Prohibido pedir deseos Capítulo 31 · Abril
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Capítulo 31 · Abril

Abril

Despejado hasta el amanecer. A las cinco estoy en la barrera. Ignacio

El termo era de mi padre y el caldo era de Pilar.

Yo había parado en La Osa antes de subir. Pilar lo tenía hecho. Llenó el termo hasta la rosca, lo envolvió en un paño de cuadros y dijo que salían dos tazones largos. No me cobró. Tampoco preguntó para quién era el segundo.

—Nacho me ha pedido el de la visita —dijo—. Las ollas las recoge luego.

El otro caldo no era cosa mía. Subía a las once con los cien, en dos ollas, en el todoterreno, para quien se quedara hasta que fuera de día.

A las ocho Nacho bajó al pueblo. A las nueve tenía que decírselo a los cien a la cara, en el bar, y eso yo no lo iba a ver.

Me quedé arriba con Jara, con Bielsa y con cinco cámaras. Subí a la azotea, quité las viseras de cartulina de las Úrsidas y puse la ganancia entera. Aquella noche la Luna no iba a estorbar hasta las seis.

Las Cuadrántidas salían de un punto entre el Boyero y la cola de la Osa Mayor. A esa hora el punto estaba a ras del horizonte, al norte. Las pocas que entraban lo hacían rasantes, largas, de lado a lado. La primera la cazó la 4.

Jara había marcado con cinta roja, en filas, como un cine, el trozo de explanada que habían limpiado de nieve. Veinte mantas por fila. Llevaba la lista en una tablilla y el silbato colgado.

—¿Tú mandabas así? —me preguntó.

—No. Yo mandaba peor.

A las diez Bielsa dijo que en la sala no hacía nada y que en el módulo había una estufa que alguien tenía que cargar. Pegó un papel en el fijo. «Estoy en el módulo. A. Bielsa». Era la primera vez que lo veía ofrecerse a algo, y era a estar donde hacía calor.

Le llevé las mantas que sobraban. Los dos colchones estaban de pie contra la pared del fondo, uno contra el otro. Alguien los había levantado sin separarlos.

A las once no oí ningún silbato. Vi la fila. Cien luces rojas saliendo de la última curva, de una en una. Nacho venía al final, empujando una carretilla con las dos ollas.

—¿Qué te han dicho? —le preguntó Jara.

—De todo. Y luego han subido.

Jara los contó al pasar. No faltaba nadie.

Me tocaban cinco minutos. Me puse en medio, con el frontal en rojo.

—Buenas noches. Soy Abril Lasarte. Esta noche el telescopio pequeño está tapado y es por mí.

Nadie dijo nada. Cien personas con manta esperaban a que me explicase.

—Lo que cae son Cuadrántidas. Les pusieron el nombre de una constelación que ya no existe, el Cuadrante Mural. En 1922 se hizo la lista de las que valían y esa se quedó fuera. La lluvia siguió llamándose igual, que es lo que pasa con los motes.

Se rio Jara. Los demás no sabían por qué.

—Vienen de un asteroide y no de un cometa.

Yo mido lo que pasa cuando una piedra de esas choca contra la Luna.

Para verlo necesito dos telescopios mirando a la vez el mismo trozo, en la parte que no brilla.

La Luna sale hacia las seis, por allí, encima de la carretera.

Tengo una hora, hasta que clarea, y es la última de la campaña.

Por eso el pequeño no se toca. Y por eso, desde que salga la Luna, no puede arrancar ningún coche. Un faro me borra la hora.

—¿Y hasta entonces qué hacemos? —dijo un hombre con acento de Castellón.

—Mirar hacia arriba. Para eso no hace falta telescopio. Tumbado se ve más cielo que de pie.

—¿Y los deseos? —preguntó una mujer desde la segunda fila—. Que yo traigo siete.

—Eso lo lleva él.

Nacho estaba detrás de mí, con la lista de Jara en la mano.

—Una estrella, un deseo —dijo—, y no vale repetir.

—Pues con siete voy justa.

—A las cuatro caen más —dije yo.

Fueron cuatro minutos. Luego Nacho dijo lo del dinero y lo de los coches, sin adornarlo, y Jara los mandó tumbarse por filas.

Volví a la sala. Las cámaras iban solas y yo las miraba ir. A la una el punto de donde salían estaba ya por encima del pinar, y las Cuadrántidas dejaron de ser rasantes.

A las tres la cámara 1 empezó a ver borroso. Era hielo en la cúpula, como todos los eneros.

Nacho ya venía de la cafetera con la jarra del agua templada. Subimos los dos a la azotea. Yo sujeté la luz roja y él echó el agua despacio, desde arriba, sin tocar el cristal.

—Sin rascar —dije.

—Ya.

—¿Has querido?

—Siempre quiero.

El hielo se soltó entero y resbaló hasta el canalón. Por encima de nosotros pasaron dos, casi juntas, desde el nordeste. Las vimos los dos y ninguno lo dijo. Bajé yo primero.

A las cuatro caían más que a ninguna otra hora de la noche. Desde la sala se oía la explanada: un «oh» cada poco, bajo, de cien personas bocarriba.

Antes de las cinco se fueron sesenta y uno. Jara los llevó a la barrera en fila y esperó hasta que el último coche dobló la curva de abajo. Quedaron treinta y nueve, entre la explanada y la estufa de Bielsa.

A las cinco no había nada que hacer hasta que saliera la Luna. Las cámaras grababan. Los dos telescopios estaban apuntados al sitio por donde iba a salir. Nacho entró en la sala con el frío pegado al plumífero y se sentó en la coja.

Saqué el termo. El tapón hacía de vaso. El otro vaso lo puso él: la taza de la cafetera que yo había usado en diciembre. Seguía en su sitio.

