Prohibido repetir contigo EPÍLOGO
100%

EPÍLOGO

UN NUEVO “NOSOTRAS”

Lidia

La noche en Ukulhas parece hecha de un material distinto al del resto del mundo.

No sé si es el rumor constante del mar al romper contra la orilla, o la arena blanca que refleja la luz de la luna hasta convertirla en polvo de estrellas, o quizá el aire tibio, cargado de sal y del perfume de las flores.

Solo sé que hay algo en esta isla que transforma las emociones en algo más grande, más profundo, más real.

Y esta noche, después de la boda de mi padre y Miriam, siento que llevo el corazón demasiado lleno como para poder sostenerlo dentro del pecho sin que me desborde.

Todo fue maravilloso. Desde primera hora de la tarde, cuando el sol comenzó a caer, el resort entero se transformó en un escenario de cuento: los senderos se iluminaron con farolillos que bailaban al ritmo de la brisa, los centros de mesas desprendían ese delicioso aroma a flores que Miriam y yo pasamos días eligiendo.

Los invitados llegaron caminando por la arena, con el calzado colgando de las manos y una sonrisa iluminando sus rostros.

Mi padre no dejó de sonreír en ningún momento, y después de lo mal que lo pasamos con mamá, verlo así me encogió el corazón.

Todavía tengo clavado en la memoria el instante preciso en que Miriam apareció caminando hacia él por la pasarela que llevaba al altar frente al mar.

Cómo caía el sol entonces, tiñendo el cielo en tonos anaranjados y malvas profundos.

Cómo él empezó a llorar antes incluso de que ella llegase a su lado.

Miriam estaba radiante con su vestido vaporoso… todo era simplemente, perfecto.

Ya han pasado unas horas de aquel instante en que ella le seco las lágrimas, en que se dijeron el famoso «Sí, quiero» y todos aplaudimos.

He sonreído, bailado y abrazado a gente a la que hacía años que no veía.

He llorado escuchando los brindis de Miriam y mi padre, sintiendo cómo se prometen una vida llena de compañía y amor.

Mientras ellos hablaban de una nueva vida, de elegir cada día a la persona que amas, yo no podía dejar de pensar en otra persona…

y en otro momento: en aquella tarde en la que Bárbara y yo nos casamos en Cádiz, y en la que nos prometimos lo mismo que ellos creyendo que el amor bastaría para salvarlo todo.

Recuerdo como sus manos temblaban al ponerme el anillo, recuerdo la emoción que vibraba en su voz cuando me dijo que yo era su hogar.

Y recuerdo también, con mucha claridad, lo mucho que me dolió descubrir que amar a veces no basta cuando no sabes cuidar lo que tienes.

Esa herida sigue ahí, menos abierta quizá, pero presente.

Y por eso, durante toda la boda, no he dejado de mirarla.

Porque sí, Bárbara no faltó a su promesa de vivir este momento tan dulce a pesar de todo.

Ha disfrutado de la boda en su plenitud.

La he visto a ratos entre la gente, charlando con algunos invitados, ayudando a Miriam con algún detalle de última hora, sonriendo con esa contención triste que ahora reconozco en ella.

Lleva un vestido color burdeos que resalta el tono dorado de su piel y el pelo recogido de forma descuidada, dejando escapar algunos mechones que el viento le mueve en las mejillas.

Está preciosa. Tan preciosa que me cuesta respirar cada vez que la veo moverse, como si el aire se volviera espeso.

No nos hemos acercado. Ni siquiera nos hemos dirigido la palabra.

El miedo sigue ahí. Estos días de silencio después de aquella conversación en el restaurante nos han dejado suspendidas en un lugar extraño, uno en el que las dos sabemos que nos queremos, pero ninguna está segura de dar el paso definitivo.

Intento convencerme de que está bien así, de que quizá sea mejor dejar que este viaje sea eso: un paréntesis bonito y doloroso, un recuerdo al que regresar cuando la vida real pese demasiado.

