Capítulo 22 · Nacho
Nacho
No he borrado nada.
La cama de mi casa era de mi abuela Gascón. Es de las altas, con cabecero de hierro y un somier que avisa de todo. Mi abuela decía que así sabía a qué hora llegaba mi abuelo, y que por eso mi abuelo llegaba pronto.
—Aquí sobra todo —dijo, medio dormida.
—Es una casa.
—Ya lo veo.
Se durmió del lado de la pared. Yo tardé más.
El sábado me despertó el somier. Abril estaba sentada contra el cabecero, con mi jersey puesto y el portátil en las rodillas. Por las rendijas de la contraventana entraba luz, a rayas. Eran las nueve y diez.
—¿Han contestado?
—Allí son las cinco y diez de la mañana. Y es sábado.
—Entonces, ¿qué miras?
—Si han contestado.
Le dio otra vez a la tecla. Yo conocía esa manera de mirar un correo. La practiqué dos años, los martes, con los suyos. Me lo callé, que bastante tenía ella.
—Hasta el lunes no hay nadie en un despacho de Chile —dije—. Tienes dos días en los que no te puede llegar nada.
—Eso no lo sabes.
—No. Pero es sábado en todas partes.
Lo pensó. Bajó la pantalla y dejó el portátil en el suelo. Se quedó sentada, con las rayas de luz cruzándole las piernas.
Arriba lo habíamos hecho todo con la raja de la estufa. Yo le conocía la cara naranja, y lo demás me lo sabía con las manos. Aquella era la primera vez que la tenía delante con luz de día.
—Quítate eso —dije.
—¿El jersey?
—Es mío. Lo puedo pedir.
—Hace diez grados menos que anoche.
—Hace veinte. Lo he mirado.
No lo había mirado. Ella lo supo y se lo quitó igual, por la cabeza, sin prisa. Se quedó con las gafas y nada más.
—Quiero mirarte un rato. Con luz. ¿Puedo?
—¿Cuánto es un rato?
—No lo sé. No llevo reloj.
—Yo tampoco. Está en tu mesilla.
—Pues hasta que te canses.
No se cansó enseguida. Aguantó que la mirase como aguanta lo que le cuesta, con la barbilla alta.
Tiene la piel muy blanca donde no le da el sol, que es en casi todas partes, y aquella mañana llevaba todavía en los tobillos la marca de la goma de los calcetines.
En la espalda tenía lunares. No se los había visto.
—Túmbate bocabajo.
—Otra vez con la nuca.
—No. Otra cosa.
Se tumbó. Le puse un dedo en el primero, debajo del omóplato.
—Uno.
—¿Qué haces?
—Contar. Me ha enseñado una que conozco.
El segundo estaba en la cintura. El tercero y el cuarto, juntos, en el costado, y ahí se encogió.
—Tienes cosquillas.
—No.
—Eso decía yo.
Los conté con el dedo y luego con la boca, que es más lento y se pierde menos la cuenta. Me salieron siete.
—Ocho —dijo ella contra la almohada—. Te falta el de detrás de la oreja.
—Ese no es de la espalda.
—Es de la misma serie.
Lo busqué. Estaba. Le dejé ahí la boca y ella dejó de corregirme.
—Ignacio.
—Qué.
—Que ya está bien de mirar.
Se dio la vuelta y me trajo por el cuello. La caja estaba en su mochila, al pie de la cama, y esa vez nadie tuvo que cruzar cuarenta pasos de nieve. Se quitó las gafas ella y las dejó en la mesilla, encima del reloj.
Al primer crujido se quedó quieta.
—Madre mía.
—Es la cama de mi abuela.
—No me digas eso ahora.
Nos reímos los dos. Yo llevaba algo encogido desde el viernes y ahí se me soltó. Fui despacio. Quería ir despacio. Ella me dejó un rato y luego me cogió la cara con las dos manos, que por una vez no las tenía frías.
—Mírame a mí. No me mires como si me fuera a ir de la cama.
—No te miro así.
—Sí. Llevas diez minutos haciendo inventario.
Tenía razón, y dejé de hacerlo. Le dije lo que quería, que era más sencillo que todo eso. Se lo dije al oído y con las palabras que son. Ella dijo que sí y me dijo cómo.
Acabamos de lado, de frente, con una pierna suya por encima de mi cadera. Fue idea de ella y fue buena idea, porque así nos veíamos. Yo marcaba poco. Ella apretaba con el talón cuando quería más, y quiso más varias veces. El somier lo fue contando todo y dejamos de oírlo.
