CAPÍTULO 15
EMOCIONES BAJO EL AGUA
Lidia
El motor se apaga con un último ronquido grave y profundo, y el silencio que se instala después se extiende sobre el agua cubriéndolo todo.
El barco ya no avanza, aunque sigue meciéndose con suavidad, balanceado por un mar que desde aquí arriba parece una lámina inmensa de cristal turquesa, brillante y casi irreal bajo el sol de mediodía.
Me apoyo con los antebrazos en la barandilla caliente y respiro hondo, llenándome los pulmones de ese aire distinto que solo existe en mitad del mar.
Más limpio, más salado, más crudo y honesto que el que se respira en tierra firme.
El olor a salitre se me mete por la nariz y por la piel, como si quisiera recordarme dónde estoy y con quién.
—Bueno —dice Miriam, dando una palmada suave que rompe un poco la quietud—. Bienvenidos al paraíso, chicas.
No exagera ni un pelo. El agua es tan transparente que da vértigo.
Puedo distinguir los arrecifes con claridad, cargaditos de corales retorcidos, manchas de colores intensos que se mueven perezosas con la corriente y peces de todos los tamaños que cruzan como flechas de luz viva y desaparecen entre las grietas del fondo.
—Es increíble… —murmuro, casi sin darme cuenta de que las palabras se me escapan en voz alta.
—Te lo dije —contesta mi padre con esa sonrisa satisfecha y un poco fanfarrona que pone cuando sabe que tiene razón—. Esto no lo puedes ver en Valencia, ¿eh?
Y tiene razón, porque solo en algunas calas y playas del Mediterráneo, se puede encontrar un mar tan limpio como este.
Aunque mi concentración no está puesta en los detalles, sino en Bárbara y lo que provoca cada vez que se acerca a mí.
No sé cómo lo hace, pero logra que todo lo demás se desvanezca, que mis sentidos se concentren en ella y mis ojos se paseen por su pelo y por esa expresión de concentración que pone cuando quiere aparentar que controla la situación.
—¿Ya te encuentras mejor? —le pregunto sin volver la cabeza hacia ella, manteniendo la vista fija en el horizonte.
—Sí —responde al fin—. Mucho mejor.
Miente. Lo sé porque yo también lo haría en su lugar. No me permitiría mostrar mi debilidad, ni mucho menos permitiría que fuese ella la que descubriera que mi mundo se cae a pedacitos cuando el aroma de su perfume es capaz de provocar que me tiemblen las rodillas.
—Claro —murmuro, cambiando el peso de una pierna a la otra—. Tu cara no miente.
—Gracias por la sinceridad —replica ella, y en su voz se cuela ese tonito irónico y juguetón que siempre me atraía y fue, en muchas ocasiones, el culpable de que nuestras peleas acabasen con una sesión se sexo inolvidable.
—Es uno de mis muchos encantos, qué le voy a hacer.
—No lo pongo en duda ni un segundo.
El intercambio de palabras fluye ligero, casi cotidiano, como si nada hubiera pasado entre nosotras.
Y precisamente por eso resulta peligroso.
Durante esos pocos segundos todo parece fácil otra vez.
Como antes. Como cuando todavía no había grietas, ni silencios pesados, ni palabras que se quedaran atragantadas en la garganta, ni lágrimas o decepciones entre nosotras.
—Voy a preparar el equipo de snorkel —anuncia Miriam, rompiendo ese frágil equilibrio con su energía habitual—. En cuanto esté todo listo nos tiramos al agua, ¿vale?
—Yo voy contigo. —Se apunta mi padre, siguiéndola hacia la popa con rapidez.
Nosotras nos quedamos solas y el silencio cambia de textura. Se vuelve más espeso. Me obligo a mirar al horizonte, buscando en esa línea lejana algo que me sirva de ancla, pero no funciona. Siento cómo ella se mueve y se acerca un poco más a mí.
—Gracias —dice entonces, en un tono mucho más bajo e íntimo.
Trago saliva antes de contestar.
—¿Por qué?
—Por lo de antes —aclara con suavidad.
