Prohibido pedir deseos Capítulo 27 · Abril
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Capítulo 27 · Abril

Abril

Confirme recepción.

El miércoles a las ocho menos doce minutos yo tenía la maleta cerrada encima de la cama y el portátil abierto encima de la maleta.

El martes no había vuelto a bajar. Pilar me subió una bandeja a las tres y me la comí entera. Luego dormí once horas seguidas, y desde las cuatro de la madrugada, ninguna.

El correo de las instrucciones seguía en la carpeta de enviados, sin respuesta debajo. En tres años él no había tardado nunca más de un día en confirmar nada. Los martes, nueve minutos.

Abrí uno nuevo. Escribí dos palabras. Las miré.

No lo mandé. Lo dejé en borradores y cerré la tapa.

Doblé la manta de cuadros y la puse a los pies de la cama, como estaba en octubre. Apagué el radiador. La maleta pesaba lo mismo que al venir, más un gorro granate. Los discos de las cuatro noches iban en la mochila.

La escalera tenía un peldaño suelto. Él estaba abajo, en el rellano de la puerta del tres, con el plumífero puesto y las manos fuera de los bolsillos.

—Te la bajo.

—No.

—Abril, pesa.

—La bajo yo.

Se apartó contra la pared. Bajé de lado, con la maleta por delante, peldaño a peldaño. En el suelto se me fue un pie y la maleta dio contra la barandilla. Él movió una mano y la paró antes de tocar la maleta.

Llegué abajo sola. Tardé el doble.

—En las umbrías de la bajada hay hielo hasta las diez —dijo.

—Ya.

Pilar salió con un paquete envuelto en papel de plata.

—Tortilla. Para el camino. La habitación se queda como está.

—Gracias, Pilar.

—Come.

Jara estaba en la puerta del bar, con los brazos cruzados encima del delantal.

—Me escribes —dijo.

—No sé qué.

—Lo que sea. Yo contesto de frente.

Metí la maleta en el Ibiza. Dejé las llaves de la habitación en su bolsa de congelar, debajo de la maceta, donde las encontré el 20 de octubre. Arranqué a la primera.

En la primera umbría había hielo. Frené.

Llegué a Zaragoza a las once y veinte. En Las Fuentes aparqué en la misma calle que el 20 de octubre, a dos de la ferretería. La administración de lotería tenía en el cristal el cartel de los premios. No me paré a mirar la terminación. Era la primera fila que le iba a faltar al registro desde 2011.

Esta vez anduve las dos calles.

La puerta de la tienda seguía teniendo la campanilla. Mi padre estaba en el taburete, con las gafas subidas y la libreta de muelle. En el mostrador había una señora esperando la copia de una llave y contándole dónde la iba a dejar.

—¡Abril! —dijo mi madre desde la trastienda—. Pero ¿tú no estabas en Teruel?

—Estaba.

Salió secándose las manos. Me besó. Olía a lejía y a naranja.

—¿Has comido? ¿Necesitas algo?

—No.

Lo dije antes de que acabara la pregunta.

—Menos mal que has venido —dijo mi padre—, porque el datáfono lleva desde el lunes dando error y ese chico del banco no me coge.

Tardé cuatro minutos con el datáfono. Luego fue el rollo de la caja, que estaba puesto al revés. Luego una factura de un proveedor que venía con el IVA dos veces. A las dos bajamos la persiana y mi padre me acercó la libreta sin pensarlo, como me la acercaba cuando yo tenía doce años.

Conté. Billetes, monedas, dos vales.

—Cuadra —dije.

Soltó el aire por la nariz.

—Menos mal —dijo mi madre.

Yo llevaba dos horas y media en esa tienda. Había arreglado cuatro cosas y no había contado ninguna.

Dormí en mi piso. Llevaba cerrado desde octubre y hacía doce grados. Un piso también tardaba un día en enterarse. No subí la maleta. Subí la mochila, con los discos y el portátil, y dormí vestida debajo de dos mantas.

La Nochebuena era en casa de mis padres, un tercero sin ascensor a dos portales de la tienda. Subí a las ocho. Antes del primer plato ya le había arreglado el móvil a mi madre y el canal de la tele a mi padre.

