Prohibido repetir contigo CAPÍTULO 14
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CAPÍTULO 14

CLARO COMO EL AGUA

Bárbara

Reencontrarme con Pablo ha hecho que el desayuno no sea tan desastroso como comenzó.

Ahora, la luz del sol que se cuela despacio entre las palmeras y baña de dorado las mesas.

Él está frente a mí, hablando con ilusión de todo lo que ha acontecido en su vida estos últimos años; escucharlo hablar de Miriam, de cómo se conocieron, de cómo se enamoraron, ha provocado que no deje de pensar en Lidia.

Aunque, para ser sincera, nunca he dejado de pensar en ella.

Apenas he probado las tostadas que me serví, tampoco el zumo.

Me he centrado en el café, en el calor que desprende la taza y la conversación con Pablo para no darle vueltas al torbellino de emociones que se agita en mi interior.

Hasta hace unos días me sentía segura; mi trabajo era fantástico, mi relación con Ingrid maravillosa y mis rutinas, fantásticas.

Ahora, bueno… ahora he vuelto a ese punto de mi vida en el que me cuestionaba cada paso que daba por miedo a cagarla.

—Te lo digo de verdad, esta isla no tiene nada que envidiarle a ninguna otra —asegura Pablo con convicción—. Es tranquila, preciosa… y el sitio ideal para desconectar de todo. Estoy seguro que te vendrá bien estas semanas de descanso. El fútbol puede ser agotador.

Asiento despacio y fuerzo una sonrisa que apenas roza mis labios, mucho menos mis ojos.

«Desconectar. Ojalá resultara tan sencillo como pronunciar la palabra», pienso.

—Y encima —prosigue él, inclinándose un poco hacia mí con esa complicidad que siempre ha tenido—, hoy tenemos planazo.

Alzo la vista, genuinamente intrigada.

—¿Planazo?

—Una excursión en barco —explica, y sus ojos chispean como si estuviera a punto de compartir el secreto mejor guardado; yo en cambio, palidezco—.

Miriam la ha organizado. Vamos a hacer snorkel, a ver los arrecifes de cerca…

esas cosas que te hacen sentir dentro de un documental de National Geographic.

No logro contener la risa que se me escapa.

—Suena genial, la verdad.

Y la verdad es que me apetece por mucho que el mar y yo no nos llevemos bien.

Durante un instante brevísimo me permito imaginarlo: el agua cristalina envolviéndome, el silencio absoluto bajo la superficie, ese momento perfecto en el que el resto del mundo simplemente se apaga y solo estás tú y todo lo que se esconde en tu interior.

Pero entonces Pablo remata:

—Es perfecto. Así conoces a Miriam de una vez y pasamos el día los cuatro juntos, como debe ser.

—¿Los cuatro? —la pregunta me sale de la boca tan rápido como la pienso.

—Claro. Se lo comenté a Lidia antes de venir a verte —responde él y yo siento que el estómago se me retuerce—. Será fantástico, ya lo verás.

Mi sonrisa se congela.

—No sé si es buena idea —respondo con mucho cuidado, bajando la mirada hacia el café que ya se ha enfriado—. Mejor id los tres. No quiero ser un estorbo…

—¡Pero qué estorbo ni qué ocho cuartos, Bárbara! —me interrumpe con una firmeza que me pilla desprevenida—. No pienso dejar que pases semanas aquí encerrada. Se ponga mi hija como se ponga.

—Es que…

Pablo suspira.

—Mira, sé que las cosas no están saliendo como yo esperaba…

—reconoce mientras se rasca la nuca con gesto cansado—.

Pero eso no significa que tengáis que esquivaros todo el santo día.

A veces… —duda, y busca las palabras justas— a veces solo hace falta un pequeño empujón para que las piezas empiecen a encajar de nuevo.

Lo miro fijamente. Soy consciente de lo doloroso que fue para Pablo saber que Lidia y yo nos íbamos a separar.