«Ah. Eso.»
—No ha sido nada —respondo deprisa, quitándole importancia—. Era lo mínimo que podía hacer.
—Aun así… gracias.
Sé que lo dice con sinceridad y eso me descoloca.
Hace mucho lo éramos todo, yo me pasaba los días hablando de ella, soñando con ella; me sentía realizada, feliz, completa.
Pero ni el amor más grande del mundo puede salvarse cuando no es suficiente.
Y para Bárbara, no lo era. Me encojo de hombros, intentando parecer despreocupada.
—No me gusta ver a la gente pasarlo mal —añado—. Y menos cuando se trata de… —me callo de golpe.
«Cuando se trata de ti.»
Soy incapaz de terminar la frase, pero no hace falta. Las palabras flotan entre nosotras como un secreto compartido a medias.
—Sigues igual que siempre —comenta ella al cabo de unos segundos, con una media sonrisa que apenas se le dibuja en los labios.
Frunzo un poco el ceño, intrigada.
—¿Igual cómo?
—Igual de… —duda, buscando la palabra justa—. Transparente. Se te nota todo en la cara, aunque intentes esconderlo.
Suelto una risa corta, incrédula.
—No sé si esa es la palabra que usaría la mayoría de mis amigos para describirme.
—Pues yo sí la usaría —insiste ella—. Siempre ha sido así.
La miro entonces. Nuestros ojos se encuentran y se quedan ahí, enganchados.
De repente vuelvo a notar ese tirón invisible, esa corriente subterránea que me atrajo a ella la primera vez que la vi.
Como si nuestros cuerpos se reconocieran de nuevo a pesar del tiempo separadas, de la distancia o de las decisiones que nos llevó a romper nuestro matrimonio.
—Bueno —digo, apartando la mirada antes de que me atrape del todo—. No todo el mundo tiene tu don para leer a las personas.
—Ni falta que hace —contesta con esa voz suave que me eriza la piel.
Antes de que pueda responder algo más, Miriam regresa con las máscaras y los tubos en las manos.
—¡Equipo listo! —exclama con entusiasmo—. Venga, a ver quién se lanza primero al agua.
—Yo —anuncia mi padre y sin pensárselo dos veces, se quita la camiseta de un tirón—. No voy a dejar que me ganéis, eh.
—Qué competitivo, por favor —se burla Miriam entre risas.
El ambiente se relaja al instante. Hay risas, movimiento, preparativos. Cojo una de las máscaras, agradecida por la distracción que me saca del remolino de pensamientos.
—¿Te vienes ya? —me pregunta Miriam mientras se ajusta las aletas.
—Ahora voy —respondo—. Dame un segundo.
Necesito solo uno. Me acerco otra vez a la barandilla y miro el agua. Es tan clara que casi da miedo, como si no tuviera nada que esconder. Y entonces salto.
El impacto es fresco y envolvente. El agua me abraza de golpe, borra el calor pegajoso del aire, el ruido del mundo, incluso el peso de mis propios pensamientos durante un instante precioso.
Bajo la superficie todo cambia. El sonido se apaga y queda sustituido por un silencio líquido que lo envuelve todo.
La luz del sol se filtra en rayos irregulares, dibujando sombras danzantes sobre el fondo marino y en mis oídos, solo detecto mi corazón.
Nado despacio, dejando que mi cuerpo se acostumbre al vaivén del agua.
Los peces pasan rozándome, indiferentes.
Los corales se abren como pequeñas ciudades vivas, llenas de colores y texturas que parecen de otro planeta.
Por un momento consigo olvidarme de Valencia, de Alex, de Bárbara y de lo complicado que se ha vuelto todo, de lo que todavía me duele cuando respiro hondo.
Pero entonces mi atención vuelve a ella.
Bárbara está a unos metros de mí, moviéndose con cautela, todavía un poco rígida, como si su cuerpo no terminara de fiarse del equilibrio nuevo. Aun así, hay algo en su forma de deslizarse, en cómo inclina la cabeza para mirar el fondo, que me resulta dolorosamente familiar. Demasiado.
