Capítulo 23 · Abril
Abril
Gemínidas reducidas. Sus partes de este año no tienen un solo error. No se acostumbre.
El lunes a las ocho y cuarto Nacho llevaba una camisa.
Era blanca y tenía el cuello de pie. Encima se estaba poniendo el plumífero azul, porque no tenía otra cosa que ponerse encima. Era la primera vez que lo veía con cuello de camisa. La raya del sol le quedaba justo en el borde.
—¿Qué tal? —preguntó, con los brazos un poco separados.
—El cuello está bien. El plumífero no ayuda.
—El plumífero no se negocia. Al coche de Fermín no le va la calefacción desde 2021.
Yo estaba sentada en mi lado de la mesa, con el café y el correo abierto. En Santiago eran las cuatro y cuarto de la mañana. Faltaban casi cinco horas para que alguien entrara en un despacho, y yo había mirado igual.
—Vente —dijo.
—¿A Teruel?
—A Teruel. Hablo diez minutos, comemos con el alcalde, que invita él porque luego lo cuenta, y a media tarde estamos aquí. Lo del destello lo cuentas tú mejor que yo.
—Lo del destello te lo he dejado a ti.
—Ya. Pero si estás, lo cuentas tú.
Tenía una razón y se la di.
—Tengo que subir. Esta noche son las Úrsidas, con la Luna al noventa y tres por ciento. Hay que cambiar la configuración de las cinco cámaras y ponerles visera, y eso se hace de día.
—Eso son dos horas.
—Y el artículo.
—El artículo no tiene pleno.
—Y Santiago abre a la una. Quiero estar delante de una pantalla.
—En Teruel hay cobertura hasta en los ascensores.
Las tres razones eran ciertas, y entre las tres no hacían una.
Había otra y no la tenía ordenada. En aquella sala iban a votar el 2027 de la Muela. Yo no sabía dónde iba a estar en 2027.
No dije eso. Dije:
—No pinto nada allí.
Me salió seco. Lo oí al decirlo.
Nacho se subió la cremallera hasta donde acababa la camisa.
—Vale.
—Quiero decir que es tu programa. Lo defiendes tú.
—Que sí. Vale.
Lo había explicado mal dos veces. La tercera no la intenté, porque fuera pitó un coche, largo, y luego pitó otra vez más corto, como pidiendo perdón por lo primero.
—Fermín —dijo.
Me besó desde arriba, con la mano en mi nuca. Olía a jabón y a plancha. En la puerta se volvió.
—¿Bajas a cenar?
—Me quedo arriba. Es noche de campaña.
—Subo cuando acabe.
—No hace falta. Sin visita y sin ventana son cinco cámaras. Mañana bajo al sorteo. Duerme.
—Ya veremos —dijo, y se fue con su camisa.
Lavé las dos tazas. La casa se quedó con el ruido de la estufa. En la repisa, la servilleta seguía de pie junto al reloj parado, y caí en que yo llevaba tres días mirando la hora en un reloj que marcaba las cuatro menos veinte.
Pasé por La Osa a llenar el termo. Pilar me puso delante una fiambrera sin que yo dijera adónde iba.
—Lentejas. Que arriba no dejasteis ni las migas.
—Gracias.
—Te la traes lavada.
Subí a las diez. La carretera estaba limpia y con sal. Tardé veintiocho minutos.
Arriba hacía dos bajo cero y sol. La nieve de la explanada se había asentado y crujía. El palo de la escoba seguía clavado junto a la puerta del módulo. Lo medí: ochenta y cuatro centímetros.
Empecé por las cámaras, porque tenían hora.
La Luna salía a las tres de la tarde, casi llena, y no se ponía hasta la mañana.
Con ese disco no quedaba parte oscura que grabar.
No había ventana lunar y los telescopios se quedaban cerrados.
La noche era de las cámaras, y con aquella luz las cámaras solo iban a ver lo gordo.
Subí a la azotea con cartulina negra, cinta y tijeras.
Las Úrsidas salían de la Osa Menor, al norte, a media altura.
