Prohibido repetir contigo CAPÍTULO 13
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CAPÍTULO 13

MUCHO MÁS QUE UNA AMIGA

Lidia

Unas horas antes del encuentro en la cafetería

Despierto antes de que suene la alarma con la sensación pesada y pegajosa de haber dormido, pero no haber descansado nada.

El aire dentro del bungaló es cálido, impregnado de salitre y humedad; el ventilador del techo gira sin parar, moviendo el aire en círculos perezosos, pero no logra deshacer el nudo apretado que se me instaló en el pecho desde anoche.

Me quedo quieta unos segundos, con la vista clavada en las vigas de madera escuchando el rumor lejano del mar.

Estas últimas horas han sido demasiado caóticas, sobre todo desde que me crucé con Bárbara y supe que volvíamos a ser vecinas.

«¿Se habrá levantado ya?», me pregunto y suelto un suspiro al darme cuenta de que, por más que quiera, no puedo dejar de pensar en ella.

Me cubro la cara con las sábanas y me centro en mí, en lo que siento.

Tengo el estómago encogido como la primera vez que me di cuenta de que quería perderme en su boca.

No puedo sacármela de la cabeza, sigo teniendo su risa muy presente, esa mirada suya que es capaz de desnudarme y calentarme como una fogata ardiente.

Sacudo la cabeza con fuerza, casi con rabia y suelto un bufido.

«No. Hoy no voy a empezar el día dejándome arrastrar por ella. No pienso permitírmelo.»

Me incorporo de golpe, pongo los pies en el suelo y camino por el bungaló como si fuese mi casa.

Hoy toca empezar el día con el estómago muy lleno; ahogarme en dulces y recordarme por qué estoy aquí.

Es un plan simple, básico, visceral, pero me agarro a él como si fuera mi tabla de salvación particular.

Me visto de manera automática: me pongo mi bikini de color azul eléctrico y me cubro con una bata de lino trasparente que no me hace sentir expuesta.

Miriam quería que hoy viésemos algunas cosas sobre la organización de la boda, así que intento centrarme en eso y en todo lo que me voy a comer una vez que llegue al restaurante.

Pero la vida, como siempre, tiene un humor muy cabrón y apenas cruzo la puerta del comedor principal, la veo.

Bárbara lleva una bandeja entre las manos con un desayuno que, de pasada, me parece completo a falta de algún que otro dulce de chocolate que compartíamos juntas. Hago como que no la veo, pero siento su mirada puesta en mí en todo momento.

Durante un breve instante, el ruido del comedor se apaga y solo quedamos nosotras dos. No quiero darle el gusto de tener una conversación, tampoco quiero que hablemos porque sé que saltarán chispas en cuanto abramos la boca y dejemos ir todo lo que pensamos.

—Buenos días, Lid. Espero que hayas pasado una buena noche —pronuncia con esa voz que siempre se me cuela por debajo de la piel y me acaricia hasta hacerme temblar.

Odio que me llame así, que use ese diminutivo que solo ella se atrevió a usar y que va cargado de tantos recuerdos.

Algo se me prende dentro del pecho, una chispa que amenaza con convertirse en incendio.

Pero aprieto los dientes. No puedo permitir que ella lo controle todo, que me controle de esta manera después de tiempo lejos, así que camino hacia el expositor de la fruta, cojo una manzana del montón y salgo pitando de allí antes de que ella —o el destino, o quien sea que maneje estos hilos— decida volver a dirigirme la palabra.

—Muy madura, Lidia, muy madura —me digo en voz baja mientras echo a andar sin rumbo fijo por el sendero de arena—. Ignorar a la gente. Nivel parvulario.

Le doy un mordisco grande a la manzana. Camino bordeando los bungalós, dejando que el rumor del mar se mezcle con todo el ruido que llevo en la cabeza, pero no sirve de nada. Ella sigue ahí, instalada en cada rincón de mi mente, en cada centímetro de mi piel que aún recuerda su tacto.

—¡Lidia, cariño!

Mi padre me saca de mis pensamientos justo cuando creo que me voy a hundir en ellos. Su sonrisa le ocupa toda la cara, y aunque quiero contagiarme de ella, no puedo.

