Prohibido repetir contigo CAPÍTULO 17
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CAPÍTULO 17

MENTIRAS SIN IMPORTANCIA

Bárbara

El cielo de Ukulhas se tiñe poco a poco de un gris violáceo, indeciso, como si aún no supiera si estallar en tormenta o conformarse con amenazar durante horas.

El aire pesa más que de costumbre, cargado de electricidad, con esa sensación pegajosa que anuncia que algo está a punto de romperse…

o quizá de comenzar de verdad. No sé si el cambio viene del tiempo o si soy yo la que lo proyecta todo sobre el paisaje.

Seguramente sea yo. Siempre he sido buena cargando el peso de las cosas sobre mis propios hombros.

Camino despacio por el sendero de arena blanca que une los bungalós, notando cómo los granos finísimos se cuelan entre los dedos de mis pies y se adhieren a mi piel húmeda por el bochorno.

A mi izquierda, el mar ya ha perdido ese azul cristalino y alegre de primera hora; ahora se ha vuelto más oscuro, más profundo, con un carácter casi desafiante, como si también él guardara secretos que no se atreve a soltar.

El océano y yo nos entendemos demasiado bien estos días.

Han pasado dos días exactos desde aquella visita a los arrecifes.

Dos días desde que Lidia clavase sus ojos en los míos y, sin necesidad de alzar mucho la voz, abriese una herida que creía cerrada y que ahora supura.

Desde entonces ha regresado el silencio.

Ni un saludo, ni una mirada, ni siquiera nos hemos cruzado en el restaurante o el bar.

Nada. Es extraño cómo dos personas pueden coincidir a todas horas en el mismo espacio, y a la vez, dejar de existir. O intentarlo, al menos.

Aunque a mí lo de fingir que no existe no funciona.

No del todo. Cada vez que empujo la puerta de mi bungaló por la mañana, mi cuerpo se tensa de forma automática esperando encontrarla al otro lado de la pasarela que los une.

Me he obligado a caminar por esos senderos por los que ella accede por si nos encontrábamos de casualidad y eso nos invitaba a hablar.

Pero nada. Me he obligado a distraerme dando paseos en bicicleta, nadando, aunque eso signifique dar rodeos absurdos bajo este calor que aplasta.

Pero por más que me empeñe todo termina trayéndome de vuelta a ella.

Suspiro hondo y me detengo frente al mar, con las manos apoyadas en la barandilla caliente de madera.

—Ridícula —susurro para mí misma, casi con rabia—. Eres completamente ridícula, Bárbara.

Lo soy. He pasado años construyendo una vida ordenada, con horarios fijos, con gente nueva, con esas rutinas que me protegen de este tipo de caídas. Pero basta que ella haya aparecido de nuevo frente a mí para que todo este castillo de naipes se tambalee como si nunca hubiera sido sólido.

El móvil vibra contra mi palma y me saca del remolino de pensamientos. Miro la pantalla. El nombre de Ingrid brilla como el recordatorio constante de esa vida que elegí y que, supuestamente, me hace feliz.

Deslizo el dedo para contestar y me llevo el teléfono al oído.

—Hola —digo, intentando que mi voz suene estable.

—Hola, desaparecida —responde ella al instante, con esa calidez suya que siempre me envuelve y me ancla al presente—. Ya pensaba que te había tragado el Índico y que nunca más iba a saber de ti.

Sonrío sin poder evitarlo, aunque la sonrisa me sale un poco torcida.

—Eso nunca —contesto, y lo digo de verdad.

—Más te vale, porque si me dejas tirada te busco hasta en el infierno —bromea, pero hay un matiz debajo, ese deje que pone cuando está preocupada de verdad—. Venga, cuéntame. ¿Cómo van las cosas por el paraíso? ¿Te está tratando bien o ya estás harta de tanta playa? ¿Qué tal va con…?

Miro a mi alrededor: el cielo está más plomizo que antes, el mar está revuelto, y el silencio que me rodea solo se rompe por el rumor de las olas y algún pájaro lejano.

—Ya te lo puedes imaginar —respondo mientras me apoyo mejor en la barandilla—. Mucho calor, mucha humedad… pero es precioso, no te voy a mentir. Y con ella todo va…bien.

No miento del todo. El sitio es increíble. Lo que no digo es que la belleza se me está clavando en el corazón, tanto como Lidia y su dolor.