La Luna iba a cruzar por el sur, muy arriba.
A la 4, que miraba al norte, le bastaba una visera corta.
A las dos que miraban al sur les hice una larga a cada una, para que la Luna no les diera de lleno en la cúpula.
El sur lo tenía marcado en el mástil desde 2023.
La altura la saqué con una cuenta: la Luna iba a pasar casi tres veces más alta que el sol de mediodía.
La cúpula de la 1 tenía hielo. Durante tres inviernos yo había mandado quitarlo por correo, con agua templada y sin rascar. Bajé a por el agua de la cafetera y lo quité yo. Tardó en soltarse. Tuve la uña a un centímetro del cristal.
Se me durmieron los dedos con la cinta. Me los calenté yo, debajo de los brazos.
En la sala bajé la ganancia a la mitad y el tiempo de exposición a un tercio.
Con eso perdía todo lo débil. Lo apunté así en el cuaderno: «Úrsidas, cuarta noche.
Solo bólidos brillantes». En un año bueno las Úrsidas daban diez por hora.
Con aquella Luna, si las cámaras cazaban tres en toda la noche, yo tendría tres. Con tres la noche contaba.
Era el solsticio. La noche iba a durar catorce horas y cuarenta minutos, la más larga del año. En el tablón, la hoja del 21 tenía una raya de lado a lado. «Anulada. 11 reservas». La letra era de Nacho, con la a abierta.
Catorce horas sola con cinco cámaras. En octubre era lo que yo había subido a buscar.
Bielsa subía los jueves. Aquel lunes estaba en su despacho, y tardé en entender por qué: en Teruel había pleno. Tenía la puerta entornada. Llamé con los nudillos.
—Doctora. Pase. Enhorabuena otra vez por lo del día 13.
—Gracias. Vengo a decirle lo de esta noche. Solo trabajan las cámaras. No sube nadie.
—Ya, ya. La fundación me mandó el correo. Once. —Movió un papel de sitio—. ¿Hace falta que yo firme algo?
—No.
Se quedó más tranquilo. Señaló la ventana, como si Teruel estuviera detrás del pino.
—Hoy votan lo nuestro. Yo no he ido. He mandado un correo.
—¿Qué dice el correo?
—Que tomo nota de lo que acuerden.
Lo dijo sin ninguna gracia.
—La Maribel volverá con lo del responsable científico —siguió—. Es su tema.
Me acordé de octubre, de su despacho y del cargo sin sueldo.
—Usted dijo que con un responsable aquello se habría parado a tiempo.
—Lo dije.
—Para pararlo hay que mirar cada mes los dos calendarios, el de las noches concedidas y el de las entradas, y decirle que no a uno de los dos. Y estar las noches en que algo se tuerce. Eso es medio contrato.
—Por eso no lo quiere nadie.
—Por eso hay que pagarlo.
Bielsa se quitó las gafas.
—Usted lo haría muy bien, doctora.
Lo dijo como se decía el tiempo que hacía. No me estaba ofreciendo nada. Él no ofrecía.
—Yo el 31 de enero me quedo sin correo del instituto.
—Ya. —Se puso las gafas—. Tomo nota.
A las doce abrí el artículo. Tenía un párrafo de resultados y me faltaban todos los demás. Me puse con los espectros del día 13 que me quedaban, porque eso se podía hacer con media cabeza, y la otra media la tenía en una bandeja de entrada.
Miré el correo a las 11:04, a las 11:31 y a las 11:50, en mi hora. No lo apunté. Me di cuenta de que me lo sabía.
Llevaba treinta. La treinta y uno era como las anteriores: hierro, magnesio y un hueco donde tenía que estar el amarillo. La treinta y dos, igual. La treinta y tres tenía la raya.
La miré un rato. No era ruido. Estaba en su sitio, a 589 nanómetros, fina y limpia. Repasé la toma por si se me había colado un meteoro de otra parte: 23:02 UT del día 13, salía de Géminis y llevaba la velocidad de una Gemínida. Era una Gemínida con su sodio.
A las dos de la tarde llevaba cuarenta y una, y tres tenían la raya.
