Prohibido pedir deseos Capítulo 32 · Nacho
97%

Capítulo 32 · Nacho

Nacho

—¿Cómo que no? ¿Y quién hace de Gaspar?

—Pregúntaselo a Jara.

—¿A la Jara? —Lo pensó lo que piensa él—. ¡Una reina! ¡Histórico!

No me preguntó por qué. El porqué lo tenía yo en el móvil desde la tarde anterior, con sus cinco campos. Lo leí por el final. Al final ponía «Abril», y encima, «La campaña ha terminado».

El lunes ella durmió hasta las tres. Luego Jara la subió a por el Ibiza, y al anochecer me entró el parte. El martes salió hacia Zaragoza a las seis de la mañana.

En diciembre yo le había dicho de qué tenía miedo: de quedarme en cinco noches y un técnico.

Lo de la mañana del martes lo sé por ella, que me lo contó después, por orden.

A las nueve firmó en Zaragoza el cierre de su contrato, con efectos del viernes 8.

A las doce estaba en Teruel con la Maribel, que empezó por disculparse por haber apuntado su nombre sin oírselo a ella.

Abril le enseñó el vídeo del destello y le dejó dos folios con lo que tendría que llevar ese cargo para que alguien lo firmara sabiendo lo que firma: horas, noches y sueldo.

La Maribel los leyó enteros, le dio las gracias y dijo que en 2027 la partida es cero. Los folios se los quedó.

El Ibiza entró en la plaza a las cuatro.

La víspera de Reyes mi madre abre aunque sea martes. Estaba amasando los roscones del día siguiente. Abril dijo buenas tardes, se dejó poner un plato y se lo comió entero, con el gorro puesto. Luego subió.

Yo subí a los diez minutos, con el termo de su padre envuelto en el paño. Llamé a la puerta de la del balcón. Es una puerta de casa de mi madre y no había llamado nunca.

—¿Puedo?

—Pasa.

La habitación tiene una cama, una silla y una mesa donde cabe un portátil y medio. Ella estaba sentada en la cama, con las botas puestas. Me quedé la silla.

—Lavado —dije, y dejé el termo en la mesa.

—Gracias.

—Te quiero contar lo que hice. Entero. No me lo has preguntado.

—Cuéntamelo.

Empecé por el principio, que no es por donde empiezo yo.

—El viernes, en mi cocina, cuando hiciste la hoja, ya se me ocurrió.

Me lo viste en la cara y te dije que ya lo pensaría.

El sábado Fermín me contó que la Maribel quería un nombre, y yo ya lo traía.

Me dije que era un sitio para ti, que así empiezan aquí todas las plazas.

Eso me lo creía. Pero lo primero que vi no fue la plaza.

Fue la mesa de dos, contigo sentada, en febrero.

—Eso no me lo dijiste.

—No. Te había dicho que no te iba a pedir que te quedaras, y no te lo pedí. Lo hice de una manera en la que no hacía falta pedírtelo.

No dijo nada. Seguí.

—En el pleno tuve tiempo. Me acordé de la cláusula y de lo que le dijiste a Sangüesa.

Lo tenía todo delante y di tu nombre. Luego la Maribel preguntó si ibas a estar, y dije que sí porque decir que no lo sabía era quedar mal yo.

Y había otra cosa. Sin nombre no había Noches, y sin las Noches yo aquí soy un señor que quita hielo de cinco cámaras. Me convenía. No fue solo por ti.

—Ya lo sé.

—Después no te llamé. Tuve la tarde entera. No te llamé porque sabía lo que ibas a decir.

Abril se miraba las manos. Las tenía encima de las rodillas, una al lado de la otra.

—¿Sabes qué tenía yo esa noche en la pantalla?

—La hoja de las cuatro filas.

—La segunda columna. Llevaba tres días vacía y esa noche puse una línea.

«Decirle lo que pagan». En Santiago cobro el triple que aquí.

El viernes no te lo dije, por no parecer que te arreglaba la vida con mi nómina.