Se corrió antes que yo, con los ojos abiertos, mirándome, y eso me pudo. Dije su nombre. No dije nada más. Lo que se me ocurría era una sola palabra, y el viernes le había prometido no decírsela.
Nos quedamos como estábamos. Me puso los pies entre las pantorrillas, que es donde los pone siempre. No estaban fríos y los puso igual.
—En esta casa no me hace falta —dijo.
—Ya.
—Es por no perder el sitio.
Se levantó ella primero. La oí en la cocina. Abrió el cajón de las cucharas a la primera, y el armario del café, y supo sin preguntar que la cafetera buena es la pequeña. Llevaba trece horas en mi casa. Mi prima Jara lleva viniendo desde que anda y todavía pregunta dónde está el abrelatas.
Cuando salí había puesto dos tazas en la mesa de seis, las dos del mismo lado. Tenía el pelo de punta por detrás y mi jersey otra vez. Medía el café con la cuchara rasa.
Me senté. Miré las otras cuatro sillas.
Yo no cuento. Las cosas me las sé o no me las sé.
Aquel sábado, con la taza en la mano, conté.
Del 19 de diciembre al 11 de enero iban veintitrés días.
Luego conté las noches que llevábamos, que eran cinco, y vi que en cinco noches ya había un lado de la cama, un sitio para los pies y una manera de poner las tazas.
—¿Qué? —dijo ella.
—Nada. Que está bueno.
—Tiene los decimales que tiene que tener.
Bajamos a La Osa a las once. Ella se puso en su mesa con las tiras de colores y el gorro granate, que no se quitaba ni dentro.
Yo me metí detrás de la barra, que los sábados mi madre no da abasto.
A las doce mi madre le llevó un tazón de caldo sin que nadie lo pidiera.
Abril se lo tomó sin sacar la cartera. En octubre sacaba la cartera.
Antes de comer, entre dos cafés, saqué el móvil por debajo de la barra y busqué un vuelo.
Madrid, Santiago. Puse febrero, por poner un mes.
Mil ciento ochenta euros, dieciocho horas y una escala en Lima.
Era casi un mes mío. Guardé el móvil porque entraba Marcelino con la perra, y la perra se sacude.
Fermín llegó a la una con la carpeta debajo del brazo. Cuando Fermín trae la carpeta es que viene a pedir. Cuando no la trae también, pero tarda más.
—Nacho, majo. El lunes te vienes conmigo a Teruel.
—El lunes hay Úrsidas.
—El lunes no hay nada, que la fundación las ha quitado. Once reservas. Me lo ha dicho la Maribel esta mañana, que con once no paga ni el gasóleo de subir.
Yo eso no lo sabía. El correo de la fundación me llegó a las dos, con dos líneas. Once personas sin noche, y la doctora arriba, sola con sus cámaras.
—¿Y qué pinto yo en Teruel?
—Hablar. La Maribel defiende el cuadro, que lo tiene regular, y quiere que el pleno oiga al de arriba. Diez minuticos. Lo de la barrera, lo de la cena, lo de los cien abajo antes de la nieve. Y lo de la ciruela.
—Lo de la ciruela no es mío.
—¡Si llevabas tú el telescopio!
—El Pequeño. El destello es de ella. Se lo pregunto y te digo.
Fermín me miró como si le hubiera pedido una instancia.
—Pues pregúntaselo, que la tienes a seis metros.
Abrió la carpeta, sacó un papel y lo volvió a meter sin enseñármelo.
—Y otra cosa te digo. La Maribel va a sacar lo del responsable. Lo saca todos los diciembres, y todos los diciembres Anselmo dice que toma nota. Este año, con el lío de octubre, no lo va a soltar. Quiere un nombre.
—¿Qué nombre?
—Uno con estudios. Uno que firme el calendario, para que no se vuelva a vender una noche encima de otra. —Bajó la voz, que en Fermín es hablar normal—. Sin sueldo, ¿eh?
Se fue a contárselo a la mesa del guiñote. Yo me quedé con el trapo en la mano.
El viernes, en mi cocina, con la hoja de las cuatro filas en la pantalla, se me ocurrió una cosa y me la tragué. Era esta, todavía sin hacer.
Bielsa lo dijo en octubre, con los dos sentados delante: un responsable científico con nombre y apellidos, alguien que firme.
El cargo lleva vacío desde que existe. De Alfambra para arriba yo no conozco a nadie que pueda firmar eso.
