Prohibido pedir deseos Capítulo 28 · Nacho
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Capítulo 28 · Nacho

Nacho

Yo solo quería

—Dime, Nacho.

—El nombre que te di el lunes lo tienes que quitar.

—¿Cómo que quitar?

—La doctora no lo sabía. No se lo pregunté antes y no se lo dije después. Se enteró por el vídeo.

Oí una silla.

—A ver. Tú dijiste «va a estar». Lo tengo en el acta y lo tiene media provincia en el móvil.

—Lo dije yo. Ella no ha dicho nada. El 11 de enero empieza a trabajar en Chile.

—¿Y eso tú desde cuándo lo sabes?

La Maribel encuentra siempre la pregunta que hay que hacer. Por eso le salen los cuadros.

—Que tenía la oferta, desde el viernes. Que la había cogido, desde ayer.

—O sea, que el lunes me diste el nombre de una persona que a lo mejor se iba.

—Sí.

—Con micrófono.

—Sí.

Estuvo callada un rato. Yo miraba la maceta por el cristal de la puerta.

—¿Tienes otro?

Tenía la respuesta en la boca. Podía decirle que Anselmo, que era cuestión de días, que en Reyes lo tenía en la mesa.

—No —dije—. Se lo voy a pedir a Anselmo. No sé qué me va a contestar.

—Anselmo lleva siete años sin firmar ni el parte de la caldera.

—Ya lo sé.

—Pues dime qué pongo. Tengo un programa aprobado con una condición, y el nombre me lo acabas de quitar.

—Pon que no hay responsable. Que el nombre lo retiro yo y que la culpa es mía.

—Eso en un acta no se pone, Nacho. Se pone un nombre o se deja el hueco.

—Pasó hojas—. Me lo mandas hoy por escrito.

Dos líneas, con fecha y con tu firma. Que conste que lo propusiste tú y lo retiras tú, y que ella no lo dio nunca.

Lo del 31 de enero no se mueve. Si ese día no hay firma, el programa no sale.

—Lo sé.

—Son treinta y cuatro noches. Te lo recuerdo para que lo sepas, no para apretarte.

—Lo sé.

—Y otra cosa. Yo apunté un nombre sin oírselo a ella. Eso lo arreglo yo con la doctora, no tú.

Colgó. No dio las gracias.

El correo lo escribí en la barra, de pie.

Me costó varios intentos. En los primeros explicaba por qué.

En el último puse lo que había pasado: que el lunes propuse a la doctora Abril Lasarte como responsable científica sin consultarla, que retiraba la propuesta y que el programa de 2027 quedaba sin responsable.

Fecha y nombre. Lo mandé a las diez y veinte.

Fermín entró a las once, sin carpeta.

—¿Has hablado con la Maribel?

—He quitado el nombre.

—¿Y a quién has puesto?

—A nadie.

Se sentó. Fermín en la barra no se sienta, se apoya.

—Vamos a ver, Nacho. Uno se quita cuando hay otro. Eso es así con los concejales, con los párrocos y con todo.

—Ella no había dicho que sí.

—¡Tampoco había dicho que no hasta ayer! Un mes lo podías haber dejado ahí, tan ricamente, mientras buscabas.

Lo malo es que eso ya lo había pensado yo.

—¿Y el 31 de enero?

—No lo sé.

—¿Cómo que no lo sabes? Tú siempre sabes.

—Pues esta vez no.

Miró el móvil, que es donde mira cuando no sabe qué cara poner. El vídeo seguía ahí, con cuarenta y un corazones.

—Quítalo, Fermín.

—Lo quito cuando tenga otra cosa que poner. Si lo borro ahora me preguntan veinte, y no sé qué decirles.

Se fue sin pedirme nada.

En Nochebuena cenamos mi madre, Jara y yo a puerta cerrada. Mi madre puso tres platos en la mesa grande y dejó vacía la de dos, la de junto a la estufa. Hablamos de la helada.

Llegué a casa pasadas las doce. La servilleta del décimo seguía de pie en la repisa, junto al reloj parado. Me senté en la cama con el móvil y abrí un correo. En el destinatario puse una a y salió ella.

Escribí «Yo solo quería».

Lo borré y apagué la luz.

El día de Navidad, en el vermú, Toño hizo la cuenta en una servilleta. Treinta y cuatro noches. A sesenta cenas de media, porque no todas iban a ser de cien. A quince euros.

—Treinta mil seiscientos —dijo—. Que no entran en esta casa.

Lo dijo mirando a mi madre.

—La caja de mi casa la cuento yo, Toño —dijo ella, y le puso el vermú.

Chema me pidió que el lunes le subiera la leña. Le dije que sí.

