Prohibido repetir contigo CAPÍTULO 1
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CAPÍTULO 1

LA INVITACIÓN DE BODA

Bárbara

El ambiente de Londres cambia radicalmente después de la lluvia.Es como si la ciudad entera se limpiase, como si el peso del día se borrase con cada gota que empapa las calles.

Cuando salgo del coche y cierro la puerta, aspiro y dejo que la frescura de la tarde me despeje la cabeza y también los sentidos.

Hoy hemos tenido un entrenamiento denso.

Ha sido un buen día para el equipo y hemos recuperado a una de nuestras jugadoras estrellas.

Verla regresar al campo y disfrutar de su trabajo, me recuerda por qué elegí esta vida.

Por qué, a pesar de todo dije que sí y accedí a trabajar aquí.

—Te juro que, si vuelve a correr así el sábado, voy a empezar a pensar que hemos contratado a una atleta olímpica en vez de a una delantera —comenta Ingrid a mi lado mientras se cuelga su bolsa deportiva al hombro.

Su voz suena animada, y no es para menos.

Está entusiasmada. Nos quedan solo unas semanas para dar por finalizada la temporada y apenas puede contener esa sonrisa que se me contagia mientras caminamos hacia la puerta de casa.

Llevamos juntas unos meses y cada vez que la miro, siento que estoy en el lugar correcto, con la persona correcta y viviendo el momento más increíble en mi carrera profesional.

—Irina siempre ha sido una máquina en el campo —le contesto, aunque sé perfectamente que lo hago porque me encanta picarla un poco y ver cómo arruga el entrecejo—. Simplemente ha recuperado la forma que tenía antes de la lesión, nada más.

—¿La forma? —Ingrid se gira hacia mí con una sonrisa que le ilumina los ojos—. Hace tres semanas no podía terminar los sprints sin quedarse sin aire y jadear como si hubiera corrido una maratón entera.

—Tres semanas con nosotras —puntualizo yo, levantando una ceja con complicidad—. No olvides ese pequeño detalle. Eso lo cambia todo.

—Tienes razón, nosotras tenemos mucho que ver en esa recuperación suya, sí.

Ingrid y yo nos convertimos en compañeras de trabajo después de que yo aceptase un puesto como fisioterapeuta en el equipo médico del West Ham femenino y me marchase de España. Fue algo repentino y necesario, y ella fue mi primera conexión —y también mi apoyo— durante los primeros meses.

Camino hacia el buzón interior que está junto a la puerta y saco el pequeño montón de sobres que han ido llegando durante el día: facturas, publicidad, alguna carta del club… lo típico de cualquier tarde de lunes.

Entramos en casa y el contraste de temperatura con el exterior hace que mis músculos se relajen.

Dejo las llaves en el pequeño mueble de la entrada y estiro el cuello despacio, notando el cansancio acumulado en la base de la nuca.

Estas últimas semanas el ambiente está cargado de tensión y aunque amo este trabajo, lo cierto es que mi cuerpo ya pide un descanso.

Ingrid pasa a mi lado, se quita la chaqueta y la deja sobre el respaldo de una silla con naturalidad.

—A pesar de todo, no me puedes negar que hoy estaba imparable —insiste con el tema mientras se recoge su pelo rubio en una coleta alta—. Ese último sprint… te juro que he imaginado la cara del entrenador rival y todo.

—Se va a desmayar, ya lo verás —le digo y se me escapa una risa burlona.

—Tendremos que poner al equipo médico en alerta —comenta ella con ironía, guiñándome un ojo—. No vaya a ser que se desmaye y no haya manera de reanudar el juego.

Apoyo el correo sobre la mesa del salón y dejo la mochila que llevo colgada del hombro junto al sofá.

El sonido del cuero golpeando la superficie de madera me hace ser consciente de que, por fin, el día termina y que ahora solo quedamos nosotras dos en este refugio que hemos construido juntas desde que decidí que Ingrid era lo que necesitaba para darle sentido a una vida que poco a poco comenzaba a tomar forma.

—¿Sabes qué necesitamos hoy? —pregunta ella desde la cocina, abriendo el frigorífico—. Una pizza y una película de esas que te hacen reír sin parar.

