Prohibido repetir contigo
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PRÓLOGO
Pablo
El día que pisé por primera vez la arena fina y blanca de las playas de Maldivas, supe que no habría otro lugar en el mundo en el que me pudiera sentir tan libre y conectado conmigo mismo.
Ahora, después de dos años, he descubierto que aquí, el mar, suena distinto al amanecer, como si las olas esperasen al sol para revelarse ante su luz.
No sé si se debe al viento que acaricia con suavidad las palmeras o al simple hecho de que aquí todo parece más limpio y abierto, como si el ritmo frenético del mundo se hubiese puesto en pausa y el alma respirase con calma.
Solo sé que aquí me siento completo, vivo, y en casa.
Llevo sentado en la terrada del bungaló del resort en el que Miriam y yo nos hospedamos horas.
Tengo la playa a unos metros de mí, y frente a mis ojos tengo una pila de tarjetas de boda, sobres y un bolígrafo que ya empieza a quedarse sin tinta.
El aire arrastra consigo el aroma intenso a sal marina mezclado con el perfume dulce de las flores tropicales que crecen cerca de la pasarela que conduce hasta la arena.
Si levanto la vista, el océano se extiende infinito ante mis ojos sin un final visible, recordándome que hay cosas, como el amor verdadero, que tampoco tiene límites claros.
Aún recuerdo cómo le brillaron los ojos el día que le pedí que se casara conmigo y compartiéramos nuestro futuro juntos.
De eso han pasado meses, pero recordarlo provoca que el corazón se me acelere en un instante, aunque enseguida que regreso mi atención al pequeño problema que tengo delante, este se relaja.
Deslizo los dedos por el borde de una de las tarjetas y leo el nombre que ya está escrito en el sobre: Bárbara Manrique.
Hace unos cuantos meses que no sé nada de ella; después de su divorcio con Lidia, mi hija, se rompió esa conexión directa que teníamos y todo se quedó en algunas llamadas rápidas o mensajes recurrentes.
En el fondo de mi corazón, ella siempre ha formado parte de mi familia.
Siempre la quise como una hija; compartimos instantes que nunca podré olvidar y se hizo un hueco en mi corazón.
Aunque debo admitir que, ver a mi hija tan destrozada me dolió tanto como para guardarle cierto rencor. Inevitable supongo.
La levanto con cuidado y la observo durante unos segundos de más, preguntándome si mi intención de invitarla y compartir ese día especial con ella, removerá todo lo que quedó de aquello o si, por el contrario, el pasado se habrá transformado en un recuerdo pasajero.
«Sabes bien que Lidia sigue enamorada de Bárbara, no seas idiota», me recuerda esa parte de mí que guarda todos esos pequeños detalles que uno capta y se reserva para sí mismo.
—Menudo dilema… —susurro.
—Sabía que tarde o temprano, ibas a terminar aburrido —comenta Miriam con esa intuición que nunca falla.
Ella posee esa habilidad especial para aparecer en el momento justo, para brindarme un poco de seguridad y calma cuando estoy revuelto por dentro.
Y la idea de juntar a Bárbara y Lidia de nuevo, me tiene algo tenso—. ¿Te está siendo muy difícil?
Me giro y la veo aproximarse a mí con una taza de café humeante entre las manos.
Lleva el pelo recogido de manera informal, y una camisa blanca que probablemente fue mía hace algunos meses y que ahora encaja perfectamente en su figura.
Camina descalza, con tranquilidad, con una sonrisa radiante que yo no tardo en borrar con un beso.
—¿Cuantas has terminado? —pregunta mientras aparta la mirada de mis ojos y examina la mesa.
—Demasiadas, la verdad —respondo encogiéndose de hombros con un gesto resignado y sincero—. Empiezo a creer que casarse debería ser más sencillo que organizar quién va a enterarse primero de la noticia.
Miriam suelta una risa breve y melodiosa, deja la taza de café en la mesa y me abraza por los hombros, regalándome un beso en la frente.
