Prohibido repetir contigo CAPÍTULO 6
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CAPÍTULO 6

LA BELLEZA DE LA ISLA UKULHAS

Lidia

Llevo muchas horas de viaje acumuladas. Me siento exhausta, con los músculos agarrotados y la mente nublada, pero en el preciso momento en que la isla se dibuja ante mis ojos, la fatiga desaparece y se queda atrás, flotando entre las olas del océano Índico.

He intentado convencerme de que estas semanas en Maldivas pueden ser justo lo que necesito para cerrar un ciclo que debería haber cerrado hace tiempo, para reconectar con mi padre y despejar esos miedos que me prohíben pensar en mi propio futuro.

Ahora mismo lo que sé, es que necesito dejar de pensar en todo y disfrutar de este paraíso.

El agua luce tan cristalina que cuesta creer que esto exista de verdad.

Es de un verde turquesa intenso, traslúcida y mágica, brilla bajo el sol del mediodía como si miles de diamantes hubiesen sido esparcidos sobre su superficie.

Cada ola que rompe contra el casco del ferry parece darnos la bienvenida, y yo, me siento como una niña, visualizando cómo nos acercamos lentamente al modesto muelle de Ukulhas, mientras todo mi cuerpo exhala un suspiro de alivio que me recorre desde los hombros hasta la punta de los pies.

Cuando el ferry atraca y desciendo por la rampa de madera, el aire tibio me envuelve cargado de humedad y sal.

Ese aroma tan característico del mar se mezcla con el perfume fresco de la vegetación tropical que crece por todas partes.

Cierro los ojos un segundo para respirar hondo, permitiendo que cada bocanada de aire me llene los pulmones y me devuelva la sensación de estar viva de nuevo.

Me ajusto la mochila sobre el hombro y avanzo arrastrando mi maleta mientras trato de localizar a mi padre entre la gente que espera bajo el sol.

Hay varios locales que charlan entre ellos, algunos turistas con sombreros enormes que les protegen la cara, y empleados del resort con varios carteles llenos de apellidos que desconozco.

Me cuesta encontrarlo, pero una vez que lo hago, el corazón me da un vuelco.

Durante un instante me quedo quieta, inmóvil, y pienso en cómo algo tan sencillo como reencontrarte con tu padre puede llenarte de esa energía que no consigues devolverte por muchas horas de sueño que te regales. Entonces él también me ve, y en esa conexión de unos segundos, vuelvo a ser su niña.

Recuerdo el día que me dijo que necesitaba viajar, recorrer el mundo, reencontrarse a sí mismo después de la muerte de mamá.

Recuerdo aquella primera videollamada en la que me habló de Miriam, de su sonrisa y su ilusión.

Y mi envidia. Sí, envidia. Porque a mi alrededor todo el mundo era feliz mientras que yo veía como mi vida se convertía en un infierno desgarrador.

—¡Lidia!

Su voz llega clara y cálida antes de que mis piernas reaccionen.

Camino a toda prisa hacia él, arrastrando la maleta todo lo rápido que puedo, aunque en el fondo lo que deseo de verdad es echar a correr como cuando era pequeña.

Él da dos pasos largos en mi dirección y, cuando por fin nos encontramos, me envuelve en un abrazo tan fuerte y protector que me deja sin aliento.

—Papá… —murmuro contra su hombro, y mi voz suena amortiguada, llena de emoción.

Huele a protector solar de coco, pero sobre todo huele a casa, a seguridad, a ese refugio que nunca me ha fallado. Sus brazos me aprietan con firmeza y yo me dejo caer en él, dándome cuenta de que llevo mucho necesitando uno de sus abrazos.

—Mírate —comenta él, separándose solo lo justo para observarme con detenimiento—. Estás aquí, de verdad, no me lo puedo creer.

Sonríe con orgullo y emoción, y yo noto cómo los ojos se me humedecen.

—Pues claro que estoy aquí —contesto, intentando sonar despreocupada, aunque la garganta se me aprieta ligeramente—. ¿Pensabas que me iba a perder tu boda? Ni en sueños, papá.

Él niega con la cabeza, pero vuelve a abrazarme como si todavía necesitara confirmar que soy real y que no voy a desaparecer.

—Te he echado de menos. —Y lo dice tan bajo que parece una confesión íntima solo para nosotros dos.

No me da tiempo a responder porque Miriam aparece a nuestro lado, rompiendo la intensidad del momento con naturalidad.

—Deja un poco para mí, anda, que yo también quiero saludarla.

La he visto muchas veces en fotos y en videollamadas, pero conocerla en persona cambia por completo la percepción que me había formado de ella.

Es más alta de lo que imaginaba, con una presencia serena y una sonrisa que transmite calidez y mucho amor.

Sus ojos oscuros brillan con sinceridad y su postura relajada disipa todos los nervios que pueda cargar.

Durante un segundo nos miramos en silencio, y no puedo evitar pensar en mi madre.

En lo que pensará de todo esto y en si es feliz esté donde esté.

—Hola, Lidia —saluda ella con soltura—. Por fin nos conocemos en carne y hueso.

Ella no está tensa, así que eso me relaja. Mi padre nos mira encantado, como si ya supiera que entre nosotras todo encajaría.

—Hola, Miriam —respondo, y nos abrazamos también.

Su abrazo es distinto al de mi padre: más suave, más envolvente, pero igual de sincero. Cuando nos separamos, ella me mira con curiosidad, como si intentara reconocer todas esas cosas que mi padre le habrá contado sobre mí.

