CAPÍTULO 4
EL PESO DE LAS MALETAS
Lidia
Cuando llegan los domingos, en casa se instala una paz que normalmente no se vive a lo largo de la semana.
El silencio viene acompañado de una calma que disuelve todo lo demás, haciendo a un lado los sonidos de la ciudad, obligándote a bajar el ritmo.
Todo entra en pausa, como si el tiempo decidiera avanzar más lento y te obligara a respirar sin prisa y poner un poquito más de atención en ti.
Llevo sentada en el suelo del salón varias horas, rodeada de ropa por todas partes. Tengo la maleta abierta frente a mí, pero aún soy incapaz de saber qué debo llevarme y qué no. No es que sea la primera vez que viajo a Maldivas, pero tampoco sé el tiempo que me voy a quedar allí.
—Esto es absurdo… —susurro para mí misma, mientras mis dedos juguetean con el borde de una camiseta que he plegado ya más de cinco veces.
Jota levanta la cabeza desde su cama, colocada con toda la intención junto al sofá, y me mira con atención, como si esperase de verdad que siga hablando y le cuente todos mis secretos.
Esta semana ha sido una locura, desde que recibí la llamada de mi padre el lunes, me tocó idear un plan que me permitiera marcharme lo antes posible.
Mi padre me comentó que en el resort todos les están echando una mano, pero Miriam me quiere allí para ayudarla con los preparativos, y no le saco razón, una boda es una boda por muy pequeña e íntima que sea.
«Y más a kilómetros de distancia de tu habitad natural.»
—Venga, no puede ser tan complicado preparar una maleta —continuó, levantando el uno de los tantos vestidos que tengo amontonados a mi lado izquierdo—. Es solo ropa, nada más. Elige lo que es más práctico. Tampoco vas a reunirte con el rey.
Jota inclina la cabeza hacia un lado y yo suelto un suspiro profundo y fuerte, dejando el vestido a un lado, sobre una pila que ya empieza a desmoronarse.
«Cómo mi cabeza». No he podido dejar de pensar en Maldivas, en los recuerdos de aquel viaje.
En el calor húmedo que provocaba que la arena se me quedase pegada a la piel.
En el brillo cegador del sol al chocar con el agua.
En el sonido constante y rítmico del mar al chocar contra la arena. Y, sobre todo, en ella.
Cierro los ojos durante un segundo e intento apartar los recuerdos de Bárbara; su pelo oscuro y ondulado bajo los rayos de sol, su risa y el brillo de su mirada, cómo se le sonrosaba la piel en las mejillas.
—No —me digo con firmeza—. No puedo volver a esto.
Después de nuestro divorcio, me prometí a mí misma que haría exactamente lo que hizo ella: seguir adelante con mi vida y no mirar atrás. Pero una cosa es lo que yo me diga y otra muy diferente lo que quiera hacer mi mente. O mucho peor, mi corazón. Porque este tiene vida propia.
La primera vez que vi a Bárbara fue en aquel resort de Maldivas.
Yo acababa de llegar al resort, estaba muerta de sed e intentaba pedir una botella de agua en inglés, pero el camarero no me comprendía y cuanto más le hacía señas, más se me hartaba la paciencia.
Ella apareció como agua de mayo, con unas gafas enormes y una sonrisa que parecía iluminarlo todo.
—¿Quieres que te ayude? —me preguntó entonces, con un tono gracioso y burlón que me arrancó una sonrisa casi al instante.
Aquella simple pregunta dio comienzo a una conversación y al principio de una historia que me cambió la vida y al mismo tiempo, me la destrozó. Porque ahora, todos esos recuerdos bonitos que vivimos juntas, se mezclan con otros que duelen y que siguen anclados a mi corazón.
Las discusiones entre nosotras acabaron siendo el pan de cada día en nuestra relación.
Cada vez que hablábamos, acabábamos riñendo.
Los silencios que se instalaban entre nosotras provocaban que la convivencia fuese pesada e incómoda.
Tenía la sensación constante de que estaba compitiendo contra algo invisible que nunca podría vencer y que por más que me esforzarse, nada cambiaría.
Acabé sintiéndome incomprendida, y mucho peor, insuficiente. Porque para Bárbara, nada de lo que yo hacía parecía hacerla feliz.
—No puedes pedirme que deje todo porque a ti se te antoje cenar conmigo —me dijo una vez que la llamé antes de que acabase su jornada de trabajo—. El equipo me necesita, y tengo que quedarme para solucionar unas cosas con una jugadora.
—Llevamos más de una semana sin tener un momento a solas —le respondí yo—. No te pido que lo dejes todo, solo que… estés aquí. Que me elijas a mí, aunque sea por unas horas.
Pero nunca fue tan fácil. El amor se nos fue llenando de pequeñas grietas que al principio parecían insignificantes y, cuando quisimos darnos cuenta, ya no había forma ni modo de repararlas.
Cada silencio, cada ausencia suya se convertía en una herida más; cada promesa incumplida en un peso más sobre el corazón.
A pesar de ello, yo la amaba con intensidad. No quería ni imaginar una vida sin ella, y cuando todo se redujo a la nada, me di cuenta de que no solo la había perdido a ella, también me había perdido a mí misma.
Respiro hondo y aparto la mirada de la maleta.
No tiene ningún sentido revivir todo aquello ahora.
Este viaje no gira alrededor de Bárbara ni de lo que fuimos.