—Eso te pasa por querer invitar a todo el mundo que conoces y que forma parte de tu corazón —afirma con suavidad y comprensión—. Si dependiera únicamente de mí, nos casaríamos aquí mismo, solo tú y yo, con dos testigos discretos y una botella de vino para brindar por nosotros sin complicaciones.
La miro directamente a los ojos y siento esa conexión que nos une desde el primer día que nos conocimos.
—¿Y perderme la cara de mi hija cuando sepa que su padre se va a casar de nuevo? Ni hablar —replico con una sonrisa que nace desde lo más hondo de mi corazón.
—Tienes razón. Después de todo, ella también merece estar con nosotros y disfrutar de ese día tan feliz. Será un recuerdo que guardaremos para siempre.
Su comentario me arranca una sonrisa que ahogo dándole un sorbo a la taza de café. Miriam percibe que hay algo más, y no tarda en sujetar el sobre que lleva grabado el nombre de Bárbara.
—¿Quién es ella? Hace más de un año que nos conocemos, y nunca la has mencionado —pregunta con curiosidad.
—Es como mi otra hija —respondo. La respuesta me brota con naturalidad, pero dentro de mí se agitan recuerdos que han permanecido guardados durante mucho tiempo.
Miriam permanece en silencio, así que decido continuar porque sé que con ella puedo hablar de cualquier tema sin problemas—.
Estuvo casada con Lidia durante casi cuatro años —añado mientras deslizo el pulgar por el borde del sobre con suavidad, sintiendo el papel entre los dedos—.
Durante mucho tiempo creí que acabarían siendo una de esas parejas que envejecen juntas, que discuten por detalles absurdos en el supermercado y que luego se ríen de todo en la misma cama, compartiendo una vida llena de complicidad y amor.
La imagen que se forma en mi mente me hace sonreír durante un breve instante, porque aún puedo verlas a las dos en el salón de casa, riendo y disfrutando de esos partidos de fútbol de infarto los fines de semana.
El viento se agita ligeramente y mueve algunas de las postales que están sobre la mesa.
Miriam coloca sus manos encima para evitar que salgan volando, y entonces, pregunta:
—¿Qué ocurrió exactamente? Porque tuvo que pasar algo muy grave para que se separasen.
—La vida misma. A veces las historias terminan por mucho que el amor siga presente —respondo más reflexivo de lo normal en mí.
—Dos personas que se quieren no se separan así como así, Pablo —comenta ella con una sonrisa sutil que le ilumina la cara—. Y tú también lo sabes.
Me acomodo en la silla y dirijo la vista hacia el mar durante un instante, dejando que el sonido de las olas me envuelva y me ayude a contar una historia que no fue mía, pero sí marcó un antes y un después en mi vida.
—Lidia siempre ha sido una mujer de raíces profundas —le cuento—.
Valencia, su hogar, el colegio donde imparte clases…
todo eso forma parte esencial de su identidad, de quien es en realidad.
Y Bárbara siempre deseó ir más lejos, ascender en su carrera profesional y crecer como persona —añado mientras vuelvo a contemplar la postal—.
Ella no tiene una relación fácil con su familia.
Es más, no se habla con ellos, y su trabajo siempre fue su manera de demostrar que podía conquistar cualquier desafío del mundo sin necesidad de nadie.
Y bueno, ya sabes lo que pasa cuando te obsesionas con algo.
Acabas olvidando otras cosas, y Bárbara provocó que Lidia se sintiera menospreciada, sola y. ..
Miriam guarda silencio durante unos segundos, y después, apoya una mano sobre mi hombro, transmitiendo apoyo sin necesidad de más.
—Y al final decidieron separarse… —concluye ella, completando mi explicación.
—Sí.
—¿Y cómo están las cosas ahora entre ellas?
—Hasta donde yo sé, no se hablan desde hace dos años —respondo formando una mueca con los labios—.
Lidia finge que todo aquello quedó en el pasado, aunque sé que en el fondo aún queda algo de aquella chispa que las unió.
