Prohibido repetir contigo CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

EL FERRY DE UKULHAS

Bárbara

Son las dieciocho horas y cuarenta y dos minutos cuando el ferry se separa del muelle de Malé y comienza a deslizarse sobre el agua con ese vaivén irregular que me revuelve el estómago.

Lo sé porque consulto la hora cada dos minutos, y no solo por impaciencia —bueno, sí, un poco—, sino porque intento convencerme de que el final de este suplicio está muy cerca.

Nunca me han gustado los barcos, nunca en la vida, ni siquiera cuando era una niña pequeña y mi padre se empeñaba en salir a navegar mientras yo fingía un entusiasmo que no sentía y me aferraba con fuerza a la barandilla como si el mar esperase el momento perfecto para engullirnos a todos.

El ferry avanza dejando tras de sí una estela blanca y espumosa que se extiende sobre las olas, y el ruido constante del motor, que vibra bajo mis pies, me recuerda constantemente que me encuentro flotando sobre algo inestable, algo nefasto para alguien como yo.

Apoyo la espalda contra uno de los asientos metálicos de la cubierta, cierro los ojos durante un instante y procuro acompasar mi respiración al vaivén suave del barco.

Aunque me doy cuenta del error cuando el vaivén mismo se intensifica y mi estómago se encoge hasta llevar lo poco que he comido en el avión a mi garganta.

—Perfecto, Bárbara —me susurro a mí misma con ironía, cubriéndome con una mano la boca—. No tenías que haber comido nada.

Abro los ojos y dirijo la mirada hacia el horizonte, porque eso es lo que recomiendan las personas que no sufren de mareos, aunque en mi caso dudo mucho que funcione.

El cielo comienza a teñirse con un tono naranja suave y cálido que se refleja en la superficie del agua como si se tratara de una pintura.

A mi alrededor varios turistas sacan sus móviles para capturar el momento mientras una pareja habla en voz baja con esa complicidad mágica que solo comparten los enamorados y un grupo de chicos ríe a carcajadas completamente ajenos al movimiento ondulante del ferry.

—Cómo los envidio en este momento…—Mi estómago se revuelve de nuevo y de pronto, siento que la comida vuelve a subir. Aprieto los labios con fuerza, trago y me concentro en respirar de forma lenta y profunda.

El trayecto, según me informaron, no debería prolongarse demasiado.

Eso fue lo que me aseguró el hombre de la ventanilla después de que recorriera medio puerto preguntando de un lado a otro hasta conseguir el último billete disponible del día.

En aquel instante hubiese aceptado en cualquier cosa que flotara con tal de alcanzar la isla cuanto antes.

—Aunque ahora mismo, tampoco me hubiese importado montarme en un hidroavión de esos… —murmuro pasándome las manos por la cara.

El viento sopla con mayor intensidad a medida que nos alejamos, me despeina el pelo y lo riza aún más; arrastra consigo ese olor intenso y penetrante a salitre que en cualquier otra circunstancia me resultaría agradable, pero que ahora mismo no calma mi estado estomacal.

Me inclino ligeramente hacia delante, notando una corriente fría acariciarme la espalda y apoyo los codos sobre las rodillas.

—Vamos Bárbara, ni se te ocurra vomitar aquí… —me reprocho a mí misma, notando que un escalofrío recorriéndome la piel—. No por favor…

De repente, una mujer mayor, sentada justo frente a mí, se acerca y coloca su mano en mi espalda.

—Primera vez en un ferry, ¿verdad? —me pregunta en inglés.

No logro discernir si se trata de una pregunta o más bien de una afirmación basada en mi evidente malestar.

—¿Se me nota mucho? —contesto con una sonrisa que seguramente se asemeja más a una mueca forzada que a otra cosa.

Ella asiente.

—Mire fijamente el horizonte, siempre resulta de gran ayuda en estos casos.

—Eso es precisamente lo que intento hacer desde hace rato.

No agrega ninguna palabra más, pero me dedica una sonrisa comprensiva y cálida que, de forma inesperada, logra tranquilizarme un poco en medio de todo el malestar.

El ferry continúa su trayecto y con el tiempo, los tonos naranjas se transforman en rosados y morados que se funden con el color oscuro y profundo del mar.

