Capítulo 30 · Nacho
Nacho
El correo era corto. Me llegó el sábado a las once y cinco, arriba, mientras le limpiaba el filtro a la cafetera.
Lo leí por el final, como los leo. Al final ponía «Abril» y debajo no había nada.
Subí a la primera línea. Luego a la hora.
Decía las cinco de la tarde, y en tres años fue la primera vez que no tuve que sumarle nada.
Le contesté el domingo a mediodía, con el cielo. Despejado hasta el amanecer. Le puse dónde iba a estar yo a las cinco y no le puse más.
Lo de arriba, desde el lunes, cabe en poco.
El martes 29 bajé a Teruel a primera hora y volví con un juego de llaves para Jara. Subió conmigo a las cuatro, con los guantes de mi madre y una libreta. Yo empecé a explicarle la cúpula desde la puerta. A los veinte minutos me quitó la llave de la mano.
—Quedamos en que me dejabas.
La dejé. Me metí las manos en los bolsillos, que es una postura que no me sale, y la vi quemar un fusible.
El miércoles 30 subió Anselmo, con el termo y la carpeta de gomas.
Estuvo hora y media mirando a Jara abrir y cerrar la compuerta.
Luego dijo que firmaba, con dos condiciones, y las traía escritas, que en Anselmo es como si otro las trajera en piedra.
Que arriba hubiera una segunda persona que supiera abrir, con nombre y apellidos.
Y que las llaves del observatorio salieran de mi mosquetón y colgaran en la sala, donde las cogiera quien tuviera que cogerlas.
La primera me costó poco. La segunda me costó.
Llevo esas llaves en la cadera desde 2012. Sé por el peso si me falta una. Puse un clavo al lado del tablón y las colgué delante de él. En el mosquetón quedaron la de mi casa y la del todoterreno, que juntas no suenan a nada.
Anselmo firmó en la mesa de la sala. La Maribel tuvo su nombre esa misma tarde. No era el nombre que ella quería, y contestó con una palabra: «Recibido».
En el bar se supo el jueves.
—¿El Anselmo? —dijo Fermín—. Pues vaya científica.
No lo puso en el grupo. Dijo que aquello no daba para mayúsculas.
Jara llevaba cinco noches. La del 31 nos comimos las uvas en la sala, con el reloj de la doctora, que va una hora por detrás. Jara dijo que era el único sitio de España donde el año entraba a las once.
A las cinco menos dos minutos oí el Ibiza en la curva de abajo.
Aparcó en el primer hueco del ensanche, de culo, para salir de frente. Bajó con el forro granate, el gorro y el frontal al cuello.
—Hola.
—Hola.
Abrió el maletero. Dos cajas y la mochila. Del bolsillo de la mochila asomaba un termo grande, de ferretería, envuelto en un paño de cuadros de los de mi madre. Mi madre no me había dicho nada.
No cogí ningún bulto. Esperé.
—La caja grande —dijo—. Pesa. La mochila la llevo yo.
Cogí la caja grande. Hicimos a pie los trescientos metros.
—¿Quién está arriba?
—Jara y Anselmo.
—¿Bielsa? ¿En domingo?
—Firmó el miércoles. Es el responsable de 2027. La Maribel pidió a alguien localizable las noches de visita, y él dice que localizable es aquí.
Anduvo un trecho sin hablar.
—Eso en el parte no venía.
—El parte era del 28. Firmó el 30.
—¿Con qué condiciones?
—Dos. Ahora las ves.
Jara esperaba en la puerta de la cúpula, con su juego en la mano.
—Has contestado «sí» —le dijo a Abril—. Te pregunto si comes y me pones «sí». Una palabra.
—Era la respuesta.
—Ya. Abro yo.
No me lo dijo a mí.
Dio el cuadro. Contó cuarenta moviendo los labios. Apretó el botón de la compuerta y lo soltó un palmo antes del tope. La ranura se abrió hasta arriba y el Grande se quedó con un trozo de cielo todavía azul.
