Prohibido pedir deseos Capítulo 24 · Nacho
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Capítulo 24 · Nacho

Nacho

Cuadrántidas: nublado toda la noche. Lo siento por usted más que por mí.

Yo oía la mitad. En el bolsillo llevaba la servilleta con las cuatro líneas de Abril, y me las sabía. Llevaba también una frase suya de esa mañana, y esa no la tenía apuntada. «No pinto nada allí».

Lo dijo por el pleno. Yo lo sé. A mí me sonó a otra cosa: a que pasado enero ella no tenía dónde ponerse en este sitio. Íbamos a una sala donde se repartía el año que viene. Me pareció un buen sitio para buscarle uno.

La Diputación tiene una escalera de mármol que resbala y un ujier de Villarquemado que subió a la Muela en agosto con los nietos. Me dio la mano y me preguntó por el eclipse. Le dije que no había vuelto a haber otro.

El salón de plenos está en el primer piso. Bancos de madera, un reloj que atrasa y los radiadores tan fuertes que a los diez minutos yo sudaba dentro de la camisa. Dejé el plumífero en el banco. Me quedé con el cuello de pie y sin nada que hacer con las manos.

Nos sentaron en la fila del público. Fermín sacó el móvil antes de sentarse.

—¿Vas a grabar?

—Hombre. Esto es histórico.

—Es un pleno.

—Para el pueblo, histórico.

Lo nuestro era el punto siete. Antes hubo una carretera, una depuradora, las ayudas de la trufa y una moción sobre los lobos que duró cuarenta minutos sin que saliera un lobo. Si lo cuento todo no acabo, y lo contaría, porque en el punto cuatro un diputado se durmió con el micrófono abierto.

A la Maribel le tocó a las doce menos diez.

La Maribel Escriche tiene cuarenta y siete años, una carpeta azul y la costumbre de dar las gracias antes de pedir.

No adornó nada. Puso el cuadro en la pantalla y lo leyó como lo habría leído la doctora.

Noviembre, ciento cuatro bajas y dos reseñas de una estrella.

El puente, trescientas de trescientas. Gemínidas, cien de cien, con cien cenas que no eran suyas, y lo dijo.

Fuera del cuadro añadió lo último: Úrsidas, anulada, once reservas.

—Este programa, en un mes malo, pierde lo que gana en dos buenos. Lo traigo porque en diciembre ha funcionado, y ha funcionado porque arriba han cambiado la manera de hacerlo. Eso que lo cuente quien lo ha hecho. Gracias, presidente.

El presidente me dio la palabra mirando el reloj que atrasa.

Hablé ocho minutos. No hice chistes al principio.

Di primero el número, como me había dicho ella: cien personas, treinta y tantos coches y ninguno a la vista de las cámaras.

Conté la barrera. Conté la cena en La Osa durante la hora y media que la doctora necesitaba el cielo para ella, la fila de luces rojas y los cien abajo cuarenta y ocho minutos antes de la hora, porque se torcía.

Luego saqué la servilleta y conté lo del destello tal como estaba escrito.

—El domingo 13 de diciembre, a las siete y doce de la tarde, que en tiempo universal son las dieciocho y doce, una piedra chocó contra la parte oscura de la Luna.

La grabaron a la vez los dos telescopios de la Muela.

El grande lo llevaba la doctora Abril Lasarte, del Instituto de Astrofísica de Aragón, que es quien lo buscaba.

El pequeño lo llevaba yo. Duró ocho centésimas de segundo.

Es el primero que ella confirma en tres años, y lo ha confirmado en Torrelucero.

Lo de la ciruela lo dije como comparación. Un diputado de la segunda fila lo apuntó como medida.

—¿Y eso trae gente? —preguntó el de Mora.

—Trae nombre —dijo la Maribel antes que yo—. Y el nombre trae gente al año siguiente. Gracias, Nacho.

Fue entonces cuando sacó lo otro. No cambió de voz.

—Propongo aprobar el programa de 2027 con una condición.

El convenio de 2019 pedía un responsable científico y no lo ha tenido nunca.

Este otoño hemos vendido cinco noches que el instituto ya había dado, y nos ha costado ciento cuatro bajas enterarnos.

Eso lo para una persona que mire los dos calendarios antes de que salgan las entradas. Yo no lo traigo otro año sin ella.