Pero es mentira. Porque mientras veo a mi padre besar a Miriam, mientras la gente aplaude y la felicidad brilla en sus ojos, lo único que pienso es que yo no quiero conformarme con recuerdos.

Yo quiero sentir que el corazón me estalla en el pecho.

Aunque me dé miedo. Aunque me duela. Aunque implique volver a arriesgarme con todo lo que eso significa.

La noche avanza entre música, vino y risas que se elevan por encima del rumor del mar.

Mi padre baila con Miriam como si tuviera veinte años menos, ella se ríe tanto que termina descalza sobre la arena.

Yo observo todo desde la mesa y pienso que el amor, cuando es bueno de verdad, tiene algo mágico que te hace sonreír sin parar.

He recibido un mensaje de Alex durante la cena: «Jota y yo te echamos de menos.

Estamos deseando que vuelvas a casa». Sí, lo sé, no sé a quién quiero mentir.

Con ella todo sería fácil, pero yo no quiero facilidades, yo quiero todo lo que he tenido desde aquella noche de tormenta, desde que Bárbara y yo nos besamos, y desde que me di cuenta que seguía deseando que fuera ella quien me abrazara.

La amo. No hay más vueltas que dar. Amo a Bárbara de una manera que no he conseguido apagar ni con los años, ni con la rabia, ni con el orgullo que tantas veces me ha servido de escudo.

Y cuando una acepta una verdad así, seguir huyendo deja de tener sentido.

Estoy terminando de beber mi copa de vino cuando Bárbara se acerca a Miriam para susurrarle algo al oído. Hablan apenas unos segundos y luego Bárbara se marcha. Así, sin despedirse de nadie más, sin mirar atrás, y mi corazón se dispara como un tambor dentro del pecho.

Miriam se camina hacia mí. No necesito preguntar qué han hablado, porque ya lo sé.

—Ve tras ella antes de que sea demasiado tarde —dice simplemente, con voz baja y firme.

Trago saliva y el miedo regresa para revolverme el estómago.

—¿Y si…?

Ella sonríe.

—Te arrepentirás toda la vida sino lo haces.

Y eso me basta. Dejo la copa y echo a correr. Salgo del restaurante, atravieso el jardín iluminado, esquivo risas, farolillos y gente que baila bajo las luces. El aire me golpea la cara, tibio y salado, y el corazón me late tan fuerte que casi me duele el pecho.

La veo al final de la pasarela de madera que lleva a la playa. Camina despacio, con los hombros tensos, arrastrando los pies sobre la arena.

—¡Bárbara, espera! —grito.

Mi voz rompe la noche como un eco que se pierde entre las olas.

Ella se detiene de golpe. Y cuando se gira bajo la luz plateada de la luna, se me para el mundo entero.

Porque tiene los ojos bañados en lágrimas, porque está llorando, porque incluso desde aquí noto lo mucho que le está costando alejarse de mí.

Me acerco deprisa, frenando solo cuando quedamos a un paso la una de la otra. Nos miramos. El mar ruge detrás de nosotras como si también contuviera la respiración. Bárbara abre la boca, pero no le doy tiempo. Porque si me callo un segundo, me arrepentiré para siempre.

—Estos días sin ti han sido horribles —suelto de golpe, con la voz rota por la emoción—.

Horribles de verdad. No he podido dejar de pensar en ti ni un solo momento, ni de noche ni de día.

Cada rincón de esta isla me recordaba a nosotras, y dolía tanto que a veces tenía que cerrar los ojos para no derrumbarme delante de todos.

Ella parpadea. Una lágrima le resbala por la mejilla y brilla bajo la luna.

—Lidia…

Niego con la cabeza, porque ya no puedo parar.

—No. Déjame hablar. Porque si no lo hago ahora, voy a volver a esconderlo y ya no quiero eso.

No quiero pasarme la vida echándote de menos, sufriendo porque mi corazón se niega a olvidarte, fingiendo que estoy bien, cuando la verdad es que solo estoy bien si tú estás a mi lado.