El lunes decidí decírtelo. Con ese sueldo, los billetes dejaban de ser un problema.

Iba a bajar por la mañana con eso. A los veinticinco minutos vibró el móvil.

—El triple.

—El triple. Yo buscaba cómo pagar un avión y tú esa mañana me habías dado un cargo sin sueldo.

—Sí.

—Y no fue solo el nombre. Yo en ese bar llevaba dos meses comiendo sin que me cobraran. Me pusiste delante de treinta personas a elegir entre callarme o decir que lo que habías dicho no era verdad. Lo dije. Todavía no sé qué le debo a tu madre.

—Lo sé.

—No quiero que me digas que lo sabes. Quería habértelo dicho.

—Dicho está. Y lo hice mal. Lo siento.

Abajo alguien probó un altavoz. Sonó medio villancico y se cortó.

—Lo mío es más corto —dijo—. Contesté a Santiago sin decírtelo, y habíamos quedado en que no. Y en vez de bajar te mandé un adjunto. Eso lo hice mal y lo siento.

—Me lo dijiste en la barra.

—En la barra te lo dije con la tele puesta. Te lo digo aquí.

—¿Y Chile?

—Chile no. Lo cogí porque lo quería. El viernes vuelo.

—Ya. Me lo dijiste con el caldo.

Se quitó el gorro y lo dejó a su lado, encima de la manta de cuadros.

—He visto las llaves en el clavo —dijo—. He visto a Jara abrir la cúpula. Oí lo de las diecisiete noches y media.

—Eso no es para ti. Había que hacerlo aunque no hubieras vuelto.

—Ya. No lo voy a apuntar en ninguna hoja.

—No lo apuntes.

Me quedaba lo que no sé decir.

—Te voy a pedir dos cosas. La primera es para dentro de tres años. Yo no te puedo pedir que vuelvas. Te pido que ese día lo decidamos los dos. Que no me llegue un correo.

Tardó. La dejé tardar.

—Es mi trabajo.

—Tu trabajo lo decides tú. Dónde vivimos, los dos.

—Sí —dijo—. Los dos. Eso lo pongo por escrito.

—Luego.

—¿Y la segunda?

La segunda me costó más. Eran tres palabras. Las había gastado una vez y costaban lo mismo.

—Lo de febrero. No sé empezarlo. Yo solo no sé. Si el reloj no lo pones tú, me levanto y bajo a mirar si huele a quemado.

—Voy a estar a cuatro horas menos.

—Pues a tu hora.

—Martes y jueves. A las diez de la noche tuyas. Con cámara, que te vea las manos.

—Vale.

—«Vale» no.

—Martes y jueves, a las diez.

Se quitó las gafas y las limpió con el forro.

—Ahora yo. —Se las puso—. Quiero que vengas a Santiago. Y quiero volver en agosto y que estés. Tres años. Me voy el viernes. Te lo pido igual.

No contesté todavía.

—¿Por qué has vuelto hoy?

—¿Hoy?

—La campaña se acabó ayer. Lo pone en tu parte.

—Por eso. A las nueve he firmado en Zaragoza. A las doce estaba en Teruel. En este pueblo no me queda nada que medir, ni un papel que firmar, ni un telescopio que pedirte. He hecho cincuenta y dos kilómetros y he subido diecinueve peldaños. Eso lo puedes comprobar.

—Voy —dije.

—¿Adónde?

—A Santiago. Esperar sentado no sé. Ir, sí. Dos veces al año, si salen los billetes.

—Los billetes los pago yo. Cobro el triple.

—No.

—Ignacio.

Hacía dos semanas que no lo oía.

—No —dije otra vez—. A medias.

—A medias te cuesta más a ti que a mí.

—Ya lo sé. A medias.

Lo pensó con la boca apretada.

—A medias.

—Yo miré uno el día 19. Mil ciento ochenta, con escala en Lima.

—¿El 19? Eso es antes del pleno.

—Antes.