—¿Cómo has pasado la noche? —me pregunta en cuanto deshace su abrazo—. Miriam me mandó a avisarte. Al parecer organizó una pequeña excursión. No quería que tu primer día en la isla se centrara solo en la boda.

—Gracias por avisarme, papá —respondo sin muchas ganas—. De todos modos, tú y yo tenemos que hablar de algo.

Mi padre frunce la frente y coloca sus brazos en jarra.

—¿Qué ocurre, pequeña?

—¿¡Que, qué ocurre!? —exclamo enfurecida—. ¿¡Cuando pensabas decirme que habías invitado a Bárbara a la boda!? ¿¡Eh!?

La sorpresa empaña sus ojos a la misma vez que una sonrisa tímida e inocente envuelve sus labios.

—Tienes razón, tenía que habértelo dicho antes, pero… no sabía cómo hacerlo —me confiesa algo apurado—. Ya sabes que ella es como una hija para mí, y quería que estuviera en un momento tan especial como este.

—Pues ese momento tan especial para ti, se ha convertido en una caja de pandora para mí —añado con el corazón latiéndome contra las costillas—. Llegó ayer por la noche. La tienes en restaurante desayunando, por si quieres saludarla. Yo me iré a dar un paseo por la playa.

—Pero…

Y justo cuando creo que voy a ahogarme en mi propia rabia, el móvil vibra contra la palma de mi mano y una videollamada de Alex me rescata de seguir con la conversación.

—Ya hablaremos tú y yo —le digo a mi padre y lo dejo marchar, mientras que yo me centro en aceptar la videollamada y poner mi mejor cara.

—¡Buenos días, desastre con patas! —exclama nada más aparecer, con esa sonrisa enorme que siempre le ocupa toda la cara.

La imagen se mueve un poco y entonces Jota asoma la cabeza. A través del teléfono tiene la cabeza enorme y unos ojos brillantes cargados de pura felicidad perruna.

—¡Jotita! —chillo, y por primera vez en toda la mañana siento que algo cálido y genuino me atraviesa el pecho.

—Mira quién está aquí pidiendo mimos —dice Alex, acercando más la cámara al perro—. Dice que te echa muchísimo de menos…

—No me extraña —contesto, y una sonrisa se me escapa sin permiso—. Soy su mamá y yo también le echo de menos. Mucho más que a ti, no lo dudes.

—Oye, perdona, ¿eh? —Finge ofenderse, llevándose una mano al pecho—. Que yo soy una cuidadora de lujo. Creo que no lo han mimado tanto en la vida.

—Solo espero que lo estés dejando dormir, porque cuando te da… no cierras la boca ni para respirar.

—Es que alguien tiene que darle chispa a la vida, corazón.

Me río de verdad, de esas risas que nacen solas y que aflojan el nudo del estómago. Alex entorna los ojos, estudiándome.

—Vale… —pronuncia despacio, cambiando el tono—. Ahora en serio. ¿Estás bien? Tienes cara de haber pasado la noche peleándote con la almohada.

«Ahí está su radar, infalible como siempre». Suspiro, me apoyo en la barandilla de madera desgastada que tengo cerca y miro el horizonte donde el mar se funde con el cielo.

—Es que… —Dudo un instante, pero con ella no tiene sentido esconder nada—. Me he cruzado con Bárbara.

—Joder. —Hace una pausa larga y luego suelta—: Eso explica esa cara de querer prenderle fuego al mundo entero.

—La tengo en el bungaló de al lado —sigo, pasando por alto su comentario—. Ha venido para la boda y mi padre ni siquiera me lo ha mencionado. ¿¡Tú te lo puedes creer!?

—No me esperaba que Pablo fuese la mano derecha del destino. Pero ya podía haber sido un poquito más listo, no sé.

—Exacto. —Le doy un mordisco a la manzana con rabia—. Y nada más verla… no sé, Alex. Es como si todo lo que había enterrado volviera de golpe. Todo. Y me entran ganas de… yo qué sé… de escupir fuego como un dragón cabreado.