—¿Una comedia romántica? —pregunto yo, curiosa.

—Sí, de esas en las que sabes lo que va a pasar desde el minuto tres y aun así no puedes dejar de mirarla —explica ella con voz juguetona.

—Pensaba que preferías las de acción, con persecuciones y explosiones por todas partes —comento mientras me quito la chaqueta despacio.

—Depende —responde Ingrid asomando la cabeza desde la cocina, con una sonrisa que le curva los labios—. Si la semana va bien, me apetece algo ligero que me haga desconectar sin pensar. Si va mal y hemos perdido el partido, necesito explosiones que me saquen de toda la rabia que llevo dentro.

Suelto una risa.

—Entonces buscaremos una comedia. Seguro que encontramos algo entre todo el catálogo.

Sonrío mientras empiezo a revisar distraídamente los sobres. Mis dedos se mueven casi por instinto entre facturas y publicidad, hasta que Ingrid aparece detrás de mí con una botella de agua en la mano y me rodea la cintura con el brazo libre.

—¿Algo interesante?

—Lo dudo mucho, la verdad —respondo yo encogiéndome de hombros.

Ella me regala un beso en el hombro, se apoya en el respaldo de la silla y me roba el montón de las manos para curiosear.

La observo de reojo mientras lo hace y no puedo evitar pensar en lo fácil que resulta todo con ella, en cómo su presencia equilibra mis días incluso cuando el trabajo se vuelve demasiado intenso y las decisiones demasiado complejas.

Supongo que por eso nos llevamos tan bien desde el principio.

De repente levanta uno de los sobres y lo mira con atención.

—Espera —dice frunciendo ligeramente el ceño—. ¿Una invitación de boda?

Levanto la mirada hacia ella, intrigada.

—¿Qué?

Ella me tiende el sobre con curiosidad y una ceja arqueada.

—Eso parece, sí. Mira el sobre, es demasiado elegante para ser otra cosa.

Lo sujeto entre los dedos. El papel es más grueso que el resto del correo, con un diseño sencillo pero cuidado, y mi nombre está escrito en un extremo. Lo abro con calma, sintiendo como la curiosidad que crece dentro de mí, y en cuanto leo las primeras líneas algo dentro de mí se detiene.

«¿Pablo?», leo para mí misma y una sonrisa surca mis labios.

—Vaya —murmuro casi para mí misma—. No imaginaba que se casaría de nuevo, la verdad.

Ingrid me observa con interés, apoyada todavía en la mesa.

—¿Quién es Pablo?

Levanto la vista hacia ella y respondo con naturalidad:

—El padre de Lidia, mi ex —explico sin darle mucho detalle. Ella y yo no hemos hablado mucho de Lidia, de lo que pasó, de lo que ocurrió. Preferí mantener esa parte de mí misma encerrada en un baúl. Han pasado ya dos años y, aun así, sigue estado todo demasiado reciente.

Ingrid se inclina un poco más hacia la mesa y asiente.

—Ah, entiendo.

Su reacción es tranquila, sin preguntas ni silencios raros, y esa es otra de las cosas que siempre he apreciado de ella: no siente la necesidad de escarbar donde no hace falta, respeta los rincones que cada una guarda para sí misma.

Aunque soy consciente de que todo lo que cargo conmigo, pondría en riesgo la relación que tenemos.

Vuelvo a mirar la invitación con más detenimiento.

La imagen del atardecer en una playa tropical ocupa casi toda la postal, el agua parece tan clara que por un momento puedo imaginar el sonido de las olas rompiendo contra la arena blanca, el calor del sol sobre la piel y el aroma salado bañándolo todo.

—Maldivas…

—Es un bonito lugar para una boda, desde luego —comenta Ingrid, leyendo por encima de mi hombro con una sonrisa suave—. El paraíso hecho postal.

—Sí, lo es —respondo yo, y no puedo evitar recordar que Lidia y yo nos conocimos justo allí. Fue un momento que marcó un antes y un después en mi vida, el comienzo de una historia que se zanjó de la peor manera posible.

«Y todo por tu culpa», me recuerda una vocecilla en mi mente.

Guardo la invitación con cuidado y la dejo sobre la mesa, sintiendo una pequeña punzada en el corazón.