Que durante meses estuvo ahí, con nosotras, ayudándonos a encontrar una solución a algo que no la tenía.

Y sé que mi invitación fue la excusa perfecta para reunirnos a ambas de manera forzosa.

Pero él no tiene ni idea de mi vida fuera de este paraíso, ni tampoco de la tensión que existe entre ella y yo.

—No quiero que se sienta incómoda por mi culpa. Ya sabes cómo es cuando la fuerzan.

—Lidia es fuerte —contesta él con suavidad—. Además, sois dos mujeres adultas que pueden convivir tranquilamente sin hacerse daño.

«Ojalá fuera cierto». Bajo la vista un instante y sopeso las opciones como si realmente tuviera muchas. Pero no las tengo. Nunca las he tenido cuando se trata de ella.

—Vale —cedo al fin—. Iré. Pero si Lidia no está de acuerdo, o está incómoda, os vais los tres y yo me dedicaré a otra cosa.

La sonrisa de Pablo regresa con toda su intensidad, iluminando su cara entera.

—Sabía que terminarías diciendo que sí.

—Solo accedí —le recuerdo levantando una ceja, dándole un sorbo largo al café—. En el momento en que vea luces rojas, me marcho.

—La única luz que verás, será la del sol dándote en la cara. ¡Verás qué bien que nos lo vamos a pasar!

****

El muelle brilla bajo el sol y la luz le brinda un aspecto hipnótico al agua.

El barco que Pablo ha alquilado se mece con suavidad, amarrado por cuerdas que crujen levemente con cada vaivén.

Tendría que haberle dado a Pablo una excusa convincente, o simplemente haber contado la verdad, pero no podía fallar cuando ha sido Miriam la que lo ha organizado todo.

—¿Estás bien? —me pregunta Pablo, lanzándome una mirada de reojo—. Te has puesto pálida de repente.

—Sí, tranquilo —miento con una naturalidad que ya me sale sola—. Es solo el calor. Me he aclimatado a la temperatura de Londres y esta humedad me mata.

«Tienes mentiras para todo, Bárbara», me digo a mí misma.

Durante unos minutos, me dedico solo a mirar el mar, a respirar ese aire salino que me rodea e intentar calmar mi ansiedad.

Solo espero que esos arrecifes no estén muy lejos de la costa, que apenas sean unos minutitos y que no acabe siendo el espectáculo en esta excursión familiar.

Pero entonces, Lidia aparece y lo que yo siento deja de ser importante.

Camina por el muelle vestida tal como iba cuando apareció por el restaurante hace unas horas, absorta en el paisaje. Lleva el pelo recogido con una pinza, con algunos mechones besándole las mejillas, y unas gafas de sol como diadema.

Nuestras miradas se cruzan y el mundo, una vez más, se detiene en seco. La tensión surge de inmediato; densa, tangible, como si el aire entre nosotras se hubiera espesado de golpe.

—¡Buenos días chicas! —irrumpe Miriam con una energía salvadora, colocándose justo entre las dos con una sonrisa amplia y estudiada—. Vamos a pasarlo de maravilla, ya veréis. Tú debes ser Bárbara —menciona, refiriéndose a mí—. Pablo me habló muchísimo de ti. Gracias por venir.

—A vosotros por invitarme —respondo con cortesía—. Estaba deseando conocerte.

—Y yo a ti. Pero ahora, ¡vamos! Que los arrecifes se ven mejor cuando el sol está en lo más alto.

Lidia no abre la boca y su silencio se me mete dentro.

Subimos al barco y, en cuanto piso la cubierta, me doy cuenta de que he cometido un error garrafal. El movimiento es sutil, casi imperceptible para cualquiera. Pero para mí, es suficiente para que el corazón se me revuelva y las rodillas me flaqueen.

—Mierda…

Me agarro con disimulo a la barandilla e intento que nadie note cómo se me blanquean los nudillos.

«Respira, Bárbara. Inhala profundo. Exhala despacio. No es para tanto.»