Mi madre sirvió el cardo. Mi padre cortó el pan contra el pecho, que era como lo cortaba.

Dani llegó a las diez menos cuarto con una caja de polvorones empezada y un «perdón» que le valía para todo el año.

Tenía treinta años y seguía entrando en esa casa como a los quince, tropezando con el paragüero.

Yo había pensado decirlo en el segundo plato. Lo dije en el primero. Si esperaba, iba a acabar recogiendo la mesa.

—Me han ofrecido una plaza en un observatorio de Chile. Tres años. Empiezo el 11 de enero. He dicho que sí.

Mi madre dejó el cucharón.

—¿Chile de Chile?

—De Chile.

—Pues muy bien, hija —dijo mi padre—. Tú te apañas en cualquier sitio.

Era la frase, con todo su cariño dentro.

—Esta vez no me apaño.

Se quedaron los tres mirándome.

—La plaza la quiero y no la voy a deshacer.

Eso lo sé. Había quedado con una persona en hablarlo antes de contestar, y contesté sin hablarlo.

Eso también lo sé: estuvo mal y se lo he dicho.

—Bebí agua—. Lo que no sé es lo otro. Me he ido.

Le he dejado a esa persona la última noche de mi trabajo, con unas instrucciones. Os lo pregunto. ¿He hecho bien?

Mi padre miró a mi madre. Mi madre miró el cardo.

—¿Qué persona? —dijo Dani.

—El técnico del telescopio.

—¿El de la urraca?

—¿Tú cómo sabes lo de la urraca?

—Lo contaste aquí hace tres Navidades. Te reíste tú sola. Y al año siguiente contaste lo del hielo, que el hombre quería rascar.

—El que no rascó —dijo mi madre—. Muy formal.

Yo no me acordaba de haberlo contado.

—¿Y él qué ha hecho? —preguntó Dani—. Porque tú sin motivo no dejas a nadie con unas instrucciones.

—Dio mi nombre para un cargo sin preguntarme. Delante de un pleno entero.

—Entonces estáis en paz.

—No. Lo que él dio era mío. Lo que yo cogí también era mío.

Dani levantó las dos manos.

—Vale. ¿Y la noche esa? ¿Tú querías dejarla?

—No.

—¿Y por qué la has dejado?

—No lo sé.

—Pues ahí lo tienes. Lo de Chile está bien. Lo otro no. —Se metió medio polvorón en la boca—. Y no nos mires así, que es la primera vez que preguntas algo en esta casa y no tenemos práctica.

—Dani —dijo mi madre.

—Es verdad, mamá. Lleváis veinte años esperando que os pida algo. Papá me pregunta a mí si a ella le hará falta dinero. A mí, que le debo seiscientos euros.

Mi padre se puso a juntar las migas del mantel con un dedo.

—Es que tú nunca has necesitado —dijo, sin mirarme.

—Nunca os lo he dicho. No es igual.

—Cuando te fuiste a Praga te preguntamos si te llevábamos a la estación —dijo mi madre—. Dijiste que no hacía falta, que era sábado y había que abrir.

Yo eso lo tenía apuntado de otra manera. Lo tenía como que no vino nadie.

—Yo tenía el cartel hecho —dijo mi padre—. «Vuelvo en una hora». Está en el cajón de las llaves.

Nadie tocó el cardo.

—Menos mal que tú —empezó mi madre.

—Mamá —dijo Dani.

Se calló. Le costó. Tenía la frase hecha desde hacía veintidós años y no tenía otra para poner en su sitio.

Mi padre carraspeó.

—A mí lo de Chile me parece bien. Si es tuyo y lo quieres, está bien cogido. De lo otro no sé decirte, hija. Yo de eso no entiendo. Tu madre y yo no hemos estado nunca a más de dos calles.

—Eso tampoco es ninguna garantía —dijo mi madre.

Dani se rio con la boca llena. Mi padre también, un poco.

—¿Y lo de la noche tiene vuelta? —preguntó él.

—No lo sé. Es el 3 de enero.

—Pues hasta el 3 hay días.