—Ya sabes lo que te conté de mi familia. Pablo era como un padre para mí —digo finalmente, con voz pensativa—. Estuvo ahí siempre que lo necesité.

—¿Era? —pregunta Ingrid con curiosidad ligera.

—Lo sigue siendo, supongo —respondo yo con una sonrisa pequeña—. El tiempo no cambia eso. Desde que vine a Londres nos hemos llamado algunas veces y mandado mensajes. Pero no hemos tenido una relación muy próxima que digamos.

Ingrid da un pequeño sorbo a su botella de agua y me mira con atención.

—Por lo visto él te tiene muy presente, ¿no?

—Sí —afirmo yo con sinceridad—. La verdad es que me alegra muchísimo saber que ha encontrado otra mujer con la que ser feliz.

Me quedo mirando la invitación, y durante unos segundos, siento algo en el corazón, como cuando escuchas una canción en la radio y sabes que te afecta, porque te trae recuerdos que creías guardados.

Ingrid lo nota y su mano roza la mía un instante.

—¿Te apetece ir? —pregunta con suavidad—. Podemos echar un vistazo a las fechas, ver si cuadran con el calendario. No sé.

La miro un instante y la idea de pasar unas semanas en Maldivas toma forma en mi mente. Luego pienso en el trabajo, en los partidos que tenemos por delante, en la temporada que está a punto de terminar y en otras cosas, en nosotras, en este equilibrio que hemos construido.

—No lo sé —respondo, encogiéndome de hombros con honestidad—. Supongo que tendría que mirarlo con calma.

Ella asiente sin insistir, respetando mi ritmo, como siempre y se coloca frente a mí con una sonrisa traviesa que le ilumina toda la cara.

—Bueno —dice apoyando las manos en mis hombros—. ¿Nos damos una ducha rápida y preparamos algo de comer? Me muero de hambre, y el estómago ya me está protestando.

La miro y no puedo evitar reír con ganas.

—Aún no lo he escuchado… —añado con gracia, sujetándola de la cintura y haciendo a un lado el tema de la boda para centrarme solo en ella.

—Queda muy poco —corrige ella con tono juguetón—. Si no como pronto, empiezo a tomar malas decisiones y tú serás la primera en pagarlas.

—¿Cómo? A ver, ilústrame —pregunto yo, siguiéndole el juego.

—Como… elegir una película de esas dramáticas que te hacen cuestionar tu propia vida —responde ella entre risas.

—Eso sí que sería un desastre total —admito yo, fingiendo horror.

Ingrid se acerca un poco más y pasa los brazos alrededor de mi cuello con naturalidad, como si ese fuera exactamente su sitio. Su perfume, suave y limpio, me envuelve durante un segundo y me hace cerrar los ojos un instante, disfrutando de tenerla tan cerca.

—Entonces será mejor que me alimentes bien —susurra con una sonrisa que roza mis labios—. Porque soy capaz de cualquier cosa cuando tengo hambre.

—Yo sé de algo que te gusta mucho…

—¿Y a qué esperas? —replica ella antes de besarme.

El beso es breve, cálido, familiar, de esos que forman parte de la rutina diaria, pero que saben a hogar y a tranquilidad. Sus labios atrapan los míos y por un momento el mundo se reduce a nosotras dos, al roce de su piel y al latido compartido de nuestros corazones.

Cuando se separa, me observa con los ojos brillantes.

—Anda, vamos —dice tirando suavemente de mi mano hacia el pasillo—. Prometo ser buena y elegir una película que valga la pena.

La sigo con una pequeña sonrisa, dejando el correo sobre la mesa del salón. La invitación de boda queda allí, entre las facturas y durante un instante, antes de apagar la luz del salón, mi mirada vuelve a posarse en ella.

«Maldivas», repito mentalmente.

Luego de eso Ingrid tira de mi mano y la puerta del baño se cierra detrás de nosotras.

El mundo se queda afuera, con sus invitaciones y sus sorpresas repentinas, y nosotras nos sumergimos en esa burbuja creada por el vapor del agua caliente, las risas y la certeza de que pase lo que pase, nos tenemos la una a la otra.