CAPÍTULO 5
EL VUELO Y LOS RECUERDOS DORMIDOS
Bárbara
El zumbido constante del avión se ha convertido en la banda sonora que me acompaña desde hace ya varias horas, un rumor grave y persistente que vibra en mis oídos, meciendo y adormilado mis sentidos.
Miro el reloj que brilla en la pantalla situada justo frente a mi asiento y compruebo que todavía faltan tres horas más para el aterrizaje.
«Solo tres horas», me repito mentalmente, aunque los músculos de mi cuerpo están tan rígidos que parece que llevo sentada en este mismo lugar desde el siglo pasado.
Cambio de postura por enésima vez y busco una posición que no provoque que mi espalda proteste. Tengo la sensación de estar sentada en una losa de piedra, y a este paso se me dormirá el culo.
—Esto debería ser ilegal —protesto para mis adentros con un tono de queja que apenas logra salir de mis labios resecos por el aire acondicionado.
La mujer que ocupa el asiento contiguo levanta la vista de la revista que sostiene entre las manos y me regala una sonrisa amable y comprensiva.
—¿El qué exactamente? —pregunta con curiosidad, inclinándose un poco hacia mí como si de verdad le interesara mi respuesta.
La observo con resignación y respondo sin prisa, dejando que las palabras fluyan con más calma de la que siento en realidad.
—Estar tantas horas sentada sin poder estirar las piernas como es debido, sin poder movernos a gusto, como si el avión entero se hubiera convertido en una jaula con alas.
Ella deja escapar una risa que llena el pequeño espacio entre nosotras y asiente con la cabeza, como si compartiéramos el mismo secreto.
—Todavía nos quedan unas cuantas horas por delante, no te preocupes tanto. Piensa que al final, todo esto valdrá la pena. Yo ya he hecho este trayecto otras veces y siempre acaba compensando.
—No me lo recuerde, por favor, que me entra más ansiedad todavía —replico soldando un leve suspiro, aunque noto que su tono amable me relaja un poco los hombros.
—Piensa que el destino final merece cada minuto de este suplicio. Maldivas no es cualquier sitio, es de esos lugares que te cambian la vida —añade ella con optimismo.
«Maldivas. Ese paraíso de arena blanca en el que conocí a la mujer de mi vida, en el que el amor fluyó hasta hacer de nuestra historia algo dolorosamente inolvidable.»
Asiento con una sonrisa educada y cortés, aunque por dentro siento un nudo en el estómago.
—Eso espero, que merezca cada segundo de este vuelo —contesto, y ella parece satisfecha con mi respuesta.
Me reclino ligeramente hacia atrás en el asiento y dejo que el respaldo acoja mi peso mientras relajo los músculos que se han ido tensando con el paso del tiempo.
Hace poco más de dos horas que aterrizamos en Dubái para realizar la escala correspondiente.
Había olvidado que el aeropuerto es como una pequeña ciudad, repleta de luces brillantes que deslumbran a cualquiera, tiendas lujosas con escaparates que invitan a soñar y personas que caminaban con prisa en todas las direcciones posibles.
Recuerdo con claridad cómo recorrí aquellos pasillos amplios con la intención firme de que mis piernas recuperaran la circulación sanguínea que se había estancado durante el vuelo previo, moviéndome de un lado a otro para sentir que volvía a ser dueña de mi cuerpo.
También me viene a la memoria el momento exacto en que contemplé el enorme panel de salidas y fui consciente, por primera vez desde que abandoné Londres, que este viaje era una locura. Que estaba regresando a Maldivas.
Cierro los ojos durante unos segundos y permito que el ruido constante del avión me envuelva.
Los pasajeros que me rodean conversan en voz baja, murmullos discretos que apenas se distinguen a causa del rumor de los motores.
Algunos duermen. Otros se concentran en las películas que reproducen las pantallas individuales frente a ellos.
Un niño situado unas filas más atrás se queja en voz alta porque no quiere ponerse el cinturón de seguridad, y su protesta infantil me arranca una sonrisa breve.
El aire dentro de la cabina mezcla el aroma de la comida que sirvieron hace poco más de una hora y ese perfume genérico y artificial que caracteriza a todos los aviones del mundo, un olor que ya forma parte de mi memoria de viajera solitaria.