Volví al párrafo del miércoles. Decía, debajo de mi nombre, que en las Gemínidas de la muestra no aparecía el sodio. Lo había escrito con catorce de catorce. Borré la frase. Puse: «Treinta y ocho de cuarenta y una Gemínidas muestran una línea de sodio muy débil o ausente. Tres la conservan».
Tres piedras del mismo asteroide no habían perdido el sodio como las demás. Me faltaba saber por qué esas tres. Abrí una hoja nueva, y a esa sí supe ponerle título.
Lo primero que pensé fue en contárselo. A tres no les faltaba la sal. Miré la silla coja. Luego miré el fijo, que no había sonado en toda la mañana. Yo no sabía a qué hora acababa un pleno, ni si de un pleno se salía con ganas de oír hablar de sodio.
Volví al artículo y bajé hasta los agradecimientos. El miércoles había escrito quién llevó el telescopio de cuarenta centímetros y había puesto «N. Villarroya». Quería poner su nombre completo. Escribí «Ignacio Villarroya». Lo miré. Lo dejé marcado en amarillo, con una nota al margen: «Preguntar».
Me comí las lentejas de Pilar frías, de pie, delante de la pantalla. Calentarlas era encender el hornillo del módulo, y no entré en el módulo.
Bielsa se fue a las tres. Calculé que para entonces el pleno ya habría acabado sin él. Oí su coche bajar la primera curva. Ya no quedaba nadie más en la Muela.
El correo llegó a las 15:22 UT, las cuatro y veintidós de la tarde. Lo firmaba la misma jefatura. Tenía cuatro líneas.
Agradecían mi interés. Lamentaban no poder ampliar el plazo: el turno de enero tenía que quedar cubierto y había otra candidatura esperando. Mantenían la oferta en todos sus términos, con incorporación el 11 de enero. Necesitaban mi respuesta antes del 23 de diciembre.
No había nada que discutir. Era una negativa bien escrita. La entendí a la primera, porque yo habría contestado lo mismo.
Hice la cuenta, que era lo único que se podía hacer con aquello. Antes del 23 era el martes, hasta la medianoche de allí. Me quedaban lo que faltaba del lunes y el martes entero. Un día y medio.
El viernes yo había dicho que aquello no lo decidía en cuatro días.
Había que decírselo a Nacho. Eso no lo dudé. Lo teníamos acordado de palabra, y yo lo llevaba más presente que si lo hubiera apuntado.
Descolgué el fijo. Me sabía su número. Marqué ocho cifras y me paré antes de la novena.
Pensé en dónde le iba a sonar. En un restaurante de Teruel, a los postres, con el alcalde enfrente y la camisa todavía sin una arruga.
Pensé en lo que yo iba a decir. «No hay plazo.
Hay que decidirlo mañana». Y pensé en lo que venía detrás de esa frase, que era nada.
La segunda columna seguía vacía. Yo no sabía qué proponer con la distancia, ni con el dinero, ni con sus exámenes, ni con sus noches.
Lo iba a llamar para darle un problema sin una sola solución al lado.
Eso no se lo había hecho yo nunca a nadie.
Colgué.
Me dije que se lo diría a la cara, por la mañana, cuando bajara, y con algo pensado. Tenía la noche entera. Catorce horas y cuarenta minutos, cinco cámaras y nadie que me interrumpiera. Así había trabajado yo siempre.
Abrí la hoja de las cuatro filas. Puse el cursor en la segunda columna. A las cinco seguía ahí, parpadeando.
A las cinco y media, con el sol en el borde, salí a comprobar las viseras. La Luna estaba ya a media altura por el este, blanca. Fui hasta el canto de la Muela. Abajo el pueblo estaba en sombra, con alguna ventana encendida, y los humos subían derechos a coger la última luz.
Conté treinta y uno. El de la penúltima casa de detrás de la fuente no estaba.
No había vuelto. Entré en la sala, me senté en la silla buena y puse en marcha las cinco cámaras. El fijo estaba a un brazo.
No lo llamé.