Conocía a una. Estaba a seis metros, midiendo rayas de colores, con un contrato que se le acababa el 31 de enero.
Las noches de octubre las vendí yo encima de las suyas. Ahora pensaba en ella para firmar que no volviera a pasar. Dicho así hasta tenía gracia.
Un nombre en un papel de la Diputación no es un sueldo.
Eso lo sabía. Pero yo he visto empezar así todas las plazas que hay en esta sierra.
A mí me tuvieron dos años arreglando goteras con un papel que decía «mantenimiento», y en 2014 el papel se hizo plaza.
Primero ponen el nombre. La partida viene luego, cuando ya no saben quitarlo.
Pensé en el programa. Sin nombre, la Maribel se cansa un año de estos, y sin las Noches yo soy un señor que quita hielo de cinco cámaras.
Pero lo primero que vi, antes que el programa, fue la mesa de dos junto a la estufa, con ella sentada, en febrero.
Yo quería que se quedara. Le había dicho que no se lo iba a pedir, y no se lo iba a pedir.
Tampoco se lo conté. Me pareció que no había nada que contar: un cargo vacío, un alcalde con una carpeta y una idea mía.
Después de comer me acerqué a su mesa.
—El alcalde quiere que el lunes hable yo en el pleno. Y quiere que cuente lo del destello.
Levantó la vista de la pantalla. Tardó, como tarda cuando viene de lejos.
—¿A la Diputación?
—A la Maribel y a los que votan.
—¿Para qué lo quieren?
—Para presumir. Fermín dice «el nuestro».
Lo pensó con el bolígrafo en la boca.
—La hora, bien puesta. Las dos, la de aquí y la mía. Los dos nombres, cada uno con su telescopio. La energía no la des, que no está publicada. Lo de la ciruela dilo como comparación, no como medida.
—¿Y lo de la sal?
—Lo de la sal es del bar. No sale del bar.
—Apuntado.
—No lo has apuntado.
Me quité el bolígrafo de la oreja y lo apunté en una servilleta, delante de ella. Cuatro líneas. Las leyó y puso una coma.
—¿Qué más vas a decir?
—La barrera. La cena. Los cien abajo antes de que cuajara.
—Eso es verdad y es tuyo. Dilo bien.
Era verdad y era mío. Volví a la barra con la servilleta en el bolsillo.
El domingo no pasó nada que se pueda contar. Subimos los dos a cambiar discos, y yo taché en el tablón la hoja del 21. Bajamos a comer. Al cerrar le pregunté a Fermín qué había que firmar exactamente. No lo sabía. Dijo que la Maribel lo explicaba muy bien.
Tengo una camisa. Es blanca y me la compré para una boda en 2019. Desde entonces ha ido a dos bodas más y a tres entierros, y entre una cosa y otra vive en una percha.
El domingo a las diez de la noche la saqué, doblé una manta encima de la mesa de la cocina y enchufé la plancha, que vino con la casa.
Abril estaba en la otra punta de la mesa, con el portátil. Me dejó hacer dos minutos.
—Esa plancha la vendíamos nosotros.
—¿Esta?
—Ese modelo. Es de vapor. Lleva agua.
—Pues lleva doce años sin agua.
—Por eso te queda así.
Se levantó, le dio la vuelta a la plancha, encontró una tapa que yo no había visto nunca y la llenó con un vaso. La plancha tosió, escupió algo marrón en la manta y luego echó vapor como la olla de mi madre.
—El cuello primero, por dentro. Luego los puños. La espalda, lo último.
—¿Hay protocolo?
—Hay orden.
No me quitó la plancha. Se sentó en la silla de al lado, con las piernas recogidas, y me fue diciendo. Yo había planchado esa camisa seis veces, y las seis pareció que había dormido con ella puesta. Aquella noche el cuello se quedó de pie.
—¿Te sabes lo que vas a decir?
—Diez minutos. Me sobran dos.
—Dímelo.
Se lo dije de pie, con la plancha en la mano. La barrera, la cena, los cien abajo, el destello con sus dos horas y sus dos nombres. Me corrigió una cifra y un «más o menos».
—Está bien. No hagas chistes al principio. A esa gente dale primero el número.
De lo otro no llevaba nada en los diez minutos. En Teruel pensaba escuchar.
Abril se fue a la cama y el somier me dijo de qué lado. Yo me quedé un momento en la cocina, con la plancha enfriándose y la camisa colgada del pomo de la alacena, sin una arruga.