Me paso una mano por la nuca con lentitud, masajeando la tensión acumulada que se ha instalado allí.
Viajar nunca ha sido mi actividad favorita, eso lo sabe todo el mundo que me conozca.
No me da miedo volar, pero la sensación de estar encerrada durante tantas horas dentro de un tubo metálico a miles de metros de altura no encaja precisamente con mi concepto de comodidad y relax.
Especialmente cuando lo hago en solitario, como en esta ocasión, sin nadie al lado que rompa el silencio con una conversación ligera o una mano que apriete la mía para recordarme que no estoy sola.
Caminar un poco por el pasillo me ha proporcionado alivio durante algunos minutos, pero ahora el cansancio regresa y se instala en mis músculos.
Lo único que anhelo en este preciso instante es llegar al hotel lo antes posible.
Darme un baño largo y relajante, y caer muerta en una cama amplia y mullida en la que pueda dormir sin restricciones.
Sobre todo, una cama en la que cerrar los ojos y dejar que el mundo se detenga aunque solo sea por unas horas.
Respiro con lentitud mientras dirijo la mirada hacia la pequeña ventanilla a mi lado, y el cielo nocturno se extiende ante mis ojos como un vasto océano oscuro salpicado de estrellas que parpadean en la distancia.
Abajo, muy lejos, apenas se distinguen algunas luces diminutas de tierra que se pierden en la inmensidad.
Hace años me encontraba sentada exactamente en la misma posición que ahora.
Había tomado la decisión de viajar sola, impulsada por una necesidad imperiosa de escapar.
De huir de esa rutina vacía y hueca que se presentó ante mí después de dejar la universidad y no ser capaz de encontrar trabajo.
En mi mente revivía el pensamiento de que necesitaba una aventura real, algo que me sacara de la monotonía y me devolviera las ganas, ese positivismo que había perdido entre tanta negativa laboral.
Y vaya si la encontré, una aventura que superó todas mis expectativas y me dejó el corazón abierto de par en par.
Esbozo una sonrisa tenue al rememorarlo, porque fue precisamente allí, donde apareció ella.
Lidia. La primera vez que la vi, se encontraba discutiendo con el camarero del restaurante del resort.
Ella gesticulaba con las manos de forma expresiva, mostrando su frustración, pero él no lograba entenderla y su expresión me resultó irresistible.
Yo estaba en una mesa no muy lejos, observando la escena, como si algo en mi interior ya supiera que aquel momento iba a cambiarlo todo.
—¿Quieres que te ayude? —le pregunté.
Recuerdo con nitidez cómo se giró hacia mí. Sus ojos verdes tenían un brillo curioso y su mirada se clavó en la mía con tanta intensidad que sentí un escalofrío recorriendo mi espalda.
Sí, me enamoré.
—Por favor, te lo agradecería mucho —respondió ella regalándome una sonrisa de esas que te hacen sentir que el mundo se detiene un segundo—. Antes de que acabe pidiendo algo que no deseo y termine bebiéndome el agua de ese florero.
Le dije un par de frases al camarero, y de repente nos encontramos sentadas juntas en la misma mesa en la que yo estaba antes de su llegada, conversando sobre todo y sobre nada a la vez, riendo con complicidad.
Como si nos conociéramos de toda la vida, como si el destino nos hubiera preparado aquel encuentro para que nuestras vidas se cruzaran y ya no volvieran a separarse nunca más.
Aquella conexión instantánea me hizo sentir un calor en el pecho que no había experimentado antes, como si una corriente eléctrica recorriera mi piel cada vez que nuestras miradas se cruzaban o que nuestras manos se rozaban.
Hablamos durante horas aquella tarde, compartiendo anécdotas, y cada palabra suya me hacía desear que el sol no se pusiera nunca para poder seguir escuchándola.
Fue un flechazo, uno de esos que se te quedan enquistados dentro.
Muevo la cabeza ligeramente y aparto aquel recuerdo que insiste en regresar.
No sirve de nada revivirlo ahora, aunque mi corazón se empeñe en recordarme que Lidia sigue muy presente.
Por mucho que yo me haya empeñado en seguir adelante, en sumergirme en mi trabajo y aferrarme a la presencia continua de Ingrid para no caer.
