CAPÍTULO 8
LOS FANTASMAS DEL PASADO
Lidia
Si alguien me hubiera preguntado esta mañana cómo imaginaba mi primer día en Ukulhas, habría contestado que, junto al mar, inmersa en algún preparativo para la boda, sí, pero disfrutando del ambiente hasta la saciedad.
Lo que jamás habría anticipado era que terminaría exhausta y que me dolerían todos y cada uno de los músculos de mi cuerpo.
Desde el momento mismo en que puse un pie en la isla, Miriam y mi padre decidieron ocupar cada minuto con su presencia.
Empezamos con un desayuno en una terraza abierta al mar y después, dimos un paseo tranquilo por la orilla de la playa, momento que Miriam aprovechó para explicarme con sumo detalle donde se llevará a cabo la ceremonia.
Se nota el entusiasmo, las ganas que tienen de que llegue ese día y, sobre todo, el amor que se profesan.
Ambos están emocionados, tanto que me han pedido que los acompañase esta misma tarde a una boutique local donde encontrar la ropa que llevarán para ese día.
Yo les aconsejé ir a Malé; allí todo es muy diferente, y de seguro que encontraban lo que buscan, pero a ninguno le apeteció tener que montarse en el ferry.
A continuación del paseo, llegó la comida, y después una conversación eterna sobre flores, música y luces.
A esas alturas mi mente ya no lograba separar los hibiscos de las buganvillas ni de las orquídeas; todo se mezclaba en un torbellino de colores vibrantes y aromas dulces que me saturaban el cerebro.
Necesitaba echarme una siesta eterna, recuperar la energía perdida en el viaje, pero ninguno de los dos lo tuvo en cuenta.
Ahora, me encuentro sentada en el chiringuito junto a la piscina del resort, con los pies descalzos apoyados en el suelo de madera que aún conserva el calor del día y una bebida fría entre las manos.
El cielo ya se ha teñido de un azul profundo y misterioso, no del todo negro, sino ese tono especial que aparece justo después del atardecer, cuando el aire todavía guarda el calor acumulado durante las horas de sol.
La piscina refleja las luces que rodean el bar, y el agua parece una lámina de cristal oscuro y líquido que invita a perderse en su profundidad.
Le doy un sorbo lento a mi cóctel «Maldivian Sunset» y su sabor dulce y ácido al mismo tiempo, una mezcla de mango, maracuyá, lima y coco, me llena la boca y despierta mis sentidos.
Cierro los ojos durante un segundo breve y dejo que lo que sucede a mi alrededor me envuelva. Este sí que es el tipo de momento que había soñado cuando acepté venir hasta aquí: tranquilidad absoluta, silencio, y esa paz que solo el mar sabe regalar.
—Espero que le esté gustando —comenta el camarero con una sonrisa.
—Está delicioso —respondo con gratitud—. Me llevaré la copa e iré a dar un paseo por la orilla. ¿Puedo?
—Como usted desee.
Me lleva un par de minutos encontrar la salida, pero todo eso pierde su lógica cuando llego a la entrada del resort por una salida lateral y me cruzo con una mujer caminando detrás de uno de los empleados del hotel.
No le presto demasiada atención al principio, pero algo en su manera de andar me resulta tan familiar que me hace fruncir el ceño con extrañeza.
—No puede ser… —susurro casi para mí misma, con el vaso frío y helado entre mis dedos.
Mi mente necesita varios segundos largos para procesar lo que está ocurriendo. Un pestañeo más tarde, la información que estoy buscando se abre paso en mi cerebro: «Bárbara. Aquí. En Ukulhas». Mi corazón late con fuerza contra mi pecho y me río de mí misma por la estupidez.
—El calor, el cansancio y el cóctel me están gastando una broma pesada y cruel… —me respondo, pasándome la mano por la frente—. Será mejor que siga caminando y llegue a la playa. Un poco de agua me hará bien.
Sin embargo, cuando las luces del recibidor dan de lleno en su cara y ella se aparta el pelo con ese gesto tan conocido, ya no queda ni un rastro de dudas. «No puede ser…». Siento que el aire se vuelve más denso, y cómo, a la misma vez, se despiertan de golpe los recuerdos compartidos con ella.
El primer día que la conocí, yo estaba perdida y tan cansada como ahora.
Ella parecía llevar mucho tiempo aquí, porque solo necesitó de un par de frases para que el camarero me sirviera algo de agua.
Llevaba un precioso vestido blanco que flotaba con cada paso que daba y lucía una sonrisa que me atrapó y me hizo olvidarlo todo.
Días después de aquello nos besamos con el mar como único testigo; horas después, nos acostamos.
Y con el primer orgasmo supe que acababa de encontrar algo que nunca había buscado, pero que necesitaba con desesperación.
Regreso al presente de golpe y Bárbara sigue justo donde estaba segundos atrás. Mi primer impulso es el de ir en busca de mi padre y preguntarle si ha cometido la estupidez de invitarla a su boda. Pero soy incapaz de moverme ni un milímetro y me quedo estancada donde estoy, sin dejar de mirarla.
Bárbara da la impresión de estar exhausta. Está pálida, sus ojos están enmarcados en una sombra oscura y apenas pone atención a lo que la rodea, solo espera a que la recepcionista arregle todo lo que necesita y le entregue la llave de su bungaló.
—Vamos… seguro que no tiene ni idea de que estás aquí —hablo conmigo, intentando calmarme un poco.
Pero lo único que logró es que mi pulso se acelere todavía más y que un nudo se forme en mi estómago. Porque si ella ignora que estoy aquí, entonces este reencuentro no es más que una encerrona elaborada por mi padre.
Le doy otro sorbo al cóctel y durante varios segundos permanezco con la vista puesta en ella.
Podría quedarme justo donde estoy, quieta y en silencio.
Fingir que no la he reconocido. Marcharme a mi bungaló, cerrar la puerta con llave y esperar a la mañana siguiente para enfrentarme a cualquier cosa.
Eso sería lo razonable, lo más maduro y sensato, pero no puedo ser sensata en un momento como este.
Así que dejo la copa en alguna parte, y comienzo a caminar. No tengo ningún plan concreto. Tampoco un discurso. No sé ni qué voy a decir cuando la tenga delante, pero no puedo darme media vuelta y seguir como si nada.
—¡Bárbara! —grito desde la distancia y ella, algo aturdida al escuchar su nombre, se toma varios segundos para girarse sobre sus talones y poner su atención plena en mí.
El silencio tiene algo mágico, algo que solo pasa en momentos que te marcan la vida para siempre; sus ojos se abren más a causa de la sorpresa, palidece como si hubiese visto un fantasma y me mira de arriba a abajo como si fuese un sueño fruto del agotamiento que parece cargar sobre los hombros.
Nos miramos en silencio. Y entonces, casi de forma simultánea, sonreímos.
No es una sonrisa llena de alegría, no, es una de esas irónicas que surgen cuando comprendes una verdad demasiado obvia y que te deja sin escapatoria posible.
No hay otro culpable de este reencuentro que mi padre, y todo encaja a la perfección.
Nos ha jugado una encerrona… y aunque lo quiero mucho, no tiene ni idea de la locura que ha hecho.