Intento apreciar de verdad la escena que se despliega ante mis ojos, pero mi cerebro solo se centra en las ganas que tengo de llegar a tierra firme, en darme una ducha caliente y relajante, y descansar en la cama hasta la mañana siguiente.

Saco el móvil del bolsillo impulsada por mi necesidad de hablar con Ingrid, pero no tengo señal.

La última vez que hablamos fue hace unas horas; me ocultó que los nervios no la dejaban dormir y se escudó en que no está acostumbrada a dormir sin mí, pero sé que no tenerme cerca en el último partido del equipo la tiene alterada.

Además, estará preguntándose si habré llegado sana y salvo, si todo habrá ido sin problemas o si me habré extraviado en algún aeropuerto —algo que es muy habitual en mí—.

El estómago se me revuelve y necesito respirar un par de veces, e incluso ponerme de pie para permitir que todo regrese a su lugar.

El ferry da un bandazo al atravesar una zona de aguas más turbulentas y decido volverme a sentar, agarrándome al asiento como se agarraron a las barandillas aquellos que se hundieron con el Titanic.

La mujer frente a mí sonríe con una paciencia infinita.

Y entonces, por fin, después de más de quince minutos, aparece en el horizonte una línea de tierra firme que al principio apenas se distingue, pero que poco a poco se va definiendo con claridad.

Nunca había visitado Ukulhas; Lidia y yo nos hospedamos en una de las tantas islas que forman parte de Maldivas cuando nos conocimos, pero nunca la hubiese imaginado tan bonita en la distancia.

El ferry reduce su velocidad de forma gradual mientras se aproxima al muelle y el movimiento del barco se suaviza notablemente, lo que supone un alivio.

Mi estómago sigue protestando, pero cuando atracamos, es lo que menos me importa; no espero ni un segundo a que nadie me indique nada.

Me levanto casi de un salto, agarro con fuerza la maleta y avanzo hacia la salida con desesperación.

—Perdón, disculpe —digo mientras sorteo a la gente—. Disculpe, por favor… —repito con educación—. Lo siento mucho… —añado al pasar junto a otros pasajeros.

Voy abriéndome paso entre la multitud como puedo mientras el ferry se llena de movimiento, y cuando al fin piso la rampa que conecta directamente con tierra firme, sonrío.

Bajo del barco arrastrando la maleta mientras el mundo a mi alrededor se balancea ligeramente, como si el mar hubiera decidido instalarse de forma permanente dentro de mi cabeza.

El aire resulta cálido y húmedo, pero una brisa fresca me aparta el pelo de la cara con delicadeza; la sensación debería resultarme agradable, pero en este preciso momento solo me esfuerzo por concentrarme en caminar en línea recta sin tambalearme.

Paso junto a varios turistas que observan el entorno con fascinación, yo apenas levanto la vista del suelo porque me encuentro demasiado ocupada persuadiendo a mi estómago de que todo está bajo control y que puede relajarse.

Arrastro la maleta por las tablas de madera del muelle y entonces lo veo: un chico joven uniformado con una camisa blanca que lleva el logo del resort impreso sostiene un pequeño cartel en alto donde aparece mi apellido escrito: Manrique.

«Bendito sea ese chico.»

Camino hacia él con rapidez y una vez que estoy a su lado, me dedica una sonrisa:

—¿Es usted Bárbara Manrique?

—Sí, esa soy yo —contesto intentando proyectar una imagen de entereza mucho mayor de la que realmente poseo en estos momentos.

—Bienvenida a Ukulhas, señora —me dice con cortesía—. Deje que le lleve el equipaje. El vehículo está ahí mismo.

Asiento con la cabeza en señal de agradecimiento y comienzo a caminar tras él agradeciendo el poder alejarme por fin de ese ferry infernal.

Ni siquiera pongo atención en todo lo que me rodea; no percibo los colores que se mezclan en el agua, ni cómo la arena blanca y fina de la playa empieza a alumbrarse por unos maravillosos farolillos de fuego.

No necesito nada más ahora en el mundo, solo sentir que he dejado el mar atrás, que estoy en tierra firme y conversar con Ingrid.

Porque ella siempre ha sido mi ancla y mi refugio en mitad del caos, y en días importantes como el de hoy, cuando el equipo se lo está jugando todo y yo no estoy a su lado, me doy cuenta de que le debo mucho…

por mucho que el pasado se resista a abandonarme.