Prohibido pedir deseos Capítulo 26 · Nacho
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Capítulo 26 · Nacho

Nacho

El día del sorteo mi madre abre a las ocho y media aunque sea martes. Fuera de los días de fiesta, solo lo hace ese día y la víspera de Reyes, y lo abre como lo abre todo: sin avisar y con el caldo hecho.

Yo llegué a las ocho y veinte. No había dormido.

La noche antes, a las doce, cogí las llaves del todoterreno. Las tuve en la mano hasta la una. Jara me había dicho, al recoger, que le había escrito a Abril.

—Lo ha visto.

—¿Qué te ha puesto?

—Tres palabras. «Lo he visto».

Yo esas tres palabras las tengo guardadas con otra fecha. No subí. Me dije que arriba había una noche de campaña, y que una noche de campaña no se interrumpe para pedir perdón. Era verdad, y la usé.

El móvil seguía al lado de la cafetera. Lo dejé allí al cerrar, por no mirar más el grupo. Lo cogí para ver si se había echado la niebla, que es para lo que lo cojo a esa hora, y el correo estaba dentro desde las cuatro y media.

Lo leí de pie, junto a la barra, con el trapo al hombro.

Empecé por el final, como empiezo los suyos. Al final ponía «A. Lasarte». Encima, «Confirme recepción». Encima, «No modifique el enfoque». Fui subiendo línea a línea, buscando la que no mandaba nada. Arriba del todo ponía «Señor Villarroya».

Abrí el adjunto. Dos telescopios, cinco cámaras y la noche del 3 al 4 de enero, con todas las horas en la suya.

Del vídeo no decía nada. Yo sabía leer lo que ella no escribía, y ahí no había hueco donde mirar.

Entendí una cosa, porque era de mi oficio: el 3 ella no pensaba estar.

—¿Qué lees? —dijo mi madre desde la cocina.

—El parte.

—Pues pon las sillas, que a las nueve cantan.

Puse las sillas. En La Osa el sorteo se ve entero y se canta.

El que acierta a cantar el número antes que el niño de la tele bebe gratis, cosa que no ha pasado desde 1997.

Cada uno deja su décimo encima de la barra, debajo de su vaso, para que nadie tenga que fiarse de nadie.

A las nueve menos diez había once décimos, cuatro participaciones del fútbol de Alfambra y el de la Benita, que es el mismo número desde que se casó.

Fermín entró con dos botellas de cava del Ayuntamiento.

—¡El hombre del día! ¿Ha bajado ya?

—No.

—Pues en cuanto baje, brindis.

—Fermín, espera a que yo hable con ella.

—¡Si ya lo sabe, hombre! Si lo sabe todo el grupo.

Eso era lo que me daba miedo.

Jara pasó por detrás de mí con una bandeja de tazas. No me miró. Jara, cuando no te mira, es que ya ha dicho en otro sitio lo que tenía que decir.

A las nueve empezaron los niños. El bar cantó con ellos, la Benita medio compás tarde.

Abril entró a las nueve y veinticinco.

Traía el gorro granate, la mochila y la fiambrera de mi madre. Tenía la cara de haber pasado la noche entera delante de una pantalla, que yo esa cara se la conozco por la hora de sus correos. Dio los buenos días a todo el bar. Le contestaron treinta personas a la vez, más contentas de lo normal.

Fue derecha a la cocina.

—Lavada —dijo, y le dio la fiambrera a mi madre.

—Has comido frío.

—Sí.

Mi madre no dijo más. Sacó de la repisa el plato tapado de la noche antes y lo metió en el horno.

Luego Abril vino a la barra, al sitio que quedaba delante de mí. Sacó la cartera. Sacó el carné, y de detrás del carné el décimo. Lo puso en el zinc, alisado con el canto de la mano, y le plantó encima un vaso vacío, como había visto hacer a los demás.

El 58.317. Entre los dos.

—Abril. Tengo que contarte una cosa de ayer.

—Ya la he visto. Dura dos minutos y nueve segundos.

—Quería decírtelo yo.

—Has tenido desde el mediodía de ayer.