—Suena a que te estás planteando quedarte mucho más que unas semanas allí —comenta Ingrid, medio en broma, medio tanteando.

—No exageres —replico con una risa corta—. También echo de menos algunas cosas de allí.

«A ti y tus rutinas locas», pienso. Ello de menos esa estabilidad que encontré a su lado y que ahora, me parece una ilusión que se ha disipado en un abrir y cerrar de ojos.

—¿Y qué tal por Londres? —pregunto rápido, cambiando el rumbo antes de que se me escape algo que no quiero decir—. El último partido del equipo fue increíble.

—¿Lo viste?

—Me quedé hasta tarde —confieso—. Pero cuéntame, ¿cómo van las cosas por allí?

Ingrid arranca con su relato habitual: el caos del tráfico, las reuniones eternas en el club después de la temporada, la lluvia que sigue calando hasta los huesos, los supuestos nuevos fichajes.

La escucho a medias, asintiendo alguna que otra vez, dejando que su voz me arrastre un rato a esa rutina que antes me resultaba segura, casi acogedora.

Y lo sigue siendo, en parte. Aunque hay algo en todo eso que no encaja, algo que falta para que todo sea redondo y perfecto.

«Lidia», me dice una vocecilla.

Tan solo con pensar su nombre ya se me acelera el pulso.

—Hoy hemos tenido un lío gordo… —sigue Ingrid—. Al parecer, Marta va a rescindir el contrato y quiere fichar por otro equipo. Y ya sabes cómo son estas cosas… Ha sido un drama.

—Vaya… —murmuro, sincera.

—Sí, pero al final todo se ha calmado. Ya te contaré más detalles en cuanto sepa algo.

Asiento aunque no pueda verme. Y entonces, por puro instinto, levanto la vista hacia el sendero y la veo.

Lidia camina en dirección contraria, con la cabeza baja y los hombros tensos, como si cargara el peso del mundo en su espalda.

El tiempo se estira de golpe. Cada paso suyo parece durar una eternidad; el movimiento de su falda ligera contra las piernas, el mechón de pelo que se le escapa y le roza la mejilla, la forma en que aprieta los labios.

Todo se vuelve más nítido, más lento, más inevitable.

—¿Bárbara? ¿Estás ahí? —La voz de Ingrid suena lejana, amortiguada por el latido de mi corazón que me retumba en los oídos.

—Sí, claro… —respondo en automático, sin apenas aliento.

—¿Seguro que estás bien? Te noto muy rara, cariño.

Trago saliva con dificultad.

—Sí, sí, estoy bien —miento deprisa—. Es que… creo que voy a ir a cenar algo ahora.

—¿Ahora? Pero si aquí ya son las tantas de la noche…

—Sí, bueno… aquí todavía es pronto —replico, forzando naturalidad.

No cuela. Lo noto en el temblor y la duda que pinta mi voz, y lo nota ella también.

—Bárbara…

«No puedo seguir. No ahora.»

—Te llamo mañana, ¿vale? —la corto con suavidad —. Así hablamos con más calma, te lo prometo.

Se forma un silencio breve al otro lado y escucho un suspiro apenas audible.

—Vale… —concede al fin—. Pero no me dejes colgada muchos días, ¿eh?

—No lo haré. Te quiero.

Cuelgo antes de que ella pueda añadir nada más.

Cuando vuelvo a levantar la mirada, Lidia está mucho más cerca.

Demasiado cerca. Nuestros ojos se encuentran y, de repente, el mundo se reduce a eso: a sus pupilas más oscuras por la falta de luz, el cansancio que las bordea, el enfado que aún arde debajo, y a todo eso que siento y que me atraviesa el pecho como una corriente fría.

No hay mar. No hay cielo encapotado. No hay Londres ni Ingrid ni nada que no sea ella y esa mirada suya que siempre ha sido capaz de desarmarme. Demasiado directa. Demasiado cruda. Demasiado todo.

No sonríe. Tampoco me saluda. Solo me observa, inmóvil, como si esperara que fuera yo la que diera el primer paso… o la que se rindiera de una vez.

Mi cuerpo actúa antes que mi cabeza, como siempre ha pasado con ella y cuando hace el amago de seguir caminando, esquivándome como si fuera un obstáculo más en el sendero, algo se rompe dentro de mí. O se enciende. No lo sé. Solo sé que no puedo dejarla pasar otra vez. No hoy.

