente, luego los labios, suave.
—Entonces quédate —responde—. Quédate esta noche. Y mañana… ya veremos.
Cierro los ojos, sintiendo su calor, su olor, su presencia después de tantos años. La lluvia sigue cayendo, pero dentro del bungaló solo estamos nosotras, desnudas, entrelazadas, y por primera vez en mucho tiempo, el futuro no parece tan lejano ni tan imposible.