CAPÍTULO 2
LA LLAMADA DESDE EL PARAÍSO
Lidia
El timbre que anuncia el final de las clases en el colegio, siempre me ha resultado liberador.
Los niños se lanzan por el pasillo en un tropel cargado de energía desbordante.
Ríen con esa alegría pura que solo ellos poseen y arrastran sus mochilas, mientras yo permanezco sentada en la silla durante unos minutos, ordenando las carpetas que tengo sobre la mesa, metiéndolas poco a poco en mi maletín.
Hay días en los que este ruido estridente me recuerda lo agotada que me siento.
Hoy, sin embargo, me resulta reconfortante, un bálsamo suave que me envuelve el alma.
Quizá se deba a que la jornada ha pasado tranquila y sin incidentes.
O tal vez porque el sol que se filtra por las ventanas del aula ya tiene ese tono cálido propio de la primavera valenciana.
La época del año que tanto le gustaba a mi madre.
Ella decía que Valencia, estos meses previos al verano, era mágica. Y lo fue para mí en su momento. Aunque la ciudad en siga siendo la misma.
—¿Te apetece quedar a tomar un café esta tarde? —me pregunta Marta, una de mis mejores amigas y compañera desde la puerta, mientras se ajusta el bolso al hombro.
Levanto la mirada y niego con una pequeña mueca de disculpa.
—Hoy es imposible —le respondo con franqueza—. Tengo que adelantar algunas cosas antes de fin de curso, porque si no, en junio voy a acabar pasando más tiempo aquí que en mi propia casa y eso no me lo puedo permitir.
Ella suelta una risa corta y ligera, llena de comprensión. Llevamos tres años trabajando juntas en el mismo colegio, con los mismos niños y las mismas rutinas.
—Eres demasiado responsable, Lidia. Y a veces me pregunto cómo lo aguantas sin que te consuma.
—Alguien tiene que serlo en este mundo de locos —replico con una sonrisa que nace del cariño que siento por cada uno de los niños que consiguen que mi trabajo sea maravilloso.
—Sí, bueno… —dice encogiéndose de hombros—. Cuando te canses de ser la adulta responsable del grupo, avísanos y nos unimos a la fiesta sin pensarlo dos veces.
La veo desaparecer por el pasillo y entonces me dedico a recoger lo que queda de mis cosas en silencio, permitiéndome saborear este instante de paz que se instala poco a poco a mi alrededor.
El colegio se queda casi vacío en cuestión de minutos, como si el edificio entero respirara aliviado tras la salida de los pequeños.
Cuando salgo al patio, la brisa recoge el olor a la tierra húmeda de las macetas que hay acomodadas junto a la puerta principal y respiro hondo, dejando que el aroma de los geranios me llene los pulmones.
Valencia tiene la cualidad de recordarme constantemente por qué decidí quedarme aquí a pesar de todo lo malo que me ha pasado los últimos años. No creo encontrar otro lugar del mundo que me haga sentir tan como en casa.
Un par de horas después, camino por la acera de mi barrio con Jota, mi perro.
Él tira de la corra con suavidad, contagiándome un poco de su energía y su vitalidad.
Jota posee esa fuerza infinita propia de los cachorros; cree que cada paseo es una aventura irrepetible y emocionante, llena de olores nuevos y detalles que solo él aprecia.
—Jota, tranquilo, no te acerques tanto —le digo con firmeza cuando intenta aproximarse demasiado a una bicicleta apoyada en una farola cercana.
El perro me mira con esa expresión suya entre inocente y descarada, mueve la cola con entusiasmo y continúa caminando a mi lado como si nada hubiera pasado, aunque sé que en el fondo sigue soñando con su próxima travesura.
El mar no se encuentra muy lejos de aquí.
Aunque no lo diviso, percibo el aroma a salitre en el aire.
Siempre está presente, entremezclado con el aroma de los bares del barrio y el murmullo constante de la gente que llena las calles de vida a esta hora.
Cuando llegamos a casa, me quito los zapatos en la entrada y dejo la bolsa de la compra —con algunas cosas que compré de pasada— sobre la encimera de la cocina, donde los colores de las frutas contrastan con el blanco impoluto de los muebles.
Jota corre directamente hacia su cuenco de agua como si hubiera atravesado un desierto entero sin probar una gota, y yo no puedo evitar observarlo con cariño.
Lleva conmigo año y medio. Un regalo de papá por mi cumpleaños. Un regalo que llegó cuando más lo necesitaba y más perdida me sentía. Jota, en pocas palabras, me ha salvado la vida.
Después de una ducha rápida que me refresca el cuerpo y me aclara la mente, el salón se transforma en mi pequeño refugio personal, ese espacio donde puedo ser yo sin máscaras ni prisas.
Abro el portátil, saco varias carpetas con documentos del colegio y me siento en el sofá con las piernas recogidas bajo el cuerpo, lista para concentrarme en lo que realmente importa en este momento.
El reloj marca las cuatro de la tarde en punto cuando me levanto para coger una cerveza de la nevera y servirme un platito de aceitunas con el que calmar el estómago.
