Epílogo · Abril
Epílogo
Abril
Con esa Luna no había ventana, y de las Perseidas solo iban a verse las gordas. Lo dije en enero, en la reunión del calendario, y lo firmé. La fundación vendió la noche igual, con el aviso en negrita y mi nombre debajo. Subieron cien.
El calendario colgaba en el tablón de la sala, donde antes iba la lista. Tenía dos columnas: treinta y cuatro noches de visita y nueve mías. Ninguna pisaba a otra. La Diputación me pagaba desde enero por mirar esas dos columnas y por coger el teléfono. La Maribel lo llamaba partida. Ya no era cero.
A las once los cien estaban tumbados por filas y hablé yo, cinco minutos, con la luz roja.
—Esta noche se van a ver pocas. Lo ponía en la entrada. La Luna está al noventa y nueve por ciento y se come las pequeñas. Las que pasen van a ser buenas.
—¿Y de dónde salen? —preguntó un niño.
—De Perseo. Aquel de allí, debajo de la uve doble. Perseo se encontró a una chica atada a una roca, con un monstruo que venía por el agua, y antes de desatarla fue a hablar con los padres.
—¿Para qué?
—Para cerrar la boda. Luego ya sacó la espada.
Se rieron las filas de atrás. Una mujer pidió lo del yerno. Lo del yerno seguía sin ser mío, y lo conté igual.
Jara llevaba el Pequeño. Tenía una cola de cuarenta personas para ver la Luna y enfocaba para cada una con dos dedos, a ciegas, mirando a otra parte. Entre una y otra contaba lo de las siete hermanas. Lo contaba mal y con mucho éxito.
Yo no tenía nada más que hacer hasta el amanecer. Las cinco cámaras grababan solas, como llevaban haciendo casi siete años. El fijo de la sala no sonó. Cogí una manta de la fundación y fui hasta la losa.
Nacho estaba tumbado, con el frontal en rojo, el libro de Óptica abierto encima del pecho y el cuaderno contra las rodillas. Le quedaban dos asignaturas y las dos eran en septiembre. El dibujo del problema ya estaba hecho.
—El cuatro lo he empezado yo —dijo—. Me atasco aquí.
Señaló una línea con el lápiz. Me tumbé a su lado y la miré con la luz roja.
—Te has comido un signo.
—¿Dónde?
—Ahí. Lo demás está bien.
—¿Bien de aprobar o bien de ti?
—Bien de aprobar.
Lo corrigió y siguió solo. Movía un poco los labios con las cuentas.
—En seis viajes me he leído este libro tres veces —dijo sin dejar de escribir— y el cuatro sigue igual.
—Porque en el avión te duermes.
—Y aquí no me dejas.
Terminó la cuenta, la rodeó con un círculo y cerró el libro.
—El cinco, el jueves —dijo.
—El jueves.
Apagó el frontal y dejó el libro y el cuaderno en la losa, con el mosquetón encima.
En el mosquetón llevaba la llave de casa, la del todoterreno y la del Ibiza, que seguía arrancando a la primera.
Las del observatorio estaban en su clavo.
Las mías, en el clavo de al lado, que había puesto él en enero sin que nadie se lo pidiera. Después me preguntó si me parecía bien.
Con aquella Luna no hacía falta ninguna luz. Se le veía la barba, se veía la losa y se veía a Jara, que le explicaba a un señor de Castellón por qué esa noche no había Saturno.
Me acerqué. En la losa cabíamos de sobra y nos pusimos como si no.
Fermín llegó agachado entre las filas, con el móvil en la mano.
—Nacho, majo. El sábado suben los seis de Cantavieja y quieren que la doctora les cuente lo de la ciruela.
—Pregúntaselo a ella, que la tienes a un palmo.
Fermín me miró.
—El sábado la noche es mía —dije—. Está en el calendario. El domingo, a las once, cinco minutos.
—¡El domingo! ¿Lo pongo en el grupo?
—Con minúsculas.
Se fue a la sala, que era donde había cobertura, y lo puso con mayúsculas.
En casa habíamos dejado dos tazas del mismo lado de la mesa y la cama de hierro sin hacer. Seguía avisando de todo. Después de comer se nos había ido la tarde en ella, con la contraventana entornada. A las seis Nacho dijo que había que subir y no se movió. Yo tampoco. No supe a qué hora salimos.
En la repisa había una servilleta con tres roscones apuntados, uno por agosto. Pilar decía que la cuenta estaba cerrada. Yo le había llevado el cuarto esa mañana y ella lo había cogido sin discutir.
—Nubes: ninguna —dijo Nacho, hacia arriba.
Desde el 21 de enero el parte me lo decía. Todas las noches, los cinco campos, donde lo pillara. «Muela_respuestas» se había acabado el día 20. Yo no la había borrado.
—Viento: no hay. Humedad: no la he mirado.
—Cuarenta y uno por ciento.
—Cuarenta y uno. Incidencias: Jara le ha dicho a una señora que Mérope se casó con uno de Cuenca.
—De Corinto.
—Eso. Observaciones.
Se paró ahí. En observaciones siempre tardaba.
Pasó una. Larga, de norte a sur, con una estela que aguantó un segundo contra la Luna. La explanada dijo «oh». Jara dijo que esa entraba en el precio.
—¿Lo has visto? —dije.
—Lo he visto.
En la sala la tendría también la 4. No fui a mirarlo.
Pedí.
—¿Has pedido? —dijo Nacho.
—Sí.
—¿El mismo?
—No vale decirlo. Es la norma.
—Tu norma.
—Mi norma. ¿Y tú?
—Yo hoy no trabajo.
—¿Y?
—Y no vale decirlo.
Estábamos hombro con hombro, encima de una losa que guardaba el calor del día.
—Observaciones —dijo—: se ha visto una.
A la una Jara tocó el silbato y los primeros bajaron hacia la barrera, en fila, con las luces rojas. Los demás siguieron tumbados. Quedaba Luna para toda la noche y no había nada que medir.
El día siguiente era martes, y los martes La Osa cerraba.
Nadie tenía prisa por bajar.