CAPÍTULO 18
EL LUGAR DONDE TODO EMPEZÓ
Lidia
No sé en qué momento dejé de resistirme a ella, a esto, a nosotras.
Quizá ocurrió justo cuando escuché ese «un minuto» cargado de miedo, como si Bárbara temiera que la rechazara de verdad y que todo se rompiera de nuevo a pesar de que hace mucho que ya no hay nada.
O tal vez pasó un poco antes, cuando nuestras miradas se cruzaron y me di cuenta de que, por más que lo intente o levante todos mis muros, sigo necesitando estar junto a ella.
Si Alex estuviera aquí me diría que tengo que huir de esas situaciones que me hacen daño.
Y no dudo que sea así. Porque sí, verla después de todo lo que pasó me duele.
Podría soltar simplemente una de mis frases secas y cortantes que tan bien se me dan últimamente, dar media vuelta y perderme entre los senderos del resort como he hecho estos dos días.
Pero la he echado de menos, no he dejado de pensar en ella y no puedo hacerlo.
—Un minuto nada más.
Bárbara asiente y afloja un poco la presión de sus dedos en mi piel, pero no me suelta del todo.
Lo hace poco después y con cuidado, como si temiera que, al soltarme, fuese a echar a correr sin mirar atrás.
Y tiene razón en temerlo… aunque esta vez no voy a huir.
Decido caminar sin decir nada más, y ella se coloca a mi lado en silencio, acompasando su paso al mío con esa naturalidad que hemos tenido y no hemos perdido, como si nuestros cuerpos se recordaran a pesar de todo.
El sendero de arena fina se extiende delante, paralelo a la orilla, donde las olas rompen ahora con más rabia que esta mañana, levantando espuma blanca que el viento arrastra hacia nosotras en pequeñas ráfagas saladas.
El cielo se ha encapotado por completo; una masa gris y pesada que parece cargada de electricidad.
La siento en la piel, en la nuca, en el pecho.
Igual que siento todo lo que tiene que ver con Bárbara.
El aire huele a sal, a humedad y a ese perfume suyo que aún reconozco a pesar de disimularlo.
Durante los primeros minutos avanzamos sin abrir la boca.
Solo caminamos. Dos mujeres que podrían pasar por extrañas, compartiendo un trozo de playa por pura casualidad.
Intentamos fingir que no nos conocemos de nada.
Pero es inútil. Su presencia me envuelve.
Cada paso que damos parece sincronizado por esa química que ninguna de las dos ha conseguido romper.
Miro al frente, me concentro en el rugido constante del mar, en el viento que empieza a arreciar y me revuelve el pelo, en las gaviotas que planean bajo las nubes bajas.
En cualquier cosa que no sea ella. Pero entonces rompe el silencio.
—¿Te acuerdas del día que nos conocimos? —pregunta con una suavidad que me pilla desprevenida.
Parpadeo, sorprendida por la elección del recuerdo. Pero la respuesta me sube a la garganta sin permiso, clara y precisa.
—Creo que voy a recordarlo toda la vida —contesto antes de poder morderme la lengua.
Me vuelvo un poco hacia ella, lo justo para verle los ojos, esos ojos que siempre han sabido leer dentro de mí mejor que nadie.
—Estabas intentando convencer al camarero de que te estabas muriendo de sed y que necesitabas agua… como si tu vida dependiera de ello. Recuerdo que gesticulabas con las manos, que el acento se te marcaba más cuando te ponías nerviosa y que el pobre chico no sabía si reír o llamar a un médico.
Una sonrisa lenta y genuina se dibuja en sus labios, y contra todo pronóstico, yo también sonrío. Luego suelto una risa corta, pero sincera, de esas que nacen solas en el estómago y que hacía meses que no sentía.
—Estuve a esto —explico, levantando la mano y dejando apenas un centímetro entre el pulgar y el índice— de lanzarle la maleta a la cabeza. En serio. El viaje había sido un desastre, el calor me estaba matando y tú apareciste como si nada, salvándome la vida.
—Lo sé —replica ella con voz suave—. Lo vi en tus ojos. Estabas a punto de explotar.
—Era desesperante —insisto, pero la voz me sale más ligera de lo que esperaba.
—Era adorable —corrige y a mí me tiemblan las piernas.
