CAPÍTULO 3
LA DECISIÓN
Bárbara
Londres es una ciudad que despierta mucho antes de que la luz bañe las calles.
No importa la lluvia, tampoco el frío, parece un corazón que nunca deja de latir.
Cuando corro por los senderos de Hyde Park, percibo cómo mi interior se llena de esa energía, cómo mis sentidos se ponen a tono en cuestión de segundos y cómo mi corazón late al ritmo que lo hace todo a mi alrededor.
Yo no era de hacer ejercicio por las mañanas, era de las que se quedaba en la cama disfrutando del calor de las sábanas.
O de esos instantes dulces, cargados de pasión y amor que se dan solo cuando estás bien acompañada.
Sin embargo, fue Ingrid la que me mostró la importancia de las rutinas, de la constancia y del control cuando uno se siente perdido.
Ingrid corre a mi lado marcando un ritmo constante.
Yo, en cambio, siento el calor acumulándose poco a poco bajo mi sudadera, el latido acelerado de mi corazón golpeándome en las sienes y esa ligera quemazón en los músculos de las piernas.
Ella me lanza una mirada de reojo y una sonrisa traviesa que le ilumina el rostro:
—Estás perdiendo la forma, cariño.
Resoplo con fuerza, pero no puedo evitar devolvérsela lanzándome a correr deprisa, obligándola a seguir mi ritmo. Aunque no duro demasiado:
—Es que tú estás acostumbrada a correr como si estuvieras entrenando para las Olimpiadas —añado yo entre jadeos, frenándome en seco.
—Es que lo hago —responde ella con total naturalidad, colocándose justo a mi lado, manteniendo el trote—. Aunque nadie me haya invitado todavía.
La miro con resignación y sacudo la cabeza con diversión antes de seguir avanzando entre los árboles.
—Eres imposible, de verdad.
—Pero aquí sigues, corriendo conmigo cada mañana —añade ella, y su voz suena ligera, casi juguetona—. Y no me digas que hay algo mejor que esto.
—Por supuesto que lo hay y no me lo hagas decir en voz alta —replico, y noto cómo una carcajada breve escapa de sus labios, un sonido que se mezcla perfectamente con el ruido de las hojas que se levantan del suelo con cada una de nuestras zancadas.
Reducimos el ritmo de manera gradual hasta que acabamos caminando por uno de los caminos principales del parque.
A esa hora Hyde Park está lleno de corredores, ciclistas, paseadores de perros y personas que simplemente disfrutan del sol que se abre paso entre las nubes grises antes de ir al trabajo.
Nos detenemos frente a un pequeño puesto de café donde el vapor aromático se levanta en espirales y me hace salivar.
—Dos cafés solos, por favor, bien calientes —pide Ingrid con ese acento sueco tan notorio en su voz.
Nos sentamos en un banco cercano. La madera todavía conserva el frío y la escarcha de la noche, pero el sol que atraviesa las ramas de los árboles calienta la piel de nuestros brazos y piernas de una forma agradable y reconfortante.
Doy el primer sorbo al café y cierro los ojos durante un segundo, dejando que el sabor amargo y fuerte me invada.
—No sé cómo pueden tomar más té que café en esta ciudad —murmuro antes de darle un nuevo sorbo al café—. Esto es lo único que me mantiene en pie.
Ingrid se gira hacia mí en el banco y comenta con una sonrisa ladeada en los labios:
—Pensaba que era el orgullo.
—Eso siempre —reconozco, y dejo escapar una risa baja—. Pero el café ayuda bastante.
El silencio que se instala entre nosotras es cómodo y relajado, de esos que solo existen cuando estás con alguien con quien no hace falta llenar cada segundo con palabras innecesarias.
Miro a mi alrededor y pongo atención en un grupo de patos que se desliza lentamente por el agua del lago, en dos niños que persiguen una pelota roja por la hierba mientras su madre intenta, sin mucho éxito, que no se alejen demasiado del camino.
Todo parece tranquilo y ordenado, pero en el fondo de mi corazón hay algo que lleva varios días girando sin parar.
—¿Ya has pensado qué harás?
La pregunta cae y no puedo evitar soltar una pequeña risa nasal.
—Vaya forma tan sutil de sacar el tema… —respondo soltando un suspiro, y doy otro sorbo al café para ganar tiempo.
—Han pasado ya unos días y no me has dicho nada.
—Dos días exactamente —aclaro y ella me observa con paciencia—. Pero ahora misma tengo cosas más importantes en las que centrarme. En el trabajo, por ejemplo.
—Pues deberías haberle dado una vuelta porque eso también es importante.
Suspiro profundamente y bajo la mirada hacia el vaso de cartón que sostengo entre las manos. La invitación sigue exactamente donde la dejé aquel día, sobre la mesa del salón de casa, sin que yo la haya movido ni un centímetro.
—La verdad es que no sé qué hacer.
Ingrid levanta ligeramente las cejas.
—Sí lo sabes —responde, apoyándose en el respaldo del banco para así, poner atención completa en mí—. Solo que no sabes si es la decisión correcta.
Yo sonrío con esa ironía que no logro ocultar.
—No es eso. Es…
Ella se olvida por completo de su café, y se dedica a rozar mi hombro con la punta de sus dedos.
—¿Qué es exactamente lo que te preocupa, Bárbara?
La pregunta es directa, pero su tono es tan suave y cercano que me invita a ser sincera.
