CAPÍTULO 10
ESTO NO PUEDE ESTAR PASANDO
Lidia
Mi última frase se repite en mi cabeza mientras camino por la playa y permito que mis pies se hundan en la arena.
Es curioso cómo conserva el calor del día incluso a estas horas de la noche, como si el suelo se negase a soltar el recuerdo del sol.
El mar se mantiene en calma absoluta, negro e inmenso; moviéndose con la misma lentitud con la que las olas rompen en la orilla.
A lo lejos, el cielo brilla repleto de unas estrellas que me parecen mucho más cercanas que en cualquier otro rincón del mundo.
Debería de poder disfrutar del paisaje, pero no logro relajarme ni un poco.
No después de mi reencuentro con Bárbara.
No puedo creer que mi padre me la haya jugado así, que haya aliado con el destino y se esté burlando de mí con tanta crueldad.
No sé cuánto tiempo llevo dándole vueltas al asunto, pero por más que lo piense, sigo sin comprender la razón por la que ha decidido que era el momento perfecto para reunirnos a mí y a Bárbara en la misma isla y al mismo tiempo.
Aprieto los dedos alrededor de los zapatos, suelto un suspiro y camino hacia el interior del mar, ahí donde el agua me roza los tobillos y me brinda una calma que necesito.
—Enhorabuena, Lidia. Has venido hasta aquí buscando algo de paz y lo primero que consigues es perder el control.
Mi voz suena extraña en medio de la noche.
El aire huele intensamente a sal y a esa vegetación tropical que se mueve con suavidad más allá de la playa.
Si cerrara los ojos ahora mismo, podría convencerme de que estoy en un sueño, en el paraíso, pero tener aquí a Bárbara lo ha puesto todo del revés.
Y no debería afectarme tanto. Han pasado años, tiempo suficiente para que mis heridas sanen y los recuerdos dejen de doler, pero está claro que ha bastado con mirarla a los ojos unos minutos para que todo se remueva dentro de mí y me haga sentir —de manera incómoda y dolorosa— que los años no han pasado en absoluto.
He tenido el impulso de llamar a Alex. Si hay alguien capaz de bajarme de esta montaña rusa emocional en cinco minutos, esa es ella, pero en España son las cinco de la mañana y lo último que quiero es preocuparla.
Estoy segura de que estará profundamente dormida, abrazada a Jota en la cama, con el teléfono abandonado en la mesilla de noche y esa expresión de paz absoluta que siempre tiene cuando descansa.
Si la llamara ahora, me mandaría a paseo.
Y lo merecería. Sobre todo, después de las veces que ha tenido que recogerme del suelo.
—¡Venga ya, Lidia! No necesitas que nadie te recuerde que el mundo no se va a caer a pedazos porque Bárbara esté en la misma isla —me animo a mí misma, imitando la voz y el tono de Alex.
Sé que, en el fondo, nuestros conflictos pertenecen al pasado, que deberían estar enterrados en el pasado, lejos de aquí, de esta boda.
Mi padre y Miriam se merecen una ceremonia tranquila, sin tensiones absurdas.
Después de todo lo que ha vivido, se merece al menos unas semanas de pura felicidad y si para conseguirlo, tengo que ignorar a Bárbara, puedo hacerlo. No tiene que ser tan complicado.
«Simplemente tengo que evitarla, no hablar con ella e impedir que nuestros ojos se crucen», pienso.
Mi idea se desmorona con la misma rapidez que lo hace un castillo de arena en la orilla, porque sé perfectamente que evitarla en una isla como esta resulta imposible. Aun así, me animo a conseguirlo.
—Solo tengo que mantener la distancia y centrarme en lo importante.
Sujeto los zapatos con firmeza y me dirijo hacia el sendero que conduce directo al resort.
La vegetación que rodea el camino se mueve con la brisa nocturna, y las luces tenues que marcan el recorrido iluminan la arena y los accesos que unen los bungalós.
El complejo se encuentra casi en completo silencio, solo interrumpido por el murmullo lejano del mar que parece no querer callar nunca.
Avanzo despacio, y mi mente empieza a tranquilizarse poco a poco, como si esta conversación conmigo misma hubiera logrado poner un mínimo de orden al caos que llevo dentro.
Cuando llego a la zona de las villas, percibo en el ambiente el aroma de las flores nocturnas, que desprenden un perfume dulce y envolvente.
Los bungalós se encuentran separados por jardines tropicales densos y senderos de arena blanca.
Cada uno cuenta con su pequeña terraza privada, una hamaca que se balancea suavemente y una iluminación cálida que los convierte en refugios diminutos y acogedores en mitad de la vegetación espesa.
El mío está casi al final; uno de los más sencillos, con techo de palma y paredes blancas que reflejan la luz suave del exterior.
Necesito quitarme la ropa, darme una ducha y tumbarme en la cama a descansar.
Pero entonces, la puerta del bungaló de al lado se abre y cuando levanto la vista guiada por la curiosidad, Bárbara aparece y el tiempo se detiene de nuevo, como si el universo entero hubiera decidido congelar este instante.
Ella sale de su bungaló justo cuando yo estoy a punto de entrar en el mío.
Las dos nos quedamos inmóviles. Su pelo aparece ligeramente despeinado, como si acabara de salir de la ducha o hubiera intentado descansar sin demasiado éxito.
Lleva ropa cómoda y sencilla, una camiseta holgada y pantalones cortos que dejan ver la piel bronceada de sus piernas, y en su mano sostiene el móvil.
Sus ojos se abren un poco más al reconocerme, y yo siento exactamente lo mismo, ese golpe seco en el pecho.
Durante un segundo absurdo, mi cerebro intenta procesar la escena con frialdad, pero tan rápido como intento buscarle una lógica, la mente me lleva de viaje a la primera vez que nos conocimos.
También nos hospedábamos en bungalós contiguos, una causalidad que nos regaló la sensación de que el destino dibujaba un camino que teníamos que caminar juntas.
—Esto no puede estar pasando de nuevo… —susurro casi para mí misma.
El aire entre nosotras se llena otra vez de esa tensión incómoda que provoca que mi corazón lata con fuerza, obligándome a reconocer algo que no me gusta: que la isla acaba de volverse mucho más pequeña y que la presencia de Bárbara, su proximidad, va a poner a prueba una de las promesas que me hice a mí misma justo cuando nos divorciamos.
Sin decir nada, alejo la mirada de sus ojos y me meto en el interior de mi bungaló cerrando la puerta tras mi espalda, cortando toda conexión.
Me encantaría decir que no me molesta, que voy a poder con esto, que su presencia es lo que menos me importa, pero me conozco lo suficiente como para saber que este reencuentro no va a traer nada bueno.