CAPÍTULO 9
DEMASIADO CERCA PARA SER VERDAD
Bárbara
Cuando escucho mi nombre entonado con la voz de Lidia, me quedo en blanco, suspendida en el aire con el corazón latiéndome contra las costillas, dudando de si lo que estoy viviendo es real o no.
Me lleva un par de segundos ser consciente de lo que está pasando, cómo si el mundo entero hubiese decidido apagar mi cabeza durante un instante.
Al girarme y verla ahí, iluminaba por la luz de la entrada del hotel, necesito pestañear varias veces.
Sigue igual, exactamente igual a como la recordaba; sus ojos verdes, su pelo rojizo, sus preciosas curvas.
No sé en qué momento me convencí de que había borrado de mi memoria cada pequeño detalle que la compone, porque sí…
nuestra historia acabó, pero no para mi corazón.
«Mierda», pienso cuando caigo en cuenta que Pablo nos la ha jugado.
Bueno, al menos a ella. Porque yo era consciente de que esto podía pasar, de que tarde o temprano nos cruzaríamos y tendríamos que hablar.
El problema es que estoy segura de que ella no se imaginaba que su padre me querría aquí, de yo fuese una de esas personas especiales destinadas a compartir con él el día más maravilloso de su vida.
Mi cerebro, a pesar del agotamiento, empieza a despertar y me giro sobre mis talones para enfrentarme a ella a pesar de la distancia que nos separa —un par de metros o más—.
La chica de la recepción habla y habla, pero yo no le presto atención.
Tengo algo más interesante delante. Lidia se ve tan bien…
«Qué mierda, está aún mejor que la última vez que la viste», me recuerda esa vocecilla que siempre aparece cuando miento.
Sigue siendo altiva, visceral e impulsiva.
Sigue arrugando el entrecejo cuando las cosas se le escapan de las manos.
Y sigue siendo tan atractiva… «Maldita sea».
El tiempo debería de haber suavizado mis emociones respecto a ella, pero no, y la realidad es mucho peor.
El móvil me vibra en el bolsillo de repente.
Una vez. Luego otra. Y otra más. Frunzo el ceño y lo saco casi por instinto.
La pantalla se ilumina llena de notificaciones acumuladas: WhatsApp, mensajes, llamadas perdidas.
Entre todas ellas aparece el nombre de Ingrid, y siento el impulso automático de abrir la conversación para responder.
Hoy se juega el último partido de liga y estoy segura de que los nervios se la estarán comiendo viva.
Pero lo guardo y levanto la mirada de nuevo.
Camino hacia Lidia sin apartar los ojos de ella, y cuando estoy a apenas un par de pasos, me detengo.
El aire entre nosotras se carga de electricidad, de todos los recuerdos que compartidos y de todo lo que he mantenido oculto a lo largo de estos años.
Inclino ligeramente la cabeza y dejo escapar una pequeña exhalación que podría pasar por una risa nerviosa.
—Vaya —murmuro al fin, con una media sonrisa que ni siquiera intento suavizar—. Lo último que esperaba hoy era cruzarme contigo de esta manera, justo al llegar.
Su reacción llega de inmediato. Los ojos se le entrecierran apenas un milímetro, y la comisura de su boca se curva con esa ironía afilada que recuerdo demasiado bien.
—Pues si tanto te molesta, no haber venido, ¿no crees?
«Ahí está». Me quedo mirándola en silencio durante un par de segundos, notando cómo el corazón me da un vuelco en el pecho y cómo las ganas de discutir con ella —y de permitir que salte la chispa— se abre paso dentro de mí.
—¿Y perderme la boda de tu padre? Ni loca —contesto con una calma que por dentro no siento—. Además, el resort es muy grande como para coincidir. Si llego a saber que estás hospedada aquí…
Ella arquea una ceja y no me deja terminar:
—¿Qué? —insiste, y su tono se tiñe de desafío—. ¿Habrías cambiado de isla para evitar cruzarte conmigo?
—Probablemente.