—Estaba hecha un desastre —respondo restándole importancia—. Lo único adorable ahí, era el loro que había en la jaula justo detrás del camarero.
—Sea como sea… me pareciste adorable —afirma, y me regala una mirada que despierta un remolino cálido en el centro del pecho—.
Tenías esa belleza caótica de una tormenta a punto de estallar…
y a mí me encantó desde el primer segundo.
Me quedé observándote mientras discutías y pensé: «esta mujer va a cambiarme la vida». Y vaya si lo hiciste.
Aparto la vista, incómoda porque sus palabras me atraviesan justo donde duele y donde aún queda algo vivo. Intento quitarle hierro al asunto, pero noto cómo una parte de mí se relaja un poco. Solo un poco. El corazón me late más rápido de lo normal.
—Y tú estabas allí como si nada pudiera alterarte. Como si el mundo entero pudiera caerse a pedazos porque tú seguirías con esa sonrisa tranquila.
—Fingía bastante mejor que ahora —admite con una media sonrisa que no llega a los ojos.
Eso me obliga a mirarla de nuevo. Hay algo distinto en su tono, una grieta que no encaja con el recuerdo que estamos tejiendo. Pero no insisto. Seguimos caminando. El viento sopla más fuerte, levanta pequeños remolinos de arena que nos rozan las piernas y nos obliga a entrecerrar los ojos.
—Fueron solo dos semanas… —murmura ella después de un rato—.
Y sin embargo siento que viví más en esos días que en muchos años juntas.
Recuerdo cada detalle: las noches por los jardines del hotel, las conversaciones hasta las tantas, el modo en que te reías cuando intentaba explicarte cómo se ocasionaban las lesiones de rodilla más comunes…
Asiento despacio, porque yo lo sentí exactamente igual.
—Todo pasó demasiado rápido —reconozco—. Fue demasiado intenso. Como si el tiempo se hubiera acelerado solo para nosotras.
—Demasiado real —completa ella sin dudar.
Su respuesta llega inmediata, directa, como siempre ha sido cuando habla de nosotras.
—Sí… —suspiro—. Recuerdo que me despertaba cada mañana pensando que todo era un sueño y que en cualquier momento abriría los ojos y volvería a mi vida de antes. Pero no. Estabas allí, a mi lado, con el mismo gesto de sueño, preguntándome cómo había dormido, y todo se volvía sólido.
Se hace un silencio breve, lleno de imágenes que se cuelan en mi cabeza.
Imágenes de esas noches en las que apenas dormíamos porque tocarnos era más necesario que respirar, de esos instantes en los que recorría con mi boca la curva de su espalda, de la risa que se le escapaba cuando le hacía cosquillas en la cintura, del calor de sus labios contra mi cuello, el olor de su piel después de una ronda intensa de sexo. Trago saliva con fuerza.
—Cuando llegó el último día… —empiezo, sin saber muy bien por qué abro esa puerta—. Lo supe al instante.
Ella se gira hacia mí, atenta, con los ojos muy abiertos.
—¿El qué?
La miro directamente a los ojos.
—Que quería que formaras parte de mi vida. Siempre. Que no concebía un futuro sin tenerte cerca.
El viento se lleva las palabras, pero sé que las ha oído. Lo veo en cómo se le humedecen los ojos, en cómo aprieta los labios un segundo.
—Yo también —responde bajito—. No hubo ni un solo instante de duda. Desde el primer día supe que eras tú.
Y ahí vuelve a aparecer. Ese «nosotras» que existió con tanta fuerza y que, de alguna manera torpe y herida, sigue existiendo.
—Nunca quise hacerte daño —añade de pronto, deteniéndose en seco en medio del sendero.
Yo también paro. La arena se hunde un poco bajo mis pies.
—Lo nuestro… —continúa con voz temblorosa—. Nuestro matrimonio fue lo más bonito que he tenido jamás en mi vida. Los viajes, las risas, las mañanas perezosas… todo.
La frase me golpea fuerte, pero no del modo que ella imagina. Niego con suavidad.
—No —digo.
Frunce el ceño, confusa.
—Lidia…
—No —repito, esta vez más firme—. Lo más bonito de tu vida es tu trabajo, Bárbara.
El silencio cae entre nosotras como una losa pesada.
—Cuando hablabas de fútbol… —sigo, y las palabras me salen sin filtro—.
Cuando hablas de tu trabajo, se te ilumina la cara entera.