Aunque hace mucho tiempo que me reservo mis sentimientos reales para mí misma.
Podría hablarle del trabajo, de los entrenamientos, de lo ajustada que está la agenda del equipo.
Podría inventar cualquier excusa práctica y lógica.
Pero ninguna de ellas sería la verdad porque la verdad tiene nombre y apellidos, y todavía pesa en mi corazón.
—No sé si es buena idea ir, la verdad…
—¿Por qué?
Me encojo ligeramente de hombros. Pienso en las Maldivas, ese lugar donde empezó mi historia con Lidia y que forma parte de los recuerdos de una historia que yo misma rompí con cada una de mis decisiones.
Ingrid inclina la cabeza y me observa con atención.
—Es la boda de Pablo, y por lo que me contaste la otra noche, es importante para ti. Durante años te trató como si realmente formaras parte de la familia. Nunca te hizo sentir mal, ni siquiera después de tu divorcio…
Asiento despacio, porque es cierto. Pablo siempre fue esa figura estable, cálida, alguien que me brindó el cariño verdadero de un padre.
—Lo sé —murmuro—. Y por eso es que me siento tan rara. Porque no puedo fallarle.
—Entonces no deberías pensarlo tanto —dice con naturalidad, aunque su mirada se ha vuelto más tierna—. Ve a esa boda y disfruta.
—Qué fácil lo ves todo.
—Es que lo es —responde segura—. Solo quedan tres jornadas de liga. Puedo llevar el equipo sola sin problema.
Frunzo el ceño, porque no me gusta la idea de dejarla con todo el peso.
—No me gusta dejarte con todo el trabajo justo ahora.
—Bárbara… —dice ella con paciencia infinita—. Te recuerdo que antes de que llegaras tú, llevaba el equipo yo sola. Creo que sobreviviré perfectamente unas semanitas sin tu compañía constante.
—Eso no significa que tenga el derecho de desaparecer cuando a mí me dé la gana —replico, y noto cómo me pongo tensa—. Yo también formo parte del equipo, ¿qué pensarán de mí?
—No vas a desaparecer —asegura ella con una sonrisa tranquila y llena de confianza—. Vas a asistir a una boda en un lugar precioso, con gente que te quiere y que se alegrará de verte.
«Una boda en la que estará Lidia, a la que no he visto desde hace dos años y no he olvidado por mucho que me obligue a aparentar lo contrario», pienso para mí.
El viento mueve la superficie del lago creando pequeñas ondulaciones que reflejan la luz del sol.
Si llevo la mirada al pasado recuerdo con sumo detalle cuando la vi llegar al restaurante del resort en el que me hospedaba aquella noche.
Sufrí un flechazo instantáneo, uno que aún llevo gravado en el alma.
Sacudo la cabeza para apartar esos recuerdos que ya no forman parte de mi presente y pongo mi atención en lo que sí lo es: Londres, Hyde Park, el café caliente y la mujer con la que comparto cada mañana.
Ingrid me mira, y añade con cariño:
—Además, te mereces unos días de descanso. Llevo semanas viéndote revisar estadísticas hasta la una de la mañana, y eso no es saludable.
Suelto una pequeña carcajada.
—¿Desde cuándo tú recomiendas descansar?
—Desde que llegaste aquí y te convertiste en una obsesa del trabajo y el control —responde ella—. Una cosa es que te guste, pero otra cosa lo que tú haces.
—Diferencias mínimas… —digo yo, quitándole hierro al asunto.
Ella niega con la cabeza, todavía sonriendo.
—El equipo no pondrá ninguna pega, te lo aseguro. Lo intuyo, y mi intuición nunca falla.
Me quedo en silencio porque no me gustan las decisiones impulsivas.
Siempre he sido de las que analizan todo antes de dar un paso adelante.
Pero también sé que, si empiezo a pensar demasiado en lo que significa volver a Maldivas, probablemente nunca me subiré a ese avión.
Y hay una parte de mí, que no quiere perderse la boda de Pablo, que no quiere cerrar del todo esa puerta al pasado.
—Haré una cosa —digo, y sueno más decidida—. Lo hablaré con el club esta misma tarde. Y según lo que me digan… haré. Sin darle más vueltas.
—Es una forma simple de decidir sin decidir del todo, pero al menos es un paso.
Me levanto del banco y estiro las piernas, notando cómo los músculos se me relajan después del esfuerzo.
A nuestro alrededor, el parque sigue lleno de vida.
Ingrid se levanta también y se coloca a mi lado, tan cerca que puedo percibir el aroma sutil de su champú mezclado con el sudor limpio de la carrera.
—Vamos —le digo con una sonrisa—. Si seguimos sentadas aquí acabarás convenciéndome de correr otro kilómetro más.
Ingrid se ríe suavemente y responde con ese tono juguetón que tanto me encanta:
—Cobarde.
—Realista —corrijo yo, y empezamos a caminar de nuevo.
Mientras avanzamos entre los árboles, con el sol cada vez más alto y la brisa acariciándonos la cara, no puedo evitar sentir que algo importante se ha puesto en marcha dentro de mí.
No sé si terminaré subiéndome a ese avión rumbo a Maldivas o no.
Lo único que sé de verdad es que sea cual sea la decisión que tome, Ingrid estará aquí, también mi trabajo y todo lo que he conseguido con el paso de los años.
Y esa certeza me llena el corazón de una paz que solo se siente cuando sabes que has encontrado la paz en mitad del caos.