CAPÍTULO 11
LA LLAMADA DE MADRUGADA
Bárbara
«Esto no puede estar pasando otra vez», me digo a mí misma mientras Lidia cierra la puerta de su bungaló sin hacer ruido, como si el simple hecho de dar o no un portazo pudiera empeorar todavía más la situación.
—Es que esto es increíble… —suelto mientras respiro hondo una vez, dos, tres veces. No hay manera de que podamos convivir con esta tensión estas próximas semanas—. No, ni de coña. Al final, acabaremos tirándonos de los pelos o aún peor… protagonizando una escenita en la boda de su padre.
«Pero es que otra vez… bungalós contiguos…». Suelto una risa breve, irónica y me paso una mano por la cara intentando apartar el agotamiento del viaje y la incredulidad.
—Si es que no tenía que haberle hecho caso… —me digo a mí misma, mientras me dejo arrastrar por esa madeja de emociones que cargo dentro y comienzo a caminar—. Yo estaría mejor en casa, con Ingrid… disfrutando del último partido del equipo. No aquí…
Desbloqueo la pantalla del teléfono y marco el teléfono de Ingrid con urgencia.
Necesito hablar con ella. No porque vaya a solucionar mis problemas.
Al contrario, ella no tiene la manera de hacerlo, pero necesito anclarme a mi presente, a ella, a mi vida real lejos de estas playas paradisíacas y ese olor a mar que se te pega en la piel.
Además, hoy estará sola en el banquillo y aunque se ha pasado las últimas horas ocultándomelo, sé que enfrentarse al último partido sola la tiene muy nerviosa.
El tono de llamada empieza a sonar mientras camino por la arena.
Necesito respirar aire fresco, necesito espacio, necesito distancia.
No sé ni en qué momento me he quitado las sandalias, pero disfruto de la sensación que me provoca notar la arena acariciándome las plantas de los pies.
La llamada sigue sonando. Apoyo el móvil entre la oreja y el hombro mientras rodeo un pequeño grupo de palmeras y avanzo hacia la playa, dejando que la brisa nocturna me guíe.
Como si lo hubiese pedido, como si mi mente se hubiera empeñado en castigarme y amargarme un poco la existencia, los recuerdos de mi primera vez en Maldivas se abren paso dentro de mí dolorosamente vivos, dolorosamente nítidos.
Cierro los ojos mientras sigo caminando y soy capaz de rememorar con nitidez aquella noche, la forma en la que Lidia se giró hacia mí cuando le ofrecí ayuda, evaluando si podía confiar en una desconocida que estaba tomándose un cóctel en el bar antes de la hora de cenar.
Su voz entonces me pareció peligrosamente atractiva.
Aquella noche fue la primera vez que escuché su risa, clara, cálida y sorprendentemente sincera.
Recuerdo haberme reído con ganas. Recuerdo haber aceptado sin dudar cuando me invitó para agradecerme el haberla ayudado.
Recuerdo haberme quedado pasmada al ver cómo le brillaban los ojos bajo la luz del chiringuito.
Debería haber salido corriendo en aquel instante de saber lo que sucedería años después, pero no pude remediarlo.
Lidia me atrapó y no tuve más opciones que dejarme llevar por ella.
Esa noche caminamos juntas por el resort sin rumbo fijo, sin prisa alguna, dejando que la conversación fluyera como si nos conociéramos de toda la vida.
Aquella noche hablamos de todo y de nada, compartimos confidencias y cosas que normalmente guardo para mí misma, nos reímos de anécdotas absurdas de la universidad y sentí cómo la química crecía entre nosotras con el paso del tiempo.
Hasta que llegamos a su bungaló, justo al lado del mío.
Otra coincidencia absurda que, en su momento, interpretamos como algo divertido y lleno de posibilidades.
Y que ahora, en cambio, me parece una broma pesada y cruel del destino.