Se le escapa una carcajada suave.

—Me flipa esa imagen. Es tan tú.

—No tiene gracia.

—Un poquito sí que tiene.

—Alex…

—Vale, vale —Levanta las manos en rendición, todavía sonriendo—. No es gracioso. Pero es normal, Lidia. No puedes pretender verla después de todo y quedarte tan pancha como si fuera una extraña cualquiera.

—Ya, pero no quiero sentir esto. No quiero.

—Lo sé —responde, y su voz baja, se vuelve más íntima, más cercana—.

Pero sentirlo no está mal y tampoco tienes por qué ocultar tu malestar.

Puedes dejar que esté ahí… y ya. No tienes que hacer nada más.

Que Bárbara esté en la isla no significa que tengas que aguantarla. Tú haz tu vida y que ella haga lo suyo.

—Demasiada sensatez para las nueve de la mañana…

—Es mi superpoder.

—Pensaba que tu superpoder era hablar por los codos.

—Ese es el don secundario, el que uso para impresionar.

Vuelvo a reírme, y mientras lo hago me doy cuenta de algo que llevaba tiempo silenciando.

Alex siempre ha sido mucho más que mi mejor amiga.

Lo sé desde hace tiempo, pero me he resistido a enfrentarme a ello porque ponerle una etiqueta lo hace más real y lo real siempre me ha dado miedo.

Me fijo en cómo me mira, en cómo acaricia la cabeza de Jota con cariño, en cómo le brillan los ojos cuando se preocupa por mí.

Siempre me ha resultado fácil abrirme con ella, sonreír, reír, encajar…

y ahora, con el mar delante de mí y su risa al otro lado de la línea, ese miedo inicial no parece tan grande.

—Entonces —pregunta ella, sacándome del remolino interior—, ¿qué planes tienes para hoy?

—Tenía que echarle una mano a Miriam con un par de cosas de la organización de la boca —explico—.

Pero al parecer, ha cambiado de opinión y nos iremos de excursión.

Así que me iré con ellos y después de comer, me daré una vuelta larga por la costa.

La última vez que estuve en Maldivas fue en otra isla, esta es diferente… y me apetece perderme un rato.

—Mientras te pongas crema de factor mil y no vuelvas convertida en un salmonete, perfecto —bromea, acercando otra vez a Jota a la cámara—. ¿Verdad que sí, bonito? Nada de barbacoas humanas.

—¿Ah, no? —contesto, arqueando una ceja con fingida sorpresa.

Nos quedamos mirándonos a través de la pantalla y sonreímos.

—Ojalá pudiera estar ahí contigo ahora mismo… —susurra entonces, casi como si se le hubiera escapado.

Noto que mi corazón palpita y de repente, todo se mezcla dentro de mí: Bárbara, estas emociones que no controlo, lo que siento por Alex y que aún no sé cómo manejar, el miedo a que el pasado regrese y esta boda sea un desastre.

Trago saliva.

—Ya… —respondo, porque no encuentro nada más que decir.

El silencio que se forma después no es incómodo, pero sí tenso. No estoy preparada para dar un paso más allá, para confesarle a Alex que nuestra amistad ha cambiado de peldaño y que, desde esta perspectiva, me parece mucho más atractiva que en persona.

—Oye, tengo que dejarte —añado, enderezándome.

—Sí, claro —contesta ella, y noto un leve velo de decepción en su voz aunque intenta disimularlo—. Venga, ve tranquila.

—Hablamos en unos días, ¿vale?

—Vale.

—Dale un beso enorme a Jota de mi parte.

—Se lo doy ahora mismo. Y tú… cuídate mucho, ¿eh?

—Tú también.

Cuelgo y me quedo unos segundos mirando la pantalla negra, donde mi reflejo borroso me devuelve la mirada. Respiro hondo una vez, luego otra. Me coloco un mechón rebelde detrás de la oreja, enderezo los hombros y echo a andar de vuelta hacia el resort.

Hoy empieza de verdad el día y no pienso permitir que ni Bárbara, ni mi padre, ni el destino, me haga sentir que no puede convertirse en lo más bonito que me ha pasado en años.