—¿Seguro? Mira que luego consta en acta.

Se rio entera la mesa del guiñote. Me reí yo también, tarde.

El sábado por la mañana llamé a Anselmo a su casa. El jueves no había subido, porque era Nochebuena y porque ya había subido el lunes, que a él le vale por dos jueves.

—Te quiero pedir una cosa. Que firmes tú lo del responsable.

—¿Yo?

—Eres el director. El convenio de 2019 lo firmaste tú.

—Yo mandé un correo al pleno.

—Diciendo que tomabas nota.

—Eso. —Carraspeó—. ¿Y la doctora Lasarte? A mí Fermín me escribió que estaba resuelto.

—La doctora se va a Chile en enero. Di su nombre sin preguntarle y el miércoles lo retiré. Ahora no hay nadie.

En el despacho de Anselmo hay un pino al otro lado de la ventana. En su casa no sé qué hay, pero lo estuvo mirando.

—Eso son treinta y cuatro noches localizable. Yo a las tres de la mañana estoy durmiendo en Teruel.

—Ya.

—Y si una de esas noches te pasa algo a ti, ¿quién abre la cúpula? Porque la otra que sabía se marcha.

Yo tenía una prima que me lo pidió una vez, con veinte años. No se la ofrecí. No le había preguntado.

—Todavía no lo sé.

—Pues mira. El miércoles 30 subo y lo vemos despacio. Con una reunión.

—El 30.

—No te digo que sí.

—Tampoco me has dicho que no.

—Tomo nota.

Colgó deprisa.

Ese mediodía a la Benita se le acabó la bombona. Hace doce años que se la cambio yo. Entró en el bar, pasó por delante de mí y se lo pidió a Marcelino.

—Tú no, hijo, que bastante tienes.

Marcelino me miró con la bombona en brazos y la ceja de 2010 muy subida. Era la primera que no le cambiaba yo.

Toño volvió con lo de los treinta mil, y la Benita dio en la mesa con la mano abierta.

—Dejad al crío. Que este lo dejó todo por su madre cuando lo de la cocina. Que iba para ingeniero.

—Para físico —dijo Jara, desde la cafetera.

—Para lo que fuera. Se vino y levantó el bar con las manos.

—Eso es verdad —dijo Marcelino, y se tocó la ceja.

Se callaron casi todos. Esa historia la conté yo primero.

—Será verdad —dijo Toño—. Pero las cenas son las que son.

Dobló la servilleta y se la guardó.

Mi madre estaba en la puerta de la cocina, con un vaso y un paño. No dijo ni que sí ni que no. Secó el vaso y lo puso en su sitio.

Yo tampoco dije nada.

El domingo subí a quitar el hielo de las cámaras, que para eso no hace falta responsable. En la tablilla de la sala seguía el parte del 21, con su letra. Tres Úrsidas hasta la 01:40, en su hora. Lo dejé donde estaba.

Del primer dormitorio saqué el Mecánica de la portada nueva y el cuaderno azul. Abril me dejó dicho a primeros de diciembre que la próxima vez dijera que eran míos o no dijera nada. Yo llevaba veinte días sin decir nada.

Esperé a que mi madre cerrara. Los domingos rasca la plancha antes de irse, con una rasqueta más vieja que yo. Dejé el libro y el cuaderno en la mesa de acero, al lado de los ajos.

—Esto es mío.

Miró la portada sin soltar la rasqueta.

—Ya.

—No era de la doctora. Lo dije yo en la barra y ella dijo que sí por no dejarme mal delante de ti.

—Una doctora no se deja un libro de segundo detrás de la harina. —Siguió rascando—. La hiciste mentir en mi casa, con el plato delante.

—Sí.

—¿Y por qué me lo traes hoy?

—Por lo que dijo ayer la Benita.

—La Benita dice eso desde 2010.

—Y yo la dejo. —Tomé aire—. Estoy matriculado en Física. A distancia. Desde octubre de 2023.

—¿Y lo pagas?

—Cuatro cursos.

—¿A cuántos exámenes has ido?

Abril me había preguntado lo mismo un mes antes.

—A ninguno.

—Cuatro cursos pagando —dijo, como quien lee un recibo.

—Hay más. Lo de 2010. —Traía la frase hecha desde la carretera y no me sirvió—.

Yo no me quedé por la cocina. La cocina se abrió en junio.

Allí éramos ciento veinte y yo aprobaba con cincos.

Bajé a ayudarte y a la semana era otra vez el que sabía hacerlo todo.

En septiembre no volví. Dije que había que pagar la obra, la gente me dio las gracias y yo las cogí.