El tono de llamada sigue sonando en mi oído y yo sigo caminando hasta que el sonido del mar se vuelve más envolvente.
El teléfono deja de sonar de golpe y durante un segundo pienso que Ingrid no va a contestar, que quizá la he pillado ocupada con cualquier cosa del equipo. Pero cuando estoy a punto de dar por finalizada la llamada, aparece al otro lado de la línea.
—¿Bárbara? —pregunta—. ¿Estás ahí?
Escucharla tiene un efecto inmediato en mí. Es como si alguien hubiera bajado el volumen del caos que ruge en el interior mi cabeza, permitiéndome respirar por primera vez en horas.
—Hola —respondo, dejando escapar un suspiro largo que ni siquiera sabía que estaba conteniendo—. ¿Estabas ocupada? Siento llamarte tan pronto.
—No tranquila, ¿todo va bien? —inquiere ella preocupada—. Estoy en el hotel de concentración… —hace una breve pausa—, por aquí las cosas están bastante tensas.
—Ya me lo puedo imaginar —digo mientras me siento en la arena fresca, abrazándome las rodillas con el brazo libre—. Siento ocuparte el tiempo. Estoy segura que las chicas estarán nerviosas.
—No, tranquila —responde enseguida, y casi puedo verla: vestida con el equipo deportivo, en su dormitorio, repasando el estado físico de las jugadoras—. Ya sabes que me viene bien un poco de descanso. Estaba repasando algunas cosas.
—Por mucho que repases, no vas a mejorar el estado físico de nuestras jugadoras. Lo hemos dado todo, ahora son ellas las que deben hacer lo mismo en el campo.
Ella ríe, y yo sonrío. Ingrid siempre ha tenido unas costumbres muy marcadas, esa disciplina férrea que tanto admiro y que, me ayudó en su momento a dejar atrás todo lo mal que lo había pasado con Lidia.
—¿Has llegado bien? —añade con genuina preocupación.
Miro el mar frente a mí. Oscuro. Infinito. Mucho más tranquilo que el torbellino que tengo dentro de la cabeza.
—Sí… bueno. —Hago una pequeña pausa, buscando las palabras adecuadas—.
Ha sido un caos absoluto. Los aeropuertos abarrotados, las esperas interminables, la desesperación por encontrar un billete para el ferry…
Al final conseguí el último del día —le explico con detalle—, pero creo que ha sido el peor trayecto de mi vida.
El mar estaba revuelto y yo no dejaba de pensar que en cualquier momento iba a acabar vomitando delante de todo el mundo.
Ingrid se ríe suavemente, con esa risa baja y cálida que siempre consigue relajarme un poco.
—¿Te has mareado mucho? —pregunta con curiosidad.
—He estado a punto de montar un espectáculo —confieso, y noto cómo mis hombros se destensan ligeramente al compartirlo.
—Me habría encantado verlo —bromea ella con cariño.
—Eres terrible —replico, aunque no puedo evitar sonreír.
—Lo sé —responde con una sonrisa evidente en la voz—. Pero dime que sobreviviste y no tuviste que pedir auxilio.
—A duras penas —admito, y las dos nos reímos.
Durante unos minutos todo resulta sencillo, ligero y familiar.
Hablamos del viaje con más detalle, de lo cansada que estoy después de tantas horas de espera, de lo mucho que necesito dormir una noche entera sin interrupciones y de lo bonito que se ve el cielo estrellado desde aquí, como si las estrellas quisieran compensarme por el día tan horrible.
Y por un momento, de verdad, me olvido de Lidia.
Hasta que Ingrid hace la pregunta inevitable, esa que yo misma temía.
—¿Ya has pensado cuando te reunirás con Pablo? —dice con naturalidad—. Seguro que se llevará una sorpresa enorme al verte aparecer de repente.
La risa se me queda atrapada a medio camino en la garganta. Miro el mar oscuro, trago saliva con dificultad y, como siempre, dejo que la verdad salga sin filtro, sin adornos.