No levantó la voz.

—Vamos a mi casa —dije—. O a la cocina.

—No. Dije que bajaba al sorteo y he bajado al sorteo.

No nos dio tiempo a más. Fermín se había subido al travesaño de un taburete, con el vaso por delante.

—¡Un momento, que ya está aquí! —Bajaron la voz hasta los niños—. Por la doctora Lasarte, responsable científica de la Muela. ¡Que se queda con nosotros!

Se levantaron los vasos. Yo no levanté nada.

Abril se volvió hacia el bar.

—Baje el vaso, alcalde. Yo no he firmado nada. A mí nadie me lo preguntó. Y no me quedo. El 11 de enero empiezo a trabajar en Santiago de Chile, tres años.

En la tele un niño cantó un número y otro cantó «mil euros».

Yo me enteré así. De pie, con una botella de anís en la mano, a la vez que Marcelino.

—¿Cómo que Chile? —dijo Fermín—. Si lo dijo Nacho. Si consta en acta.

—Lo dijo Nacho. Yo no.

Fermín me miró a mí. Me miró el bar entero, de uno en uno, como se mira una avería. Mi madre salió a la puerta de la cocina, vio lo que había y subió el volumen de la tele con el mando. Era lo único que se podía hacer por nosotros y lo hizo ella.

—¿Y lo del Toro quién lo cuenta ahora? —preguntó la Benita, a nadie.

—Canta, Benita —dijo Marcelino.

—¡Trece mil cuatrocientos seis! —cantó Chema, más alto de lo que hacía falta.

El bar volvió a cantar. Unos por cantar y otros por no oír.

Abril se quedó donde estaba, con el vaso y el décimo entre los dos.

—¿Has contestado a Santiago? —pregunté.

—A las cuatro.

—¿De esta noche?

—De esta noche. Ayer a las cuatro y veintidós de la tarde dijeron que no había más plazo.

—Habíamos quedado en hablarlo antes.

—Lo sé. Pero diste mi nombre.

—Sí.

—A una diputada, con micrófono, para un acta.

—Sí.

—Y te preguntó si iba a estar. Lo he visto tres veces. Para dar el nombre tardaste seis segundos. Para decir «va a estar» no tardaste ni uno.

Yo no sabía que eso se podía medir. Con ella se puede medir todo.

—La Maribel pedía un nombre para aprobar el año. Sin nombre no había 2027.

—Había hasta el 31 de enero. Lo dice ella en el vídeo.

—Pensé que era un sitio para ti.

—Un sitio. —Lo repitió despacio—. Firmar el calendario, treinta y cuatro noches al teléfono y dar cuentas en diciembre. Sin sueldo. Ayer a mediodía le dije a Bielsa que eso era medio contrato y que había que pagarlo. Tú se lo regalaste a la Diputación a esa misma hora.

—Yo no sabía que habías hablado con Bielsa.

—No sabías nada de lo que yo pensaba de ese cargo.

—Ya.

—Y has puesto otra cosa encima de mi nombre. Si el 31 de enero no hay firma, el programa no sale. Lo dice ella. Ahora la que deja a este bar sin Noches soy yo, por irme a un trabajo que es mío.

No movió la cabeza. No hacía falta. Treinta personas cantaban números con mucha aplicación.

—No lo pensé así.

—Ya lo sé.

—¡Cuarenta y un mil doscientos! —cantó el bar.

—El sábado viniste a mi mesa a pedirme permiso para contar el destello —siguió—. Con una servilleta. Te di cuatro líneas y me dejaste poner una coma.

—Sí.

—Entonces sabes preguntar.

No tenía nada que contestar a eso. Me vino un chiste, hecho ya, con la Benita y su medio compás. Lo dejé donde estaba. Probé con lo que llevaba.

—Te lo iba a decir anoche.

—Anoche estabas detrás de esta barra, con la camisa. Hay una foto.

—Me dijiste que no subiera.

—Te dije que durmieras. No te dije que dieras mi nombre.

—Un nombre en un acta se quita con una llamada.

—Entonces no me guardabas nada. Pusiste mi nombre y ya.