Estoy revisando una lista detallada de notas cuando el móvil vibra con insistencia sobre la mesa.
Frunzo ligeramente el ceño porque no espero ninguna llamada y lo cojo con curiosidad.
La pantalla se ilumina al instante; el nombre de mi padre brilla y no puedo evitar sonreír.
Pulso el botón para aceptar la videollamada y aunque la imagen tarda en estabilizarse, en cuestión de segundos todo lo que me rodea desaparece para verme atrapada por una playa paradisíaca que parece sacada de un sueño y que reconozco al instante.
Una playa de arena blanca tan clara que parece un manto de brillantes bajo la luz del sol, con un mar turquesa intenso que refleja el cielo como si fuera un espejo líquido lleno de vida.
El viento mueve con suavidad las hojas de unas palmeras que se inclinan sobre el agua cristalina, creando una escena de postal perfecta que me roba el aliento por un momento.
«Qué bonitas son las playas de Maldivas…», pienso y un segundo más tarde, reacciono.
—¡Pero bueno! —exclamo con cariño—. ¿Esto es una llamada normal o una provocación en toda regla?
La cámara se mueve con torpeza y entonces aparece el rostro de mi padre en primer plano. Su pelo blanco y canoso realza su piel bronceada y muestra una sonrisa tan amplia y radiante que me hace sentir, de inmediato, que algo bueno y especial está ocurriendo en su vida.
—¿Te gustan las vistas que tengo aquí? —pregunta con orgullo en la voz, como si el paisaje fuera un trofeo que se ha ganado con esfuerzo.
—No sé si me gusta o si me da ganas de odiarte un poquito por presumir tanto —respondo con humor, aunque mi corazón se llena de alegría al verlo así de vivo y feliz.
Miriam aparece tras él. Su pelo oscuro se agita con la brisa marina y en sus ojos se refleja esa calma profunda que siempre me ha transmitido desde el día en que la conocí.
—No le hagas caso a tu padre —dice ella con una risa suave y melodiosa—. Lleva toda la mañana presumiendo del paisaje como si lo hubiera creado él mismo con sus propias manos.
—Porque es impresionante —replica mi padre con un entusiasmo, provocando que yo sonría más más—. Mira esto un momento, hija, y dime que no es el paraíso.
La cámara gira de nuevo y durante unos segundos el mar ocupa toda la pantalla del móvil, con sus olas suaves y ese horizonte infinito que invita a soñar.
No puedo evitar quedarme mirándolo fijamente, absorta en su belleza.
El sonido de las olas llega débilmente a través del altavoz y, de pronto, una sensación cálida y reconfortante me recorre el pecho.
—Vale, lo admito —digo con sinceridad—. Es precioso, realmente lo es, y me alegra verte tan contento en ese rincón del mundo.
Papá vuelve a aparecer en la pantalla con una expresión de satisfacción plena que le ilumina los ojos.
—Quería recordarte lo bonito que es.
Apoyo el codo en el brazo del sofá y observo a los dos con atención, disfrutando del momento como si estuviera allí con ellos.
—¿Qué tal va todo por ahí? —pregunto con interés, porque quiero saber cada detalle de su felicidad.
—Todo va de maravilla, cielo —responde Miriam con una sonrisa tranquila y luminosa—. El clima es perfecto, la gente es encantadora y tu padre ya se ha hecho amigo del resort entero, como si llevara años viviendo aquí.
—No exageres —protesta él con fingida indignación.
—Pablo… —le dice ella con cariño.
—Bueno, quizá de algunos cuantos —concede al fin con una carcajada.
Me echo a reír con ganas, sintiendo cómo la conversación me relaja y me conecta con ellos a pesar de la distancia.
—No me sorprende en absoluto, papá, siempre has tenido ese don para hacer amigos dondequiera que vayas.
Durante unos minutos hablamos de esas cosas pequeñas y cotidianas que nos unen, del colegio y mis alumnos, de la temperatura en Valencia que ya empieza a apretar, de lo extraño que me resulta ver a mi padre en un lugar tan distinto a su rutina habitual.
Jota aparece en el salón y se tumba cerca de mí, como si quisiera formar parte también de la conversación familiar que se desarrolla en la pantalla.
—¡Dios mío! ¡Ha crecido muchísimo! —comenta Miriam cuando lo ve aparecer en la pantalla.
—Se cree el dueño absoluto de la casa.
—Porque lo es en realidad —añade mi padre con convicción total, como si Jota fuera otro hijo más—. Y tú no me lo vas a negar.
La charla fluye con naturalidad hasta que noto algo extraño en la forma en que se miran entre ellos.
Es un gesto breve, casi imperceptible para alguien que no los conozca bien, pero yo lo reconozco al instante porque lo he visto antes en otras parejas felices y lo echo de menos en mi propia vida.
Papá se aclara la garganta con un sonido nervioso que me alerta.
—Lidia…
Levanto una ceja con curiosidad.
—Cuando dices mi nombre así, es que ha pasado algo serio.