—La sorpresa me la he dado yo al cruzarme con Lidia —confieso en voz baja—. Mira que sabía que nos veríamos, pero joder, no nada más llegar.
El silencio que se forma al otro lado de la línea no me gusta nada y me pregunto si he hecho mal al contárselo con tanta normalidad.
—Vaya…
Me gustaría creer que no pasa nada, que no le afecta la idea de lo que pueda pasar, pero no puedo evitar ponerme en alerta.
—Sí, bueno —añado, intentando restarle importancia aunque sé que es inútil—. Ha sido… completamente inesperado y no he sabido bien cómo reaccionar.
—Comprendo… —responde ella con lentitud.
Otra pausa. Esta vez un poco más larga.
—Quizá tendrías que haber esperado una semana. Así podría haber ido contigo —suelta de pronto, y su voz adquiere esa inseguridad que pocas veces reconozco en ella—. Así la habría conocido y bueno… no estarías sola. Quería creer que la habías superado, pero está claro que aún te afecta.
—¿Cómo? —pregunto, necesitando asegurarme de que he oído bien.
El comentario me deja completamente descolocada.
No porque no tenga razón en lo que dice, sino por cómo lo dice.
Vislumbro los celos desde la distancia y es algo tan extraño en Ingrid que no sé cómo reaccionar.
Así que me quedo en silencio, hasta que encuentro la forma de seguir con la conversación.
—Ingrid…
—¿Qué?
Frunzo ligeramente el ceño mientras miro las olas que rompen suavemente a lo lejos.
—Voy a estar bien, ¿vale? —afirmo con suavidad—. Además, no hace falta que conozcas a alguien que ya no pertenece a mi vida.
—No he dicho que haga falta —replica ella con rapidez—. Solo digo que… bueno, da igual.
No sé muy bien qué decir. Porque esto es nuevo. Ingrid nunca ha tenido problemas con mi pasado. Nunca ha mostrado incomodidad cuando he mencionado a Lidia en conversaciones anteriores. Nunca ha…
—Lo mío con ella quedó en el pasado. Ya sabes lo mal que lo pasé —digo finalmente, con un tono más firme del que esperaba—. No hay de qué preocuparse. Además, ella no me soporta y dudo que nos veamos mucho estos días hasta la boda. Somos dos adultas que pueden sobrevivir a una boda.
—Claro —responde Ingrid al cabo de unos segundos, aunque su voz suena menos convencida de lo que me gustaría—. Si tú lo dices.
La frase es neutra, pero no soy una cría y sé leer lo que esconde. Y eso me incomoda muchísimo.
—Ingrid…
—Oye —me corta ella suavemente, casi con ternura—. Tengo que irme. Ya sabes que las chicas siempre nos necesitan para alguna tontería.
Asiento, aunque ella no pueda verme.
—Sí, claro. Ve tranquila.
—Descansa, ¿vale? Intenta dormir un poco y recuperar fuerzas.
—Lo intentaré —prometo sin mucha convicción.
—Hablamos luego. Te mantendré al tanto de todo.
—Sí.
La llamada se corta y el silencio vuelve a envolverme. El mar sigue ahí, inmutable, indiferente a todo. Bajo el móvil lentamente y lo escondo en el bolsillo de mi pantalón. Me quedo mirando la oscuridad durante un largo momento, con las palabras de Ingrid resonando en mi cabeza.
—¿De verdad que no es para preocuparse, Bárbara? —la susurro en voz baja, como si pronunciar esta pregunta pudiera disolver la tensión que siento en el pecho.
Pero sí es para preocuparse porque en el fondo sé que las cosas con Lidia no van a ser fáciles. Porque sé que verla de nuevo me ha afectado. Porque este nudo en el estómago y esa corriente eléctrica que ha aparecido entre nosotras cuando nos hemos vuelto a ver no es una casualidad.