Me agarré al zinc. Llevaba veinte horas con la frase de la llamada, y me duró eso.

—La cláusula la escribí yo —dijo—. Tiempo y nombre. La firmaste dos veces. La segunda la leíste dos veces antes de firmar.

—Me la sé de memoria.

—Eso es peor.

Entonces lo dije. Tarde, mal y con un niño cantando por encima.

—Yo quería que te quedaras.

—Ya lo sé.

—Me dijiste que no te lo pidiera.

—Y no me lo pediste. Se lo prometiste a ella.

Bajó la voz del todo. Lo siguiente lo oí yo solo.

—Villarroya. No vuelvas a prometer nada con mi nombre. Tampoco que lo vas a arreglar.

—De acuerdo.

Me oí decirlo. Era lo mismo que le había dicho el viernes.

Cantaron un cuarto premio. Toño miró su décimo, y el de al lado, y dijo que no con la cabeza. Nadie se movió de su sitio. Tampoco nadie se acercó a nosotros, y eso se lo debo a aquella gente.

—Contestaste a Santiago sin decírmelo —dije—. Lo acordamos el viernes y lo dijiste tú: ni que sí ni que no.

—Sí.

—Y me he enterado a la vez que el alcalde.

—Sí.

—Arriba hay un fijo.

—Lo descolgué ayer a las cuatro y media. Marqué ocho cifras y colgué. No tenía nada que proponerte, solo el problema.

—Yo tenía que haberlo sabido antes que este bar.

—Sí. Eso lo hice mal. Lo siento.

Lo dijo mirándome, sin un pero detrás. A mí no me había salido así en toda la mañana.

—Lo de Chile no lo siento —siguió—. La plaza es mía y la quiero.

—Ya lo sé. ¿La habrías cogido igual? Sin el vídeo.

Tardó. No buscaba cómo decirlo. Lo estaba mirando.

—Creo que sí. La quería desde el viernes. Esta mañana iba a bajar a hablarlo contigo, con una cosa apuntada en la segunda columna. Después del vídeo ya no quise hablarlo.

—¿Qué habías apuntado?

—Ya no hace falta.

Yo tenía un reproche y lo acababa de gastar. Ella me lo había dado por bueno, y seguíamos igual.

Puse el móvil en el zinc, al lado del vaso, con el correo abierto.

—Y esto.

Lo miró sin tocarlo.

—Son las instrucciones del 3.

—Pone «Señor Villarroya».

—Sí.

—¿No vas a estar?

—Me voy mañana.

—¿Y tu quinta noche?

—Está en el adjunto. No toques el enfoque.

No le confirmé nada. No me salió ninguna de las dos maneras de decirlo.

Mi madre sacó el plato del horno y lo dejó en la mesa de dos, junto a la estufa, con su cuchara. Abril lo vio. Fue hasta la mesa y se lo comió de pie, deprisa, por no hacerle el feo. Luego llevó el plato a la cocina ella misma.

—Pilar, mañana dejo la habitación. Dígame lo que le debo.

—La habitación la tienes hasta el 20 de enero.

—Me voy mañana.

—Ya lo he oído. Lo que debes, ya te lo diré.

Abril se quedó un momento delante de ella. Mi madre le colocó el gorro, que lo llevaba torcido de una oreja, y se volvió a sus ajos.

Salió por la puerta de la escalera. Conté los peldaños sin querer. Diecinueve, y el suelto.

Fermín se acercó con una botella todavía cerrada.

—Nacho, majo. Entonces, ¿el 31 de enero qué?

—No lo sé, Fermín.

—Algo habrá que decirle a la Maribel.

—Se lo digo yo.

El décimo se quedó en la barra, debajo del vaso. No lo toqué. Tampoco lo tocó nadie.

El gordo salió a las once y doce y acabó en otra parte. A Chema le tocó la pedrea, cien euros, y pagó una ronda que nadie tenía ganas de beberse. Fermín se llevó las dos botellas sin abrir. Jara recogió los vasos de todos menos uno.

A la una los niños cantaron el último número.

El 58.317 no salió en toda la mañana.