CAPÍTULO 2 #2
Miriam sonríe con dulzura, como si intentara suavizar el ambiente y hacer más ligera la conversación que está por llegar.
—Queríamos contarte algo importante, cariño. Y que fueras la primera. Eres parte esencial de nuestra historia.
Mi padre toma aire antes de continuar, y sus ojos brillan con una emoción que no puede ocultar.
—Nos vamos a casar, Lidia —dice con la voz llena de emoción—. Y queremos vivir este momento tan especial contigo, que formes parte de todo desde el principio hasta el final.
Durante un segundo me quedo en silencio absoluto, procesando la noticia.
No porque sea mala, al contrario, es maravillosa y me llena el pecho de una alegría sincera.
Me lleva tanto tiempo reaccionar porque no me lo esperaba.
Aunque pronto me veo gobernada por una oleada de emoción que inunda mi corazón.
—¿¡De verdad!?
Papá asiente, más radiante y feliz como nunca lo he visto antes.
—De verdad. Lo hemos pensado mucho y creemos que es el momento perfecto.
Miro a Miriam directamente a los ojos a través de la pantalla, y ella parece tan tranquila y contenta que no puedo evitar sentir una alegría profunda en el pecho.
—Eso es… —empiezo a decir, buscando las palabras adecuadas porque quiero que sepan cuánto me importa—. Eso es maravilloso, de verdad, me hace muy feliz por vosotros y os lo digo de corazón.
Y lo es. Mi padre y Miriam llevan más de un año conociéndose, pero el amor entre ellos nunca fue lento o pausado. Fue como una de esas tormentas de verano que llegan para empaparlo todo, sin darte tiempo a resguardarte.
—Tu padre y yo estamos completamente seguros de dar este paso —explica ella con esa convicción que no deja lugar a dudas—. Nos queremos y creemos que este es el momento perfecto para dar el paso y unir nuestras vidas para siempre.
Miriam mira a mi padre con ternura y yo me derrito por dentro.
—La vida pasa muy rápido, hija —añade él—. Y no podemos permitir que el tiempo pase viviendo a medias, sin entregarnos por completo a lo que realmente nos hace felices.
Sé que no lo dice así como así. Que, tras esas palabras, hay un consejo que debería tomar y seguir al pie de la letra.
Desde que Bárbara, mi exmujer y el amor de mi vida y yo nos divorciamos, mi vida sentimental se ha transformado en una sucesión interminable de intentos fallidos, citas que no llevan a ningún sitio real, conversaciones que no despiertan ninguna chispa en mí.
Relaciones que nunca llegan a serlo de verdad, que se quedan en la superficie sin profundizar.
Me obligo a volver al presente, apartando esos recuerdos por un momento para no estropear la alegría que ha empañado la conversación desde el principio.
—¿Y cuándo será la boda?
Mi padre se inclina un poco más hacia la cámara, emocionado como un niño con un juguete nuevo.
—El último fin de semana de mayo aquí mismo. En el resort de Ukulhas, rodeados de este mar y esta arena que parece sacada de un sueño… —responde ilusionado—. Se lo hemos comentado al personal y no tienen problema. Es más, nos ayudarán en todo lo que necesitemos.
Maldivas fue el lugar donde conocí a Bárbara, y el lugar donde supe que había encontrado el amor de mi vida, el que duraría para siempre.
En mi mente, los recuerdos se desbordan con más detalle y me invaden con una dulzura agridulce.
Recuerdo cómo Bárbara y yo caminábamos por la playa al atardecer, con las manos entrelazadas y el corazón lleno de esas emociones que tomaban forma de besos salados.
Sus ojos brillaban con la misma intensidad que el mar al anochecer, y sus caricias sabían a futuro y a hogar.
Nos reíamos por cualquier tontería, nos abrazábamos bajo las palmeras y soñábamos con una vida juntas que parecía eterna.
Aquel viaje estuvo bañado de fuego, de un fuego que me quemó la piel y dejó marca en mis husos.
Pero todo se desvaneció con el tiempo, como las olas que borran las huellas en la arena.
El divorcio llegó arrasando toda esa magia que creábamos juntas, y desde entonces he construido muros alrededor de mi corazón para no sufrir de nuevo, aunque en el fondo anhele volver a sentir esa conexión profunda que solo ella me dio.
—¿Vendrás, verdad? —pregunta Miriam con esperanza en la voz, como si supiera que necesito un empujón.
La miro a través de la pantalla, sintiendo el peso de la decisión, pero también la fuerza de su ilusión. Mi padre parece tan feliz… tan ilusionado, que cualquier otra respuesta sería imposible y cruel.
—Claro que iré —digo con una sonrisa que me sale del alma—. No me lo perdería por nada del mundo. Vuestra felicidad es también la mía. Solo tendré que pedir algo de ayuda y dejar las cosas bien organizadas.
Papá sonríe como si acabara de ganar el Gordo de la lotería.
—Sabía que dirías que sí.
—Nunca me perdería tu boda, papá.
Suelto una pequeña risa a pesar de que, en mi interior, el pasado se remueve como las hojas secas ante la brisa. Porque no puedo evitar pensar en Bárbara, y en cómo, la magia de Maldivas, nos llevó a dar rienda a una historia de amor que no fue «para siempre».