Capítulo 29 · Abril
Abril
—¿Me lo dejas? Es una hora.
Se lo bajé de la mesilla. Lo pegó por dentro del cristal de la puerta, con dos tiras de celo, y salió a la acera a mirarlo. «Vuelvo en una hora». Llevaba seis años en un cajón.
Los títulos se compulsaban en un registro del centro. Teníamos once personas delante. Mi padre no hizo nada en toda la cola. No rellenó ningún impreso ni preguntó en ninguna ventanilla. Me sujetó la carpeta mientras yo firmaba y me la devolvió.
Volvimos a la tienda a las doce menos veinticinco.
—Una hora y cuarenta minutos —dije.
—El cartel es orientativo.
Lo despegó con cuidado, para que valiera otra vez, y me lo dio.
Por la tarde me fui a mi piso. Había dejado la calefacción puesta el domingo y estaba a diecisiete grados. Mi madre me dio una fiambrera con cardo y no dijo cuándo había que devolverla.
El correo entró a las seis y veintiséis. La cabecera decía 17:26, que era mi hora.
Era un parte. Tenía los cinco campos, en su orden.
Los cuatro primeros los comprobé. Me conecté a la estación, que no abría desde el día 22. En el mosaico había un velo alto, con las estrellas gordas detrás. La cúpula de la cámara 1 no tenía hielo. Alguien lo había quitado, y en la imagen no quedaba una raya.
Estaban bien.
El quinto era más largo que ninguno de los suyos.
Había retirado mi nombre el día 23. El 23 yo iba por la autovía con una tortilla en el asiento de al lado, y de eso hacía cinco días.
El programa de 2027 se había quedado sin responsable. Yo en el bar le había dicho que no volviera a prometer nada con mi nombre. No le había dicho que lo quitara. Lo que costaba quitarlo lo sabíamos los dos: sin firma el 31 de enero, el programa no salía.
Decía que arreglarlo era cosa suya y que no estaba hecho. No daba fecha. Tampoco ponía que lo fuera a arreglar.
La última frase era la confirmación de recepción.
«La noche del 3 se hará como has escrito».
Busqué «Muela_respuestas», por costumbre, y metí las dos horas.
Seis días, trece horas y cincuenta y cinco minutos.
El máximo anterior era de veintidós horas, en agosto de 2024, y aquella vez se había caído un repetidor.
Me escribía de tú. Y firmaba con un nombre que yo le había dicho muchas veces y que él no me había escrito nunca.
No había ninguna pregunta ni ninguna petición. No ponía que lo sentía.
No contesté. Cerré el parte y pasé al correo de personal de Santiago, que sí pedía cosas.
El martes llamé a Elvira Aznar. El instituto estaba cerrado hasta el 5 y me cogió el móvil desde un pueblo de Huesca, con una campana de fondo.
—He aceptado una plaza en Chile. Astrónoma de soporte, tres años. Empiezo el 11 de enero.
—Me lo dijo Emilio antes de Navidad, que ya sabes que no se guarda nada. Enhorabuena, Abril. Es buena plaza.
—Necesito cerrar el contrato de aquí antes.
—Eso te iba a decir yo. Dos a la vez no puedes. —Oí que buscaba un papel—. Si renuncias tú, consta una renuncia. Si lo cerramos de mutuo acuerdo, consta que nos conviene a las dos. A mí me conviene, que enero lo tenía pagado con alfileres. ¿Cuándo vuelas?
—El 8, si hay billete.
—Pues con efectos del 8. Firmas el martes 5 a primera hora, que es cuando vuelve la de personal.
—Tengo una noche de campaña el 3. La última.
—Hasta el 8 ese tiempo es tuyo. Te lo dio el comité, no yo.
—¿Y los datos?
—La campaña es de tu proyecto y el artículo lo firmas tú, con la afiliación de aquí. Te lo pongo por escrito esta tarde.
—Gracias, Elvira.
—No me las des. No he puesto un euro.
La llamada duró cuatro minutos. El escrito llegó a las cinco.
Esa semana tuve el mosaico abierto todas las tardes en media pantalla, como lo había tenido tres años.
El martes, al anochecer, vi por el borde de la cámara 5 que se abría la compuerta de la cúpula.
Se cerró. Se abrió otra vez. Lo hizo seis veces en una hora.
Pensé en el motor, que en noviembre zumbaba y no arrastraba.
El miércoles compré el vuelo. Madrid, Santiago, viernes 8 por la noche, directo. Llegaba el sábado por la mañana, hora de allí. Ochocientos noventa euros, solo ida. Personal lo devolvía con la primera nómina, contra factura. Pedí la factura.
Personal me mandó también el alojamiento. Una habitación en la residencia del observatorio las dos primeras semanas. «Después se organiza usted», ponía. Contesté que sí, que me organizaba.
Lo apunté en la hoja de las cuatro filas, en la primera, la de la distancia. Diez mil setecientos kilómetros y trece horas y media. La segunda columna de esa fila seguía vacía.
El jueves por la mañana me hicieron el reconocimiento. Por la tarde me puse con el artículo, porque era 31 de diciembre y en casa de mis padres no se cenaba hasta las nueve y media.
La tabla seguía como la dejé. Cuadrántidas: Grande, N. Villarroya. Pequeño, N. Villarroya.
«Como has escrito».
Fui a lo que había escrito. Lo había repasado el domingo y estaba bien. Lo repasé con otra pregunta.