Abrió la carpeta azul.

—Quiero un nombre y una firma antes del 31 de enero.

Quien firme responde de tres cosas. Del calendario, para que ninguna noche vendida pise una concedida.

De lo que se cuenta arriba. Y de estar localizable las noches de visita, que el año que viene son treinta y cuatro, porque cuando algo se tuerza voy a llamar a esa persona y no a Anselmo.

En diciembre viene aquí y da cuentas. —Levantó la vista—.

La partida es cero. Lo digo ahora para que nadie se llame a engaño. Es un cargo. No es una plaza.

—¿Y si no hay nombre? —preguntó el presidente.

—Si el 31 de enero no hay nombre, el programa no sale.

Se volvió hacia el banco del público. Hacia mí, no hacia Fermín.

—Anselmo ha mandado un correo. Ya saben ustedes lo que dice. —Se rieron dos—. Nacho, tú estás arriba todos los días. ¿Tenéis a alguien?

Yo he pensado mucho en ese rato, que no fue un rato. Fue lo que tarda la Maribel en dejar de mirarte, y la Maribel no deja.

Podía decir que no lo sabía. Había tiempo hasta el 31 de enero, cuarenta y un días, y esa mañana nadie me había pedido un nombre a mí.

Pero yo sé lo que pasa en esa casa con un «ya os diré».

Lo apuntan y lo pasan a enero. En enero Anselmo convoca una reunión, y para cuando la reunión se celebra, la doctora está facturando una maleta.

Sin nombre no había 2027. Sin 2027 no había cien cenas en el bar de mi madre, ni Jara con un silbato, ni yo.

Eso era cierto, y me agarré a eso.

Luego vino lo otro, más deprisa. Si ese nombre era el suyo, ella iba a tener un papel de la Diputación con sus dos apellidos antes de contestar a Chile.

La partida era cero ese año, pero yo sé lo que hace esa casa con un nombre que le funciona.

Y si Santiago le daba el plazo, en Reyes iba a haber dos sitios encima de la mesa de mi cocina, y no uno solo.

No se me pasó la cláusula. La he firmado dos veces y me la sé como la matrícula del todoterreno: ninguno compromete el tiempo ni el nombre del otro sin preguntar.

Tampoco se me pasó lo que ella le dijo a Sangüesa y me repitió a mí el viernes, en mi cocina.

Nadie habla por mí, ni para bien. Yo le contesté que eso lo teníamos firmado.

Esa misma noche le dije que no le iba a pedir que se quedara.

Lo tenía todo delante.

Y me dije que esto era distinto. Que Sangüesa la mandaba a diez mil kilómetros y yo le guardaba una silla.

Que yo no se lo estaba pidiendo, porque pedir es con la boca y a ella.

Que un nombre en un acta se quita con una llamada.

Que se lo decía esa misma noche, bien dicho, y si torcía el gesto llamaba yo a la Maribel el martes.

Que preguntar antes era lo suyo, pero antes ya no quedaba: quedaban una diputada esperando y un alcalde grabando.

—La doctora Lasarte —dije.

Me salió claro. Había micrófono.

La Maribel no apuntó todavía.

—¿La de los treinta metros?

—La misma. Y la de los mitos del puente, y la de los coches en la barrera.

—La de las ciento cuatro y la de las trescientas. —Lo pensó—. Me sirve. Esa sabe lo que cuesta un papel mal hecho. —Entonces sí cogió el bolígrafo—. ¿Va a estar? Porque esto no es prestar un nombre, Nacho. Es firmar en enero y coger el teléfono treinta y cuatro noches.

Ahí todavía había una puerta. Era pequeña y estaba abierta, como la que me abrió Bielsa en octubre. Por aquella salí sin hacer ruido. Por esta no salí.

—Va a estar.

—Que conste en acta, secretario. Responsable científica propuesta: doctora Abril Lasarte, del Instituto de Astrofísica de Aragón. Firma antes del 31 de enero. Gracias.

Votaron. Salió por diecinueve a seis. El de Albarracín votó que sí y el de Mora que no, por la yegua.

Fermín me abrazó con el móvil todavía en la mano.

En la escalera me alcanzó la Maribel, con la carpeta debajo del brazo.