El silencio que sigue es incómodo. A nuestro alrededor, el resort sigue a su ritmo, pero en este pequeño espacio que compartimos todo parece suspendido en el tiempo.
Lidia cruza los brazos sobre su pecho, y ese gesto tan sencillo me lleva de viaje a esas noches llenas de discusiones, a la tensión que crecía en mí con cada pelea y que terminaba en besos, en sexo, en pasión y en reconciliaciones en las que todo parecía posible.
—Así que te ha invitado a su boda… —dice al fin, y no es una pregunta, sino una afirmación cargada de matices.
—Sí —respondo yo, sosteniéndole la mirada—. Recibí la invitación y acepté. Significa mucho para mí estar aquí en un día tan importante para él.
—La boda es el treinta y uno. Estamos quince. No hacía falta que vinieras ya.
—Pensé que podría echar una mano —confieso y me encojo de hombros.
Ella suelta una risa breve y seca, de esas que no llegan a los ojos.
—Claro. Siempre tan leal a mi padre. Qué bonito detalle.
—Es la verdad, Lidia —insisto, y mi voz se vuelve más seria, más firme—. No he venido a discutir contigo ni a remover nada del pasado.
—Has elegido un sitio y un momento bastante curioso para eso, ¿no te parece?
—He venido porque tu padre es… —Hago una pequeña pausa para ordenar mis pensamientos—, porque es importante para mí estar a su lado en este momento. Nada más.
Sus ojos se endurecen, pero debajo de esa capa fría percibo un destello de la Lidia que conocí, la que se escondía detrás de su frialdad cuando las cosas se ponían complicadas.
—Qué bonito —murmura con sarcasmo—. Qué maravilloso todo.
—Lidia, vamos… —empiezo yo, intentando mantener la calma que siento que se me escapa.
—No —me corta ella, levantando una mano con decisión—. No empieces con eso ahora. No aquí.
La conozco lo suficiente como para saber que está a punto de perder la paciencia, cuando el muro que ha construido alrededor de su corazón empieza resquebrajarse.
—Solo digo que —continúo con voz más baja, casi suplicante— espero que podamos pasar estas semanas de forma tranquila. Por él. No se merece que nosotras hagamos de su boda un campo de batalla.
Lidia me observa unos segundos en silencio, y su mirada es tan fría que me dan unas ganas terribles de derretirla a base de besos. Un pensamiento que me aturde y me obliga a pasarme una mano por el cuello, incómoda.
—¿De forma tranquila? —repite despacio, saboreando la palabra como si le supiera amarga—. Qué palabra tan optimista viniendo de ti.
—No tiene por qué ser complicado —insisto yo, aunque sé que estoy mintiendo un poco, porque entre nosotras «lo complicado» siempre ha sido el aire que respiramos—. Somos dos personas adultas.
Ella niega suavemente con la cabeza, como si acabara de escuchar la frase más absurda del mundo.
—No se puede estar tranquila al lado de la persona que te jodió la vida, que te dejó con el corazón hecho pedazos y una sensación de insuficiencia que sigue clavada muy dentro de mí.
La frase me golpea como un puñetazo a la boca del estómago.
Durante un segundo no sé qué responder, porque parte de mí quiere discutir, quiere contarle que las cosas tampoco fueron fáciles para mí, que durante meses estuve sumida en una depresión de la que me costó muchísimo salir, que no fue solo culpa mía, que ella también tuvo su parte de culpa en aquel desastre que nos separó.
Que el miedo, las dudas y las circunstancias nos arrastraron a las dos.
Pero no llego a decir nada de eso. Porque Lidia ya se está marchando cuando me animo a abrir la boca para decir algo.
La veo alejarse con la misma facilidad con la que apareció delante de mis ojos, y yo me quedo ahí, en mitad del vestíbulo abierto del resort, con el sonido del mar llegando desde la distancia y el móvil vibrando otra vez en mi bolsillo.
Las notificaciones siguen acumulándose sin descanso.
Pero mi atención está puesta en Lidia y en la certeza de que estas próximas semanas, no van a ser nada fáciles para nosotras.