—Estaba intrigada —dice ella con una sonrisa juguetona—. Tu padre no ha dejado de contar cosas sobre ti y ya me tenía intrigada.

—Mi padre siempre habla de más —bromeo yo, mirando a mi padre con complicidad—. Aunque empiezo a creer que no tiene filtros y eso ya es un poco preocupante.

Él levanta las manos.

—Eh, yo no he dicho nada, que conste. Me mantengo al margen de esta conversación.

Los tres soltamos una carcajada y, de pronto, la escena pierde esa tensión inicial, como si el aire salado se hubiese llevado todo consigo.

El coche que nos espera es un todoterreno abierto, ideal para recorrer la isla sin perder detalle del paisaje.

Subimos los tres y el conductor arranca despacio, dejando atrás el puerto.

Ukulhas se revela ante mis ojos aún más bonita de lo que recordaba.

Las calles estrechas están rodeadas de vegetación que se mece con la brisa suave y constante del mar, y decido recostarme contra el respaldo del asiento, disfrutando de que el viento me despeine el cabello mientras pienso que este lugar parece sacado de un sueño, un rincón donde el tiempo se estira y las preocupaciones se disuelven en el mar.

—Entonces —pregunta mi padre, girándose hacia mí con interés—, ¿qué tal ha ido el viaje?

—Interminable —contesto sin dudar ni un segundo—. Creo que he batido mi récord personal de horas en tránsito; entre aviones, esperas y barcos, tengo la sensación de haber perdido media vida. Pero aquí estoy, y ya solo por veros a los dos ha merecido la pena cada minuto.

—Este lugar está apartado del mundo… —comenta Miriam con una mueca comprensiva que me hace sonreír—. Pero una vez que llegas, todo lo que cargas dentro de ti, desaparece.

Miro a mi alrededor y contemplo el agua turquesa, la arena blanca que brilla bajo el sol y el cielo limpio que parece tocar el horizonte.

—Definitivamente sí —afirmo, y lo digo con total convicción.

Durante unos minutos charlamos de cosas sencillas.

Mi padre escucha cada detalle con atención, como si hubiese esperado este momento durante semanas enteras, y yo agradezco en silencio esa dedicación porque me hace sentir que nuestro lazo sigue intacto a pesar de los kilómetros que nos han separado.

—Por cierto… —digo entonces, inclinándome un poco hacia delante con curiosidad—. ¿A quién habéis invitado exactamente? Quiero hacerme una idea de todo lo que tenemos que organizar en los próximos días.

Mi padre intercambia una mirada rápida con Miriam.

—A gente importante para nosotros —responde él con rapidez.

Frunzo el ceño y noto cómo la intriga crece dentro de mí.

—Eso suena a que me voy a llevar una sorpresa y no sé si me va a gustar.

—Ya sabes que tengo muchos amigos —dice sin más—. Es un momento para pasarlo bien, para disfrutar y reunirnos con la gente que queremos.

—Papá —insisto, aunque no puedo evitar sonreír—. No puedes soltar eso y quedarte tan pancho.

Miriam interviene entonces, con una sonrisa inocente dibujada en los labios.

—Tu padre se ha esmerado con la lista de invitados —explica con tono divertido—. Pero te aseguro que son personas que significan mucho para él y, por extensión, para nosotras.

—Eso me tranquiliza…—digo. Aunque no dejo de preguntarme a quienes habrá invitado. La incertidumbre me produce un cosquilleo agradable en el estómago.

El coche gira hacia la costa y de pronto el paisaje se abre ante mis ojos. El mar aparece a nuestra derecha, brillante bajo el sol de la tarde, y su belleza es tan abrumadora que me quedo muda.

—Bien —dice Miriam finalmente, volviéndose hacia mí con energía—. Espero que tengas ganas de trabajar, porque te necesito en plena forma. Necesito mucha ayuda porque los del resort han dejado en mis manos toda la decoración y yo no sé por dónde empezar.

—¿Tan caótico está todo?

—Digamos que… me he vuelto un poquito loca con todo.

Mi padre resopla con cariño.

—Eso es una forma muy suave de decir que llevamos semanas discutiendo sobre las flores, el menú y la música.

—¡No hemos discutido! —protesta Miriam.

No puedo evitar reír con ellos y noto cómo el ambiente se llena de esa complicidad familiar que tanto necesitaba y extrañaba.

—Vale, vale… entendido —contesto, levantando las manos en señal de paz—. Contad conmigo para lo que haga falta. Y no te preocupes —añado con una sonrisa tranquila mirando a Miriam—. Vengo con las pilas recargadas y con muchas ganas de echar una mano.

Ella parece aliviada de verdad.

—Menos mal….

Levanto una ceja y miro el mar que se extiende a pocos metros de la carretera, con sus tonos que cambian del turquesa al azul profundo.

—Eso sí… —digo, señalando el agua con la barbilla—. Espero que me dejéis un poco de tiempo para zambullirme. Estoy deseando sentir el agua fresca en la piel.

Mientras el coche bordea la costa siento algo que no esperaba sentir tan pronto: una ligereza dulce y profunda.

Como si todo estuviera exactamente donde tiene que estar, incluso yo.

Supongo que es así como se siente cuando tienes cerca a las personas que te importan.

Porque sí, al final, tu hogar está donde está el corazón de los que amas y sé que, el día que tenga que regresar, me dolerá mucho dejar todo atrás.