Prohibido repetir contigo CAPÍTULO 16
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CAPÍTULO 16

EL MISMO ERROR DE SIEMPRE

Lidia

El restaurante del resort se abre directamente al mar, como casi todo en esta isla bendita.

El rumor constante de las olas se cuela entre las conversaciones y se mezcla con las risas convirtiéndose en ese invitado inesperado que todos agradecen tener cerca.

El techo de madera oscura proyecta sombras suaves sobre las mesas vestidas de blanco, mientras la brisa cálida arrastra ese aroma inconfundible a salitre mezclado con ajo, limón y pescado recién hecho que hace que, por un instante, la vida entera parezca sencilla, ligera, casi al alcance de la mano.

Me siento frente a Miriam y mi padre con la piel todavía húmeda del mar, el pelo revuelto y pegajoso por la sal, y esa sensación extraña, casi pegajosa también, de haber vivido algo demasiado intenso hace apenas unas horas atrás.

Un momento bajo el agua que aún no sé cómo encajar en el resto de mi día, en el resto de mí.

—Ha sido increíble —suelta Miriam apoyando los codos en la mesa, con los ojos todavía brillantes de la emoción—. De verdad, creo que nunca había visto unos arrecifes tan espectaculares en mi vida.

—¿Y el banco de peces plateados? —interviene mi padre entusiasmado, inclinándose hacia delante como si aún estuviera allí abajo—. Parecían haber ensayado una coreografía perfecta, ¿no os lo pareció?

—Y las tortugas —añado yo casi sin darme cuenta, con la voz suave.

—¡Las tortugas! —exclama Miriam abriendo mucho los ojos—. Me habría quedado flotando allí todo el santo día, mirando cómo nadaban tranquilas, sin prisa.

Asiento despacio y fuerzo una sonrisa que, durante unos segundos preciosos, consigo que sea real.

Por un instante lo logro. Estoy aquí. En esta mesa. En este momento exacto. Sin que el pasado ni el futuro me arañen por dentro. Pero entonces, como siempre, inevitable, mi mirada se desvía hacia el lado, hacia ella, hacia Bárbara.

Está sentada a mi derecha, ligeramente inclinada hacia la mesa, con esa postura serena que siempre ha tenido, escuchando la charla con atención, como si la mañana bajo el agua no hubiera dejado ni una sola huella en su piel, ni un solo eco en su pecho.

Como si ese roce de dedos bajo el agua, ese instante en que nuestras miradas se encontraron a través de las máscaras y el azul infinito, nunca hubiera sucedido.

Como si no hubiera sentido exactamente lo mismo que yo.

Aprieto los labios hasta que me duele un poco.

—Oye, Bárbara —interviene mi padre de repente, rompiendo un silencio que solo yo noto—. Cuéntanos algo de cómo te van las cosas por Londres, anda. No me has contado nada esta mañana.

No sé por qué le pregunta cuando sabe que todo lo que tiene que ver con ella, con su vida en Londres, con todo lo que haya conseguido lejos de mí, va a dolerme en sitios que aún no han terminado de cicatrizar.

Bárbara le da un sorbo al vaso de agua que nos han servido y se limpia los labios con la servilleta de tela en un gesto lento, como si necesitara ordenar sus pensamientos antes de abrir la boca.

—Bueno… —empieza, curvando los labios en una media sonrisa que no llega a iluminarle los ojos—.

La verdad es que no me puedo quejar. Los primeros meses fueron los más complicados, pero mis compañeros de equipo…

—Hace una pausa y se acaricia el cuello con una mano—.

Ellos me ayudaron bastante. Y el trabajo es de alto rendimiento, me absorbe mucho…

pero estoy bien. Realmente bien. Viviendo un sueño.

«Viviendo un sueño». Una frase maldita que cae sobre la mesa como plomo derretido y que quema como si se arrastrase por mi piel.

—¿Estás en el West Ham, verdad? —pregunta Miriam con interés, inclinando la cabeza—. Pablo me contó que es uno de los mejores equipos de la liga femenina.

—Sí. No miente —asiente Bárbara, y su voz se vuelve un poco más firme—. Llevo el área de rendimiento físico del equipo. Soy una de las preparadoras físicas, vamos. Me dedico a que las chicas alcancen su máximo nivel físico.

Mi padre suelta un silbido bajo, impresionado.