Lo dijo como decía que un tornillo se podía devolver con el tique.

—¿Necesitas algo? —preguntó él.

Tenía el «no» en la boca. Lo noté venir como un estornudo.

—Sí. Quedarme aquí hasta el domingo. En mi piso hace doce grados.

—Tu cama está hecha desde octubre —dijo mi madre.

—Y que alguien me suba la maleta. Está en el coche.

Mi padre ya se había levantado.

Tenía sesenta y seis años y eran tres pisos. Tardó cuatro minutos, con una parada en el segundo. Yo subí detrás, con las manos vacías, y no cogí el asa ni cuando resopló. Mi madre nos miraba desde arriba, agarrada a la barandilla.

—Julián, que te vas a hacer daño.

—Déjame.

Dejó la maleta al pie de mi cama y la puso recta. Estaba colorado y contento.

Mi madre recogió la mesa sola, porque no supo no hacerlo. Mi padre me preguntó dos veces si en Chile era verano. Dani se llevó los polvorones.

Entré en la cocina a secar. Mi madre me dio el paño sin protestar, que ya era algo.

—¿Cómo se llama?

—Ignacio Villarroya.

—¿Te ha llamado?

—No.

—¿Y tú a él?

—Tampoco.

Aclaró una fuente. Tenía algo que decir y no lo dijo. En esa cocina eso era nuevo.

Mi padre apareció en la puerta con un cartón en la mano. Era el cartel. «Vuelvo en una hora», con rotulador azul y su letra de sumar mal. Me lo dio y se fue a ver la tele.

Lo dejé de pie en mi mesilla.

El viernes y el sábado hice lo que no había hecho nunca en esa casa, que era nada. No me salía.

El viernes por la tarde oí gotear la cisterna. A los cinco minutos yo tenía la tapa en el suelo y la llave inglesa en la mano.

—¿Qué haces? —dijo mi padre desde la puerta del baño.

—El flotador. Está pasado.

—Ya lo sé. Lleva así desde el Pilar.

—Es un minuto.

—Abril. Dame eso.

Me quitó la llave con mucho cuidado, como se le quitaba un zapato a un perro. Luego no supo qué hacer con ella y la dejó encima del bidé.

—Tú siéntate.

—¿A qué?

—A nada. A que te vea tu madre.

Me senté en el sofá. Mi padre era ferretero y dejó gotear una cisterna toda la tarde para que yo no la arreglara. Aguanté once minutos. Luego mi madre me puso delante un plato de turrón, por si la nada me daba hambre.

Santiago me había contestado el martes: la bienvenida, un contacto de personal y una lista de papeles. Títulos compulsados, antecedentes, un reconocimiento médico. Mi padre dijo que el lunes me acompañaba a lo de los títulos. No hacía ninguna falta. Le dije que sí.

De Torrelucero no llegó nada. El grupo llevaba callado desde el martes a mediodía. Jara me escribió el sábado: «Mi tía pregunta si comes. Yo también». Le puse que sí.

El domingo por la noche abrí la configuración del 3 de enero.

Estaba bien. No le sobraba ni le faltaba nada. Las cinco cámaras, los dos telescopios, la zona, las horas, el enfoque sellado desde la tarde. La podía seguir cualquiera que supiera lo que hacía, y él sabía.

Abrí el artículo, por hacer algo con las manos. Tenía una tabla con las noches de la campaña y con quién había llevado cada telescopio. Gemínidas: Grande, A. Lasarte. Pequeño, N. Villarroya. Añadí la fila de las Cuadrántidas. En la casilla del Grande puse su nombre. En la del Pequeño también.

Me quedé mirando las dos casillas iguales.

Era la quinta noche. Era la única ventana lunar que me quedaba, y la iba a hacer otro con mis números. La había dejado en un adjunto.

Busqué un pañuelo en el bolsillo del forro, que todavía olía a humo de carrasca, y saqué otra cosa. Una anilla de alambre con tres llaves. La de la cúpula tenía en el paletón las marcas de mi lima.

En borradores seguían las dos palabras del miércoles. No las mandé. Cerré el portátil.

A los diez minutos lo abrí otra vez.