Yo estaba en la puerta, con la caja en brazos.
Abril miró el tope.
—Lo has soltado antes.
—Me lo enseñó este. A voces, pero me lo enseñó. Llevo cinco noches.
—¿Y girarla?
—Con la botonera. Cada diez minutos cuando se sigue algo.
—¿Y si el motor zumba y no arrastra?
—Suelto y no insisto. —Jara me señaló con la barbilla—. Eso lo sé porque no solté.
Abril no dijo que estuviera bien. Subió dos peldaños, miró el cuadro por detrás y bajó.
En la sala estaba Anselmo, en la silla buena, con el abrigo puesto, el termo y el fijo a un palmo.
—Doctora. —Se levantó a medias—. Yo estoy localizable.
—Ya lo veo.
Abril miró el clavo. Las llaves colgaban al lado del tablón, con un cartón que les había atado Jara. «NO SON DE NADIE». Luego me miró la cadera. No dijo nada. Sacó del forro su anilla de alambre y la dejó encima de la mesa.
En el tablón estaba la hoja del 3. Cien nombres.
—Tengo cien a las once —dije—. ¿Qué necesitas?
Tardó. Yo no dije nada mientras tardaba.
—Tres cosas. El Pequeño, montado ya y enfocado en cuanto salga una estrella. Con cinta. Desde ese momento no lo toca nadie ni mira nadie por él hasta que sea de día.
—Eso son cien personas sin telescopio.
—Sí.
—Sigue.
—La Luna sale hacia las seis por el sureste, encima de la carretera. Los dos telescopios van a mirar casi en horizontal, por donde bajan los coches. Desde que salga hasta que sea de día no quiero un faro ni un motor en marcha. En la barrera tampoco.
—Eso es que el que suba no baja hasta las ocho —dijo Jara—. O baja antes de las cinco.
—Sí.
—A nueve bajo cero y sin poder arrancar el coche para calentarse.
—Sí. —Abril no adornó nada—. Es una hora de ventana y es la última. De tres tengo una.
—¿Y la tercera cosa? —pregunté.
Me miró a mí. No a la pantalla ni a Anselmo.
—Un operador en el Pequeño la ventana entera. Lo que mandé estaba escrito para uno solo y estaba mal escrito.
—¿Jara?
—Jara lleva cinco noches —dijo Abril—. Tú llevas doce años. Te lo pido a ti.
—Vale.
—¿Vale qué?
—Que el Pequeño lo llevo yo la ventana entera, desde que salga la Luna hasta que claree, y que antes no lo toca nadie. Lo otro lo tengo que preguntar.
Me volví hacia la silla buena.
—Anselmo. La noche es de ella por el comité y las entradas son de la fundación. Tú has firmado el calendario.
—Y un servidor en medio —dijo Anselmo, como en octubre—. Pero ahora con firma.
—¿Y qué dice la firma?
—Que lo que acordéis lo mando yo mañana a la Maribel, con mi nombre. —Bebió del termo—. Eso sí.
Hice la cuenta en voz alta, para que la oyeran los tres.
—Pagaron veintiocho euros por una noche con telescopio. Les devuelvo la mitad. Catorce por cien, mil cuatrocientos.
—¿De dónde? —dijo Jara.
—Eso es lo que tengo que preguntar.
Llamé a la Maribel desde el fijo, con los tres delante. Lo cogió al segundo tono.
—Maribel. Esta noche el telescopio pequeño no es de las visitas. Trabaja para la doctora, que ha subido a hacer su última noche. Quiero devolver media entrada a los cien. Son mil cuatrocientos euros. ¿Puedo?
—¿Los pones tú o los pone la fundación?
—Yo. De lo que me pagáis por guiar.
—Tú cobras ochenta por noche. —No tardó. Se lo sabe—. Diecisiete noches y media.
—Diecisiete y media.
—¿Y los coches?
—Quietos de seis a ocho. El que quiera irse, que se vaya antes de las cinco. El que se quede tiene la estufa del módulo y caldo.
