CAPÍTULO 12
BUENOS DÍAS, LID
Bárbara
No recuerdo cuando regresé al bungaló, ni cuando me dormí.
Solo recuerdo haberlo hecho con una sensación amarga en el pecho; haber dado vueltas y vueltas en la cama; haber notado cómo se enredaban las sábanas entre mis piernas y cómo, a pesar del aire acondicionado, el calor quiso pegárseme a la piel con intensidad.
Cada vez que cerraba los ojos, las imágenes en mi cabeza se repetían una y otra vez en bucle: el ferry balanceándose sobre el agua, el muelle iluminado por los farolillos, el jardín del resort, y Lidia.
Siempre Lidia. Su mirada, su voz, su ironía.
Después Ingrid y sus celos mezclados con esa preocupación que se me han quedado clavados dentro como una astilla.
Y, por último, toda mi vida estallando en mil pedazos.
Nunca me había sentido entre la espada y la pared hasta el momento en que percibí ese cambio en Ingrid.
Ella ha estado conmigo desde el inicio, sabe bien cómo fueron las cosas y fue espectadora del estado lamentable en el que me encontraba cuando llegué a Londres.
Ya habíamos hablado de Lidia, de cómo fue nuestra relación, de todo lo que nos llevó a divorciarnos.
Ella siempre se mostró comprensiva. Aunque anoche me quedó claro que la idea de que tuviera a Lidia cerca, le genera inseguridad y desagrado.
Hace cosa de cinco minutos que el sol atravesó las ventanas del bungaló y me obligó a abrir los ojos.
También a ubicarme en tiempo presente: en Ukulhas, en las Maldivas, en el resort para la boda de Pablo.
Decidí quedarme tumbada un rato más, con la mirada clavada en el pecho, negociando conmigo misma la posibilidad absurda de quedarme aquí todo el día.
Pero no. No soy esa clase de persona. O bueno, dejé de ser esa persona hace mucho.
Ahora estoy acostumbrada a levantarme temprano, a que el despertador suene a las cinco de la mañana, a calzarme las zapatillas y salir a correr con Ingrid mientras Londres todavía bosteza bajo la luz gris del amanecer.
Esa rutina me ordena la cabeza, me centra, me recuerda quién soy y qué lugar ocupo en el mundo.
Pero hoy no estoy atada a nada. Solo a una sensación rara y pesada instalada en el centro del pecho, y un cansancio que reconozco que no es solo físico.
Me hubiese gustado poder dormir del tirón, pero no pude hacerlo. Me pasé las horas buscando información del equipo, actualizando cada dos por tres, viendo reels y publicaciones de Instagram como si fuese una adicta. ¿Y a cambio de qué?
«De un maldito dolor de cabeza», me recuerda una vocecilla en mi cabeza.
Me incorporo despacio. Estiro el cuello y los hombros con cuidado, notando cómo crujen las vértebras y suelto un suspiro largo.
—Vamos —me animo a mí misma—. Muévete, Bárbara.
Me doy una ducha rápida, lo justo para espabilarme, y me visto con ropa cómoda: un pantalón ligero de lino y una camiseta blanca de algodón que huele aún a suavizante.
Cuando me miro en el espejo, me percato de que mi reflejo dice mucho más de lo que se muestra: las ojeras, el gesto tenso y esa expresión de quien se ha pasado toda la noche luchando contra el sueño.
«Perfecto». Justo el aspecto que una quiere tener el primer día en una isla paradisiaca.
Salgo del bungaló. El aire de la mañana es completamente distinto al de la noche.
Más fresco, más limpio, como si la isla se hubiese reiniciado mientras yo daba vueltas en la cama.
El sol ya está bastante alto, pero todavía no quema; solo calienta.
Camino hacia el restaurante por el sendero de arena blanca, rodeada de vegetación.
Las hojas grandes brillan con gotas de rocío, y una brisa suave mueve las palmeras.
Todo es demasiado bonito. Demasiado tranquilo. Demasiado ideal.
El restaurante es un espacio abierto, con techos altos de madera clara y vistas directas al mar turquesa.
Las mesas están colocadas con distancia suficiente para dar intimidad, y el buffet ocupa toda una pared lateral, repleto de bandejas que desprenden aromas capaces de hacer flaquear la voluntad más férrea.
Café recién hecho. Pan caliente. Fruta tropical cortada en trozos perfectos. Dulce. Salado. Todo mezclado.
Cojo una bandeja y avanzo despacio, observando cada cosa con detenimiento. Sé perfectamente lo que tendría que comer: café solo, zumo natural, huevos revueltos y un par de tostadas integrales. Rutina. Equilibrio. Control. Mi santo y seña desde hace ya más de un año.
Pero mis ojos, traidores, se van directamente a los croissants dorados y crujientes de mantequilla, a las tortitas esponjosas apiladas, a los bollos rellenos de crema que parecen gritar «cómeme» desde la otra punta del buffet.
—No —susurro para mí misma, apretando un poco los dedos alrededor de la bandeja—. Ni se te ocurra, Bárbara.
Cojo un plato. Lo dejo. Cojo otro. Lo vuelvo a dejar.
—Eres ridícula —me digo bajito, casi riéndome de mí misma.
Al final me obligo a servirme algo más razonable: un café solo, un vaso grande de zumo de naranja natural y un poco de fruta fresca. Pero cuando paso por delante de las tostadas, el olor a pan recién tostado y mantequilla derretida me detiene.