Me quedo observándola y es un error garrafal.
Porque en cuanto lo hago, los recuerdos llegan como una corriente fría que me arrastra hacia atrás.
A aquellas semanas en las que todo empezó sin que ninguna de las dos lo viera venir.
A la primera vez que me di cuenta de que su risa me lo había robado todo en dos segundos.
A cómo fue colándose poco a poco en mi cabeza y en mi pecho.
Y luego a todo lo demás: el roce accidental de sus dedos que dejó de ser accidental, la cercanía que se volvía cada vez más necesaria, el calor de su piel contra la mía en esas noches que no queríamos que acabaran y la forma en que me miraba cuando creía que no me daba cuenta.
Un escalofrío me recorre la espalda y no tiene nada que ver con la temperatura del agua. Intento apartar la vista, pero no puedo. Hay algo magnético en ella y que siempre ha estado ahí, y ahora, rodeadas de este azul infinito y este silencio absoluto, se hace más fuerte.
Mi cabeza intenta poner orden. Me recuerda a Alex.
A su risa fácil, a lo sencillo que resulta estar con ella, a lo bien que me hace sentir, a lo mucho que podríamos construir si me dejase llevar del todo.
Pero mi cuerpo no entiende de razones. Mi cuerpo recuerda.
Y desea. Desea como si el tiempo no hubiera pasado, como si las heridas se hubieran cerrado de golpe y no existiera nada más allá de este instante.
Aprieto los labios bajo la máscara, luchando por mantener el control, por levantar las barreras que tanto me costó construir.
Pero entonces Bárbara gira la cabeza y me ve.
A través del cristal empañado, a pesar de los metros que nos separan, sé que me mira y sabe leer en mis ojos todo lo que llevo dentro.
Mi corazón late desbocado aquí abajo, donde todo debería ser calma y quietud. Siento ruido dentro de mí, demasiado ruido. Me acerco sin darme cuenta, solo un poco, lo justo para que el espacio entre nosotras se reduzca y el pasado se mezcle con el presente de una forma peligrosa.
Podría alargar la mano. Podría rozar su brazo, comprobar si su piel sigue sintiéndose igual bajo mis dedos.
La idea me atraviesa con una intensidad que me asusta.
Porque quiero hacerlo. Quiero saber si sigue siendo ella, si sigo siendo yo cuando estoy tan cerca.
Pero no lo hago porque sé lo que hay en juego.
Sé lo que me costó salir de aquel pozo. Sé que hay cosas que, una vez rotas, no pueden volverse a pegar.
Aun así, ninguna de las dos se aleja. Nos quedamos suspendidas en medio de ese azul que parece no tener fin, mirándonos como si arriba no existiera un mundo lleno de todas esas cosas que abandonamos, de esas promesas que rompimos y esos sueños que no hicimos realidad. Como si bastara con dejarse llevar.
Pero no basta. Nunca ha bastado. Y las dos lo sabemos.
Finalmente aparto la mirada. Es un gesto pequeño, casi insignificante, pero me cuesta un mundo. Nado hacia otro lado, buscando aire, aunque mis pulmones no lo pidan, buscando distancia, aunque mi piel la rechace.
Cuando saco la cabeza del agua, el sol me golpea de nuevo con fuerza, devolviéndome a la realidad con una claridad casi cruel. Respiro hondo, demasiado hondo.
—¿Todo bien? —pregunta Miriam desde la borda del barco, con la voz alegre.
—Sí —contesto, forzando una normalidad que no siento—. Es… increíble.
Y lo es. Pero no por los corales ni por los peces. No por las razones que ellos piensan.
Apoyo las manos en el borde del barco sin subir todavía.
Necesito un segundo más. Uno para recomponerme, para recordar quién soy ahora, quién quiero ser.
Pero mientras cierro los ojos para regalarme ese instante, sé que por mucho que quiera avanzar, hay emociones que, como el agua que me rodea, siempre encuentran la forma de envolverte y arrastrarte de vuelta al lugar donde todo empezó.