Doy un paso. Luego otro. Y cuando la distancia ya es casi inexistente, extiendo la mano y la sujeto del brazo con suavidad, pero sin posibilidad de escapatoria.

—Espera —digo, y mi voz sale más ronca de lo que esperaba.

Ella se detiene en seco, pero no se gira del todo.

—Suéltame, Bárbara —responde, tensa, con la voz baja y cortante.

Cierro los ojos un instante, reconociendo ese tono que tantas veces he oído cuando la he herido sin querer…

—No —contesto al abrirlos de nuevo.

Porque no puedo. Si la suelto ahora, sé que se acabará. Que volverá a levantar el muro y que yo no tendré fuerzas para derribarlo.

—No quiero hablar contigo —insiste ella, intentando zafarse con un movimiento brusco pero contenido.

—No voy a soltarte —replico, bajando la voz para que solo nos oigamos nosotras—. Y creo que ya nos hemos esquivado demasiado estos días. Necesitamos hablar.

—No hay nada que hablar.

—Claro que sí lo hay.

Se gira entonces por fin. La cercanía me golpea como una ola. Percibo el aroma a crema solar de coco y salitre, el calor que irradia su piel, la respiración agitada que sube y baja bajo la tela fina de su vestido. Todo.

—No —repite, más firme—. Lo que había que decir ya se dijo hace años y en aquella mesa hace unos días.

—No —insisto yo, negando despacio—. Lo que pasó el otro día, fue fruto de la rabia. Mucha rabia. Y lo entiendo. Pero no me concediste la oportunidad de hablar.

—¿Para qué? ¿Acaso no dije la verdad?

—Puede que una parte sí —admito, con la voz más baja—. Pero no es toda la verdad. Y lo sabes.

Silencio. A nuestro alrededor se forma uno de esos silencios densos que se llenan de todo eso que guardamos dentro cuando nos divorciamos.

—Déjame pasar —murmura al fin, casi suplicando.

Pero no lo hago. En vez de eso, tiro suavemente de su brazo.

—Ven conmigo —pido.

—¿Qué? Ni hablar.

—Solo un momento. A un sitio más tranquilo.

—He dicho que no.

—Y yo te estoy pidiendo que me escuches —respondo, mirándola a los ojos—. Por favor.

Me observa como si estuviera viendo a una desconocida.

Y quizá lo sea. La Bárbara que se marchó hace años nunca habría detenido a nadie de esta manera.

Nunca habría admitido que seguía echándola de menos y doliéndole muchísimo el corazón.

Pero esta versión de mí, la que ha pasado dos días enteros con el estómago revuelto y la necesidad de verla anudada en el pecho, esta sí es capaz.

—No puedes obligarme —dice, tensando el brazo bajo mi mano.

—No te estoy obligando —contesto, aunque sé que la línea es fina—. Solo… no podemos seguir así el tiempo que sea que estemos aquí.

Sus ojos se endurecen, pero también brillan un poco más, como si la emoción estuviera a punto de desbordarse.

—Siempre igual —susurra, dolida—. Siempre decides cuándo aparecer y cuándo esfumarte. Siempre pones las reglas.

La frase me atraviesa de lado a lado porque tiene razón. Y porque no sé cómo explicarle que, después de tanto tiempo lejos de ella, no quiero desaparecer. Que tengo miedo de todo lo que se está despertando dentro de mí.

—No pienso esfumarme —digo con suavidad.

—No —replica ella, y la voz se le quiebra apenas—. Ya lo hiciste una vez. Y dolió. Mucho.

El silencio que cae después es más crudo, más desnudo, más real. Siento cómo algo se resquebraja dentro de mi pecho, pero no aflojo la mano. No puedo. Si la suelto, se irá. Y no estoy preparada para vivir eso de nuevo.

—Solo… —empiezo, buscando las palabras que no me salgan torpes—. Solo escúchame. De verdad. Dame un minuto.

Ella duda. Lo veo en la forma en que su mirada vacila, en cómo aprieta los labios como si quisiera contener todo lo que se arremolina dentro de ella. Lo siento en la leve relajación de su brazo bajo mis dedos.

El viento se levanta un poco más, trayendo el olor metálico de la tormenta que se acerca, moviendo su pelo y pegándolo a su mejilla.

Ella no se aparta, no se suelta, pero tampoco dice que sí.

Se queda ahí, quieta, atrapada entre el impulso de quedarse y el miedo de volver a abrir la puerta que tan cuidadosamente cerró para mí.