Desde que recibí la invitación, no he dejado de pensar en Lidia.
No tengo ni idea de si Pablo le habrá contado que estoy invitada, si le habrá dicho que me he animado a viajar unas semanas antes para echarle una mano con los preparativos.
Esa duda me ha acompañado desde un primer momento.
Me pregunto cómo habrá reaccionado al saberlo.
Si se habrá sorprendido, si habrá sentido rabia o si simplemente le restó importancia.
Suspiro y cruzo los brazos sobre el pecho, intentando contener el torbellino de emociones que se agita dentro de mí.
Lo que sí sé es que tarde o temprano nos veremos. Ukulhas no es precisamente Nueva York, y la boda de su padre hace que el encuentro sea prácticamente inevitable.
La sola idea me revuelve, porque la última vez que nos vimos no fue precisamente un momento digno de recordar. Nos dijimos tantas cosas aquella tarde antes de firmar el divorcio que apenas he podido borrar de mi mente sus lágrimas mezclándose con las gotas de lluvia que caía sobre nosotras.
—Bárbara, contigo siempre ha sido igual… —exclamó Lidia en aquel entonces con esa mezcla de rabia y tristeza que aún hoy me pesa en el alma—. Tu trabajo, tú, tú y tú… todo parece ocupar un lugar más importante que lo que construimos juntas y que lo que yo significo para ti.
—Eso no es verdad —le contesté yo. Aunque en el fondo, sabía que mis palabras sonaban más a defensa que a convicción, y que cada sílaba traicionaba lo que realmente sentía.
—Entonces demuéstramelo, porque estoy cansada de esperar que cambies —me retó ella con los ojos llenos de lágrimas y la voz quebrada por el dolor.
—Ese es tu problema. Que quieres que cambie, y yo siempre he sido así. Esta fue la mujer con la que te casaste.
Recuerdo el silencio que se instaló entre nosotras a continuación.
Un silencio denso y opresivo. Un silencio que surge cuando ambas partes comprenden que algo se ha roto para siempre.
Aquella fue la última vez que la vi llorar por mi culpa.
Después de aquello firmamos el divorcio.
Yo ya había aceptado la oferta del trabajo en el West Ham, así que me marché de Valencia y nuestros caminos se separaron para siempre.
Abro los ojos y recorro la cabina del avión, donde todo parece completamente normal.
Un auxiliar de vuelo pasa empujando un carrito con bebidas y ofrece su sonrisa a cada fila.
Apoyo la cabeza contra el respaldo y dejo escapar un suspiro largo y profundo que parece llevarse un poco de la tensión que llevo conmigo.
—Tranquila, Bárbara, respira…
«Estás aquí por Pablo. Por su boda. Por un hombre que siempre me trató como si fueras parte de su familia, como una hija más.
Ese es el motivo principal», me repito con firmeza.
«Solo Pablo y la felicidad que se merece».
Me aferro a esa idea como si fuera un bote salvavidas en medio del mar, porque lo cierto es que el simple hecho de pensar en verla de nuevo hace que el estómago se me encoja y que el corazón me lata con un ritmo irregular.
«¿Qué pasará cuando nos reencontremos? ¿Nos saludaremos de alguna manera?
¿Tendremos una conversación incómoda llena de pausas y temas neutros?
¿O simplemente nos rodeará un silencio tenso mientras fingimos que todo está perfectamente bien y que el pasado no nos duele todavía?
». Niego con la cabeza y aparto esas imágenes antes de que crezcan más.
Respiro hondo y cierro los ojos un momento, dejando que el cansancio del vuelo me abrace.
Cuando vuelvo a abrirlos, miro por la ventanilla una vez más y noto que el cielo empieza a mostrar una franja tenue de luz en el horizonte, «un nuevo amanecer».
—Tres horas. Solo tres...
Y esbozo una sonrisa cansada porque, mientras el avión avanza hacia la isla de Malé, me prometo que, cuando llegue a Ukulhas, dejaré los recuerdos donde deben estar, en el pasado, y me centraré únicamente en lo que realmente importa: en la felicidad de Pablo y la celebración de su boda.
Todo lo demás… ya se verá, porque el corazón, a veces, tiene sus propios planes y no siempre respeta las promesas que uno se hace a sí mismo a diez mil metros de altura.