He intentado convencerme de que podía seguir adelante sin ti, pero cada vez que lo intento, tu ausencia se hace más grande y más pesada.

Veo cómo algo se rompe dentro de ella, cómo todo se resquebraja. Da un paso hacia mí y yo sigo, porque ya no hay vuelta atrás.

—Estoy enamorada de ti. —Las palabras salen claras por fin, sin miedo, sin dudas—.

Siempre lo he estado. No importa cuántos años hayan pasado, ni cuántas mujeres hayan entrado en mi vida o en la tuya.

Alex me quiere, sí, pero su sencillez y su calma no es lo que necesito, yo te necesito a ti…

—confieso mirándola a los ojos—. No dejo de buscarte en todas partes, en cada mirada, en cada silencio, en cada rincón del mundo y me estoy volviendo loca…

Bárbara está tan cerca que noto el calor de su cuerpo cerca del mío, ese calor familiar que todavía me hace temblar. Sus labios tiemblan ligeramente.

—Lidia…

—Te amo —susurro, y la voz me sale ronca de tanto sentimiento—. Y estoy cansada de fingir que puedo vivir sin ti, cansada de guardarme todo esto por miedo a sufrir de nuevo...

No me deja terminar. De pronto sus manos están en mi cintura, fuertes, urgentes, temblorosas y su boca cae sobre la mía como si llevara una vida entera conteniéndose.

El beso me atraviesa. No es un beso delicado ni prudente.

Es un beso lleno de hambre, de lágrimas retenidas, de noches sin dormir, de todo el amor que hemos intentado enterrar y que, al final, ha sobrevivido a todo lo que le hemos puesto por delante.

Gimo contra sus labios cuando la siento romperse también. Porque Bárbara llora mientras me besa, y yo también. Las dos nos reímos entre lágrimas como dos idiotas que por fin han dejado de luchar contra lo inevitable, con la felicidad zumbando en nuestro pecho.

—Te amo también Lidia… —jadea contra mi boca, besándome la comisura, la mejilla, la frente con besos desesperados y suaves a la vez—. Te amo tanto que me duele aquí, en el pecho, como si me faltara el aire cuando no estás. No sé cómo he podido pensar que podría marcharme así sin más.

La abrazo por el cuello con fuerza, como si temiera que pudiera desaparecer.

—No lo hagas —le pido, con la voz entrecortada—. Quédate. Quédate conmigo, aunque tengamos que aprender de nuevo a cuidarnos. No quiero más despedidas, Bárbara. No quiero más silencios que nos separen.

Ella apoya la frente en la mía y sus ojos brillan con una seguridad que me acelera el pulso.

—No pienso irme si tú me dejas quedarme.

Quiero intentarlo de verdad, Lidia. Quiero despertarme cada mañana sabiendo que estás a mi lado, quiero pelear por nosotras cuando haga falta, quiero ser la que te haga reír y la que te consuele cuando las cosas se pongan feas.

Quiero todo contigo, aunque tengamos cicatrices. Sobre todo, porque tenemos cicatrices.

La luna nos baña con su luz y el mar nos rodea con su ruido constante. Es en este instante en el que entiendo que el amor no siempre vuelve como en los cuentos de hadas. A veces regresa roto, cansado, lleno de marcas del pasado, pero vuelve siendo más honesto, más real, más intenso que nunca.

La beso otra vez, esta vez con pasión, como quien saborea algo que creyó perdido y necesita volver a ahogarse en su sabor para saber que existe de verdad.

Mis manos se enredan en su pelo, las suyas me aprietan contra su cuerpo, y durante unos minutos el mundo desaparece.

Solo quedamos nosotras, el beso, el mar y esta certeza que nos quema la piel.

Después, no necesitamos decir mucho más. Solo nos miramos con fuego en los ojos y ponemos rumbo a mi bungaló. Porque lo nuestro siempre ha sido así, puro fuego, y quiero arder junto a su cuerpo, junto a su risa, junto a todo lo que somos cuando estamos juntas toda la vida.

FIN