—Debe ser impresionante…

—Lo es —responde ella sin arrogancia, pero con esa seguridad tranquila que siempre he admirado—. El equipo está creciendo muchísimo. Hay inversión, hay ilusión por todas partes… y se nota en el día a día. Hemos quedado en buenos puestos así que todo el mundo está contento.

Siempre he detectado en Bárbara la ilusión, la emoción, la felicidad…

Parte de mí se alegra porque todo le vaya bien, pero la otra…

la otra reconoce en ella cosas que hacía años que no veía, cómo esa chispa de emoción que brillaba en sus ojos cuando hablábamos de nosotras, de los planes para ese futuro que queríamos compartir juntas.

—Gracias al esfuerzo del equipo de preparación recuperamos a una jugadora que llevaba meses fuera por lesión y que fue la estrella en el último partido —continúa, y su mirada se ilumina un poco más—.

Nadie apostaba un duro por ella, pensaban que no volvería al nivel de antes, pero en cuestión de semanas recuperó su sitio en el equipo. Ha sido brutal verla.

—Eso es impresionante —admite Miriam, asintiendo despacio—. Tiene que ser muy gratificante ver esos cambios, ¿no?

—Lo es —contesta Bárbara, y su voz baja un poco, casi íntima—. Muchísimo.

«Muchísimo». La palabra rebota dentro de mi cabeza como un eco que no me deja en paz y que empieza a avivar una llama que no tengo modo de apagar.

—La liga allí no tiene nada que ver con la española —añade, encogiéndose ligeramente de hombros—. Más recursos, más estructura profesional, más medios… Es otro mundo. Y, sinceramente, no me arrepiento ni un segundo de haber aceptado el puesto cuando me lo ofrecieron.

«No me arrepiento ni un segundo de haber aceptado el puesto cuando me lo ofrecieron», repito mentalmente y así como lo hago, noto que todo se parte por la mitad.

No sé si se da cuenta del peso exacto que tienen esas palabras.

No sé si calcula el impacto. Pero yo sí.

Claro que sí. Porque ese «no me arrepiento» no habla solo de un contrato laboral, habla de todo lo que dejó atrás, habla de nosotras…

y de mí. Habla de cómo se marchó y dejó todo atrás después de que firmásemos el divorcio; del vacío y el hueco que sentí cuando llegué a nuestra casa.

Siento que algo se tensa dentro de mi pecho, como si una cuerda invisible se hubiera estirado hasta el límite y amenazara con romperse de un momento a otro. Se me forma un nudo en la garganta, algo arde en mi estómago y entonces, exploto:

—Qué bonito todo...

Mi voz, curiosamente, sale calmada, tranquila, aunque no lo estoy ni de lejos.

—¿Cómo? —pregunta ella, girándose hacia mí con el ceño ligeramente fruncido.

La miro directo a los ojos.

—Que qué bonito es enterarse de que lo que dejaste en Valencia no tenía el peso ni la importancia de todo lo que encontraste allí. Debió de ser un alivio enorme llegar y no sentir nada sobre tus hombros.

El silencio cae de golpe, espeso, pegajoso. Mi padre carraspea incómodo, Miriam baja la vista al plato a medio comer, y Bárbara…bueno, Bárbara se queda inmóvil, con la servilleta todavía entre los dedos. Como si no supiera qué cara poner.

Y eso, por algún motivo extra, me molesta todavía más.

—Lidia… —empieza mi padre en tono conciliador, levantando una mano.

—No —lo corto sin apartar los ojos de ella—. Está bien. De verdad. Es bueno saberlo.

El pulso se me acelera, siento la sangre golpeándome en las sienes, ese zumbido familiar que anuncia que estoy entrando otra vez en el mismo maldito bucle del que no consigo escapar.

—Supongo que es más fácil así —sigo hablando sin parar—. Marcharte, empezar de cero en otra ciudad, en otra vida… y convencerte poco a poco de que todo lo que había antes no era tan importante, ¿verdad?

—Eso no es lo que he dicho —responde Bárbara al fin, y su voz sale baja, contenida, pero firme como una roca—. No fue fácil empezar allí…

—No, claro que no —replico con una sonrisa amarga—. Pero tus nuevos compañeros, el equipo… —digo arrastrando las palabras hasta hacerlas más grandes—. Te ayudaron para que se te olvidase todo y vivieras ese gran sueño que tanto anhelabas y que yo te impedí que alcanzaras.

—Lidia…

—¿Qué? —la interrumpo, inclinándome un poco hacia ella—. ¿Te molesta que lo interprete a mi manera? Porque créeme, he tenido años de sobra para darle vueltas y más vueltas.