—Es para dos —dije.

—Mi madre no me dijo nada.

—No le dije para quién.

Le serví primero. Luego me calenté las manos con el tapón.

—Tengo una pregunta de trabajo —dije.

—Dime.

—El artículo lleva una línea de agradecimientos. Dice quién llevó el telescopio de cuarenta centímetros. Tengo puesto «Ignacio Villarroya», en amarillo, desde el día 21. ¿Lo quieres así?

Miró la taza.

—¿Qué otra manera hay?

—Como en tus partes: «N. Villarroya». Por eso te pregunto.

—Pues como lo tienes puesto. Ya lo he firmado una vez.

Abrí el artículo. Quité el amarillo y borré la nota. En la tabla de las noches cambié también la ene por la i.

—El viernes vuelo —dije, sin levantar la vista—. Desde Madrid, por la noche.

—El viernes.

—Sí.

—Vale.

Nos acabamos el caldo. No hablamos de nada más. Él tenía las manos alrededor de la taza y yo se las miré más rato del que hacía falta para comprobar que era la mía.

La Luna salió hacia las seis, encima de la carretera, fina y tumbada, con las dos puntas hacia arriba. El resto del disco se veía gris. Esa era la parte que yo quería.

Subí a la cúpula y moví la ranura. Cuando bajé, en la pantalla de la izquierda entraba el borde oscuro. En la de la derecha ya estaba.

—Tengo campo —dijo Nacho.

—Tengo campo.

Nos repartimos sin hablarlo. Cada diez minutos yo subía a la botonera y él se quedaba con las dos pantallas. Cuando al Pequeño se le iba la imagen salía él a la losa, y yo le decía «ya» desde la puerta. Se le fue dos veces.

Los treinta y nueve seguían sin encender nada. No se oyó ningún motor. Las cámaras seguían con la lluvia, que a esa hora ya caía menos.

La silla coja seguía pegada a la buena.

Clareaba por detrás de la Luna cuando saltó un punto en la pantalla de la izquierda, arriba, lejos del borde.

En la derecha, a la vez y en el mismo sitio, hubo algo. No era un punto. Era un trozo de pantalla un poco menos gris que lo de alrededor.

—¿Lo has visto? —dije.

—He visto el tuyo. El mío no lo sé.

Llevé atrás las dos grabaciones, imagen por imagen. En el Grande el punto estaba en dos imágenes seguidas, limpio. En el Pequeño, en esas dos mismas imágenes, había cuatro píxeles más claros que los de al lado. El fondo ya tenía luz de día. Podían ser la piedra y podían ser el cielo.

—¿Es? —preguntó.

—No lo sé.

—¿Cuándo lo sabes?

—Cuando lo reduzca. Hay que restarle el fondo a cada imagen. Son semanas.

—¿Y cómo lo apunto?

—Candidato.

Lo apuntó él, con la hora y sus centésimas. Yo tenía la mano en su manga. No supe desde cuándo. La quité.

A las siete el gris de la Luna ya no se distinguía del cielo. Paré las dos cámaras de vídeo y cerré la cúpula.

Hice la cuenta en el cuaderno. Cinco lluvias y cinco registros de cámaras: Oriónidas, Leónidas, Gemínidas, Úrsidas y Cuadrántidas. Tres ventanas lunares, y de las tres había sacado dos. Un destello confirmado y un candidato.

La campaña estaba hecha. Dejé el bolígrafo y no supe qué hacer con las manos.

Salí. Nacho había arrancado la cinta del «3 ENE» y se la guardaba en el bolsillo. Los treinta y nueve se iban levantando, tiesos, con la manta por los hombros. Bielsa asomó del módulo con el termo vacío y dijo que había estado localizable toda la noche.

—Hasta las ocho no arranca nadie —dijo Jara—. Que lo ha dicho la doctora.

Ya no hacía falta. La Luna estaba borrada. Jara lo cumplió igual, hasta el final, y no fui yo quien le quitó la razón.

Quedaban dos estrellas. Pasó una Cuadrántida tardía, baja, hacia el oeste, amarilla contra un cielo que ya era azul.

Una Cuadrántida era un grano de polvo del asteroide 2003 EH1. Entraba en el aire a cuarenta y un kilómetros por segundo y se quemaba mucho antes de llegar al suelo. No concedía nada.

Pedí uno.

—He pedido uno —dije.

Nacho se volvió con las ollas en las manos.

—¿Tú?

—Yo.

—Eso no da resguardo.

—No.

—¿Y qué has pedido?

—No vale decirlo.

—Eso no lo digo yo.

—Lo digo yo. Es una norma nueva.

Dejó las ollas en el suelo.

—¿Y tú? —pregunté.

—Yo estoy trabajando.

—La campaña ha terminado.

No contestó. Estuvo un rato mirando hacia arriba. No le pregunté.

Rellenó el parte de papel de pie, junto a la cafetera. Lo leí al revés. «Cinco de cinco. Un candidato. Treinta y nueve hasta el final y ningún coche».

A las ocho Jara tocó el silbato, una vez, largo. En la barrera arrancaron los motores. Luego vino hacia nosotros con un llavero en la mano.

—Son del de Castellón. A media ventana quería poner la calefacción. Se las devuelvo ahora.

Yo llevaba veintiséis horas despierta y había once kilómetros de bajada, con hielo en las umbrías.

—No estoy para conducir —dije—. ¿Me bajas?

—Te bajo.

Anduvimos hasta el ensanche. El Ibiza se quedó allí. Me senté en el todoterreno con la mochila en las rodillas. Olía a manta y a caldo. En la primera curva todavía vi la cúpula por el espejo. En la segunda cerré los ojos, para descansarlos.

La tercera ya no la vi.