Capítulo 25 · Abril
Abril
Con la ganancia tan baja, en la pantalla un bólido era un arañazo. Duró menos de un segundo, de arriba abajo, y dejó una estela que la Luna se comió enseguida. Lo marqué. Una.
Yo había dicho que con tres la noche contaba. Me faltaban dos, y quedaban doce horas y media de noche.
No se me ocurría nada que no fuera un parche.
Lo intenté por la fila más fácil, que era la del dinero.
Con el sueldo de Santiago, un billete de mil euros dejaba de ser un problema.
Eso lo arreglaba casi todo en esa fila y había una pega: él no sabía lo que pagaban.
Se lo había callado yo el viernes, por no parecer que le arreglaba la vida con mi nómina.
A las 20:38 escribí en la segunda columna, al lado de «Dinero», lo primero que escribía ahí: «Decirle lo que pagan».
A las 20:50 fue el solsticio. No se notó nada, que era lo propio de los solsticios.
A las 21:03 vibró el móvil encima de la mesa.
«Torrelucero Oficial». El alcalde. Un vídeo de dos minutos y nueve segundos, y encima, en mayúsculas: «¡HAY 2027 Y TENEMOS CIENTÍFICA! ¡VIVA LA MUELA!».
Lo primero que pensé fue que habían aprobado el programa. Me alegré. Me alegré por él, con su camisa.
Lo segundo fue la palabra «científica».
Le di al triángulo.
Estaba grabado en vertical, desde un banco, con un pulgar en la esquina. Se veía una sala con radiadores y una mujer de pie con una carpeta azul. Yo a la Maribel no la había visto nunca. La conocía por un cuadro. Hablaba como el cuadro.
—Quiero un nombre y una firma antes del 31 de enero. Quien firme responde de tres cosas.
Las dijo. El calendario, para que ninguna noche vendida pisara una concedida. Lo que se contaba arriba. Estar localizable las noches de visita, que eran treinta y cuatro.
Yo le había dicho lo mismo a Bielsa a mediodía, con otras palabras.
—La partida es cero —dijo la Maribel—. Es un cargo. No es una plaza.
Un hombre preguntó qué pasaba si no había nombre.
—Si el 31 de enero no hay nombre, el programa no sale.
Luego la Maribel preguntó si tenían a alguien, y el pulgar del alcalde giró la imagen hacia el banco.
Nacho salía de medio lado, con la camisa blanca que habíamos planchado el domingo.
No contestó enseguida.
—La doctora Lasarte.
Oí mi apellido con micrófono, en una sala donde yo no había estado nunca.
La Maribel preguntó si era la de los treinta metros. Él dijo que la misma, y la de los mitos, y la de los coches en la barrera. Lo dijo con orgullo. Eso también lo oí.
—La de las ciento cuatro y la de las trescientas —dijo ella—. Me sirve.
Nadie me había resumido nunca en dos cifras. Estaban bien las dos.
—¿Va a estar? Porque esto no es prestar un nombre, Nacho. Es firmar en enero y coger el teléfono treinta y cuatro noches.
—Va a estar.
La Maribel dictó mi nombre completo y el de mi instituto para que constara en acta. El vídeo se acababa ahí, con el pulgar otra vez encima.
Lo vi otra vez, con el reloj del ordenador al lado.
Entre la pregunta y mi apellido pasaron seis segundos. Entre «¿Va a estar?» y «Va a estar» no llegó a uno.
Yo sabía lo que cabía en seis segundos, porque llevaba tres años midiendo cosas más cortas. Cabía pensarlo. No cabía preguntármelo.
Dejé el móvil bocabajo. Miré la 4. Miré la hora. Volví a coger el móvil.
Debajo del vídeo había cuarenta y un corazones. Chema: «¡La Reglamento, de responsable!». Loli: «Enhorabuena, doctora». El alcalde: «¡Y SE QUEDA!». Jara no había escrito nada. Pilar tampoco, ni un pulgar.
A las 21:41 el alcalde colgó una foto. La Osa llena, las mesas juntas, los vasos en alto. Al fondo, detrás de la barra, entre la cafetera y el lavavajillas, había una camisa blanca.
A las cinco y media de la tarde no había vuelto. A las diez y cuarenta y uno de la noche estaba abajo, cenado, a veinticinco minutos de carretera limpia y a nueve cifras de un fijo que yo tenía a un brazo.
El fijo no había sonado.
La cláusula la había escrito yo, el 4 de diciembre, después del autobús. «Ninguno compromete el tiempo ni el nombre del otro sin preguntar». Eran dos cosas, puestas en ese orden porque en noviembre lo primero que perdí fue el tiempo.
En el vídeo estaban las dos. El nombre, a los seis segundos. El tiempo, en menos de uno.
Me acordé de la mañana. «Vente», me dijo. Yo le contesté que no pintaba nada allí. Si hubiera ido, a lo mejor la Maribel me lo habría preguntado a mí. Le di una vuelta a eso, por si era culpa mía. No lo era. Yo no fui a un pleno. Eso no ponía mi nombre en la boca de nadie.
Lo siguiente lo hice sin querer. Antes de acabar el vídeo por tercera vez yo ya tenía la solución.
Llamar a la Maribel a las nueve. Decirle que había un error y que ese nombre no valía.