Por mucho que se empeñe en hacerme creer que es feliz tal como está.
Y para mí, Bárbara sigue siendo parte de la familia, y no puedo imaginar nuestra boda sin que ella sepa que sigue contando conmigo a pesar de todo el daño que causó.
El silencio se instala entre nosotros. Miriam sujeta la taza de café y durante un instante, solo se dedica a contemplar el horizonte infinito bañado por los colores del amanecer.
—¿Y no será que lo que quieres es volver a juntarlas?
—pregunta, clavando su mirada en mis ojos—.
Porque si es así, no deberías intentar actuar como el director de una historia que ya se ha zanjado.
Podrías complicar las cosas y hacer que las heridas del pasado vuelvan a abrirse. Y créeme, no les haría bien.
—No intento dirigir nada —replico después de unos segundos en silencio, aunque en el fondo sé que sabe que estoy mintiendo. Ella entrecierra los ojos, combinando escepticismo con un cariño evidente que me derrite—-. Simplemente, quiero pasar un día maravilloso rodeado de la gente que quiero
—Claro que lo intentas —afirma con una sonrisa pequeña y juguetona—. Te lo veo reflejado en la mirada.
—A ver, ilumíname. ¿Qué es lo que crees que estoy planeando?
—Planeas hacer de Cupido, y aunque puede que sea una idea brillante, estás pasando por alto algo importante —explica con ternura—.
En el amor, los planes nunca salen bien y que es muy posible que las cosas no salgan como te lo has imaginado.
Cabe la posibilidad de que todo estalle y de que tú te sientas culpable por haber sido partícipe de ello.
Pongo mi atención en la postal y pienso en ambas, en Lidia y en Bárbara a la vez.
Sé que, en una relación, cuando algo se rompe, siempre hay dos verdades, dos realidades.
Yo conocí una, la de mi hija, la de sus lágrimas y noches sin apenas probar bocado.
Ambas se amaban con locura y estoy seguro de que, con el tiempo, habrían superado sus problemas.
Eran capaces de detener el mundo solo al mirarse.
Levanto la vista hacia Miriam y sonrío con lentitud, dejando que la idea tome forma en mi mente con claridad.
—Quizá todo esto: la boda, Ukulhas, las ayude al menos a sanar… —comento, sujetando a Miriam de la cintura para que se siente sobre mis piernas—. Y a lo mejor, aunque tú me digas que no, puedan cambiar el final de su historia.
Miriam exhala un suspiro largo y resignado.
—Cuando se te mete algo en la cabeza, no hay quien te saque de ahí.
—Dilo. Soy encantadoramente persistente —respondo con una sonrisa que no puedo contener. Ella niega con la cabeza, aunque una sonrisa comienza a dibujarse en sus labios suaves y cálidos.
—Lo que eres es un peligro.
—¿Por invitar a alguien a una boda? —pregunto de manera inocente.
—Por creer que el destino requiere tu intervención personal y que puedes ayudar a que las piezas encajen de nuevo.
La miro durante un instante y después, deposito la postal sobre el montón de invitaciones ya completadas.
—Si todo sale mal, te recordaré esta conversación y te diré que te lo advertí —me advierte, colocando un dedo en mi pecho.
—Y si todo sale bien, celebraremos juntos que acerté en ese lugar que descubrimos juntos la última vez… ¿recuerdas? —replico con picardía.
—Eres terrible, Pablo…
Sonrío justo antes de buscar sus labios y regalarle un beso largo, tranquilo que culmina en el instante en el que me pierdo en sus bonitos ojos negros.
—Y, aun así, te vas a casar conmigo… —afirmo con seguridad.
—Eso no lo dudes ni por un segundo. Contigo iría hasta el fin del mundo —susurra sobre mis labios.
Aquí… junto al mar, junto a la mujer que amo, he descubierto que el amor no tiene límites y que, en ocasiones, las historias no terminan porque uno así lo quiera. Porque el amor, cuando es auténtico, siempre encuentra la manera de volver a empezar.