—Yo he pagado ochocientos noventa. Directo.

—Pues los miras tú.

Se rio. Corto, mirándose las botas. También hacía dos semanas.

Luego se levantó a por el portátil. Iba a abrir una hoja.

—Espera. Antes de la hoja. Tú a mí no me has arreglado nada, Abril. Me has quitado la cola, las llaves y medio telescopio. Y a mi madre la has puesto a tejer en granate. Quiero que vengas.

Se quedó con la mano en la tapa. No la abrió.

Abajo arrancó el tractor de Toño. Ella abrió el balcón y salimos los dos al frío.

El remolque daba la primera vuelta a la plaza con las luces del árbol del Ayuntamiento atadas a las barandillas.

Melchor era Fermín. Baltasar, Chema. Gaspar llevaba mi barba, que le llegaba a la cintura, y encima de la capa, un silbato.

Jara nos vio. Tiene buen brazo. El primer caramelo me dio en la frente y el segundo se le quedó a Abril en el pelo.

—¡Nacho! —gritó la Benita desde abajo—. ¿Y tú qué haces ahí, que no has salido de rey?

—Estoy ocupado, Benita.

—¡Ya lo veo!

Entramos. Abril cerró el balcón y se volvió con las manos heladas. Me las metió por las mangas del jersey, hasta el codo, sin pedir permiso.

—Están frías —dijo.

—Ya lo noto.

La tenía a un palmo. Olía al jabón de mi madre y a tres horas de coche.

—¿Puedo? —pregunté.

—Puedes.

Me besó ella. Teníamos tres días y fuimos despacio.

—Esta cama no avisa —dije.

—Lo sé. He dormido en ella dos meses.

—Mi madre está abajo.

Como si nos hubiera oído, abajo subió el volumen de la tele.

Abril se quitó las gafas y buscó dónde dejarlas. Las metió en la bota izquierda. Yo bajé la persiana hasta la mitad.

A las once nos comimos en la cama el plato que mi madre había dejado en la escalera, tapado con otro plato. Luego ella abrió el portátil encima de la manta.

—¿Sigue sin título?

—Sigue.

Lo escribimos entre los dos, una línea ella y una yo, con el formato de los otros. Tardamos hasta las dos, porque discute las comas. Tiene fechas, un martes y un jueves, un parte cada noche con sus cinco campos, lo que le falta a Jara por aprender y un año al final.

Dos líneas me las sé.

«Los billetes, a medias».

Y la última, que la escribió ella de memoria:

«Ninguno compromete el tiempo ni el nombre del otro sin preguntar».

La leí dos veces y firmé. Puse «Ignacio». Ella puso «Abril» debajo.

El día 6 mi madre sacó tres roscones. A Abril le tocó el haba, que aquí es pagar el del año que viene.

—En enero no estoy —dijo.

—Pues en agosto —dijo mi madre—. Y con eso me has pagado lo que me debes.

—Dos meses de habitación no son un roscón, Pilar.

—En mi casa la cuenta la hago yo.

Abril sacó el móvil, abrió una hoja y apuntó una fila.

Fermín colgó en el grupo la foto de la reina Gaspara y quitó el vídeo del pleno. Dijo que ya tenía otra cosa que poner. La Benita me pidió la bombona. Se la cambié, y le dije que cuando yo estuviera fuera se lo pidiera a Marcelino. No se llevó la mano al pecho.

El viernes 8 salimos a las once en el Ibiza. Condujo ella hasta Calatayud y yo desde allí. En Barajas facturó la maleta, con dos gorros dentro. Mi madre había mirado que en Atacama de noche hiela.

Delante del control se paró.

—Parte todas las noches —dijo.

—Con sus cinco campos.

—A tu hora. Las cuatro se las resto yo.

—¿Y en observaciones qué pongo?

—Lo que haya pasado.

Me besó con las gafas puestas y la mochila colgando de un hombro. Luego me dio las llaves del Ibiza.

—Arranca a la primera.

Las de la cúpula se las llevó.