La configuración decía la zona de la Luna, la exposición, la hora de montaje y el enfoque. No decía quién.
Lo conté. Durante la ventana, al Grande había que moverle la cúpula cada diez minutos, desde la botonera, que estaba arriba. Al Pequeño había que salir a darle un toque cada vez que se le iba el campo. El 13 de diciembre se le fue dos veces en hora y media, que yo tuviera apuntadas.
Eran tres sitios. La sala, la cúpula y la losa del Pequeño.
Lo peor no eran los sitios. Para devolver un campo a su lugar hacían falta dos personas: una fuera, con el mando, y otra dentro, mirando la pantalla y diciendo «ya». Así lo habíamos hecho en octubre, con la puerta abierta.
Lo probé. Dejé el portátil en la mesa de la cocina, con el vídeo del 13 de diciembre en marcha, y salí al pasillo con el mando de la tele en la mano.
Desde el pasillo no se veía la pantalla.
Eran cuatro metros. Volví a mirar, salí otra vez y apreté un botón a ciegas.
A la tercera vuelta mi vecina de abajo dio dos golpes en el techo.
Yo eso lo sabía. El 17 de noviembre me había quedado sola con las dos pantallas y había perdido la ventana.
Se lo había dicho a él en diciembre, en la sala, con estas palabras: «No puedo estar en la sala y en la explanada».
Le pedí que llevara el Pequeño la ventana entera, y lo llevó, y esa noche salió el destello.
El 22, a las tres y media de mi hora, yo le había mandado a un hombre solo un trabajo que yo no sabía hacer sola. Él había contestado que lo haría así.
Lo iba a hacer. De eso no dudé. Iba a pasarse una hora corriendo entre tres sitios, a ocho bajo cero, y lo que saliera iba a llevar mi firma.
Hice la cuenta de lo que salía. Mientras él estuviera en la cúpula o en la losa, las pantallas se quedaban sin nadie.
Si un campo se iba en ese rato, los dos telescopios dejaban de mirar el mismo trozo hasta que él lo viera y lo arreglara.
Un destello en uno solo no valía. De una hora de ventana iban a servir cuarenta minutos, con suerte, y era la última ventana de la campaña. De tres, yo tenía una.
Tenía tres opciones y las puse en una hoja.
La primera era dejarlo como estaba. Daba cuarenta minutos malos.
La segunda era mandar instrucciones nuevas, para dos operadores. No había segundo operador. Que yo supiera, Jara no había tocado nunca la botonera. Bielsa llevaba años sin sentarse delante de una pantalla que no fuera la del correo.
La tercera era ir yo.
Había que volver a un sitio del que me había ido con la maleta por delante. Y en el Pequeño hacía falta alguien que supiera, la hora entera. Solo había uno.
Miré primero si cabía. El 3 por la noche, arriba. El 4, dormir. El 5 a primera hora, firmar en Zaragoza. El 8, Madrid. Cabía sin mover nada de Chile.
Después miré el cielo. A tres días no había previsión que valiera. No iba a decidir una noche con un mapa de colores.
Cerré el portátil a las nueve y fui a casa de mis padres.
Tomamos las uvas con la tele. Mi madre se atragantó en la séptima, como todos los años, y mi padre le dio en la espalda sin dejar de contar.
—¿Necesitas algo? —me preguntó él en la puerta, con mi abrigo en la mano.
—El termo grande. El de la tienda.
—¿Para cuándo?
—Para el domingo. A lo mejor subo a hacer la noche.
—¿A lo mejor?
—Depende de las nubes.
Mi padre asintió. De nubes no sabía, pero de «depende» sí: llevaba cuarenta años vendiendo tacos según la pared.
—¿Tiene vuelta, entonces?
—La noche sí.
El viernes cargué el frontal y las dos baterías, y las metí en la caja grande con los discos vacíos y los cables de repuesto.
Las cámaras de vídeo y el receptor de la hora se habían quedado arriba, en la sala.
Saqué del forro la anilla de las tres llaves y la puse encima de la caja, para no tener que buscarla.
El sábado a las diez menos cuarto salió la previsión buena. Despejado en toda la sierra hasta el lunes a mediodía. Viento del norte, flojo. Mínima de nueve bajo cero a mil novecientos metros.
Ya no dependía de nada.
Llamé a La Osa. Lo cogió Pilar, con la campana de la cocina en marcha.
—Pilar, soy Abril. Mañana subo a hacer la noche. ¿La habitación sigue?
—Te dije hasta el 20.
—Ya. Quería pedirle otra cosa. Caldo, para subirlo. Llevo termo. Paso a las cuatro y media.
—¿Para cuántos?
Tardé.
—Para dos.
—Para dos —dijo Pilar, y colgó.
Volví al artículo. En la fila de las Cuadrántidas, en la casilla del Grande, borré su nombre y puse el mío. La del Pequeño la dejé como estaba.
Bajé hasta los agradecimientos. La línea seguía en amarillo, con la nota al margen. El nombre que yo había puesto el día 21 era el mismo que firmaba el parte, letra por letra. Dejé el amarillo y la nota al margen.
Luego abrí el parte y le di a responder.
«La noche del 3 la hago yo».
Para la hora escribí «16:00 UT». Lo borré y puse que subía a las cinco de la tarde.
Debajo no usé la firma de los tres años.
Puse «Abril». Salió a las once y cinco.