Se trata de mi padre, de su felicidad, de una nueva historia de amor de la que he sido espectadora y de un día en el que quiero estar presente.
Miro a Jota que sigue observando y le dedico una sonrisa.
—Este viaje va a ser maravilloso —le aseguro, como si el perro necesitara una explicación oficial—, y pienso disfrutarlo al máximo.
Jota mueve apenas la cola, como si estuviera totalmente de acuerdo con mis palabras y quisiera darme su aprobación canina.
—Playa, sol, buena comida… y ni una sola crisis emocional, te lo prometo. —Lo señalo el dedo para que le quede claro que hablo en serio.
Jota bosteza con todo el descaro del mundo.
—Gracias por tu entusiasmo —comento con ironía, aunque no puedo evitar sonreír.
Me muevo un poco para coger otra pila de ropa cuando el timbre de la puerta resuena en el salón.
Me quedo quieta un instante, sorprendida.
No espero a nadie. Jota, en cambio, reacciona al instante y sale disparado hacia la entrada moviendo la cola como si acabara de recibir la mejor noticia del día.
—Tranquilo, campeón —le digo mientras camino hacia la puerta—. No sabemos todavía quién es.
Abro y, al instante, una sonrisa se dibuja en mis labios.
—Alex.
Una de mis mejores amigas está apoyada en el marco de la puerta con esa expresión juguetona que siempre la acompaña. Llevaba el pelo peinado hacia atrás, recogido con unas gafas enormes que hacen de diadema.
—Sabía que te encontraría metida en problemas —afirma mientras entra sin esperar que yo la invite.
—¿Problemas?
—Hacer las maletas —responde señalando el desastre del salón—. Eso siempre termina siendo un problema. Sobre todo, cuando te das cuenta de que no te entran los zapatos y tienes que volver a sacarlo todo.
Cierro la puerta mientras Jota se mueve a su alrededor reclamando un poco de atención por su parte.
—Hola, traidor —comenta ella agachándose para acariciarlo con cariño—. ¿Cómo estás, compañero de piso? ¿Tu dueña te está dando esas chucherías que te compré la última vez?
El perro se deja mimar encantado, cerrando los ojos de puro placer.
—Has venido exclusivamente a saludar a mi perro, ¿verdad? —pregunto cruzándome de brazos y fingiendo indignación.
Alex se incorpora con una sonrisa traviesa que le iluminaba toda la cara.
—En parte, sí. Pero también porque Marta me ha llamado esta mañana y me puso al día.
«Ah». La miro con resignación, aunque en el fondo se agradece que alguien se preocupe tanto por mi estado emocional.
—Estaba claro que lo haría. No sabe quedarse callada.
—Me ha contado lo de la boda de tu padre —añade, observándome con atención—. Eso es bastante importante, Lidia. No es cualquier cosa.
—Lo sé —reconozco, apoyando una mano en el respaldo del sofá —. Ha sido todo muy rápido. Me llamó hace unos días y… bueno, aquí estoy, preparando la maleta para viajar a las Maldivas.
—¿No estuviste allí hace unos años?
—Sí, bueno, hace ya mucho de eso —me limito a responder, sin darle demasiado detalle—. Pero bueno, estaré allí hasta la segunda semana de junio y ojalá que todo salga bien.
—Madre mía, qué envidia me das. Sol, playa, cócteles… Me vendrían de maravilla unas vacaciones así.
—Lo sé a mí también me vienen bien…
—Aunque pensándolo mejor —continua ella con una media sonrisa—, alguien tiene que quedarse aquí para asegurarse de que Jota sigue vivo mientras que tú te lo pasas en grande en esa isla paradisíaca. No vaya a ser que te quieras quedar a vivir y te olvides de lo que tienes aquí.
—Tranquila —respondo con una sonrisa en los labios—. Mi vida sigue estando aquí, en Valencia. No pienso mudarme. Aquí está todo lo que quiero.
—¿Seguro?
La pregunta queda flotando entre nosotras.
Sé exactamente a lo que se refiere. Alex no es solo una buena amiga para mí.
Desde que Bárbara y yo lo dejamos, ella no se ha separado ni un segundo y ha hecho que mis días sean más llevaderos y menos pesados.
La quiero, aunque también me consta que ella me quiere de otra forma.
Respiro despacio y después suelto todo el aire en un suspiro suave.
—Este viaje es especial… —afirmo al fin, con más seguridad de la que siento realmente—. Después de la muerte de mi madre, que mi padre haya encontrado de nuevo la felicidad es algo único. Así que quiero verlo veliz, acompañarlo y darme un tiempo para cerrar ciclos y abrir otros.
Ella sonríe como si acabara de escuchar exactamente lo que esperaba oír.
—Bien. Porque si vas a cruzar medio planeta, más te vale volver con algo más que arena en los zapatos y pines para colocar en la nevera. Te mereces volver con una sonrisa y ganas de seguir adelante.
Las cosas nunca son tan fáciles. Al igual que tampoco lo es abrirle la puerta al amor de nuevo. Sé que pisar Maldivas hará que se remuevan muchas cosas dentro de mí, pero tal vez, entre lágrimas y amor, pueda mirarme a mí misma a los ojos y perdonarme por no haber sido capaz de ser feliz de verdad.
—Si me invitas a cenar, te ayudo con todo este desastre —menciona Alex con una sonrisa, levantando a Jota en brazos—. ¿Tú qué dices? ¿La ayudamos o dejamos que se la coma la indecisión?
Jota ladra y con él, nosotras estallamos a reír.