—Solo una —susurro, como si alguien fuera a regañarme—. Bueno… dos. Que no sé cuándo voy a comer.
Coloco las dos tostadas en el plato y me giro para buscar una mesa libre.
Y entonces ocurre. Es absurdo, lo sé, pero soy capaz de percibir el aroma afrutado del perfume de Lidia sin tenerla cerca.
No sé si es que tengo hambre o qué, pero mi estómago se contrae y cuando pongo atención en lo que sucede a mi alrededor, Lidia aparece en el restaurante como si el mundo fuera un lugar sencillo y amable.
Como si anoche no hubiéramos vivido el momento más incómodo de los últimos años. Como si nada hubiera cambiado.
«Porque no ha cambiado nada, ¿verdad?», me pregunto.
Ella camina con tranquilidad, con su pelo rojizo recogido de cualquier forma, y un conjunto ligero que me permite ver su bikini y también parte de su piel. No me mira. Ni un segundo. Se dirige directa al buffet, coge una manzana roja y se gira con la intención de marcharse.
Podría dejarla ir. Debería dejarla ir. Eso sería lo más sensato y coherente teniendo en cuenta la situación, pero mi boca me traiciona una vez más.:
—Buenos días, Lid. Espero que hayas pasado una buena noche.
En el mismo instante en que las palabras abandonan mi boca, el corazón se me acelera, el estómago se me cierra del todo y el arrepentimiento me sube por la garganta como si fuera bilis.
Lidia se detiene lo justo para que yo note la tensión en sus hombros y no dice nada.
El silencio que nos rodea es tan denso que podía cortarlo con el cuchillo que llevo en la bandeja.
Solo deja escapar un suspiro largo, irónico, frío.
Y sigue caminando, con la manzana en la mano como si yo no estuviera allí.
Como si mi saludo no significase absolutamente nada cuando lo cierto es que ese «Lid» refleja todas aquellas mañanas en las que nos despertábamos juntas y comenzábamos el día haciéndonos el amor.
«Cagándola desde bien temprano», me digo a mí misma mientras me quedo quieta en mitad del salón, con la bandeja en las manos, el café enfriándose y la sensación de haber cometido una estupidez más.
—Buenos días, Bárbara —murmuro con la voz teñida de ironía.
Me siento en la mesa más cercana, aunque apenas soy consciente de cómo he llegado hasta ella.
Le doy un sorbo largo al café. Las tostadas se quedan intactas en el plato y cierro los ojos, respirando hondo.
Intento recuperar el control, convencerme de que solo ha sido una palabra, un reflejo estúpido, un error sin importancia.
Pero sé que no es verdad. Ese «Lid» pertenece al pasado, como todo lo que algún día tuvimos.
Apoyo los codos en la mesa y me paso una mano por la cara, frotándome los ojos con cansancio.
—Genial —suspiro, dejando que el aire salga despacio entre los dientes.
Y entonces escucho su voz, clara y sorprendida, rompiendo el silencio a mi espalda:
—¡No me lo puedo creer!
Levanto la cabeza y cuando me giro, Pablo está de pie a unos metros, mirándome como si acabara de ver un fantasma. Su expresión es de pura incredulidad mezclada con una alegría que no puede disimular y que se me pega enseguida.
—¡Bárbara!
Se acerca con rapidez y, antes de que pueda reaccionar, me envuelve en un abrazo fuerte, cálido y sincero. Uno de esos abrazos que son capaces de devolverle la vida a cualquiera.
—Lidia me ha dicho ahora mismo que estabas aquí, y no me lo podía creer —exclama, apartándose apenas un poco para sujetarme la cara entre sus manos y mirarme a los ojos—. Pensaba que me estaba tomando el pelo, te lo juro.
Sonrío. O al menos lo intento porque los labios me tiran, pero la sonrisa no aparece.
—Pues ya ves… aquí estoy. Pensé venir unos días antes, por si necesitabas algo de ayuda. Pero ya veo que Lidia te está ayudando.
—Sí, pero, ¿cuándo has llegado? ¿Por qué no me has avisado? Habría ido a recogerte al muelle, mujer.
—Ayer por la noche —respondo, intentando que la voz suene natural—. Todo fue un poco… caótico. El viaje, el ferry, la llegada. Ya sabes.
—Eso parece —dice él con una risa baja y sincera—. Pero me alegro muchísimo de verte, de verdad. No sabes cuánto. Cuando te envié la invitación no sabía si ibas a aceptar venir, pero… —sonríe de nuevo—. Es una maravilla que estés aquí.
Y lo dice de verdad. Sin dobleces. Sin tensión.
Con esa alegría limpia que me descoloca.
Porque, mientras Pablo me brinda esta cálida bienvenida, mis emociones están enredadas en otra persona, en Lidia, en el silencio que dejó al marcharse y en esa distancia que nos separa y que, de repente, parece mucho más grande de lo que nunca imaginé.
—Yo también me alegro —respondo al fin, y es cierto.
Pero no es lo único que siento.
Pablo se sienta frente a mí y empieza a contarme detalles de la boda, de cómo va la organización, de lo feliz que está y de todos los planes que tienen para estos días, pero una parte de mí permanece anclada en la puerta por la que Lidia acaba de desaparecer, mientras que la otra no deja de pensar en si podré o no controlarme cuando la tenga cerca.