Noto cómo Miriam me observa con preocupación, cómo mi padre se remueve inquieto en la silla, pero no puedo parar. No quiero parar. Porque esto también forma parte de mí: la rabia contenida, las palabras que se me atragantaban y que ahora salen solas.

—No tienes ni idea de lo que estás diciendo —murmura Bárbara, y hay un filo nuevo en su tono que me hace tensarme todavía más.

—Ah, ¿no? —sonrío sin pizca de alegría—. Pues ilumíname, por favor. Estoy deseando oírlo.

—No todo es tan simple como lo pintas.

—Claro que no —asiento despacio—. Nunca lo es cuando se trata de justificar decisiones que hacen daño a otra persona.

Silencio.

—No fue una decisión fácil —dice ella, y por primera vez percibo una grieta pequeña pero real en su voz, un temblor de inseguridad que por alguna razón intenta esconder.

—Pero la tomaste —respondo sin dejar pasar ni un segundo—. Y no te arrepientes.

Silencio otra vez, pero esta vez más largo y más pesado. Porque las dos sabemos que no hay mucho más que decir.

Siento cómo me arde el fondo de los ojos, pero me niego a dejar que las lágrimas salgan. No aquí. No delante de ellos.

—Siempre ha sido así contigo —murmuro bajando la voz, casi como si hablara conmigo misma—. Cuando algo te ilusiona de verdad, cuando aparece algo nuevo que te llena… todo lo demás pasa a segundo plano. Lo demás deja de importar.

—Eso no es justo —protesta ella en voz baja.

—No —concedo—. Justo no es. Pero es real. Y lo sabes tan bien como yo.

Corro hacia atrás en la silla y me pongo en pie intentando respirar hondo, despacio; intentando recomponerme, aunque sea un poco. Pero ya es tarde y el nudo ya ha aparecido en mi pecho.

«El daño ya está hecho.»

—Lidia, cariño… —dice mi padre con suavidad.

—No pasa nada —lo interrumpo esta vez con menos brusquedad, casi cansada—. De verdad. Solo necesitaba decirlo en voz alta.

Miro a Bárbara una última vez y de nuevo regresa esa sensación, esa mezcla confusa de lo que fuimos, de lo que todavía queda latiendo debajo de la piel y de lo que nunca, jamás, volverá a ser.

—Disfrutad del postre —digo poniéndome de pie—. Yo… necesito tomar un poco el aire.

No espero respuesta. Tampoco me apetece oírla. No quiero quedarme ni un segundo más en esa mesa donde todo parece normal por fuera mientras por dentro me deshago a pedazos.

Camino sin mirar atrás, sintiendo cómo cada paso se me hace más pesado, como si el suelo tirara de mí hacia abajo con ganas de engullir mi cuerpo y hacerlo desaparecer.

El rumor del mar regresa con fuerza a mis oídos, se mezcla con el latido desbocado de mi corazón y me envuelve entera.

Salgo del restaurante y la brisa salada me golpea la cara. Respiro hondo. Una vez. Y otra más. Pero no basta. Porque hay cosas que no se diluyen con el aire fresco o el ruido de las olas. Cosas que se quedan clavadas. Que se repiten una y otra vez, como un disco rayado.

Apoyo las manos en las rodillas, me inclino hacia delante y cierro los ojos con fuerza.

—Siempre lo mismo… —susurro para mí misma.

El mismo error de siempre: sentir demasiado, esperar demasiado y terminar rompiéndome por alguien que, en algún momento, decidió que su camino seguía en otra dirección, lejos de mí.

Intento contener unas lágrimas que amenazan con desbordarse, aunque algunas de ellas resbalan por mis mejillas y en mitad de este huracán de emociones, me doy cuenta de que, aunque lo fácil sería montarse en el ferry y regresar a casa, con Jota, con Alex, con mis cosas y mi vida…

no quiero hacerlo porque estoy cansada de escapar, de encerrarme, de fingir que he seguido adelante cuando no es verdad.

Frente a mí está el mar tan inmenso como siempre, inmutable, indiferente a todo lo que me pasa como si nada de esto importara, como si mis emociones solo fueran una gota de agua insignificante en toda esa extensión azul.

Y quizá lo sean. Pero en este preciso instante ocupan todo mi pecho, todo mi aliento.

Y no sé cuánto tiempo más voy a poder seguir conteniéndolas antes de que me rompan del todo.