Salvo que sí lo es. Siempre lo ha sido.

El motor cobra vida con un ronroneo grave que se mezcla con el chapoteo del agua.

Y entonces empieza de verdad. Mi estómago se revuelve con una lentitud sádica, como si quisiera darme tiempo de sobra para anticipar el desastre.

Fijo la vista en el horizonte, en esa línea perfecta donde el cielo y el mar se besan, pero no sirve de nada.

—¿Todo va bien? —me susurra Miriam a mi lado, preocupada.

—Perfectamente.

Y la sonrisa que le ofrezco no engañaría ni a un desconocido.

—Sigues mareándote en los barcos, ¿verdad? —pregunta Lidia, que se acerca de repente y poco después de que Miriam se marche.

—¿Tú qué crees? —respondo al borde de arrojar todo lo que he desayunado.

—Se lo podrías haber dicho a mi padre —me suelta con ese tono cortante que mezcla reproche y frialdad—. Habría sido más fácil decir la verdad que montar el numerito y joderle el día a todos, ¿no crees?

Ahí está. Directa como un cuchillo, honesta hasta doler.

Cierro los ojos un segundo, respiro y suelto el aire en un suspiro.

—No quería joder nada, Lidia.

—Claro —replica con sarcasmo—. Porque tú siempre has sido especialista en sacrificarte por los demás, ¿verdad?

La pulla aterriza exacta. Me la merezco.

—No todo es tan sencillo…

—No, claro que no lo es —concede ella, y su voz baja un tono.

Se produce un silencio breve y cargado de tensión. Cuando por fin levanto la mirada, la encuentro observándome con una intensidad que me deja sin aire. Algo en su rostro cambia. Se suaviza y a mí se me acelera el corazón.

—Siéntate aquí —me indica al fin, señalando un banco cercano—. Respira despacio. Mira siempre al horizonte, no al agua que se mueve.

Parpadeo, desconcertada.

—¿Me estás… ayudando?

—No te hagas ilusiones —contesta casi de inmediato, levantando la muralla de nuevo—.

Ojalá mi padre no te hubiera invitado y me hubiera ahorrado tener que mirarte a la cara y acordarme de todo el daño que me hiciste.

—Su voz tiembla apenas, pero sigue adelante—.

Pero fui tu mujer… y nunca me ha gustado verte sufrir, aunque ahora mismo me cueste admitirlo.

Sus palabras me atraviesan, y lo hacen porque a pesar del tiempo, del dolor y de las heridas, tenemos una historia en común y eso nunca desaparecerá por mucho que nosotras así lo queramos.

«¿Lo queremos?», pienso y me siento donde me indica para seguir sus consejos al pie de la letra.

Y, sorprendentemente, funciona un poco. Lo bastante para que el mareo no me doblegue.

—Gracias —susurro, casi sin voz.

Ella solo asiente.

El silencio que se forma después es mucho más peligroso. No sé en qué momento me lo permito, pero mi mano busca la suya y cuando nuestros dedos se rozan, algo estalla dentro de mí. No es la nostalgia, tampoco los recuerdos. Es el presente, vivo y arrollador.

Siento el impulso brutal de tirar de su mano y besarla, de comprobar si mi corazón, a pesar de todo, sigue acompañando el suyo y si lo que siento sigue perteneciendo a las dos. Pero no puedo. Sería el peor error que podría cometer ahora mismo.

Lidia me mira, yo a ella, frunce el ceño y se aparta con suavidad.

Yo me obligo a mirar el horizonte, a concentrarme en el vaivén del barco, en el rumor constante del agua contra el casco.

Pero ya es tarde. Demasiado tarde. Porque no importa el tiempo que llevemos separadas o todo lo que haya construido con Ingrid, porque seguimos siendo todo eso que fuimos y que sigue doliendo, que sigue latiendo con fuerza en nuestro interior.

Y eso, precisamente eso, me aterra y me salva al mismo tiempo.