Escribirle a Nacho dos líneas para que pudiera retirarse delante del pleno sin quedar mal.
Tres pasos. Me salieron solos, por orden, como me habían salido siempre.
Me di cuenta de lo que estaba haciendo. No apunté los tres pasos.
El viernes, en su cocina, yo le había dicho lo que me daba miedo: quedarme en un sitio porque hacía falta que alguien se quedara. Me escuchó. El cargo era eso, con sello. Una persona que mirase los dos calendarios, que cogiera el teléfono y que no cobrase. Era lo mismo que la caja de la ferretería.
A las 22:20 me escribió Jara. A mí, no al grupo.
«¿Lo has visto?».
«Lo he visto».
«Yo no sabía que no lo sabías. Me he enterado esta noche. ¿Quieres que suba?».
«No. Gracias».
Lo mandé y vi que había contestado que no antes de pensarlo. Lo pensé después. Seguía siendo que no.
A las 22:40 me levanté a por una manta, que con once grados y una noche de catorce horas hacía falta. Las mantas estaban en el módulo. No había entrado desde el jueves.
Olía a ceniza fría. Los dos colchones seguían juntos delante de la estufa, con las mantas de la fundación dobladas encima, como los dejamos. El jueves él quiso recogerlos y yo le dije que separarlos era trabajo doble.
Cogí la manta de arriba. No encendí la estufa y no separé nada. No era el trabajo de esa noche.
Al salir medí la nieve. Ochenta y dos.
La segunda Úrsida cruzó a las 23:12, por la 4 y por la 1. La marqué. Dos.
Volví al correo de Santiago. Seguía donde lo dejé, con sus cuatro líneas. No había más plazo. La oferta seguía entera. El 11 de enero. Antes del 23.
El viernes yo había dicho que quería tres cosas. Hice la cuenta otra vez, con lo que sabía ahora. El telescopio seguía teniendo cien veces la luz del Grande. En febrero yo seguía sin sueldo y sin sitio. Dos de las tres estaban enteras, y las dos estaban en el mismo correo.
De la tercera no supe qué poner.
No me engañé con Santiago. Allí también me querían para arreglar las noches de otros. Me lo dijo Sangüesa con todas las letras. Pero la diferencia la tenía en la pantalla: había un contrato, un sueldo y una parte del tiempo para lo mío, y lo firmaba yo. Nadie había dicho por mí que iba a estar.
Me quedaba poco más de un día. Podía bajar por la mañana, entrar en un bar donde brindaban por que me quedaba, discutir con él delante de la tele y contestar a Santiago después, con lo que saliera de eso.
No quise.
Habíamos quedado en hablarlo antes. Lo tenía tan presente como por la tarde. No lo iba a hablar.
Hice la hora. En Santiago el martes empezaba a las 03:00 UT, las cuatro de la madrugada en el pueblo. A esa hora ya era el último día del plazo. No iba a decidir mejor con un día más. Iba a decidir lo mismo y con más sueño.
Escribí la respuesta a las 00:30 y la dejé sin enviar. Tenía tres líneas. Aceptaba la plaza de astrónoma de soporte en los términos de la oferta. Me incorporaba en Santiago el 11 de enero de 2027. Quedaba a la espera de la documentación.
La tercera Úrsida fue a la 01:40 y fue la buena. Entró por arriba de la 4, verde, y se partió en dos antes de apagarse. Aun con la ganancia a la mitad llenó el cuadro.
Me volví hacia la silla coja antes de acordarme.
La marqué. Tres. La cuarta noche de la campaña ya contaba, pasara lo que pasara hasta el amanecer.
El parte de papel estaba en su tablilla, junto a la cafetera.
Desde octubre lo rellenaba él, de pie. La hoja de encima era del miércoles 16 y tenía su letra.
Decía lo de la sal. Cogí una en blanco. Nubes: ninguna.
Viento: norte flojo. Humedad: 48 %. Incidencias: ninguna.
En observaciones puse «Tres Úrsidas brillantes hasta la 01:40 UT. Sin visita». No puse nada más.
A las 03:00 envié la respuesta a Santiago. Allí acababan de dar las doce.
No sentí nada grande. Sentí lo que sentía al cerrar una reducción: que el número estaba puesto y ya no se movía.
Quedaba la quinta noche.
Las Cuadrántidas eran del 3 al 4 de enero. Los telescopios no cabían en un Ibiza. La estación, el Grande y el Pequeño se quedaban en la Muela, y con ellos la única ventana lunar que me faltaba.
Me iba el miércoles. Eso también lo decidí entonces.
Preparé la configuración. Las cinco cámaras, con la ganancia entera otra vez. Los dos telescopios, con la zona de la Luna, la exposición y la hora a la que tenía que estar todo montado. La ventana, desde que saliera la Luna hasta que clarease. El enfoque del Pequeño, sellado desde la tarde.
Tardé media hora. Lo repasé una vez.
Abrí un correo nuevo. En el destinatario tecleé una ene y la dirección salió sola.
Puse «Señor Villarroya» y dos puntos.
Lo demás fueron cuatro frases y un adjunto.
Abajo escribí «A. Lasarte».
La cabecera decía 03:31. Pulsé enviar.