—Dile que me llame después de Reyes. Y lo de la partida se lo dices con esta palabra: cero. Que luego no me venga con que se lo pintaste de otra manera.

—Se lo digo.

—Gracias, Nacho. Lo has contado bien.

Lo dijo de verdad. La Maribel no regala eso. Bajé el mármol con el cuello de la camisa empapado.

Fermín invitó en un sitio de la plaza del Torico donde lo conocen. Pidió ternasco para dos y unas migas «para ir abriendo», y antes de que llegaran las migas ya había llamado a mi madre.

—Pilar, que hay 2027. Haz cena. —Escuchó—. ¡Para todos, mujer! Lo demás lo cuento yo esta noche, de pie.

Fermín no sabe guardar una noticia. Aquel día guardó media, porque quería contarla con público.

Yo tenía el móvil al lado del plato. Arriba el móvil solo coge en la sala, y el fijo de la sala me lo sé desde 2012. Fermín le estaba explicando al camarero lo de la ciruela, con las manos, y había veinticinco diputados que ya tenían apuntado el nombre de ella.

A mi madre no quise decirle por teléfono que estábamos juntos, y aquello era una buena noticia.

Además ella me había dicho que no hacía falta que subiera. «Duerme», me dijo. Al día siguiente bajaba al sorteo. Se lo contaba entonces, con el décimo delante, y que me dijera lo que me tuviera que decir.

No llamé. Me comí el ternasco.

Volvimos de noche, con la Luna casi llena encima de la carretera y los pies helados. Al entrar en el pueblo miré a la Muela. No se veía nada. En noche de campaña ella no deja salir una luz.

La Osa estaba llena. Mi madre había hecho cardo con almendras y más ternasco, y Jara había juntado las mesas del guiñote con las de comer. Estaban Marcelino y la perra, Chema, la Benita, y Toño con los dos de las naves, que no vienen nunca.

—¿Y la doctora? —pregunté.

—Arriba —dijo Jara—. Subió a las diez con las lentejas de tu madre y no ha bajado. Hoy le tocan las cámaras.

Fermín lo contó de pie, como había prometido. Lo contó bien. Puso la voz de la Maribel, puso la mía, y cuando llegó al nombre lo dijo dos veces.

—¡La Reglamento! —dijo Chema.

—¿Entonces se queda? —preguntó Marcelino.

—¡Pues claro que se queda! —dijo Fermín—. ¡Si va a firmar!

—Eso lo tiene que decir ella —dije yo.

Lo dije bajo, y coincidió con el brindis. No lo oyó nadie. Tampoco lo repetí.

Mi madre no brindó. Contó los platos, apartó uno, le puso otro encima bocabajo y lo dejó en la repisa del pase.

—Para cuando baje —dijo, a nadie.

Jara me cogió detrás de la barra, entre la cafetera y el lavavajillas, que es donde me coge cuando no quiere que la oigan.

—¿Y ella qué ha dicho?

—Todavía nada.

—¿Nada de que no ha contestado o nada de que no lo sabe?

Jara pregunta de frente.

—No lo sabe.

—Nacho.

—Se lo digo mañana. A la cara.

—¿Mañana? —Miró hacia las mesas—. Pues corre, que el alcalde lleva diez minutos con el dedo.

Me vibró el pantalón. Vibró el suyo, y la mesa del guiñote, y el bolsillo del delantal de mi madre.

«Torrelucero Oficial». Un vídeo de dos minutos y nueve segundos. Encima, con las mayúsculas del alcalde: «¡HAY 2027 Y TENEMOS CIENTÍFICA! ¡VIVA LA MUELA!».

Lo abrí sin sonido. Salía yo de medio lado, con el cuello de pie, y la Maribel con el bolígrafo en el aire. No me hizo falta el sonido. Me vi decirlo.

—Fermín. Eso quítalo.

—¿Que lo quite? ¡Si lleva ya veinte corazones!

Llevaba veintitrés. El jueves, en esa misma barra, ella dijo que en el grupo no, y yo dije que aquello era de los dos. De esto no había dicho nada, porque no lo sabía.

Ella estaba en el grupo. La metió el propio Fermín en noviembre.

Jara seguía a mi lado, con su móvil en la mano y el vídeo parado en mi cara.

—¿Y ahora?

—Ya lo arreglaré.