Mi madre dejó la rasqueta. Aclaró el trapo, lo escurrió y lo colgó del tirador del horno. Lo estiró con la mano, para que no hiciera arruga.

—¿La doctora lo sabe?

—Desde el día de la harina.

—O sea, que lo ha sabido ella antes que yo.

—Sí.

Le quitó al trapo otra arruga que no tenía.

—La obra la pagó el seguro —dijo.

—No toda.

—No toda. Lo que faltó lo pagué yo, en dos años, con los menús de los de la carretera. ¿Tú sabes cuánto era?

—No.

—Porque no me lo preguntaste. —Se secó las manos en el delantal—. Tú pusiste las baldosas y te lo agradecí. El bar no se hundía sin ti. No se ha hundido nunca.

—En septiembre te dije que me iba cuando acabáramos de pagar.

—Eso dijiste. Acabamos y no te fuiste. No te dije nada, que era tu vida.

Cogió la rasqueta y la volvió a dejar.

—A mí lo que me ha pesado es lo otro. La Benita. El cura que había. «Lo que dejó ese chico por ti, Pilar». Y yo callada, porque si digo que no es verdad te dejo de embustero delante del pueblo.

—Madre.

—Dieciséis años debiéndote una carrera que yo no te pedí.

—Algo he hecho aquí. El observatorio. Las Noches. Las cien cenas del día 13 no las trajo el seguro.

—Eso es tuyo y está bien hecho. Nadie te lo quita. —No levantó la voz—. Lo otro no me lo apuntes a mí.

Yo estaba junto a la baldosa torcida.

—Bueno —dije—. La baldosa por lo menos sí la puse yo.

Mi madre miró la baldosa. Luego me miró a mí. No se rio. Abrió el cajón del dinero y se puso a contar, de cabeza, moviendo un poco los labios.

En esa cocina yo siempre tengo algo en las manos.

Una bandeja, un trapo, una caja de botellines.

Aquella noche estaba todo recogido. Me quedé de pie, con los brazos colgando, oyendo el motor de la cámara.

Arrancó. Estuvo un rato. Se paró. Mi madre llegó al final, apuntó la cifra en el borde de un periódico y cerró el cajón.

—Me gustaba que me las dieran —dije—. Las gracias.

—Ya lo sé, hijo.

Se quitó el delantal y lo dobló.

—Los exámenes esos, ¿cuándo son?

—En febrero. Tres. En Teruel.

—¿Vas a ir?

—No lo sé.

—Pues cuando lo sepas me lo dices con tiempo. Ese día me apaño con Jara. No vayas a decir luego que había comidas.

Empujó el libro hacia mí con un dedo.

—Y esto te lo llevas a tu casa, que aquí coge olor a ajo.

Me lo llevé. Lo dejé en la mesa de mi cocina, a la vista.

El lunes por la mañana Jara apilaba sillas. Esperé a que acabara una torre.

—¿Tú sigues queriendo aprender lo de arriba?

—¿Me lo preguntas o me lo estás colocando?

—Te lo pregunto. Si dices que no, me busco la vida.

—Te lo pedí con veinte años. ¿Por qué ahora?

—Porque si me parto una pierna no abre nadie. Me lo ha tenido que decir Anselmo.

—¿Y es para que firme Anselmo o para que yo sepa?

—Las dos cosas.

Lo pensó con una silla en el aire.

—Mañana a las cuatro. Y no me lo cuentes. Me dejas hacerlo.

Subí solo esa tarde. Había nubes altas, de las que no traen nada, y el cierzo venía flojo. Leí la humedad en la estación. Luego me senté en la silla coja y abrí el correo.

Desde octubre no le mandaba un parte. Los rellenaba en papel, con ella al lado.

Los cuatro primeros campos se escriben solos. Nubes: altas. Viento: cierzo flojo. Humedad: 55 %. Incidencias: ninguna.

En el quinto, en tres años, yo había escrito de todo. Un toro que no era un toro. La sal que les faltaba a las Gemínidas.

Esa tarde escribí lo que había hecho. «Di tu nombre en el pleno sin preguntarte». Me salió de tú. Lo vi escrito y lo dejé.

Puse cuándo lo retiré. Puse lo que había costado, que era un programa sin responsable. Puse de quién era arreglarlo y que no estaba arreglado.

De Anselmo no dije nada, porque Anselmo no había dicho que sí. De Jara tampoco: empezaba al día siguiente y a lo mejor a la segunda noche me mandaba a paseo. Tampoco expliqué por qué lo hice.

Al final le confirmé la recepción, con seis días de retraso. «La noche del 3 se hará como has escrito».

Faltaba la firma. Me salieron la ene y el punto, como desde 2023. Los borré.

Escribí «Ignacio Villarroya» y lo envié.