—¿Y eso quién lo firma?
—Mañana lo tienes —dijo Anselmo desde la silla, sin coger el teléfono.
La Maribel lo oyó.
—Bien. Lo de las diecisiete noches y media me lo mandas tú, Nacho, por escrito. —Hizo una pausa—. ¿La doctora está ahí?
—Está.
—Pregúntale si se quiere poner.
Tapé el auricular.
—La Maribel. Que si te quieres poner.
Abril cogió el teléfono. Dijo «Lasarte». Escuchó un rato largo. Dijo «el martes a las doce» y luego «de nada», por ese orden, y colgó.
No me contó lo que le habían dicho.
Mil cuatrocientos euros. El vuelo que miré en diciembre por debajo de la barra costaba mil ciento ochenta.
Escribí a los cien desde la sala, a la lista de la fundación.
«Esta noche no se mira por el telescopio.
Está reservado para una medición y no se puede tocar.
Se devuelven 14 euros de cada entrada. Las estrellas fugaces se ven igual, tumbados, y hay mantas.
De seis a ocho de la mañana no puede arrancar ningún coche.
Quien suba, o baja antes de las cinco o se queda hasta que sea de día.
A las nueve os lo digo en La Osa, a la cara. Nacho».
Jara lo leyó por encima de mi hombro.
—¿Estás malo? No lleva ni un chiste.
—No lleva.
Lo mandé a las seis menos veinte. En diez minutos habían contestado catorce.
Los Marqués, que subían igual y llevaban la tortilla.
Un señor de Castellón, que para eso se quedaba en su casa, y al minuto que no, que la cena ya la tenía pagada.
La Mari Carmen de Alcañiz preguntó si los catorce euros eran por persona.
No se borró ninguno.
Descolgué la hoja de los cien, la doblé en cuatro y me la guardé en el plumífero, como todas las noches de visita.
—Te pido yo una cosa —le dije a Abril—. A las once, cuando lleguen, ¿sales cinco minutos y les cuentas tú lo que mides? Lo del dinero y lo de los coches lo digo yo. Lo tuyo no lo quiero contar yo.
Lo pensó un momento.
—Cinco minutos. Con luz roja.
—Con luz roja.
Se fue el sol a las seis menos diez. Ella cogió de la estantería de la sala la caja de su cámara y salió al Pequeño. Fui detrás.
Corrí el techo. Ella encajó la cámara donde va el ocular, con las dos manos y sin guantes, porque con guantes no entra la rosca. Yo le sujeté la luz roja. Se le pusieron los dedos blancos, como en noviembre. Seguí sujetando la luz.
A las seis y media salió la primera estrella por encima del pinar. Ella entró en la sala y yo me quedé fuera, con la mano en la rueda del enfoque.
—Un octavo —dijo por la puerta abierta—. Hacia ti.
Se lo di.
—Menos. La mitad de eso.
En octubre me lo pedía de usted. Esa tarde tardamos cuarenta minutos. Entre un toque y otro hay ratos largos, con una estrella quieta en una pantalla y nada que hacer. No los llenamos ninguno de los dos.
—Ya —dijo.
Salió con la cinta americana y el rotulador. Cortó dos tiras y me las dio a mí.
—Ponlas tú.
Las crucé encima de la rueda. Me pasó el rotulador y escribí «3 ENE».
Jara nos esperaba en la puerta de la sala, con los brazos cruzados.
—¿Y la explanada? —dijo—. Porque tú a las nueve estás en el bar dando la cara, a las once llegas con cien y cuando salga la Luna tienes que estar sentado y quieto.
—La explanada es tuya.
—¿Mía de ayudar o mía de mandar?
—De mandar. Las mantas, dónde se tumban, quién se va a las cinco y que luego no arranque nadie. Hasta que salga la Luna yo hago lo que tú me digas.
Jara sacó el silbato del bolsillo del plumífero y se lo colgó.
—No lo voy a tocar —le dijo a Anselmo—. Es para que lo vean.
Luego me sacó la lista del bolsillo.