Los ojos te brillan de una forma que yo nunca conseguí provocar.
Te transformas, hablas con pasión, con fuego.
Yo siempre fui la segunda opción, la que esperaba a que acabaras la temporada.
La miro fijamente. Esta vez no aparto la vista.
—Nunca fui yo quien encendió esa luz en ti.
Su expresión se endurece al principio, pero enseguida se quiebra en los bordes. Da un paso hacia mí, acortando la distancia.
—Eso no es verdad —niega con voz ronca—. Tú me hiciste feliz de una manera que el trabajo nunca podrá.
—Sí lo hará.
—No.
—El trabajo no te da la felicidad completa —insiste con una intensidad que me sorprende—.
Puedes tenerlo todo: éxito, reconocimiento, estabilidad…
y de repente, en un abrir y cerrar de ojos, darte cuenta de que te falta lo esencial.
Te falta alguien que te mire como tú me mirabas.
Te falta alguien que sepa cuándo necesitas silencio y cuándo necesitas que te abrace sin preguntar.
Parpadeo, desconcertada.
—¿Y qué es lo esencial para ti ahora? —pregunto casi en un susurro—. ¿Qué es lo que realmente te falta?
No responde. Sus ojos se pierden un instante en el horizonte gris, como si buscara las palabras exactas. Luego vuelve a mirarme.
—Te echo de menos, Lidia. Echo de menos lo que éramos. Echo de menos cómo nos completábamos.
Pero antes de que yo pueda contestar, el cielo decide hablar por ella.
Un trueno estalla justo encima, tan fuerte que nos hace dar un respingo. Y sin aviso, la lluvia se desploma. No es una llovizna fina. Es un diluvio repentino, furioso, que en cuestión de segundos nos empapa hasta los huesos. El agua cae con fuerza, fría y pesada, y nos obliga a encogernos.
—¡Qué oportuno! —exclamo, llevándome las manos a la cabeza mientras el pelo se me pega a la cara y al cuello—. Justo lo que nos faltaba. Como si la conversación no fuera ya bastante intensa.
Bárbara suelta una risa breve y sacude la cabeza. El agua le resbala por las mejillas y se mezcla con lo que podrían ser lágrimas.
—Creo que deberíamos correr antes de que nos arrastre el agua.
—¿Tú crees? —respondo con sarcasmo, pero ya estoy echando a correr.
Corremos hacia el resort, resbalando en la arena mojada que se vuelve traicionera. El agua cae con tanta fuerza que apenas vemos unos metros por delante. Me río mientras corro, con el corazón latiéndome en la garganta.
—¡Esto es ridículo! —grito entre risas y protestas—. ¡Vamos a terminar resfriadas!
En medio de ese caos absurdo, algo ocurre dentro de mí.
Me río. De verdad. Con ganas. Empapada hasta los huesos, con el pelo pegado a la cara, el maquillaje corrido y el pulso acelerado por algo que va mucho más allá de la carrera.
Corremos juntas, esquivando ramas bajas, riéndonos.
Por un momento, todo parece fácil otra vez.
Llegamos al porche de uno de los bungalós y nos refugiamos bajo el techo de madera.
Me apoyo en una de las columnas, jadeando, intentando recuperar el aliento.
El pecho me sube y baja rápido. Bárbara se queda frente a mí, chorreando, igual de despeinada, igual de…
viva. El agua le resbala por el cuello, por los hombros, y se le pega la camiseta al cuerpo de una forma que me obliga a apartar la mirada.
La lluvia sigue cayendo a cántaros a nuestro alrededor, formando una cortina espesa que nos aísla del mundo.
Durante unos segundos todo se detiene. Nos miramos sin hablar, sin excusas, sin pasado interponiéndose.
Solo nosotras dos respirando el mismo aire húmedo y salado.
Pero sé que no es real. El pasado sigue ahí, latiendo.
Las preguntas siguen sin respuesta. La conversación que hemos empezado no ha terminado. Ni mucho menos.
Y, aun así, hay algo en su mirada que me obliga a quedarme quieta.
Un segundo que se convierte en dos, en tres…
y que no sé cómo detener. Me pregunto qué pasaría si diera un paso más hacia ella y la besara.
Me pregunto si esta vez sería diferente.
Me pregunto si, después de todo, todavía queda algo que salvar.